jueves 16 de febrero de 2012

divina publicidad

una nota para RAZtudio sobre la visita papal y MadMen, (la propaganda teológica o la teología de la propaganda)...



En México solo un personaje es capaz de mover más gente a verlo en vivo que Michael Jackson: el Papa. El Papa actual, Benedictino XVI, no cuenta con el carisma y la aptitud para las relaciones públicas del ya beatificado Juan Pablo II; comoquiera, a finales de marzo hará una breve gira por el bajío mexicano. Se esperan ya, al menos, medio millón de espectadores. Ante tal evidencia, no es gratuito que el estratega de comunicaciones Bruno Ballardini afirme que la Iglesia Católica prácticamente inventó lo que hoy conocemos como Marketing. En su bestseller, Jesus Lava Mas Blanco (2007), desarrolla este argumento, punto por punto, para establecer su tesis. Considera, por ejemplo, los testamentos que conforman la Biblia (mega bestseller de todos los tiempos) como testimonials, parecidos a los que ahora vemos en los infomerciales: "antes estaba perdido, pero ahora, con Jesus & Co., soy un hombre nuevo." Así también habla del Logo de la Iglesia, uno de los símbolos más conocidos en el mundo, con una identidad de marca (branding). Pensemos también en sus uniformes, siendo los primeros en introducir uniformes estándar para todo el staff, reafirmando así la identidad de la marca (cosa que, por ejemplo, McDonald’s también logra). O consideremos el product placement que consiguen con tantas sucursales (branches), sumando una red internacional de 1.1 miles de millones de miembros. Desde una perspectiva mercadológica, estas prácticas son admirables, y vale la pena considerar sus milenarias estrategias publicitarias. Puede parecer una postura cínica ante la religión o la Iglesia; pero, sin afán de ofender, Ballardini sostiene un buen argumento.


Llevemos este ejercicio analítico que propone Ballardini un paso más lejos. Además de considerar la salvación como un producto milagro, consideremos una cuestión inversa: lo religioso que resulta el marketing como tal. Pensemos en la beatificación de los productos —que habrán de interceder por nosotros en búsqueda de una satisfacción escurridiza—, tanto como su proyección (omnisciente, omnipresente, y omnipotente) en todos los medios posibles. El marketing es un fenómeno religioso, no solo en cuanto al credo que suscita en nosotros sus consumidores (quienes lo ingerimos como liturgia, participamos en la eucaristía que redefine nuestra realidad, para luego comulgar con sus mercancías), sino también en cómo resuelve los dilemas básicos de la condición humana a los que responde. Al igual que una religión, la publicidad presenta modos de darle sentido al entorno y en consecuencia a nuestras vidas. He ahí el confort que otorgan los anuncios: ofrecen términos bajo los cuales pensar sobre nosotros y nuestro lugar en el mundo. (Por ejemplo cuando pensamos que un anuncio es "estúpido" ya estamos pensando en ciertos términos: estupidez-genialidad). Todos tenemos un credo—un modo de configurar nuestras experiencias y una serie de ideas básicas sobre la naturaleza de las cosas y el propósito (o sin-propósito) de la vida—; creer que no tienes un credo es muestra contundente de que sí lo tienes. La publicidad no se engaña: sabe que tienes un credo.


Creer que se es demasiado astuto para ser influenciado por la publicidad es muestra de la peor de las ingenuidades. La mayoría creemos que somos mejores que la mayoría —y en esto consiste ser parte de la mayoría. La publicidad entiende esto. De no haber evidencias de los efectos de la publicidad, ¿por qué hay compañías dispuestas a pagar millones de dólares para anunciarse por 30 segundos durante el medio tiempo del Super Bowl? Comprenden cómo regular y disponer de nuestra atención. Incluso a ratos he llegado a considerar en que hay campañas que te ofrecen la satisfacción secundaria de sentirte más listo que su anuncio. Pero en general, las imágenes que muestran, y las asociaciones afectivas a las que conducen, dejan impresiones de todos tipos en la psique. Nos guste o no. Digo, por algo prefiero tomar Coca que Pepsi, y en mi caso, que yo sepa, nada tiene que ver con el sabor.

Lo siguiente no implica coincidencia alguna: el 25 de Marzo, cuando Ratzinger se retira de territorio Mexicano para visitar Cuba, también se estrenará la 5ta temporada de Mad Men. Me gusta cómo se oye eso: la quinta de Mad Men, con aires de sinfonía; y no es para menos, considerando todos los detalles que deben tomarse en cuenta para producir una serie de esta naturaleza. Situada en una agencia publicitaria en Nueva York a principios de los años 60s, esta serie reproduce fielmente la escenografía y los vestuarios, así como los hábitos y el modo de pensar de sus personajes. De los mayores aciertos de esta serie, sumado a sus formidables guiones, y actuaciones, ha sido la de mostrar una época y un ámbito que definieron la mitología que ahora nos rige. En dicha época, ahí en las agencias publicitarias de Madison Av., se gestaron las imágenes —y los usos de éstas— que proliferan y circulan por nuestro entorno y nuestras cabezas hoy en día. Esto es ineludible en una ciudad como el DF, con espectaculares que parecen, cual santos protectores, vigilar las calles desde sus alturas, con sus novenas (mantras) manando de pantallas y radios encendidos por doquier.


