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martes, 21 de mayo de 2013

Nota práctica sobre el aburrimiento




A muchos les resulta una gran ofensa que les llamen “aburridos”. Y en general procuramos no serlo en un afán por entretener a los demás, al punto de perdernos o traicionar alguna realidad fundamental de nosotros mismos. Prácticamente llegamos a negar nuestro sentir a cambio de que jamás se nos perciba como aburridos. Lo peor del caso, es que de todos modos no lograremos ser tan entretenidos, audaces, intrigantes, obscenos como la avidez por el entretenimiento exige.

No es solo un patrón de conducta, donde elaboramos modos de vida y formas de interactuar que eviten que se nos considere “aburridos” por una fracción de un solo segundo. Sino que incluso pareciese que elaboramos discursos y tretas en nuestras cabezas para mantenernos entretenidos con alguna trama sobre quiénes somos. Brotan intrigas y todo tipo de catástrofes en el tren de nuestro pensamiento, con tal de no estar, sencillamente, con lo que sea que sí esté sucediendo.

¿Porqué tal pánico ante el aburrimiento? ¿Será que tememos que la quietud sea lo mismo que la muerte? ¿Será una angustia a desaparecer si no existen estos puntos de referencia tan dramáticos para el Yo? Pareciese que fuese una suerte de pecado posmoderno eso de aburrirse. Como si el nuevo superego ahora demanda: ¡no debes aburrirte jamás! (Aunque hay que admitir cierta sabiduría en el asunto, porque sí hay cosas que nomás son insípidas, y no más).

Chogyam Trungpa, en su libro ‘El Mito de la Libertad’, elucida un poco sobre el aburrimiento en relación a la práctica de la meditación y la vida diaria. Habla sobre las formas que adopta el aburrimiento. Una de ellas como una ansiedad existencial que exige entretenimiento constante—me recuerda a las letras de ‘Smells like Teen Spirit’ de Nirvana: Here we are now, entertain us—. La segunda forma del aburrimiento es una suerte de agresión contra lo que vivimos, un constante reclamo, ante una completa falta de aceptación de la situación. Y no se trata de resignarse, claro; pero incluso cambiar una situación requiere primero su aceptación tal cual.

Finalmente habla de una forma de aburrimiento que él asocia con la práctica de la meditación. Lo denomina “aburrimiento cool”, y lo considera algo completamente refrescante. Meditar mucho y seguido, en efecto resulta muy aburrido, o acaso extraño a ratos. No pasa nada. No hay luces o canalizaciones o efectos especiales. Solo estás tú y tu mente tal y como va, sin aditivos. Así comienza también a surgir un aburrimiento ante los reiterativos ciclos de pensamiento de la mente, y todas sus jugosas tramas para involucrarse. Así, al cultivarse el aburrimiento ante el sufrimiento y sus causas, comienza a ser posible la libertad. ¿Quién diría que el aburrimiento, y no la verdad, nos hará libres?




lunes, 14 de enero de 2013

Bajo el hechizo del 13

Acá va mi artículo de ayer en el Reforma.



Jamás he estado en un piso 13. No es que los evada, sencillamente no he tenido el honor. He estado en varios décimo terceros pisos e, incluso, he subido 13 pisos de escaleras para toparme, sin aliento, con el piso 14 o el 12-A. Es curioso que a pesar de encontrarse a 13 pisos del suelo no lleven el símbolo numérico correspondiente. En sentido estricto, siguen siendo el décimo tercer piso. Pero así funciona la superstición: las ganas de creer rebasan, sin reserva, cualquier evidencia. Ya en funcionamiento alguna superstición, poco importa que sean profecías aterradoras, lo crucial es que todo tenga un porqué. Los supersticiosos prefieren un mundo lleno de malos augurios que cualquier hueco en la trama.
El número 13, en tanto signo, surge para representar una cantidad numérica. Son obviedades, claro, pero hay pocas cosas tan pasadas por alto como una obviedad. Cuando hay 13 cosas de cualquier índole (13 huevos, por ejemplo, con uno de ellos rompiendo la acostumbrada docena) se les nombra con el número 13. Lo peculiar es que, con el tiempo, las leyendas acumuladas y las tantas patologías que enreda la civilización, sea el signo y no la cantidad lo que se niegue en edificios. Y, por supuesto, también en asientos de aviones, autos de Fórmula 1 o hasta, se supone, el Office 13 que Microsoft no lanzará, saltándose directo al 14. En otras palabras, este sobregiro simbólico rebasa lo concreto. Como si pasando el 12, ese mismo 12 que impusieron los antiguos romanos a los meses (aunque diciembre siga refiriéndose al décimo y no al décimo segundo), hubiese un abismo.
Es como un mal viaje de LSD a la Dan Brown. Se persigue un símbolo tras otro, para llegar a resolver una trama que bien podría haber prescindido de toda la faena de pistas y criptogramas. El regodeo simbólico como placer por sí mismo. (Y vaya que respeto más a Brown, como autor, best seller y demás, que a los tantos autores sofisticados que hacen lo mismo, pero haciéndose los interesantes, como si ellos mismos fueran la pista o el Santo Grial. Además, sus obras no suelen verse en pantalla grande con Audrey Tautou).

