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martes, 21 de mayo de 2013

Nota práctica sobre el aburrimiento




A muchos les resulta una gran ofensa que les llamen “aburridos”. Y en general procuramos no serlo en un afán por entretener a los demás, al punto de perdernos o traicionar alguna realidad fundamental de nosotros mismos. Prácticamente llegamos a negar nuestro sentir a cambio de que jamás se nos perciba como aburridos. Lo peor del caso, es que de todos modos no lograremos ser tan entretenidos, audaces, intrigantes, obscenos como la avidez por el entretenimiento exige.

No es solo un patrón de conducta, donde elaboramos modos de vida y formas de interactuar que eviten que se nos considere “aburridos” por una fracción de un solo segundo. Sino que incluso pareciese que elaboramos discursos y tretas en nuestras cabezas para mantenernos entretenidos con alguna trama sobre quiénes somos. Brotan intrigas y todo tipo de catástrofes en el tren de nuestro pensamiento, con tal de no estar, sencillamente, con lo que sea que sí esté sucediendo.

¿Porqué tal pánico ante el aburrimiento? ¿Será que tememos que la quietud sea lo mismo que la muerte? ¿Será una angustia a desaparecer si no existen estos puntos de referencia tan dramáticos para el Yo? Pareciese que fuese una suerte de pecado posmoderno eso de aburrirse. Como si el nuevo superego ahora demanda: ¡no debes aburrirte jamás! (Aunque hay que admitir cierta sabiduría en el asunto, porque sí hay cosas que nomás son insípidas, y no más).

Chogyam Trungpa, en su libro ‘El Mito de la Libertad’, elucida un poco sobre el aburrimiento en relación a la práctica de la meditación y la vida diaria. Habla sobre las formas que adopta el aburrimiento. Una de ellas como una ansiedad existencial que exige entretenimiento constante—me recuerda a las letras de ‘Smells like Teen Spirit’ de Nirvana: Here we are now, entertain us—. La segunda forma del aburrimiento es una suerte de agresión contra lo que vivimos, un constante reclamo, ante una completa falta de aceptación de la situación. Y no se trata de resignarse, claro; pero incluso cambiar una situación requiere primero su aceptación tal cual.

Finalmente habla de una forma de aburrimiento que él asocia con la práctica de la meditación. Lo denomina “aburrimiento cool”, y lo considera algo completamente refrescante. Meditar mucho y seguido, en efecto resulta muy aburrido, o acaso extraño a ratos. No pasa nada. No hay luces o canalizaciones o efectos especiales. Solo estás tú y tu mente tal y como va, sin aditivos. Así comienza también a surgir un aburrimiento ante los reiterativos ciclos de pensamiento de la mente, y todas sus jugosas tramas para involucrarse. Así, al cultivarse el aburrimiento ante el sufrimiento y sus causas, comienza a ser posible la libertad. ¿Quién diría que el aburrimiento, y no la verdad, nos hará libres?




viernes, 16 de noviembre de 2012

Divina Locura



La espiritualidad, en el mejor de los casos, es una suerte de tecnología de la subjetividad. Implica métodos para nutrir nuestra experiencia viviente y el modo de estar en el mundo. Desafortunadamente, a lo largo de la historia de las tradiciones espirituales, pareciese que lo último que interesa es la experiencia viviente. A cambio ofrecen fórmulas congeladas y anacrónicas para perpetuar supersticiones. Todo esto deriva, más bien, en una fijación ritualista y el establecimiento de jerarquías institucionales. En tales casos, poco difiere de cualquier otra institución humana. Pero a través del tiempo, cada tradición espiritual tiene la suerte de cruzarse con adeptos que desafían estas fórmulas, revitalizando así el impulso original del sendero en cuestión.
Uno de tales sujetos es Drukpa Kunley, "el divino loco del linaje del dragón". Este maestro budista del siglo XV, es considerado el santo patrono de Bhutan, y conocido por sus métodos poco convencionales para transmitir las enseñanzas del Buda. Una anécdota celebre es aquella donde un anciano, quién insiste no es ni brillante, ni virtuoso, ni disciplinado acaso, le pide instrucción. Drukpa Kunley le ofrece el siguiente método: que repita, como mantra, una serie de obscenidades cada que pueda. El viejo lo hace devota y sórdidamente, y con ello da señas de obtener la comprensión de la naturaleza  de la realidad al paso de los años.
Pero a Drukpa Kunley también se le conoce como "el santo de las 5,000 mujeres". Sus leyendas cuentan cómo al llegar a cada poblado, además de vencer en debates a los monjes locales, pedía siempre le diesen a probar su mejor chang (cerveza tibetana de arroz fermentado) y le presentasen a las más guapas chicas de la región. A muchos --y no entiendo por qué-- esto podría parecerles “poco espiritual”. Claro, porque son de esos que aún niegan el reino de los sentidos, creyendo que lo espiritual es algo abstracto y difuso. Sin los sentidos no hay espiritualidad, sencillamente porque no hay experiencia como tal. Punto. Comoquiera, la leyenda cuenta que Drukpa Kunley condujo a la iluminación (sea lo que sea eso), a cada mujer que llevó a su lecho.