No podemos descartar la capacidad de marketing de una institución como la Iglesia Católica, como tampoco es posible negar el halo teológico que emana la publicidad hoy en día. Lo experimento cada vez que un comercial en la TV me ofrece esa sensación de que me están hablando a mí personalmente y del sentido de mi vida… Mad Men describe cómo se gesta y propaga esta mitología que ahora habitamos. ¿Qué efectos ha tenido el hombre Marlboro sobre mis ideas sobre el tabaco y la masculinidad?; ¿cómo lograron que asocie la cerveza con tetas?; ¿por qué motivo ligo un auto nuevo con el prestigio y la individualidad? Son tantas las imágenes que vinculo, sin querer, con sentimientos específicos y las marcas que ahora circulan retacadas de asociaciones. No es que me parezca siniestro o que esté en contra de la publicidad y en busca de un paraíso perdido de la pureza radical. Para nada, que lo apocalíptico me suena a una campaña también pasada de moda. Solo que habitando esta sociedad no puedo evitar participar en su imaginario, y por ello lo analizo.

La iglesia católica en su momento hizo lo mismo, apropiándose de mitos previos, resignificándolos para luego divulgarlos a su medida. Sitio al que han llegado sus productos, adapta estos a la estética local. Por eso, bien lo dice Ballardini, no hay nada más kitsch que el Catolicismo. Muestra del continuo esfuerzo por colocar su producto recordemos el contrato que firmó Benedictino XVI para grabar un disco con Geffen Records en 2009. El disco, de cantos y rezos para la Virgen María, salió en noviembre de ese mismo año, bajo el sello que que produce también a Snoop Dogg, Nirvana y Ashlee Simpson. Ahora claro, el World Tour (Visita Papal) debe continuar, siguiendo la pista de las reliquias del anterior vocalista de la banda (JPII). Para difundir sus mensajes y promesas, sus esperanzas y temores. Aquellos mismos anhelos y miedos que la publicidad moldea en sus espectaculares creaciones.


La 5ta temporada de Mad Men amenazaba, en su momento, con ser la última de este genial drama televisivo. Pero no solo Ratzinger firma contratos con empresas de entretenimiento; Matthew Weiner, productor de la galardonada serie, concluyó negociaciones con AMC (American Movie Classics). Así, los feligreses de Mad Men podemos estar tranquilos, ya que a finales del 2011 declararon que esta obra y sus personajes extenderá su trama hasta una séptima temporada. Con esto prometen que veremos más de sus atractivas secretarias, jugosas tramas y complejas interacciones, hasta que su protagonista, Don Draper llegue a viejo, culminando la serie en nuestros días (con iPhones y toda la cosa). En fin, mientras tantos estarán conmovidos —o indignados— despidiendo al Papa (que de nuestros impuestos financiamos dicho viaje, así que más le vale dar un buen show de despedida), yo me avocaré al primer capítulo de la 5ta de Mad Men, procurando así aprender algo sobre la religión de ayer y hoy, y pasar un rato entretenido.

martes 31 de enero de 2012

Dalay + Fua = Bypass espiritual

una ponencia para la UIA, del coloquio sobre la Historia de las Emociones, recién remasterizada y publicada en Hermano Cerdo...



Recientemente un amigo me ofreció el relato de una leyenda viviente: una tal DJ Triste. El mito asegura que dicha diskjockey ameritó este nombre artístico debido a los efectos secundarios del abuso prolongado de MDMA o éxtasis. Debido a la abundante ingesta de tachas su organismo dejó de producir cantidades significativas de endorfinas y dopaminas; por ende, ahora vive en perpetua tristeza, dicen. Sea o no más que un mito, es comoquiera una figura trágica que, como Ícaro, se incineró volando hacia el sol —un sol de éxtasis total— en busca de la felicidad.

Esta tragedia (algo cómica, como toda tragedia), ofrece un vistazo a los efectos de la química sobre la recepción de las vivencias, en particular aquellas denominadas "emociones". La leyenda de DJ Triste invoca, por sus consecuencias farmacológicas, aquel modelo de ontología química a la que se intenta reducir la subjetividad. Pero también exorciza esta reducción: pese al fin de su éxtasis, DJ Triste continúa mezclando música para sí y para otros; es decir: aún encuentra en la música satisfacción y aliento para seguir mezclando, con o sin endorfinas. Hablar de las vivencias propias como procesos cerebrales o químicos obliga a situarse en tercera persona, como si pudiese alguien vivir por fuera lo que le sucede. Las vivencias son, primero, experiencias conscientes, o no son.    

     
                             El Fua, reservas insospechadas de poder

Sin embargo, estas experiencias límites que DJ Triste procuró hasta el hartazgo —algo que imagino como un vértigo donde el exceso de placer es dolor y viceversa— podrían también entenderse como un acto sumamente consecuente. En otras palabras, siguió a su conclusión lógica —a rigor, literalmente— el mandato de gozar al extremo que parece manar con tal ahínco el entorno contemporáneo de capitalismo-tardío-globalizado-mediatizado. Aunque la publicidad lleva ya más de medio siglo en televisión, es acaso reciente la difusión de publicidad relacionada con medicamentos para la regulación de los estados mentales o anímicos. Hablamos, pues, de la amplificación de un mercado psiquiátrico y su parafernalia conceptual y, digamos, material. Debo advertir que no estoy en campaña contra la psiquiatría ni que vaya yo a negar —al estilo Tom Cruise en Oprah— los claros beneficios que se han logrado por medio de la psiquiatría y sus fórmulas. Pero aunque es evidente que proponen una cosmovisión muy reductiva, sí me surge una cierta curiosidad ante la pronta popularización del modelo de subjetividad que postulan, ahora por medio de una estética publicitaria.

Ojalá alguien me diera un peso cada vez que escucho palabras con carga terapéutica
Ojalá alguien me diera un peso cada vez que escucho palabras con carga terapéutica —es decir terminología clínica— en el lenguaje cotidiano, ya sea en conversaciones en cafés o en los medios. Me refiero a palabras como “obsesión”, “autoestima”, “represión” o “neurótico”, que se arrojan fuera de contexto sin mayor premura. No es que niegue que en el intercambio de estos términos y su aplicación amateur haya ocasional alivio —tanto como frecuente confusión—, pero sí es notorio el auge del uso de esta jerga en nuestra cultura. Aunado, claro, a un modelo de intimidad muy particular, donde la intimidad se postula sin querer queriendo como un intercambio semi-terapéutico de ocasión. Un intercambio que supone “la vida” como una serie de problemas complejos para tratar de resolver.