Pero así como nunca he estado en un piso 13, tampoco viví en Los Ángeles en los años 1930. Y podría morir tranquilo tanto si lo hiciese como si no. Pero ahí donde no he estado, el cine hace su casa. El piso 13 (Columbia Pictures, 1999) fue una de esas tantas cintas de cambio de milenio (del 20 al 21) que intentaron lidiar con la angustia sobre el estatus de la realidad. La virtualidad iba en auge, haciendo añicos la idea de que la realidad no podía ser imitada, o acaso ya una imitación. Películas como Matrix, Exiztenz, Nirvana o hasta Total Recall tocan esa entonces dicotomía de realidad/virtualidad. En El piso 13, dirigida por Josef Rusnak, el espacio que lleva el nombre de la cinta es el centro de operaciones de un simulador de realidad virtual. Dicho aparato se encontraba en el futuro cercano, pero por pura nostalgia simulaba la más cruda realidad de Los Ángeles en 1937. El asunto se torna más enredoso cuando, al salir del simulador, los protagonistas se encuentran con que están, realmente, inmersos en otro simulador y así sucesivamente. Implicando que podrían estar siempre en un simulador y que a) desconocen la realidad como tal, y/o b) tal cosa (la realidad) no existe ni importa tanto.
Me parece atinada la analogía de la película. El uso del piso 13, aquel lugar que existe y no existe, aquel sitio abnegado en tantas culturas “civilizadas”, como el lugar donde se guarda el oscuro secreto: la realidad no es tan real. Como si afuera del reloj y sus 12 números se cayera el mundo. El mundo como es y el mundo como lo veo difieren ampliamente, según me dicen. Somos más supersticiosos de lo que nos gusta creer; quizá creer que no somos supersticiosos es sólo la más perniciosa de nuestras supersticiones. Al número 13 se le atribuyen cualidades que no tiene en sí. Tal como nosotros nos proyectamos, adjudicando a otros características que no tienen. Si creen que no, sólo pregunten a cualquier persona que haya vivido una relación amorosa. El temor al 13 se usa para suprimir el sinsentido y las dudas existenciales en general. Tal como quien niega la verdadera naturaleza de su pareja en turno, para mejor vivir su propio idilio. Todo fetiche sirve para encubrir. La triscaidecafobia (miedo irracional al número 13) tiene una función similar a la de ese piso 13 en la película: cubrir cualquier forma de azar o causalidad ignorada con la noción de buena o mala suerte. Cubrir aquella posibilidad de que la realidad no es tan real.
Pero ¿por qué el número 13? Para los junkies de la numerología todo número está lleno de implicaciones. Que si el 7 es celestial, el 9 es la plenitud y el 3, la Santísima Trinidad. Y no es que los números no hagan “magia”; para saberlo, basta ver un avión volando, la entrada de una catedral o los gráficos de un juego de video. Pero la mala fama del número 13 es también bastante evidente: El mundo occidental y el calendario globalmente impuesto por esta cultura se sostiene del mito cristiano, y de su texto oficial: la Biblia. 
De tal suerte, el que hayan estado 13 sujetos echando taco en la llamada Última Cena le ha dado mala reputación al número 13. Es indicador de que el complejo mesiánico es más común de lo que se piensa. Como si por sumarte a una cena donde hay 12 personas ya hay señales de peligro, porque obvio tú también, al igual que tantos pacientes psiquiátricos, eres el/la mesías. De ahí sólo hace falta un salto: ya ni se necesitan 13 personas, ni una mesa, ni una cena, sino que ya el número, el signo, solito y sin mayor contexto, indica pronta traición y muerte. 

De ahí ya puede asociarse histéricamente sin pudor alguno: la décima tercera carta del tarot es la Muerte (que por más que te digan que es buen augurio de “cambio” y no sé qué tanto, se ve muy fea esa calavera); 13 eran los meses del calendario pagano (lunar); Loki, el divino engañifa de la mitología nórdica, es el décimo tercer dios de su panteón, y en el credo abrahámico algunos consideran a Satanás como el décimo tercer ángel y aseguran que tiene 13 nombres, así en el décimo tercer libro del Apocalipsis se habla del Anticristo (la Bestia y otro número temido: 666), y, claro, existen los martes y viernes 13. Detrás de cada dato que atribuye mala leche al número 13, suele haber una leyenda o un hecho histórico tergiversado (rara vez distingo la diferencia): el viernes 13 de octubre de 1307, Felipe IV, Rey de Francia, manda arrestar a los caballeros templarios. Los acusa ante la Santa Inquisición de sodomía, idolatría [sic] y blasfemia; aunque, como con cualquier pandilla, fue por poder y dinero. Para los supersticiosos fue un viernes oscuro en la historia.
Pero las anécdotas están llenas de presunciones, y el simbolismo acaba siendo tan denso, e inconsecuente, como el humo en un fumadero en Garibaldi. Incluso, un viernes 13 no es ni viernes ni es 13, esos son datos imputados para dar una configuración simbólica a aquello que llamamos tiempo. De tal suerte, este año 2013, bien podría llamarse de cualquier otra forma, o ser designado con otro número o con galletas de animalitos. No me parece que tenga mayor augurio que el que nuestros esfuerzos permitan. Esto no quita que la psique participe en la alteración del mundo con base en signos, metáforas, asociaciones y demás. Pero entramos al terreno de lo que se conoce en inglés como self-fulfilling prophecy: una predisposición a creer que distorsiona la percepción y con ello la conducta. Como quienes atribuyen el penoso desenlace del Apollo 13 al número 13 y no a los tantos detalles que implica enviar una nave terrestre a la Luna.
Todo este hechizo del 13 es del reino de los hombres y no una pericia del cosmos o de un dios o como quieran llamarle. El único cuidado que tendría respecto al 13 sería: de tatuarme un 13, me aseguraría de que lleve detrás una herradura o unos dados. Para dejar claro que es para representar un signo de buena (o mala) suerte. Porque de no hacerlo, hay lugares donde me pueden confundir con los miembros de algunas pandillas que utilizan al 13 como marca para referirse a la letra 'M' o a un código postal. Por un detalle así hay lugares donde te parten toda la cara sin mayor consideración, sin importar que sea o no viernes 13.