A tono con lo anterior, consideremos la siguiente anécdota: estando Drukpa Kunley con unos monjes frente a un templo, estos comenzaron a hacer sus postraciones frente al templo. Pero Drukpa Kunley les dio la espalda y comenzó a postrarse frente a una joven mujer. Los monjes alarmados lo confrontaron, indagando cómo podía él hacer tal injuria, además de sentenciarle todo el mal karma que habría de padecer por los siglos de los siglos. Él respondió así:
Siendo que la mujer es la vía por la cual todo bien y todo mal entran al mundo, ella tiene la naturaleza de la Madre Sabiduría. […] Lo que es más, cuando ustedes tomaron sus ordenanzas y votos de disciplina a los pies de su preceptor espiritual, haciendo ofrendas de oro y plata sin preocupación por el futuro, entraron al mándala por entre los muslos de una mujer. Así que yo no hago distinción alguna entre esta mujer y el Templo como objetos de refugio.
Él estaba habitando y procurando extender el sentido viviente de la tradición espiritual a la que pertenece. Regresar al sentido fundamental de las prácticas, a fin de que éstas tengan aplicación en la vida del practicante. Y claro, se encontró a cada paso del camino con monjes santurrones y señoras escandalizadas. Pero la experiencia viviente a la que hizo sus postraciones, se extendió también como un linaje habitable y continuo. Hoy en día resulta irónico que haya miles de personas en Bhutan que al visitar el monasterio de Drukpa Kunley, se postran para recibir las bendiciones de un enorme falo de madera y marfil. De nuevo viven postrados ante artilugios inertes mas no en reverencia a su experiencia viva. En palabras de Drukpa Kunley:
Esta vida es mi maestra y mi sabiduría interna mi guía.


miércoles, 24 de octubre de 2012

El materialismo espiritual

De mi columna en Faena Sphere.



Diario escucho opiniones raras. Con tanta frecuencia como seguro ofrezco las mías. A todos nos pasa. Una que me parece particularmente torpe es aquella que propone una dicotomía entre lo espiritual y lo material. Solo mencionarlo me parece una estupidez, porque ya implica una suerte de división primordial del mundo aunada a la idea de un universo detrás o por encima del universo. Dejémoslo claro: por encima o detrás del universo solo hay más universo. Así como cuando un show se presenta como “detrás de las cámaras”, lo es solo porque “detrás de las cámaras” pues, evidentemente, hay más cámaras.
Esta dicotomía ofrece una metafísica boba donde se le concede a las imágenes mentales una suerte de superioridad sobre lo tangible. Se supone el triunfo de las esperanzas vanas sobre los sentidos. Así, resulta que tantas de las versiones de la espiritualidad son poco más que un desprecio al cuerpo, a lo sensorial. Algunas tendencias incluso intentan luego “reconciliarse” con el cuerpo, pero solo lo subordinan a sus entramados. Como cuando hace una suerte de especulación financiera con el semen y no eyaculan, para entrar en estados de conciencia “superiores”. La cara inversa de esto (que resulta lo mismo) es, por ejemplo, la teología de la prosperidad, donde la deidad se manifiesta en la vida del adepto, premiando su fe con billetes. Como si los billetes necesitaran a Dios tanto como éste a los billetes. Ambos casos sobreponen una teoría del mundo que les reconforte a lo evidente; el mundo tal cual, con su caos y su falta de sentido inherente les da cosita.
“Materialismo espiritual” es un término propuesto por Chögyam Trungpa durante los años 70 como respuesta a la asimilación de religiones orientales que él percibía en su entorno occidental. El término se refiere al modo de apropiarse de teorías “espirituales” para enchularse el ego, solidificar el narcicismo, o para reafirmar una serie de racionalizaciones sobre el mundo. Suele usarse para negar la muerte, la maldad o cualquier aspecto incómodo de la experiencia humana. Pero sobre todo se refiere al modo en que nos obstinamos en forzar al mundo y su devenir en alguna cómoda teoría, de paso sintiéndonos muy superiores a los demás por que ya somos humildes, por ejemplo.
Aquello que llamamos espiritualidad propone la posibilidad de amplificar nuestro modo de habitar nuestra vida, y ofrece métodos para estar más presentes a las experiencias que tenemos. Pero la inercia nos conduce, sin mayor obstáculo, a utilizar las técnicas y teorías de la espiritualidad para idear una versión del mundo, y establecer nuestra territorialidad en este. Es más sincero, desde cierto punto de vista, ser sencillamente un hijo de puta territorial que serlo, torpemente, mientras se cree no serlo. Pasa que tanto de lo que se considera espiritualidad se reduce a una serie de medallitas imaginarias o credenciales metafísicas para evitar la brutal caricia del entorno. Se busca alguna u otra forma de salvación, alguna validación que se está haciendo lo correcto con esta vida. No hay tal cosa, y por ello, eso que llaman la iluminación solo puede ser un accidente, uno que sucede cuando las pretensiones se desgastan por su propio peso.