En la década de 1960, a la par del auge publicitario, hubo una popularización de la mística New Age donde también se diseminaron los términos de la jerga terapéutica. Cristopher Lasch describe esta época como La cultura del narcicismo (1979): un plazo histórico en el que surge un retraimiento individual básicamente solipsista. El sujeto se vuelca hacia el abismo de su propio enigma interior. Ante la muerte de Dios y el abandono de las verdades de la iluminación a cambio de una actitud laissez faire el sujeto se constituye, muy al contrario de un genuino ateísmo, como su propio Dios. Un ensimismamiento engolosinado con aquel precepto griego del ‘Cuidado de Sí Mismo’; tanto que se llega a un modelo del sujeto donde el Yo es propietario y víctima de Sí mismo; el Yo como dueño y embajador del Yo.1 ¿Así o más rebuscado y solipsista?

Pero, ante estos factores, ¿cómo abordar una historia de las emociones?: ¿como un cronograma estético de los afectos, como una genealogía sentimental? Es decir, las emociones se presentan siempre ya ambiguas —el enojo nunca es solo enojo, también se tiñe de impotencia, de tristeza, de placer—, son híbridas y en cierto sentido homeopáticas, trayendo consigo siempre un relleno picosito de expresión inmanente. El malestar en la cultura (1930), recordemos, nos refiere a la cultura como el fuego cruzado, un baile de jaloneos y cachondeos de pulsiones. Así, retomando la noción del acto fallido que en aquellas conferencias de introducción al psicoanálisis Freud procuraba alumbrar con la atención analítica, indagando en torno a un resbalón de la lengua dictando una palabra en vez de otra, la pérdida de un juego de llaves o el contenido específico de un sueño (porque es justamente ese y no otro). Y en estas dinámicas Freud advierte el rebasamiento de la intención y voluntad propia, donde la vida consciente es solo un fragmento de aquello llamado inconsciente. Además de que Dios había muerto, también aquel Yo como Dios personal estaba por perecer.

De tal suerte, por su modo de asimilación sin querer queriendo —que en este caso me parece tiene que ver con un goce humorístico (o lo que llamamos gracia, que no deja de tener connotaciones religiosas)—, pienso pertinente indagar en torno a dos palabras que han sido prontamente asimiladas al lenguaje cotidiano en México. Me refiero específicamente a los términos “Dalay” y “Fua”. ¿Acaso la pronta y viral proliferación de estos términos no es indicio de un movimiento libidinal, en tanto evidencias de un goce y un modo de angustia; términos que perturban y atinan en algo a la vez?
Ante las vicisitudes de la vida diaria llega un tipo en túnica y todo se mejora.

Comencemos por indagar los usos de la palabra "Dalay", en referencia al medicamento relajante y sobre todo a su publicidad. La palabra se usa para con gracia de sapiencia mediática decir “tranquilo”, como en “no te estreses; tú Dalay”, o “la grúa se llevó mi auto; pero yo Dalay”. En la campaña publicitaria de este medicamento relajante vemos a personas estresadas debido a las difíciles situaciones de sus vidas que al ser tocadas por un monje oriental inmediatamente sueltan su tensión.Ante las vicisitudes de la vida diaria llega un tipo en túnica y todo se mejora.




No pasemos por alto el ingenio del márketing al llamar un medicamento con una palabra que suena igual al nombre de un líder religioso: el Dalai Lama. Sumado a que la publicidad desde sus inicios ha procurado satisfacer las necesidades y anhelos más arraigados del ser humano. Pensemos de momento en dicha figura pública más como ícono que como persona, ya que de ahí deriva su nombre el producto: de la asociación que se hace de esta figura con la beatitud, la bondad, la sabiduría. En este caso, más que con el Dalai Lama como tal, lidiamos con la Mickeymousificación del mismo. Donde más que encarnar al bodhisattva de la compasión (sea lo que sea eso), se le utiliza como una suerte de talismán y de limpiador. Su imagen limpia la imagen de otros; como un ‘Maestro Limpio’ mediático. Como en el caso de la siguiente foto, donde se alude a que si él puede ser comprensivo y mostrar compasión para alguien como esta mujer (Elba Ester Gordillo, quién sin duda sufre), entonces nosotros también habríamos de hacerlo, si es que aspiramos a la sabiduría y la bonanza—nuestra salvación.

Elba Esther Gordillo acompaña al Dalai Lama
La indiferencia como ideal espiritual: una inmunidad trascendental.
Asimismo, el monje del comercial (no el Dalai Lama) sale en algunas de las campañas publicitarias solo, y ante situaciones irritantes (lo orina un perro, lo empapa un auto con agua de un charco), se repite para sí la palabra Dalay como un ‘mantra’, para encontrar alivio inmediato. Y aquí es donde nos muestran la oferta: la indiferencia como ideal espiritual: una inmunidad trascendental. La sugerencia de este producto en el imaginario al que invita, es a ponerse un traje de foca y dejar que todo se nos resbale, o para usar otro término acuñado pronta y viralmente: "andar muy zen". No solo hacen uso de nociones espirituales gelatinosas e inestables, en un melcochón a la New Age, sino que es una invitación a la resignación; o como dice un dicho gallego: ellos nos orinan y nosotros creemos que llueve.


El ideal, de pronto, es una pasividad total.