viernes, 4 de enero de 2013

Inmaculada concepción


Mi colaboración navideña para RAZtudio


Dada la tecnología a la que tenemos acceso, hoy en día la inseminación artificial es una práctica común. Pero por los requerimientos técnicos, dudo mucho que haya sido posible o eficiente hace 2000 años. Comoquiera, el mito cristiano recurre a la leyenda de una inmaculada concepción para dar origen a la encarnación de su deidad: Cristo. Es sentido común considerar que una virgen no podría estar embarazada hace 2000 años. Pero el sentido común suele quebrarse cuando se busca el origen de las cosas. Como, por ejemplo, cuando un niño comienza a preguntar una y otra vez “porqué”, obligando al adulto a irritarse o admitir su propia ignorancia ante lo (aún) inefable.
Dónde un adulto asume que “no sabe”, la religión construye mitos. Generalmente hace deidad a la ignorancia. Así, yo crecí con una irritación característica de cualquier cínico ante la idea de la inmaculada concepción. Me parecía tan solo otra muestra de aquella perversa negación de la sexualidad humana tan propia de la Iglesia. Sin embargo, una tarde, recorriendo un museo, gracias al espacio y el contexto, pude tener una apreciación variada del tema. Frente al cuadro de una virgen con niño, -estando la imagen fuera de una iglesia- pude observarlo con cierta frescura.

Quizás por primera vez en mi vida miraba una ícono cristiano sin todo el repudio que me suelen causar. Incluso pude asociarlo con las imágenes de budas follando tan prominentes en el budismo tántrico; así, considerando el simbolismo de la misma. En las imágenes del budismo tántrico, dos budas follando son la representación de la indivisibilidad de la claridad y la luminosidad de la mente, y el modo en que su interpenetración es un gran regocijo. Contemplando la imagen de la virgen amamantando a su hijo [sic], llegué a la siguiente conclusión: 1) tal ícono y mito precede al cristianismo, y fue, como todos sus símbolos, apropiado de las tradiciones que iban colonizando en su kitsch imperialista.
Sí, de hecho es una de tantas concepciones inmaculadas presentes en tantas tradiciones; y sí, muchas preceden al cristianismo. Por ejemplo: Perseo es hijo de la virgen Danae, la madre del Buda fue preñada por un elefante (obvio sin penetración, dicen), Krishna fue dado a luz por una virginal Devaka, tanto como Horus nació de la virgen Isis, por mencionar solo algunos. Por ello, llegué a la siguiente conclusión: el símbolo de la virgen embarazada es otra manera de representar el origen del universo. ¿Acaso no una virgen embarazada es una manera perfecta de representar la paradoja de porqué hay algo en vez de nada?
Al mirar ese pequeño cuadro concebí [sic] que la virgen con niño es una manera antaña de elucidar sobre el origen del universo o de la vida misma: una paradoja. Es decir, el universo (por así llamarle) no puede surgir de la nada, por que la nada, si es nada, pues no existe y punto. Sin embargo, aquí estamos, ahora mismo, teniendo una experiencia vívida e innegable. Entonces, ¿cómo puede algo tener y carecer un origen al mismo tiempo? El bosón de Higgs es una aproximación a tal misterio, digamos; pero la virgen con niño es una representación antopomorfizada del mismo fenómeno.

Pero la Iglesia ha hecho de esto, para variar, otra representación de su necrofilia platónica bizarra. El gran problema con su (per)versión de la virginidad es que lo toman como algo literal, y no como una representación simbólica. Es un problema de interpretación del que padecen comúnmente. Similar a un psicótico que no comprende que al decirle “buenos días” se le está saludando y se queda considerando si, en efecto, son “buenos” los “días”. Pasa que la solemnidad es mala consejera a la hora de interpretar un símbolo, ya que descarta cualquier ironía o paradoja. De paso hacen de lado la sencilla verdad de que en tiempos antiguos las personas también tenían sentido del humor, y también albureaban.
Entonces terminamos con una suerte de culto a la virginidad, a la negación del cuerpo y su desarrollo sexual pleno, a la exploración de los sentidos. Así a cambio de una representación magnífica de la paradoja de la existencia y el asombro ante este hecho básico, se ofrece un repudio a la experiencia personal y empírica. Exhiben un asco extraño por la generación misma de la vida, a cambio de fantasmas y una eternidad siempre diferida y basada en un código de conducta que dista de cualquier sesgo de criterio propio. Con sus interpretaciones literales, brutas, tantas religiones parecen decretar que no se debe confiar en lo que se percibe de primera mano a través de los sentidos. Rechazan aquel empirismo que ha dado cauce a las ciencias, sí, esas cuyos frutos procuran mejorar y prolongar la vida humana. Y entre cuyos desarrollos se encuentra la posibilidad de la inseminación artificial para quienes llegan a tener problemas de fertilidad. Solo espero que la próxima vez que miren la imagen de una virgen con niño, sepan que nada tiene que ver con la virginidad, sino con la generación y el origen paradójico de este irrepetible instante.




miércoles, 26 de diciembre de 2012

Meditar: ¿estar presente o estar huyendo?


Texto para mi columna en Faena Sphere.