martes, 31 de enero de 2012

Dalay + Fua = Bypass espiritual

una ponencia para la UIA, del coloquio sobre la Historia de las Emociones, recién remasterizada y publicada en Hermano Cerdo...



Recientemente un amigo me ofreció el relato de una leyenda viviente: una tal DJ Triste. El mito asegura que dicha diskjockey ameritó este nombre artístico debido a los efectos secundarios del abuso prolongado de MDMA o éxtasis. Debido a la abundante ingesta de tachas su organismo dejó de producir cantidades significativas de endorfinas y dopaminas; por ende, ahora vive en perpetua tristeza, dicen. Sea o no más que un mito, es comoquiera una figura trágica que, como Ícaro, se incineró volando hacia el sol —un sol de éxtasis total— en busca de la felicidad.

Esta tragedia (algo cómica, como toda tragedia), ofrece un vistazo a los efectos de la química sobre la recepción de las vivencias, en particular aquellas denominadas "emociones". La leyenda de DJ Triste invoca, por sus consecuencias farmacológicas, aquel modelo de ontología química a la que se intenta reducir la subjetividad. Pero también exorciza esta reducción: pese al fin de su éxtasis, DJ Triste continúa mezclando música para sí y para otros; es decir: aún encuentra en la música satisfacción y aliento para seguir mezclando, con o sin endorfinas. Hablar de las vivencias propias como procesos cerebrales o químicos obliga a situarse en tercera persona, como si pudiese alguien vivir por fuera lo que le sucede. Las vivencias son, primero, experiencias conscientes, o no son.    

   
                             El Fua, reservas insospechadas de poder

Sin embargo, estas experiencias límites que DJ Triste procuró hasta el hartazgo —algo que imagino como un vértigo donde el exceso de placer es dolor y viceversa— podrían también entenderse como un acto sumamente consecuente. En otras palabras, siguió a su conclusión lógica —a rigor, literalmente— el mandato de gozar al extremo que parece manar con tal ahínco el entorno contemporáneo de capitalismo-tardío-globalizado-mediatizado. Aunque la publicidad lleva ya más de medio siglo en televisión, es acaso reciente la difusión de publicidad relacionada con medicamentos para la regulación de los estados mentales o anímicos. Hablamos, pues, de la amplificación de un mercado psiquiátrico y su parafernalia conceptual y, digamos, material. Debo advertir que no estoy en campaña contra la psiquiatría ni que vaya yo a negar —al estilo Tom Cruise en Oprah— los claros beneficios que se han logrado por medio de la psiquiatría y sus fórmulas. Pero aunque es evidente que proponen una cosmovisión muy reductiva, sí me surge una cierta curiosidad ante la pronta popularización del modelo de subjetividad que postulan, ahora por medio de una estética publicitaria.

Ojalá alguien me diera un peso cada vez que escucho palabras con carga terapéutica
Ojalá alguien me diera un peso cada vez que escucho palabras con carga terapéutica —es decir terminología clínica— en el lenguaje cotidiano, ya sea en conversaciones en cafés o en los medios. Me refiero a palabras como “obsesión”, “autoestima”, “represión” o “neurótico”, que se arrojan fuera de contexto sin mayor premura. No es que niegue que en el intercambio de estos términos y su aplicación amateur haya ocasional alivio —tanto como frecuente confusión—, pero sí es notorio el auge del uso de esta jerga en nuestra cultura. Aunado, claro, a un modelo de intimidad muy particular, donde la intimidad se postula sin querer queriendo como un intercambio semi-terapéutico de ocasión. Un intercambio que supone “la vida” como una serie de problemas complejos para tratar de resolver.