El ideal, de pronto, es una pasividad total.Una que además se le proyecta a Oriente, como un Dios impersonal y abstracto. Es muy similar a lo que Freud describe como un sentimiento oceánico, contra el cual comienza alegando al inicio deEl malestar en la cultura, y que además reduce a un narcisismo ilimitado. Conduce, por asociación, en una sucesión de conceptos al llamado "Principio de Nirvana", que encaja aquí como esa voluntad por una estasis confortable y adormecida. Y cada que lo menciono no puedo evitar pensar en el guitarrista/vocalista de un grupo de rock (grunge) llamado Nirvana, Kurt Cobain. Intentó la anestesia total con heroína (una versión potenciada de Dalay), intentando lograr un circuito libidinal cerrado, y luego vino el suicidio: no más cambios. Lo peculiar de este ideal del desapego es que en realidad el involucramiento con el mundo es la mayor muestra de desprendimiento: desprendimiento de la idea fija de la imagen fallida de sí mismo. El desapego, sería más bien, asumirse implicado en el mundo y su flujo caótico, renunciando así a la fantasía de resolución y propósito fijo. Digo, además, ¿cuando el perro le mea encima, por qué diablos no sencillamente quita el pie?

El segundo caso, en torno al uso ya popularizado de la palabra “Fua” en el vocablo cotidiano, también debe tomar en cuenta la viralización de un video. En un noticiario de Nayarit se mostraron las imágenes de un tipo vehementemente alcoholizado que da un discurso sobre su cosmovisión en relación a algo que él llama el Fua. Y de nuevo es curiosa la burla que se hace del sujeto, quien se permite seguir ofreciendo sus tesis, mientras los demás se ríen de él. Ofrece su discurso con una convicción absoluta, creyendo en lo que dice. Pero no todos los videos virales concluyen con palabras de uso popular; vis a vis la muestra de una angustia que mueve estas apropiaciones lingüísticas. En el caso deel Fua podría plantearse que su viralidad reside en una cierta angustia por la temática. Es decir, el protagonista ofrece una cosmovisión y una metafísica que acomoda a muchos, además de intentar despojar algunas incertidumbres de la vida humana, como el sentido de la vida, y la realidad de la muerte. Esta angustia reside en la ansiedad de construir una versión del mundo donde todo tenga sentido o tenga un lugar y así podamos constituirnos un propósito infalible.
                                  
En la cosmovisión de El Fua la muerte no existe, y esto es aparente en su simulación de una resurrección.

De entrada, el video del Fua remite a la creencia popular de que los borrachos y los niños dicen la verdad. Y con ello, alude de nuevo a la temática de la verdad. El sujeto en cuestión es visto como una suerte de Oráculo de Delfos, sentado en un tripie inhalando los humos del abismo. Desde su estado alterado, más que hablar, canaliza. Transmite el alivio a la angustia, por medio de una visión esencialista y metafísica, donde una energía vital inmaterial nos anima y nos hace inmortales. En la cosmovisión de el Fua la muerte no existe, y esto es aparente en su simulación de una resurrección. Presenta como si fuese sapiencia común los postulados básicos de tantas organizaciones religiosas, forcluyendo (psicóticamente, como siempre es el caso) a la muerte misma, para restituir a una forma del ser en una existencia eterna.

Su proliferación llegó a ocupar la voz del presidente de la nación, Felipe Calderón, quién para inaugurar los Juegos Panamericanos incluyó al Fua en su discurso.




Lo peculiar de este tipo de misticismo popular es que tiene por intención una muy humana: manipular el universo.
Lo peculiar de este tipo de misticismo popular es que tiene por intención una muy humana: manipular el universo. En este caso se intenta por medio de la actitud, como si hubiese una correspondencia directa entre la actitud y los movimientos del cosmos. No que no haya conexión alguna, pero el peso que ejerce el cosmos y la vibración de una actitud no son equiparables. Resulta en una confusión entre lo relativo y lo absoluto, porque claro, en términos absolutos todo es todo y es un fractal interconectado e interdependiente a cada nivel, pero en lo relativo las leyes de Newton siguen operando tal cual. Así que esperar que movimientos internos tengan una correspondencia en el mundo externo tan amplificada y tangible es una desproporción en las leyes de correspondencia. Y es una trama muy común ahora, pensemos por ejemplo en el best-seller mundial The Secret, donde estiman que a través de una obsesión las vibraciones mentales van a doblegar al mundo, en vez de requerir de un esfuerzo constante y una estrategia precisa, con solo pensarlo mucho tendrás cualquier cosa.

Mientras que el Dalay nos presenta la resignación como misticismo, el Fua es otra versión de misticismo: la de ser el eje de control cósmico a través de la actitud. En ambas se busca neutralizar la vitalidad del mundo. Esto es lo que podríamos llamar el bypass espiritual: por medio de teorías o prácticas consideradas espirituales tratar de eludir o negar totalmente las incertidumbres o los aspectos crudos de la vida. Así, como Dalay niega todo un rango de emociones a cambio de la pasiva resignación considerada como “sabiduría comprensiva” el Fua niega aquello que nos hace humanos y donde parte cualquier posible “espiritualidad”: asumir la mortalidad como tal.