La meditación, debo admitir, tiene una pésima reputación. Se le conoce, en general, como una forma de auto-hipnosis. Es una fama que se ha ganado a pulso, y no por sí misma, sino por las tantas distorsiones que hay torno a su práctica. En el reino humano, no hay fenómeno que se libre de las tantas fantasías que nos vendemos con tal de evadir nuestra realidad. La meditación no está exenta de ser apropiada por esta tendencia, tan nuestra, de construir falacias en busca de la felicidad.
La práctica de la meditación se confunde, frecuentemente, con intentos por “espiritualizar” la vida con delirios metafísicos, o con alguna forma de seudo-terapia para los nervios. Lo repito, son intentos por esterilizar o mistificar nuestra experiencia —un afán por fugarse de la realidad, en vez de asumirla por lo que es—. En tales casos yo también desprecio rotundamente la meditación. Al menos tales versiones de la misma.
Entonces, ¿qué sí es la meditación? En los años que llevo estudiando, practicando y enseñando meditación, mi entendimiento de la misma ha ido mutando. Como sucede con cualquier cosa. A ratos la he erigido como la panacea para todos los males, mientras que por temporadas la he odiado y abandonado por completo. Pero regreso una y otra vez. Con el tiempo me permito formular la siguiente definición: la meditación es un método práctico para trabajar con la mente propia.

Donde quiera que vayamos, estemos con quién estemos, hagamos lo que hagamos, nos metamos lo que nos metamos, ahí está nuestra mente. Todas nuestras experiencias son registradas en aquella claridad receptiva que llamamos mente. Comoquiera tendemos a trabajar con nuestras proyecciones y no con el proyector. La meditación presenta un modo de trabajar con las texturas, estados, ritmos y narrativas de nuestra mente. Aquellas expresiones internas, digamos, que tiñen nuestra experiencia del entorno, y por ende el modo en que nos relacionamos con él. Ni más, ni menos.
Esto sucede de forma orgánica al establecer una práctica meditativa basada en nuestra sensatez. Entre más sencilla la práctica, de hecho, más efectiva. Adoptamos una postura básica para meditar (no hace falta pararse de cabeza, ni hacer flor de loto), y colocamos nuestra atención, una y otra vez, sobre nuestra respiración. Nada más. En la mente brotan todo tipo de pensamientos, no buscamos callarlos, pero tampoco seguimos el impulso de darle cuerda a cada idea que surge. Regresamos una y otra vez la respiración. Así, de manera natural, la mente se entrena a estar presente. Y al estar presente se permite irradiar su propia claridad; claridad que transforma, sin querer queriendo, todo cuanto toca.
Lo esencial, comoquiera, no es si meditamos muy cabrón, o muchas horas, sino establecer una práctica constante y continua. Y sobre todo, una práctica basada en la honestidad personal y no en la búsqueda de algún artilugio orientalista para evadir quiénes somos y dónde estamos. Intentémoslo.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cállese y escuche



Disfruto mucho de escuchar una orquesta sinfónica en vivo. Claro que no me gusta la música de cualquier compositor, y claro que hay orquestas que prefiero sobre otras. Pero de modo general, todo el ritual que presenta me parece formidable. La mera idea de que es una orquesta entera, compuesta de personas que llevan al menos 20 años dedicados a su instrumento, además del tiempo que llevan ensayando la pieza en cuestión, juntos y en lo individual… es motivo suficiente para prestar atención plena a lo que realizan. Con dedicación y precisión, pulen la interpretación de composiciones de gran complejidad y una vasta habilidad expresiva. Piezas cuyos compositores también dedicaron, de un modo u otro sus vidas enteras a crear.
Es una gran tradición occidental. Tradición por la cual se transmite una historia no-lineal, digamos, o emocional incluso, de nuestra condición. De tal suerte, desprecio rotundamente a la gente que habla o abre bolsitas de plástico mientras toca la sinfónica. De ser un narco-emperador, los mandaba fusilar. (Mínimo los sacaba a patadas, vetaba de cualquier función posterior y obligaba a la orquesta a empezar de nuevo). Digo, si tosen, o estornudan, pues es un acto involuntario. Pero que no puedan renunciar a la apremiante obligación que sienten de comentar algo mientras la pieza se toca, me parece, sin más, una chingadera. Digo, podrían esperarse unos minutos para compartir su penetrante epifanía sobre la naturaleza del mundo y el amor. Carajo.
Hay otra instancia que me irrita casi tanto como la antes mencionada falta de respeto. En Bellas Artes nunca falta un imbécil eufórico que, invariablemente, sea cuál sea la pieza o su interpretación, se levanta, apenas termina ésta y grita “¡bravo!”. No lo soporto, incluso cuando en verdad hasta comparto su asombro y alegría. Me da la impresión de que lo que neta quiere es hacernos saber cuánto gozó él la pieza. O como que quiere hacernos saber cuán vivo está, o que se curó de alguna enfermedad crónica o salió de una depresión. Qué sé yo. Me alegra por él, pero se podría esperar un poco, a que la pieza realmente termine. Paladear el silencio unos instantes, dejar que se disuelva la vibración. Y luego, ya pararse y hacer su show.

Esperar en silencio al final de una pieza es parte fundamental de la composición como tal. Permite 1) apreciar y digerir lo que acaba de acontecer; 2) la música, la secuencia particular de sonidos y pausas, la configuración y combinación de notas, modos e instrumentos recién han a) afinado el oído de un modo específico, alterando, de paso, nuestra concepción del silencio; y b) atravesado el cuerpo y las emociones, dejando al escucha, básicamente en un estado de atención o conciencia distinto a como llegó. El silencio al terminar la pieza es para esto, para saborear los contornos de la propia receptividad, y sentir cómo la música se disuelve con el entorno completamente.
Pero parece haber una fobia ante tal silencio. Una necesidad por prontamente asimilar lo que ha acontecido, y asignarle un lugar y una definición. Puede que ese silencio abrume, por la experiencia corpórea que implica, o la soledad existencial que exhuma. No lo sé, pero apostaría a que se relaciona a una concepción del silencio como una nada, y no como un espacio pleno de receptividad, un espacio viviente. Parece que lo concebimos como esa nada que nos recuerda a la muerte. Por ello la compulsión por llenarla cuanto antes, con algún recordatorio de nuestra existencia. Lo raro es lo siguiente: si de hecho existiéramos como tal, ¿qué necesidad de recordárnoslo? Más bien, pienso lo siguiente: gracias a que no existimos —a que somos un efímero y brillante síntoma del mundo—, podemos vivir; vivir y escuchar la música de quienes han procurado plasmar de modo no necesariamente verbal esta experiencia viviente. Experiencia viviente que nos rebasa. Por ello, por favor, querido lector, una petición: cuando vaya a escuchar a la sinfónica, siéntese, cállese y escuche.



domingo, 4 de noviembre de 2012

Imagina

de mi columna para RAZtudio.