En la década de 1960, a la par del auge publicitario, hubo una popularización de la mística New Age donde también se diseminaron los términos de la jerga terapéutica. Cristopher Lasch describe esta época como La cultura del narcicismo (1979): un plazo histórico en el que surge un retraimiento individual básicamente solipsista. El sujeto se vuelca hacia el abismo de su propio enigma interior. Ante la muerte de Dios y el abandono de las verdades de la iluminación a cambio de una actitud laissez faire el sujeto se constituye, muy al contrario de un genuino ateísmo, como su propio Dios. Un ensimismamiento engolosinado con aquel precepto griego del ‘Cuidado de Sí Mismo’; tanto que se llega a un modelo del sujeto donde el Yo es propietario y víctima de Sí mismo; el Yo como dueño y embajador del Yo.1 ¿Así o más rebuscado y solipsista?

Pero, ante estos factores, ¿cómo abordar una historia de las emociones?: ¿como un cronograma estético de los afectos, como una genealogía sentimental? Es decir, las emociones se presentan siempre ya ambiguas —el enojo nunca es solo enojo, también se tiñe de impotencia, de tristeza, de placer—, son híbridas y en cierto sentido homeopáticas, trayendo consigo siempre un relleno picosito de expresión inmanente. El malestar en la cultura (1930), recordemos, nos refiere a la cultura como el fuego cruzado, un baile de jaloneos y cachondeos de pulsiones. Así, retomando la noción del acto fallido que en aquellas conferencias de introducción al psicoanálisis Freud procuraba alumbrar con la atención analítica, indagando en torno a un resbalón de la lengua dictando una palabra en vez de otra, la pérdida de un juego de llaves o el contenido específico de un sueño (porque es justamente ese y no otro). Y en estas dinámicas Freud advierte el rebasamiento de la intención y voluntad propia, donde la vida consciente es solo un fragmento de aquello llamado inconsciente. Además de que Dios había muerto, también aquel Yo como Dios personal estaba por perecer.

De tal suerte, por su modo de asimilación sin querer queriendo —que en este caso me parece tiene que ver con un goce humorístico (o lo que llamamos gracia, que no deja de tener connotaciones religiosas)—, pienso pertinente indagar en torno a dos palabras que han sido prontamente asimiladas al lenguaje cotidiano en México. Me refiero específicamente a los términos “Dalay” y “Fua”. ¿Acaso la pronta y viral proliferación de estos términos no es indicio de un movimiento libidinal, en tanto evidencias de un goce y un modo de angustia; términos que perturban y atinan en algo a la vez?
Ante las vicisitudes de la vida diaria llega un tipo en túnica y todo se mejora.

Comencemos por indagar los usos de la palabra "Dalay", en referencia al medicamento relajante y sobre todo a su publicidad. La palabra se usa para con gracia de sapiencia mediática decir “tranquilo”, como en “no te estreses; tú Dalay”, o “la grúa se llevó mi auto; pero yo Dalay”. En la campaña publicitaria de este medicamento relajante vemos a personas estresadas debido a las difíciles situaciones de sus vidas que al ser tocadas por un monje oriental inmediatamente sueltan su tensión.Ante las vicisitudes de la vida diaria llega un tipo en túnica y todo se mejora.



No pasemos por alto el ingenio del márketing al llamar un medicamento con una palabra que suena igual al nombre de un líder religioso: el Dalai Lama. Sumado a que la publicidad desde sus inicios ha procurado satisfacer las necesidades y anhelos más arraigados del ser humano. Pensemos de momento en dicha figura pública más como ícono que como persona, ya que de ahí deriva su nombre el producto: de la asociación que se hace de esta figura con la beatitud, la bondad, la sabiduría. En este caso, más que con el Dalai Lama como tal, lidiamos con la Mickeymousificación del mismo. Donde más que encarnar al bodhisattva de la compasión (sea lo que sea eso), se le utiliza como una suerte de talismán y de limpiador. Su imagen limpia la imagen de otros; como un ‘Maestro Limpio’ mediático. Como en el caso de la siguiente foto, donde se alude a que si él puede ser comprensivo y mostrar compasión para alguien como esta mujer (Elba Ester Gordillo, quién sin duda sufre), entonces nosotros también habríamos de hacerlo, si es que aspiramos a la sabiduría y la bonanza—nuestra salvación.