Pero ni Jung con todo su marasmo abstracto pudo forcluir la sexualidad humana, ni la muerte. Así, en la parodia regresa la angustia en su forma tangible y explícita. Regresa la sexualidad, la angustia ante la vulneración de lo otro. La intimidad intimida:




Y además, en la parodia encontramos de nuevo la naturaleza reprimida y operativa de la viralidad del Fua, su promesa mística:




Así, con esto del psychedelic trance inevitablemente regresamos a las mezclas de DJ Triste, quien ya se tomó dosis brutales del Dalay más amplificado posible y quien en vez de decir “ya no puedo”, optó por mejor rugir: “cómo no, ¡Fua!”, claro, pero en plan triste; porque eso de morir, aunque inevitable, es triste.
  1. Es el mismo modelo con el que topamos en los múltiples shows de terapia televisiva —pensemos por ejemplo en Dr. Phil, Dr. Oz o Laura en América. Pero, y por el elemento humorístico y de cotidianeidad, me parece más pertinente de observar en las Sitcoms, por medio de lo que podríamos denominar "humor quirky". Este tipo de humor otorga credibilidad a los personajes en función de sus quirks (fijaciones, contradicciones, peculiaridades o síntomas). A la par se prolifera un modelo de intimidad fuera de la pantalla (dondequiera que eso sea) basado en estos mismos paradigmas y términos. Se reduce la intimidad a un modelo terapéutico improvisado quirky. Ahora, advierto en este discurso, ponencia o choro, ya la posible infiltración de aquel "tono apocalíptico" que con tal precisión anunció Derrida (y no quería citar al canon, pero bueno). Es decir, quisiera ahora eludir la noción de que estoy por plantear que este modelo de intimidad es apócrifo y peyorativamente simulacral a cambio de una nostalgia por una autenticidad perdida y demás. La filosofía es un acto viviente, acaso un fetiche, pero no requiere una justificación ante el mercado como fábrica de profecías. Sencillamente no comparto el credo en que este paradigma de intimidad confesional y su modelo de profundidad sean el único al que tenemos acceso. Además al usar términos como ‘capitalismo tardío’, este texto no pretende anunciar ninguna suerte de devastación (pero es curioso que dada la apropiación de estos términos, sea necesario explicarlo).


domingo 15 de enero de 2012

Kate (un manifiesto)


Breve reflexión sobre la carta de Kate...


Generar polémica requiere poco más que una exageración. Pero para cada polémica en ebullición suele haber algo encubierto; algo para lo cual la fascinación que genera la controversia resulta ser solo una coartada. Además de facilitar que se ventile cierto malestar, cada polémica contiene en su trama una serie de factores angustiantes. Esta angustia es su motor. Kate del Castillo no tiene intenciones de legislar en nuestra nación, como tampoco necesita más ratings ni dinero. Tampoco pretende ser una académica, historiadora o analista política. Sus opiniones son solo eso, opiniones, y merecen ser leídas como tal. El pasado 10 de enero, la afamada actriz publicó en su cuenta de twitter una carta que es una especie de manifiesto personal (http://twextra.com/a4t17t). Con más de 400,000 seguidores y sus provocadores comentarios, la carta no tardó en convertirse en el trending topic del día, para luego proliferar en periódicos y cadenas de televisión. Aún no deja de ser comentada; alguna fibra logró tocar. La viralidad de la información permite observar los patrones de diseminación de la ideas. Aunque tantos de estos oleajes informáticos resultan efímeros, por instantes exhiben aquello que los mueve: las pulsiones humanas.

De tales pulsiones está atravesada la carta de Kate, que comienza diciendo “Hoy quiero decir lo que pienso y pues al que le acomode bien”. Nada más: su personal y subjetiva percepción en un desplante. Sí bien es ingenua en tanto de lo que formula —¿quién no lo es?—, su sinceridad y audacia han sido refrescantes. Lo curioso es la reacción que ha causado por lo mismo, por quienes ella dice “me juzgan y señalan pero también me exigen y me aplauden”. En respuesta a su carta pública resulta mucho más común quien la desprecia y alaba en automático que encontrar un buen análisis de sus declaraciones, o acaso la indiferencia. Se asume tan prontamente que siendo una mujer atractiva y exitosa, entonces debe ser tonta. Puede que lo sea, pero no por ser atractiva y no por la amenaza velada que esto presente para el lector. Así las discusiones han resultado infértiles, tratando con su redacción, la autenticidad de sus sentimientos, y su nivel de “cultura”. De nuevo topamos con esa versión de la cultura que es poco más que el magro territorialismo de algunos intelectuales. Si bien no son lo mismo en sus contenidos y desarrollo, la cultura es por igual una obra maestra del siglo XIX como el refrito de una telenovela en Univisión. Tanto remite este desacierto cultural, donde aún se sitúa lo abstracto por encima de lo palpable, a aquella frase de Oscar Wilde: “La gente dice que la Belleza es superficial. Puede que lo sea. Pero al menos no es tan superficial cómo lo es el Pensamiento. […] El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”.

En dicha carta pública, la actriz anuncia su incredulidad ante la religión, la política y la monogamia. En los mejores fragmentos se muestra empiricista, en un intento respetable por confiar en su propia experiencia más que en alguna autoridad.  Dice “Creo en lo que siento y es por eso que creo en el miedo, me mantiene alerta, todo lo que experimente con mis 5 sentidos es lo que importa, lo que es real”. En otros tramos suena más bien solipsista: “Creo en mi y en mi única verdad, porque soy con quien tengo que lidiar cada segundo, aparte de mi, creo que no creo…". ¿Pero quién puede negar ser un poco solipsista? Si bien hay un cierto anacronismo en su liberación sexual y religiosa, el modo en que busca romper con la doble moral es, creo yo, parte de lo que tanta angustia provoca en su carta. Veamos: “Adoro la primera vez de todo. Por eso creo que no importa cuánto ame a mi pareja necesito sentir eso que se siente las primeras veces […] necesito esa sensación a la cual soy adicta.”