Quizás la vida es demasiado breve como para dedicar tiempo a planificar tu funeral. Pero alguien lo tendrá que hacer. Morirse implica varias complicaciones en forma de trámites legales y gastos fúnebres. Y si se le ocurrió al difunto aventarse al metro o alguna cosa por el estilo, alguien tendrá que recoger los pedacitos de cráneo que quedan entre las vías. Despojarse de un cuerpo implica costos, decisiones técnicas, logística y, claro, en casos sociables, invitaciones. Dentro de las tantas cuestiones a tomarse en cuenta, está la selección musical para el funeral.
Es, de cierto modo, impositivo dejar un playlist ya hecho para tu funeral. Digo, el muerto, pues ya estará muerto; por ello el funeral es para los vivos y no para el muerto. Pero supongo es un gusto que uno puede darse. En mi caso, las únicas instrucciones que tengo es que no lo oficie ningún tipo de figura religiosa, y que se ponga a sonar algo salsero en algún momento. Héctor Lavoe, Celia Cruz y Ray Baretto, de preferencia. Es decir, algo que refleje el tumbao de mis días, a modo que se recuerde mi gusto por vivir.
Pero, parece ser que no es tan sencillo. Al menos no en el Reino Unido. Según un estudio reciente por parte de Co-op Funeralcare (la empresa funeraria más grande de Inglaterra), los directores de varios crematorios prohíben ciertas canciones durante los ritos fúnebres. Ahora han incluido a ‘Imagine’ de John Lennon en su lista negra, junto con ‘Disco Inferno’ de The Tramps o ‘Bat out of Hell’ de Meatloaf. Lo curioso es que las dos canciones posteriores las descartan por que son “de mal gusto”. En cambio ‘Imagine’, una de las rolas más queridas de todos los tiempos, se encuentra censurada por sus letras; específicamente por decir “imagine there is no heaven” (imagina que no hay un cielo).

Es curioso que la canción sea prohibida para despedirse de un ser amado. Si, carajo, asumir la muerte alguien querido implica apreciarle por lo que compartimos con esa persona. Y esto se valora en su justa medida solo si asumimos la muerte como definitiva. De otro modo no fueron eventos únicos e irrepetibles, sino que solo habrá que esperar unas cuantas ni-tan-eternas eternidades para echarse otra ronda. Pero lo que impacta es que la canción no dice “no hay un cielo” o “tu dios es basura”, solo sugiere un ejercicio imaginativo. Un uso de la imaginación para descartar ciertos fantasmas y enfocar nuestros esfuerzos y afecto a este mundo y a quienes lo cohabitan con nosotros. Así, y no en supuestos, pero los funerales son grandes puntos de publicidad religiosa; ahí reafirman sus productos milagro ante la ignorancia y miedo de nosotros los vivos ante la muerte.
Comoquiera, me parece que los únicos criterios para seleccionar un soundtrack para un funeral deben ser de carácter estético, respetando las disposiciones del difunto sobre todo. Por lo demás, sostengo que es siniestro aquello de intentar negarle a los dolosos el horror y la tristeza ante la muerte de quién han querido en vida. Lo reitero: negar el peso de la muerte no trae consigo un alivio neto; lo único que trae consigo es la negación de la gloria de este mundo. Y con ello la negación de cuán increíble fue compartir con esa persona.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El materialismo espiritual

De mi columna en Faena Sphere.



Diario escucho opiniones raras. Con tanta frecuencia como seguro ofrezco las mías. A todos nos pasa. Una que me parece particularmente torpe es aquella que propone una dicotomía entre lo espiritual y lo material. Solo mencionarlo me parece una estupidez, porque ya implica una suerte de división primordial del mundo aunada a la idea de un universo detrás o por encima del universo. Dejémoslo claro: por encima o detrás del universo solo hay más universo. Así como cuando un show se presenta como “detrás de las cámaras”, lo es solo porque “detrás de las cámaras” pues, evidentemente, hay más cámaras.
Esta dicotomía ofrece una metafísica boba donde se le concede a las imágenes mentales una suerte de superioridad sobre lo tangible. Se supone el triunfo de las esperanzas vanas sobre los sentidos. Así, resulta que tantas de las versiones de la espiritualidad son poco más que un desprecio al cuerpo, a lo sensorial. Algunas tendencias incluso intentan luego “reconciliarse” con el cuerpo, pero solo lo subordinan a sus entramados. Como cuando hace una suerte de especulación financiera con el semen y no eyaculan, para entrar en estados de conciencia “superiores”. La cara inversa de esto (que resulta lo mismo) es, por ejemplo, la teología de la prosperidad, donde la deidad se manifiesta en la vida del adepto, premiando su fe con billetes. Como si los billetes necesitaran a Dios tanto como éste a los billetes. Ambos casos sobreponen una teoría del mundo que les reconforte a lo evidente; el mundo tal cual, con su caos y su falta de sentido inherente les da cosita.
“Materialismo espiritual” es un término propuesto por Chögyam Trungpa durante los años 70 como respuesta a la asimilación de religiones orientales que él percibía en su entorno occidental. El término se refiere al modo de apropiarse de teorías “espirituales” para enchularse el ego, solidificar el narcicismo, o para reafirmar una serie de racionalizaciones sobre el mundo. Suele usarse para negar la muerte, la maldad o cualquier aspecto incómodo de la experiencia humana. Pero sobre todo se refiere al modo en que nos obstinamos en forzar al mundo y su devenir en alguna cómoda teoría, de paso sintiéndonos muy superiores a los demás por que ya somos humildes, por ejemplo.
Aquello que llamamos espiritualidad propone la posibilidad de amplificar nuestro modo de habitar nuestra vida, y ofrece métodos para estar más presentes a las experiencias que tenemos. Pero la inercia nos conduce, sin mayor obstáculo, a utilizar las técnicas y teorías de la espiritualidad para idear una versión del mundo, y establecer nuestra territorialidad en este. Es más sincero, desde cierto punto de vista, ser sencillamente un hijo de puta territorial que serlo, torpemente, mientras se cree no serlo. Pasa que tanto de lo que se considera espiritualidad se reduce a una serie de medallitas imaginarias o credenciales metafísicas para evitar la brutal caricia del entorno. Se busca alguna u otra forma de salvación, alguna validación que se está haciendo lo correcto con esta vida. No hay tal cosa, y por ello, eso que llaman la iluminación solo puede ser un accidente, uno que sucede cuando las pretensiones se desgastan por su propio peso.