Elba Esther Gordillo acompaña al Dalai Lama
La indiferencia como ideal espiritual: una inmunidad trascendental.
Asimismo, el monje del comercial (no el Dalai Lama) sale en algunas de las campañas publicitarias solo, y ante situaciones irritantes (lo orina un perro, lo empapa un auto con agua de un charco), se repite para sí la palabra Dalay como un ‘mantra’, para encontrar alivio inmediato. Y aquí es donde nos muestran la oferta: la indiferencia como ideal espiritual: una inmunidad trascendental. La sugerencia de este producto en el imaginario al que invita, es a ponerse un traje de foca y dejar que todo se nos resbale, o para usar otro término acuñado pronta y viralmente: "andar muy zen". No solo hacen uso de nociones espirituales gelatinosas e inestables, en un melcochón a la New Age, sino que es una invitación a la resignación; o como dice un dicho gallego: ellos nos orinan y nosotros creemos que llueve.


El ideal, de pronto, es una pasividad total.

El ideal, de pronto, es una pasividad total.Una que además se le proyecta a Oriente, como un Dios impersonal y abstracto. Es muy similar a lo que Freud describe como un sentimiento oceánico, contra el cual comienza alegando al inicio deEl malestar en la cultura, y que además reduce a un narcisismo ilimitado. Conduce, por asociación, en una sucesión de conceptos al llamado "Principio de Nirvana", que encaja aquí como esa voluntad por una estasis confortable y adormecida. Y cada que lo menciono no puedo evitar pensar en el guitarrista/vocalista de un grupo de rock (grunge) llamado Nirvana, Kurt Cobain. Intentó la anestesia total con heroína (una versión potenciada de Dalay), intentando lograr un circuito libidinal cerrado, y luego vino el suicidio: no más cambios. Lo peculiar de este ideal del desapego es que en realidad el involucramiento con el mundo es la mayor muestra de desprendimiento: desprendimiento de la idea fija de la imagen fallida de sí mismo. El desapego, sería más bien, asumirse implicado en el mundo y su flujo caótico, renunciando así a la fantasía de resolución y propósito fijo. Digo, además, ¿cuando el perro le mea encima, por qué diablos no sencillamente quita el pie?

El segundo caso, en torno al uso ya popularizado de la palabra “Fua” en el vocablo cotidiano, también debe tomar en cuenta la viralización de un video. En un noticiario de Nayarit se mostraron las imágenes de un tipo vehementemente alcoholizado que da un discurso sobre su cosmovisión en relación a algo que él llama el Fua. Y de nuevo es curiosa la burla que se hace del sujeto, quien se permite seguir ofreciendo sus tesis, mientras los demás se ríen de él. Ofrece su discurso con una convicción absoluta, creyendo en lo que dice. Pero no todos los videos virales concluyen con palabras de uso popular; vis a vis la muestra de una angustia que mueve estas apropiaciones lingüísticas. En el caso deel Fua podría plantearse que su viralidad reside en una cierta angustia por la temática. Es decir, el protagonista ofrece una cosmovisión y una metafísica que acomoda a muchos, además de intentar despojar algunas incertidumbres de la vida humana, como el sentido de la vida, y la realidad de la muerte. Esta angustia reside en la ansiedad de construir una versión del mundo donde todo tenga sentido o tenga un lugar y así podamos constituirnos un propósito infalible.

En la cosmovisión de El Fua la muerte no existe, y esto es aparente en su simulación de una resurrección.

De entrada, el video del Fua remite a la creencia popular de que los borrachos y los niños dicen la verdad. Y con ello, alude de nuevo a la temática de la verdad. El sujeto en cuestión es visto como una suerte de Oráculo de Delfos, sentado en un tripie inhalando los humos del abismo. Desde su estado alterado, más que hablar, canaliza. Transmite el alivio a la angustia, por medio de una visión esencialista y metafísica, donde una energía vital inmaterial nos anima y nos hace inmortales. En la cosmovisión de el Fua la muerte no existe, y esto es aparente en su simulación de una resurrección. Presenta como si fuese sapiencia común los postulados básicos de tantas organizaciones religiosas, forcluyendo (psicóticamente, como siempre es el caso) a la muerte misma, para restituir a una forma del ser en una existencia eterna.