                               

La carta no propone certezas más allá de las que ella articula para sí misma desde sus vivencias. Sin embargo, sí plantea preguntas sobre temas relevantes, mientras admite con frecuencia sus desaciertos y la posibilidad de cambiar de opinión. Es un texto si bien no basado en una investigación rigurosa (que no pretende), sí uno con congruencia dentro de sus propios planteamientos. Es un credo romántico: “Nací desnuda sin leyes ni religión, esas las crea el hombre, como la Biblia y tengo la ligera sospecha de que se la inventaron solo para seguir la manipulación y lucrar a favor de unos cuantos.” Esta es una de las concepciones que me parecen menos atinadas de Kate, porque al nacer ya hay instituciones sociales que duran más de lo que nosotros, tal como hay un lenguaje que al nacer tiene ya nombre para los objetos que nos rodean y para nosotros. Es una común lectura fallida de la obra clásica de Freud: El Malestar en la Cultura. En tal malinterpretación se cree que nuestras pulsiones son puras y el mundo que las regula es maldito (o viceversa). Freud es certero: las leyes que reprimen nuestras pulsiones son creación de estas mismas pulsiones.

Otro de los puntos extraños es cuando menciona, con aires de teoría de conspiración: “No creo en las enfermedades porque he aprendido como sus curas me han sido negadas, escondidas”. Un planteamiento común tanto en los Expedientes Secretos X como en las recientes declaraciones que hace Hugo Chavez sobre su cáncer como parte de un complot. Pero de nuevo, la actriz ofrece cada una de estas autoafirmaciones, como lo que ella ‘cree’ o ‘no cree’ y nada más. Sin embargo la reacción de censura por gran parte de sus lectores muestra no solo una sobre-interpretación de la carta, pero también el modo en que confunden a la actriz con sus personajes en telenovelas, películas y más recientemente con su papel en la serie La Reina del Sur. Que a ratos parece confundir ella también.
                                         
La carta es además una declaración pragmática, donde se entrevé un espíritu Nietzscheano y Maquiavélico: “La vida es un negocio, lo único que cambia es la mercancía, ¿qué no?” Alude así a una economía libidinal, a la serie de motivaciones humanas que mueven al mercado y se enmarañan en éste. Se lee una voz que no surge de la misma indignación que tanto se oye a diario y tan ineficiente resulta; sino que habla desde un sitio donde la praxis, y no la moral, sirve de guía. Aunque resulta contradictorio que tras descartar tantas instituciones y deidades falsas, erija al Chapo Guzmán como un Santo que intervenga, su lógica es consecuente: si vivimos bajo el flujo del capital, pues vayamos con los gerentes del negocio más redituable del mundo, a ver si se animan. ¿Acaso difiere tanto su llamado a la intervención generosa de aquel aclamado discurso de Denise Dresser en el foro “México ante la crisis”?  
                                                

Ambos casos reminiscentes de aquella obra teatral ‘El Diablo Tentado’ de Giovanni Papini, donde Virgia, instiga al diablo para que haga sus tretas por una causabenévola. Así, la protagonista de Muchachitas, busca persuadir al narcotraficante: “¿SR. CHAPO, NO ESTARIA PADRE QUE EMPEZARA A TRAFICAR CON EL BIEN?”, mientras lo exhorta a incinerar prostíbulos y (una muy bizarra) a hacer algo porque los ancianos puedan echarse unos tragos en los asilos. Kate, después de tanto descartar todas las normas va en busca de una Ley y alguien que la encarne. Es paradójico.

La actriz no está obligada a mostrar una retórica impecable, tanto como no tiene por qué exponer un sentido de responsabilidad social. Ni siquiera tiene por qué ser congruente. Su argumentación es consistente, y además su texto fue placentero de leer, que es más de lo que puedo decir de tanto de lo que circula en los oleajes informáticos que deambulan por nuestra cultura.

                                  

viernes 6 de enero de 2012

Ignorar es saber

Otra colaboración para la Arqueología de la falacia, con la banda del Jolgorio Cultural. Lo adelanto aquí, ya que andan rearmando su sitio web, por ahora...




No se puede determinar más allá de cualquier duda que George Bush no sea un marciano reptiliano. Pero la falta de evidencia contundente tampoco basta para determinar que sí lo es. Como dicen, la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Las teorías de conspiración, más allá de un breve divertimento para acompañar la ingesta de algún agente psicoactivo, sirven de poco. Pasa que además para los teoristas de la conspiración, ya sean declarados o de closet, cualquier argumento en contra de su teoría se considera, de inmediato, como otra posible parte de la conspiración. De entrada no puedo evitar preguntarme, ¿si en verdad creen en una conspiración tan perversa, cómo llegan a considerarse capaces de develar dicha conspiración? Tendrían que ser muy perceptivos, vamos. Además de que me cuesta trabajo creer en lo grados de genialidad malévola y organización humana que requieren estas conspiraciones, sus teorías suelen estar mal argumentadas.



Un argumento se constituye de premisas que conducen a una conclusión. Ni más ni menos. Algunos argumentos son válidos y otros, nomás no. Para que un argumento sea válido, requiere que las premisas anteriores lo sostengan como tal. De otro modo es una falacia. Todo esto parece muy obvio; pero luego lo obvio, es lo más fácil de confundir. De entre las tantas falacias posibles, una de las favoritas de los conspirófilos es el agrumentum ad ignorantiam (argumento basado en la ignorancia). Como aludí arriba, esta falacia se resume a tomar la ignorancia como evidencia. Es como proponer que el Chupacabras existe solo porque no se ha podido encontrar evidencia conclusiva sobre el depredador de ganado en cuestión. Ahora, es posible, (aunque poco probable) que el Chupacabras exista; pero asegurar que por falta de evidencia contraria debe haber un animal semi-marciano que hipnotiza becerros con su mirada para luego extraerles la sangre, es otra historia. La carencia de pruebas no basta para llegar a una conclusión válida.
Sería algo así:
  • Como no puedes refutar la existencia del Chupacabras
  • Entonces el Chupacabras existe
La fórmula es la siguiente:
  • Como no puedes refutar X
  • Entonces X es verdadero