lunes, 15 de octubre de 2012

El pensamiento mágico.

Otra entrega para la columna 'Síntomas de una época' en Pijamasurf.


Si tras prender una vela roja bajo la luna, y decir su nombre 7 veces, Shakira cediera a tus encantos, sería fácil suponer que tu hechizo surtió efecto. Aunque por otro lado, sería una pena; te obligaría a dudar sobre la autenticidad de sus sentimientos, aunado al pánico de que alguien llegue a prenderle más velas rojas. O, supongamos que a cambio de correr con suerte en una entrevista de trabajo, le prometes a la deidad de tu preferencia dejar de fumar crack. Parece una idea sensata, y más si buscas un trabajo, pero ¿acaso no sobran la deidad y la promesa, tanto como en el caso anterior sobran las velas?
El pensamiento mágico se basa en atribuirle mayor efecto a una cosa, persona o evento del que tiene en realidad. Es una falacia causal que supone relaciones significativas entre ciertos actos y ciertos sucesos. Como cuando un apostador cree que al soplarle a los dados mientras le reza a San Judas, aumenta la posibilidad de una tirada favorable. Es decir, el que sople o no sople, no tiene un efecto cuantificable sobre su tirada. Por algo hay leyes contra arreglar peleas o marcar una baraja, mas no se legislan las sopladas de dados, o las rezadas a San Judas. En casos de incertidumbre, como los juegos de azar, o las caderas de Shakira, la tendencia a recurrir al pensamiento mágico se multiplica. 
El pensamiento mágico exagera el efecto que uno tiene sobre el mundo. Como cuando crees que al comerte el último M&M del paquete desencadenarás el fin del mundo. Es un ejemplo excesivo, quizás, digno de alguna mala ingesta de psicotrópicos, pero sirve para ejemplificar el síntoma. En este sentido, el pensamiento mágico es tremendamente infantil, en cuanto a que no hay distinción entre el mundo y el estado interno de la conciencia. Uno puede estar triste porque está nublado, pero veo difícil que esté nublado porque uno está triste. A diario alguno de los billones de habitantes de la tierra está triste, entonces tendría que estar nublado todos los días, ¿no? Es bastante solipsista el asunto, pues. 
Mucho del problema reside en confundir lo absoluto con lo relativo. El pensamiento mágico, en tanto distorsión cognitiva, es como el efecto mariposa en esteroides y floripondio al mismo tiempo. Claro que el aleteo de una mariposa en China tiene algún efecto sobre un huracán en el Caribe; en este caso, el error reside en sobreestimar la proporción de dichos efectos. Además de devaluar los demás factores que suscitaron la tormenta en el Caribe (como el parpadeo de un perro en Alaska mientras caga), se excluyen todas las causas y condiciones que tuvieron efecto sobre el aleteo de dicha mariposa. Ahí es cuando se llega, más bien, a la infinitud. Cualquier gesto, por minúsculo que sea, es parte indivisible de todo lo demás, y tiene ecos y efectos; dicho gesto es, a su vez, eco y efecto de tantos otros gestos. La cuestión es no perder el sentido de la proporción. Es decir, a la hora de observar los efectos de un acto, o son cuantificables y verificables o no son (al menos en lo relativo, que es lo que nos concierne, netamente). 
Tal es el fallo del bestseller internacional The Secret. El libro supone, sobre todo, que al dorarse la píldora reiteradamente con una idea, ésta se materializa así nomás porque sí. Aparte de ser una apología de la neurosis obsesiva, es una forma de pereza basada en la superstición. Supone que se pueden saltar las etapas y acciones necesarias para obtener algo, a cambio de solo pensar mucho en ese algo. En cierto sentido, realizar prácticas mágicas puede tener un efecto simbólico sobre quién las lleva a cabo. Pero de ahí a pensar que por pintar un pentagrama en tu azotea, así sin más, te vas a ganar un auto, o tu equipo ganará la Champions, es arena de otro costal. La magia, es expresiva, mas no instrumental. 
Hay quienes gustamos de especular sobre lo improbable o incluso lo absurdo. Esto no es pensamiento mágico, mientras se le considere una especulación, y no particularmente como teorías “racionales” bajo la óptica científica contemporánea. Así, a menudo, quienes defienden alguna forma de pensamiento mágico, suelen argüir que la ciencia presenta una cosmología básicamente inerte. Consideran que las ciencias proponen un mundo donde la materia carece de inteligencia o está muerta, por así decirlo. En ninguno de los postulados de las ciencias se dice esto. El hecho de que no le echen más crema a sus tacos con teorías misticomágicas sobre el funcionamiento de las cosas, no implica tal visión del mundo. Pero andarle atribuyendo magia al mundo, eso sí es un modo de asumir que le hace falta tal magia, que carece de asombro.
Cabe señalar que a lo largo de la historia ha habido casos donde teorías que parecen pensamiento mágico, resultaron no serlo. Como con los microbios, por ejemplo. En algún punto de la historia, la idea de que había organismos invisibles que causaban patologías sonaba, fundamentalmente, a un cuento de fantasmas. Vale la pena mantener la mente abierta a las posibilidades, aunque parezcan improbables o inscritas fuera de la narrativa de lo racional. Pero no sin considerar que el que algo suceda posterior a otro evento no es, necesariamente, indicador de qué fue provocado por el primero. El pensamiento mágico es un problema de correspondencia, donde una correlación no es suficiente para probar causalidad. Pero quizás, si cruzo los dedos antes de escribir el punto final de este enunciado, alguien toque a mi puerta a decirme que me he ganado un viaje en crucero con Rihanna.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Aquella perversa inmortalidad