Su proliferación llegó a ocupar la voz del presidente de la nación, Felipe Calderón, quién para inaugurar los Juegos Panamericanos incluyó al Fua en su discurso.



Lo peculiar de este tipo de misticismo popular es que tiene por intención una muy humana: manipular el universo.
Lo peculiar de este tipo de misticismo popular es que tiene por intención una muy humana: manipular el universo. En este caso se intenta por medio de la actitud, como si hubiese una correspondencia directa entre la actitud y los movimientos del cosmos. No que no haya conexión alguna, pero el peso que ejerce el cosmos y la vibración de una actitud no son equiparables. Resulta en una confusión entre lo relativo y lo absoluto, porque claro, en términos absolutos todo es todo y es un fractal interconectado e interdependiente a cada nivel, pero en lo relativo las leyes de Newton siguen operando tal cual. Así que esperar que movimientos internos tengan una correspondencia en el mundo externo tan amplificada y tangible es una desproporción en las leyes de correspondencia. Y es una trama muy común ahora, pensemos por ejemplo en el best-seller mundial The Secret, donde estiman que a través de una obsesión las vibraciones mentales van a doblegar al mundo, en vez de requerir de un esfuerzo constante y una estrategia precisa, con solo pensarlo mucho tendrás cualquier cosa.

Mientras que el Dalay nos presenta la resignación como misticismo, el Fua es otra versión de misticismo: la de ser el eje de control cósmico a través de la actitud. En ambas se busca neutralizar la vitalidad del mundo. Esto es lo que podríamos llamar el bypass espiritual: por medio de teorías o prácticas consideradas espirituales tratar de eludir o negar totalmente las incertidumbres o los aspectos crudos de la vida. Así, como Dalay niega todo un rango de emociones a cambio de la pasiva resignación considerada como “sabiduría comprensiva” el Fua niega aquello que nos hace humanos y donde parte cualquier posible “espiritualidad”: asumir la mortalidad como tal.

Pero ni Jung con todo su marasmo abstracto pudo forcluir la sexualidad humana, ni la muerte. Así, en la parodia regresa la angustia en su forma tangible y explícita. Regresa la sexualidad, la angustia ante la vulneración de lo otro. La intimidad intimida:



Y además, en la parodia encontramos de nuevo la naturaleza reprimida y operativa de la viralidad del Fua, su promesa mística:



Así, con esto del psychedelic trance inevitablemente regresamos a las mezclas de DJ Triste, quien ya se tomó dosis brutales del Dalay más amplificado posible y quien en vez de decir “ya no puedo”, optó por mejor rugir: “cómo no, ¡Fua!”, claro, pero en plan triste; porque eso de morir, aunque inevitable, es triste.
  1. Es el mismo modelo con el que topamos en los múltiples shows de terapia televisiva —pensemos por ejemplo en Dr. Phil, Dr. Oz o Laura en América. Pero, y por el elemento humorístico y de cotidianeidad, me parece más pertinente de observar en las Sitcoms, por medio de lo que podríamos denominar "humor quirky". Este tipo de humor otorga credibilidad a los personajes en función de sus quirks (fijaciones, contradicciones, peculiaridades o síntomas). A la par se prolifera un modelo de intimidad fuera de la pantalla (dondequiera que eso sea) basado en estos mismos paradigmas y términos. Se reduce la intimidad a un modelo terapéutico improvisado quirky. Ahora, advierto en este discurso, ponencia o choro, ya la posible infiltración de aquel "tono apocalíptico" que con tal precisión anunció Derrida (y no quería citar al canon, pero bueno). Es decir, quisiera ahora eludir la noción de que estoy por plantear que este modelo de intimidad es apócrifo y peyorativamente simulacral a cambio de una nostalgia por una autenticidad perdida y demás. La filosofía es un acto viviente, acaso un fetiche, pero no requiere una justificación ante el mercado como fábrica de profecías. Sencillamente no comparto el credo en que este paradigma de intimidad confesional y su modelo de profundidad sean el único al que tenemos acceso. Además al usar términos como ‘capitalismo tardío’, este texto no pretende anunciar ninguna suerte de devastación (pero es curioso que dada la apropiación de estos términos, sea necesario explicarlo).


lunes, 11 de mayo de 2009

forever never

Este texto recién salió en Picnic... las imágenes de este número están de lujo...