Lo peor del caso es que puede que sea cierto—que sí exista el Chupacabras—, pero se necesita evidencia para probarlo. También pasa al revés, cuando se asume que algo es falso solo porque no se puede comprobar. Como, por ejemplo, al presumir culpable a alguien, por mera falta de evidencia para demostrar su inocencia y no por evidencia contundente de su actividad criminal. Dilema que sirve de trama para muchos grandes thrillers. Pensemos (hablando de thrillers) en los dos Secretarios de Gobernación caídos del cielo durante el sexenio de Felipe Calderón. Al no demostrarse con absoluta certeza que estas fatalidades fueron accidentes, se asume fácilmente que no lo fueron. Es posible, e incluso probable, que no hayan sido accidentales; y las sospechas se ven nutridas por el hecho de que ya van dos Secretarios de Gobernación con muertes similares. Sería mucha coincidencia, pero la sospecha y la ausencia de corroboración de lo contrario no son evidencia suficiente. En forma de argumentum ad ignorantiam esto se vería así:
  • Como no puedes demostrar que las muertes de los Secretarios de Gobernación fueron accidentales.
  • Entonces las muertes de los Secretarios de Gobernación no fueron accidentales.
La fórmula es así:
    Como no puedes demostrar X
  • Entonces X es falso



Esta falacia es una de las preferidas para argüir sobre la existencia de Dios: como no puedes comprobar que no existe, entonces debe existir; y bien se puede responder con la misma falacia: como no puedes comprobar que Dios existe, entonces debe no existir. Mejor dejarlo así, en “¿quién sabe? y ¿a quién le importa?”. De otro modo los argumentos se fundamentan en los límites personales, vis a vis la ignorancia. Comoquiera, el concepto de Dios se usa mucho para intentar llenar todo aquello para lo que no se tiene explicación. Pero de nuevo, el que algo no tenga explicación no lo vuelve divino, sino meramente inexplicable, (de momento). Aquí es cuando se confunde a la ignorancia propia con la divinidad. ¿Qué divinidad sería posible concebir si esta ignorancia no fuese su base?



Las teorías de conspiración suelen funcionar así también, como un intento por explicar todo con una trama cohesiva. Es algo así como un resistol simbólico para que todo tenga nombre y sitio y parezca que hay algo, sea lo que sea, que tiene todo bajo control. Una gran fuerza maléfica a la que pueda responsabilizarse de las incertidumbres que se imponen a la vida humana. Pueden ser: marcianos, el eje del mal, Televisa, los soviéticos, los masones, la CIA, los imbéciles, el área 51, Charles Manson, el capitahismo, Fidel Castro y el Papa y Elvis juntos, o un ejército de androides de Ninel Conde en versión vampírica dirigido remotamente por Carlos Slim… etc. No quita que Televisa y los marcianos sean gandallas (digo el Teletón es, sin dudas, una obra Tele-Reptiliana, ¿verdad?); pero concluir que están a cargo de una conspiración diabólica en base a la falta de evidencia de lo contrario, como argumento no funciona.

Pero lo contrario tampoco aplica; digo, el que no se compruebe una teoría de conspiración tampoco es evidencia suficiente para decir que no hay conspiración alguna. Pero en materia de conspiraciones, a pesar de tanta paranoia, parece haber más bien mucha confianza. Digo, quien en verdad es paranoico, duda incluso de su propia paranoia, y así comienza a requerir de la lógica. Los paranoicos son, pues, paranoicos mediocres. Sin evidencia no se sostiene un argumento. Y en estos casos de posibles conspiraciones, la evidencia está en otra parte, no en la ausencia de pruebas en contra. Pero esa evidencia, la que sí se requiere para descifrar las operaciones del mundo, solo se encuentra cuando se renuncia a la noción de que ignorar es saber.

jueves 22 de diciembre de 2011

3 libros


Ayer el Independiente de Hidalgo publicó una nota sobre las lecturas que han influenciado a algunos escritores, etc.  Aquí dejo mi aportación original...


Conste que hubiese preferido que la lista incluyese series animadas de televisión y mis números favoritos de las pornohistorietas Almas Perversas. Pregunté al respecto y especificaron "libros libros". Advierto, además, que leer estos libros no me ha necesariamente convertido en mejor (o peor) persona , ni nada de esas virtudes que prometen algunos intelectualoides territoriales en su afán santurrón; la lectura ha sido, en el mejor de los casos un placer perverso..

1. Recuerdo cuando aun niño me propuse leer 1984 de George Orwell. No podía soltar el libro por la intriga que me jalaba en cada página. Pero sobre todo, recuerdo que pasé dos días en una hamaca, después, solo dando vueltas en mi cabeza a lo que había pasado; perturbado por esa noción de que no había salida, no realmente. Pero, ahora que lo pienso no estoy seguro si disfruté o padecí dicho libro. O si disfruté de padecer la paranoia a través del libro. (Agregar: Survivor de Chuck Pahlaniuk, El malestar en la cultura de Sigmund Freud, y tabloides como el Insólito).

2. Después tendría que mencionar los libros de Henry Miller, en especial Primavera Negra. El torrente de gloria ordinaria y erotismo y reflexión rigurosa, deleitable y mundana, es un agasajo. Me quedó la impresión de una escena donde Miller describe mear de noche en una fuente en una plaza en París, y una mujer lo mira desde un balcón. La vitalidad que recorre su narración ha enriquecido notablemente la calidad de mi experiencia personal al mear al aire libre (Agregar: Historia del ojo de Georges Bataille, Banda de Guignol de Celine, y mucho porno en internet).