Reciente colaboración para Faena...

Para las enseñanzas budistas es crucial contemplar la preciosa vida humana. Se instiga al practicante a considerar lo raro que es estar vivo como ser humano, y no como un mosquito, por ejemplo. Pero, para una religión que cree en la reencarnación, esto suena a hipocresía. Más que apreciar la vida humana parecen estar preocupados por no convertirse en hurón, guacamaya o amiba en alguna futura encarnación. Además, si suponen que se reencarna una y otra vez sin cesar, suponen también que en cuestión de un par de eternidades volverán a ser humanos y así sucesivamente. Entonces, la vida humana deja de ser tan preciosa o rara.
A pesar de mi interés por las enseñanzas y prácticas budistas, nunca he comulgado con su credo en la reencarnación. De hecho, me parece que sobra y que es mucho más interesante considerar lo que el budismo puede ofrecer desprovisto de este sortilegio. Prácticamente toda religión promete una forma u otra de inmortalidad. Hay dos corrientes principales de esta promesa: a) un alma eterna que irá al cielo o al infierno; y b) una continuidad singular que reencarnará una y otra vez en alguno de tantos planos. Lo único verificable de esto, es que ambos modelos se basan en la conducta, y en intentos por controlar la conducta con premios y castigos. Con estas promesas, las religiones suelen llevar a cabo, en complicidad con sus devotos, una suerte de terrorismo existencial. Chantajean para obligar ciertas conductas a cambio de los secretos de cómo enchularse la eternidad.
La falacia de fondo en la que inciden estas religiones con sus inmortalidades, es la de suponer una esencia individual e inmutable que de alguna forma entra y sale del cuerpo (como un pedo) justo para evitar la muerte. Tal idea es insostenible ante la lógica y, sobre todo, ante nuestro saber empírico. Digo, si es una esencia inmutable, entonces ¿cómo diablos entra en contacto con otros fenómenos? Porque cuando dos fenómenos interactúan, inevitablemente cambian. Pero al rebatirse estos argumentos, los creyentes suelen recurrir al argumento moral: cada quien debe pagar lo que hace en esta vida. En otras palabras, postulan una justicia divina o karma. Pero estas son patadas de ahogado, un gran “ya las pagarán” mistificado. Diario vemos hijos de puta cuya astucia les libra de pagar, así como gente buena cuya ingenuidad las hace víctimas de algún daño. Por algo tenemos leyes, y sí, son imperfectas, pero prefiero existan.
El credo en la inmortalidad metafísica, dicen, promueve un mejor trato entre personas. Pero las buenas intenciones para la moral y la convivencia humana no hacen más cierta esta inmortalidad. Además, no es ético por una sencilla razón: está basada en una premisa falsa; se basa en un deseo y no en un hecho. Y la vida es un hecho, un hecho cuya preciosidad aumenta conforme se le observa por sus evidencias. Según el modelo matemático del Profesor Andrew Watson de la Universidad de East Anglia, las probabilidades de que exista vida humana dadas todas las condiciones que se tuvieron que dar para ello, y más aún la secuencia precisa de sucesos, son menores al 0.01 porciento. Entonces, pues claro que es comprensible que la idea de que moriremos nos cause aprehensión suficiente como para querer negarlo a toda costa. Pero, considerar que aparte de las escasas probabilidad de que exista vida tal como la conocemos, ésta es, además, brutalmente breve, es comenzar a contemplar la preciosidad de la vida humana.
Hay quienes sugieren que la ciencia es dudable porque no ha concluido aún. Caben así dos posibilidades para la vida eterna del alma o la reencarnación: 1) el universo material es efecto de la mente y no viceversa, lo cual es un argumento solipsista, (ya que la evidencia que tenemos al ver a otros morir es que ya no respiran, comen, cagan, follan o acaso se expresan de forma alguna); y 2) que dado un lapso infinito de tiempo puedan volverse a juntar las causas y condiciones que ahora nos configuran como individuos conscientes, (pero esto es confundir lo posible con lo probable). Así, vivir en base a lo palpable es una decisión ética; y asumirse como un simple mortal la única base sólida para cualquier forma de “espiritualidad”.
Este instante, tal cual, es irrepetible. Y asumir esta postura ética (empírica) incurre en la siguiente consecuencia: no sabemos de ninguna otra forma de vida consciente en el cosmos. Nuestros cálculos, aunque concederé también son abstractos y especulativos, estiman terriblemente escasas las probabilidades de que existan otras formas de vida. En respuesta a esto, es nuestra responsabilidad como especie asegurar nuestra supervivencia como tal (bajo las mejores condiciones posibles), o al menos intentarlo cabalmente. Para ello tenemos a la ciencia, aunque las religiones en general nos tendrían más bien resignándonos a morir cultivando nuestro carácter. Así, nuestra inmortalidad no será una fantasmagoría de ultratumba, sino el legado que dejamos al mundo que sobrevivirá nuestra aniquilación individual. Este legado no será un monumento o nuestro nombre en un tratado histórico —dado suficiente tiempo esto también se borrará—. Nuestro legado es aquello que compartimos ahora, aquello que nos reafirma motivos para preservar la preciosa vida humana.

sábado, 1 de septiembre de 2012

El vértigo y el arte

La columna de agosto para RAZtudio.