Lo difícil de las generalidades simplistavagoexperienciales
Dharmicocristianas quesqueespirituales
Es que como explicaciones todo lo que tienen son analogías

Luís H. Valadez, Eye likes it when ya die/Lord, hear our prayer

Imaginemos por un momento que te dedicas a la actuación (no por dudar de tu tan auténtica autenticidad—ni tantito). Ahora, tan sólo por seguir con este ejercicio, supongamos que desde mediados del año pasado, tu agente, en un frenesí de metanfetaminas y ginebra, cerró un trato tremendo. Este contrato te habrá de convertir en el próximo protagonista de la más históricamente desproporcionada y espectacularmente costosa producción de la vida de Jesus Christ (si eres chava no importa, te maquillan denso, barba postiza, efectos digitales, túnicas holgadas, etc.).

Todo marcha de ensueño durante tu primer año: leyendo el guión en un convento guadalupano, recortándote la barba para viajar a tierra santa, fumando mucho, dejando de fumar, dando entrevistas con lentes oscuros para Oprah, recibiendo bendiciones papales ante una multitud, tomando clases de arameo y de cómo ser crucificado—ya sabes. De pronto, tras un chequeo médico rutinario, se te informa que habrás de morir en exactamente una semana (evitaré los grotescos detalles de cómo y porqué; para no exhibirte—no es TV-Notas).

Aparte de todas las cosas que nunca hiciste y que ahora juras siempre quisiste hacer, te encuentras con el siguiente dilema: el director-guionista (además de ser pedante), ha decidido que a manera de homenaje, quiere que seas tú quien escoja tu reemplazo para este monumental papel. Sólo que hay un pequeño problema: la casa productora detrás del casting y demás, tiene un contrato eterno y definitivo para este guión, por lo cual te presentan únicamente tres opciones: Keanu Reeves, Diego Luna, o Gael García-Bernal.

Al oír la noticia, Keanu, tras hojear con fatiga e indiferencia el guión, declara públicamente que ya está completamente hastalamadre de salir en posiciones fetales y salvar al mundo. A la mañana siguiente amanece muerto en la tina de un hotel en Utah (¿o fue en Tijuana?)—sí, adivinaste, en posición fetal. Ni modos: ¿cuál de los charolastras consideras que mejor pueda imitar “la mirada mesiánica”?

A LO QUE VOY ES, que mucho de lo que consideramos “espiritual” suele no ser más que la perversa emulación de ciertos gestos. Una suerte de semiótica de lo trascendente. Decimos las frases en coordinación con las muecas correspondientes, compramos el collar, aprendemos a pronunciar palabras como “karma” o “dominus”, viajamos a la India (o a Tepoztlan), nos persignamos mirando al cielo con cara de misericordia, miramos invasivamente a los ojos a los demás… Es como si creyésemos que por vestirnos con terciopelo púrpura y hacer cosas peculiares con nuestro pelo facial, automáticamente vamos a tocar la guitarra como Prince.

Hay quienes conciben lo espiritual como referente a un plano inmaterial, ideal, y masturban sus platónicas cabezas con abstractas teorías sobre la reencarnación. Suelen mantener concepciones chiclosas sobre cómo la vida está llena de lecciones que si uno reprueba habrá de repetir infinitamente—como una perpetua pedagogía arquetípica. Estos son los Forevereados. Mientras que en el supuesto otro extremo, están los que no creen en “esas jaladas” y se dedican, con ejemplar devoción, a la acumulación de bienes, actitudes desencantadas y vivencias triviales. Los coleccionistas, pequeñodéspotas ensalzando sus narcisos con más (o menos) de lo que sea. Estos son los Nihilistas. Siempre y nunca, todo y nada. Y claro, toda una gama de combinaciones y cocteles intermedios. Nos tenemos que desprogramar, o programar, o reprogramar; que cortarnos el pelo, o dejárnoslo largo; que vestir de blanco, o dejar de hacerlo; regalar nuestros ahorros, o hacer mucho dinero; dejar de ser pretenciosos, o aceptar que lo somos. Lo que sea menos vivir directamente, en primera persona, desde nuestra corporalidad.

Pasa que nuestra concepción de lo espiritual suele estar al servicio de los más insidiosos de nuestros hábitos y miedos egocéntricos. Frecuentamos calumniosos y supuestamente sutiles concursos, para ver quién es más tolerante, sereno, desprendido, comprensivo, pleno, intenso, entusiasta, abundante, valemadres, sensato, temerario, solemne, etc. Sin importar si los valores que concursan son de índole “pacheco-buenavibra” o “satánico-gandallas” o “escéptico-cool” o “posmo-ingeniosos”, no deja de ser un concurso. No cesamos de percibirnos y tratarnos como objetos en una batalla con otros objetos. Amueblando y decorando nuestros egos, acabamos con frases como: “yo soy más chingón que tú porque tengo menos ego que tú” (que aunque no las digamos, las creemos).