Dado lo breve que es una vida humana, es afortunado cuando los sentidos cruzan con arte que honre esta brevedad. Para mi suerte mi gusto no se estanca en un solo género musical, y aún estoy convencido de que Sir Mix-a-lot ha contribuido significativamente a la vida muchos humanos. Sin embargo, la primera vez que escuché el cello de Zoë Keating (Ontario, 1972) quedé absorto, atento al modo en que parecía detener el tiempo. Su música nutre y expande los sentidos, pero sobre todo dignifica el espacio. Sus piezas establecen una relación vital con el entorno, por decirlo de otra manera. Suena un poco como Apocalyptica, pero sin el trasfondo metalero y además, aunque parecen ser muchos cellos, es solo ella, su cello y una pedalera. Con dicha pedalera programa loops, logrando sonar como 16 cellos en vez de solo uno.

Zoë tiene pinta de baterista de banda punk, y al hablar en entrevistas es clara y franca, delatando además una formidable risa de nerd. Pero antes de sugerir que la escuchen o que apoyen para traerla de visita a México, me gustaría ahondar en algunas de sus observaciones torno al proceso creativo. Zoë cuenta que comenzó a tocar el cello joven, por las azarosas órdenes del profesor de música en la secundaria; al mostrar habilidad, continuó con ello de modo más enfocado. A la par de su entrenamiento musical, ella se desarrollo como programadora, trabajando en dicho rubro durante años. Y si bien tocaba como reemplazo en la banda Rasputina, consideraba dedicarse más bien a la programación. Tuvo, sin embargo un jefe que la incitó a seguir con la música, con especial énfasis cuando éste quedara desahuciado por cáncer.


Pero Zoë, dice, había quedado trabada por el entrenamiento musical clásico. El afán por la perfección y el rigor repetitivo que supone el entrenamiento clásico la había congelado. Con el tiempo, y para mi suerte, encontró que si se dedicaba, más bien, a improvisar, volvía a encontrar el gusto por tocar. En otras palabras, al soltar las expectativas virtuosas, ella reconectaba con el sentido original y la emotividad de la música. ¿Qué tal eso como un gesto del inconsciente; como una especie de maldición que conduce al acto creativo, a la expresividad? Esto logra la música de Keating: mantiene la frescura del asombro o descubrimiento de la música, su vitalidad ante el contacto con la experiencia, sin por ello dejar atrás su habilidad técnica. Sumando, claro, el hecho de que además de tocar el cello, programa loops y coordina la computadora desde su pedalera. Pero, y la clave aquí es: la técnica quedó al servicio de la expresión y no viceversa.

Me recuerda a la historia de un buen amigo, quién me ha contado de un terrible vértigo que no lo dejaba en paz. Durante una temporada de su vida padecía un creciente vértigo, sin necesidad de subir a las alturas (a nivel cancha, vamos). Acudió a médicos de todo tipo, quienes le hicieron pruebas de todo tipo, y le recetaban, inútilmente esto y aquello. Nada resultaba. Nada. En dado momento se sinceró consigo mismo: su corazón estaba genuinamente dividido entre dos mujeres con las que pasaba mitad de su tiempo cada semana. Sopesó la situación, todos los pros y contras de ambas, y tomó una decisión. No fue perfecta su decisión, esto lo sabía, pero ya no podía vivir en el perpetuo dilema. Adiós vértigo. Si bien el psicoanálisis considera que un síntoma es siempre preciso y particular en su reclamo, el budismo tibetano, por otra parte (y de modo igual de místico-mareador) considera este tipo de síntomas como demonios que ferozmente exigen que despiertes. Y no solo que despiertes, sino que instiga a reconocer que el entorno mismo está despierto—sea lo que sea que eso signifique (para cada cual).

Otro punto a favor de Zoë es que optó por producir su disco ella misma, lo cual le ha traído un gran éxito comercial: su primer disco One Cello x 16: Natoma (2005) ha estado en la cima de las ventas de música clásica en iTunes al menos 4 veces. Es una clara muestra del lugar que puede ocupar la creatividad en un mercado global digital. Además, estoy seguro que si una disquera y unos productores hubiesen metido mano en su música y en su imagen, probablemente la hubiesen trabado de nuevo, a expensas, también, del éxito comercial que tuvo. Quizás las reglas del juego, en efecto, si hayan cambiado; o al menos hay ventanas de oportunidad que responden ya a otros esquemas de producción. Así, este texto lleva una intención: no solo que escuchen a Zoë Keating, sino incitar a la escucha propia, de nuestros síntomas (aunque suene cursi y fascista); y claro a continuar osando y osando, a pesar de la mezquindad de la crítica y su supuesto realismo.

(Sugiero comenzar por oír su la canción ‘Optimist’ de su más reciente Into the Trees, canción que dedicó a su hijo, poco antes de que él naciera en 2010). Aquí va el link: Zoë Keating, Optimist.