Con ahínco ideamos nuestra experiencia como escindida: un sujeto y un objeto. Una división arbitraria fundada en la utilidad. Un mundo de objetos a los cuales atribuimos cualidades mágicas como la independencia, la esencia y la permanencia. Un mundo a disposición de un sujeto al cual proyectamos con características místicas, como la inherencia, la objetividad y la certeza. Acabamos alienados e intentando manipular nuestro entorno, y los mundos detrás del mundo, en una voraz persecución de inmunidad.



Cada que algo rebasa o se escapa de esta misión imposible, con tremenda velocidad, agilidad y una insistencia admirable, lo reinscribimos dentro de nuestro modelo habitual. Somos como una especie de MacGyver holográfico, volteando toda situación a ventaja de nuestra preciada fantasía de seguridad ontológica. Que nada nos toque, que nada nos cambie, que nada nos mueva…Pero claro, que los demás nos reconozcan por lo profundas que han sido nuestras vivencias, por lo especiales que somos. Ya sea que vayamos a las islas de Fiji a tener orgías en pañales o andemos de rodillas a la Villa, ya sea que nos rapemos la cabeza y no comamos más que hígado por 40 días o hagamos miles de postraciones en el Tibet antes (o después) de ir a Ibiza, o que cotorreemos con Tom Cruise y John Travolta en una convención Dianética, en general no hacemos más que procurar aprobación y ventaja. Huir de la humillación, correr hacia los aplausos (¿qué, nadie vio American Idol?).

Es peculiar que a pesar de lo inmersos que estamos—y quizás gracias a ello—, solemos obviar que la cosmovisión más en boga hoy día es el capitalismo. Si bien, cuando decimos Cristianismo o Maradonismo, nos referimos a la ciega afinidad y ferviente devoción para con Cristo o Maradona. Sin embargo, pasamos por alto que ahora somos fieles piadosos del capital. Admiramos las experiencias y sofisticaciones que el capital provee, el carisma y la superioridad que supone infundir como misterio en los sujetos que más poseen, el quesque sentido común y soluciones rápidas que ofrece. El Zen capitalista light: que nada te afecte, vive en el momento (¿cuál momento y cuánto cuesta?). ¿Qué mejor ejemplo de ello que el avasallador y siniestro auge que exhiben personajes como el Dr. Jesús Miranda (Cristo Hombre), o Madonna con sus matemáticas intergalácticas y baños de lluvia? ¿Y qué síntoma más nauseabundo que el trepidante éxito de la neurosis obsesiva por medio de El Secreto? ¿O qué tal que los grandes empresarios (del narco) se vuelven santos?



Y cómo no iba a suceder esto, si nuestra concepción de Espiritual es más difusa y tambaleante que la vida de José José. El diccionario ofrece lo siguiente: Referente al espíritu, ¿Qué diablos es eso del “espíritu”? (¿No se les dice así a los vinos?) Para cerrar me gustaría proponer lo siguiente: la espiritualidad se refiere a las prácticas de la subjetividad; técnicas que revelan su naturaleza, sus características, su plasticidad; métodos que alumbran el asombro mismo que nos constituye. La espiritualidad alude, así mismo, a las instancias—a menudo accidentales—en las cuales la delirante división sujeto/objeto es interferida y deconstruida por una inmanencia viral. Por ejemplo, una práctica que me parece atinada para describir la espiritualidad, vendría a ser la meditatio mortem. Es decir, una contemplación sobre la propia muerte, que nos restituye a una apreciación fulgurante del mundo.

En fin, creo que ninguna religión es tan deplorable como la psiquiatría, las nuerosciencias o la sociobiología—por la rampante homologización que propagan gracias a su supuesta “verdad empírica”. Pienso que no son mucho más que defensas místicas del neoliberalismo. Y no son tan distintas a las premisas del Opus Dei o aquellas de los Raelianos. No sé, pero lo que sí puedo asegurar es que aún prefiero releer La Panza es Primero de Rius que aventarme un “viaje de poder” en Teotihuacán (o en cualquier otro lado, pa’l caso) con Don Miguel Ruíz, y que cada que veo a algún chavito (o no tan chavito) Krishna, con su melenita esa, ya sea en un aeropuerto o en el Parque México, mi primera reacción es querer darles un sape. Y mi segunda reacción…también.