3. El tercero siempre es el más difícil de mencionar, porque vienen tantos otros libros mejores a la mente que ya hasta tengo ganas de borrar los dos anteriores. La primera vez que leí Sex, Drugs and Cocoa Puffs de Chuck Klosterman me sentí con el permiso de debrayar sobre cualquier tema. Un cruce de ácido barato, reflexión filosófica sobre la cultura y muchos chismes de estrellas de cine. Sus libros mejoran con el tiempo, Eating the Dinosaur es prueba de ello. (Agregar: episodios viejos de Salvados por la campana, los ensayos de David Foster Wallace, y las tetas de Pamela Anderson).
                         
                           

miércoles 14 de diciembre de 2011

"Si este pueblo se organiza no nos gana Televisa"



Recién publicado en el M Semanal; este texto ha conducido a un amplio debate (más injurias que argumentos, pero algo es algo), y a una "amorosa" colección de insultos personales y demás... Si se lo perdió, aquí va:


La retórica es un campo minado. En pocos casos es esto tan evidente como en el de la propaganda electoral; ya con las campañas presidenciales para el 2012 encarriladas, al observar los argumentos es evidente que se asemejan más a aquellos postulados por organizaciones religiosas que a propuestas cívicas o de gobierno. Observamos cómo se perfila, otra vez, la tradicional retórica del “cambio”; en sintonía con las predicciones mayas sobre el 2012, los partidos presentan discursos con fórmulas de rescate ante un inminente “apocalipsis” y ofrecen, de nuevo, la promesa de un estado de emergencia (de excepción) de aquí a que desaparezca la amenaza. Lo paradójico es que presenten la esperanza de modo desesperado. Quizá, a estas alturas, la desesperanza sería un mejor punto de partida; es decir, un discurso que asuma estas amenazas (violencia, crimen organizado, deuda, corrupción, narcotráfico) como sistémicas e internas, y no provenientes de una extraña fuerza del mal, como se planteó el pasado dos de octubre, cuando en el Auditorio Nacional el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) se conformó como asociación civil en pos de lo que ellos mismos definen como “el cambio verdadero”. Tal discurso cuenta con el favor de muchas personas decentes y portadoras de buenas intenciones; sin embargo, esto no basta para lograr una mejoría en las condiciones de vida y el pleno respeto a los derechos de los ciudadanos. Al contrario: el discurso de Morena encajaría con lo que Jonah Goldberg denominó como “fascismo liberal”.
En las primeras décadas del siglo XX el fascismo se presentó originalmente como una ideología estatalista, cuya intención era utilizar la política para convertir una sociedad de individuos en una masa orgánica. Recordemos que Benito Mussolini inició su carrera política como un agitador socialista, y los nazis se conformaron como un partido nacionalista/socialista provisto de un acentuado repudio por la democracia burguesa y respaldado por ideales ecologistas, mitológicos y espirituales. Aun así, el fascismo fue inicialmente entendido como un movimiento social progresista y nacionalista: en su libro Liberal Fascism (Doubleday, 2008), Goldberg plantea que, antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial, el fascismo era una doctrina aceptada por los liberales de izquierda en Occidente. Agrega, además, que el sentido peyorativo del término “fascista”, dirigido a la derecha, adoptó ese significado gracias a José Stalin, quien comenzó a usar el término para designar a sus enemigos.
LENGUAJE FASCISTA
Morena también ofrece “regenerar” a la nación con base en un compromiso colectivo, donde los individuos perderían su individualidad a cambio del bien común gracias a una particular identidad nacional, racial o cultural, y uniéndose alrededor de un enemigo común; de la misma forma el fascismo busca depurar los males que causarían la decadencia de la sociedad, ya sean en forma de ideas, personas, instituciones o empresas. Con base en estas políticas de identidad colectiva, y con la urgencia de “limpiar” o “rescatar” a la nación, este tipo de organizaciones buscan situarse más allá del debate público funcionando de manera similar a como lo hacen las sectas, donde el “otro” —el crítico, el escéptico, el disidente— siempre queda cancelado y silenciado por una interpretación del mismo como un enemigo bajo los cánones de la secta. Así, siendo tan obvia la bondad de su discurso, y sumado esto a la emergencia, sólo queda el llamado a la acción, pero no como alternativa sino como ultimátum.
Por algo la letra del himno de Morena —una versión de pop político-evangelista a la Juanes, con su video musical muy al estilo Telehit— dice así: “Vamos unidos a la faena por la regeneración total/ Morena/ La vida pública lograremos regenerar/ Morena/ El pueblo puede salvar al pueblo, ¡tengamos fe!”; de entrada, “el pueblo” figura como una masa demográficamente parcial cuya función es avocarse a purgar de sus imperfecciones al resto de la sociedad. Luego entra en juego la cuestión de la salvación, que conduce, inevitablemente, a la fe: en el caso de Morena se promete “re-ligarnos” con el buen camino a través de la salvación política gracias siempre a la conducción de un redentor o caudillo. La alusión a la fe en el himno remite al modo en que las sectas religiosas prometen resultados siempre diferidos, nunca palpables en el presente, que sin embargo requieren de sacrificios y de esfuerzos por parte de una colectividad que rebasa al individuo, mismo que se pierde en la masa.
Los casos más explícitos de este discurso público generan lo que se conoce como políticas de sentido, por las que los partidos que las sustentan ofrecen gratuitamente un sentido de vida a sus seguidores. Tal como los infomerciales, dan consejos que nadie pide; este modo de prescribir una espiritualidad federal es parte fundamental del fascismo: una religión del Estado, o hacer del Estado una religión. Pero el Estado no tiene porque darle sentido a la vida de un individuo; tiene el deber, más bien, de legislar apropiadamente las instituciones encargadas de salvaguardar las libertades individuales, por las que cada individuo sería responsable por el sentido que le otorga a su propia vida, sin requerir de un Estado paternalista que lo infantilice.
“CREDO” DE LA REPÚBLICA AMOROSA
Andrés Manuel López Obrador (AMLO) propuso las bases de su proyecto “Fundamentos para una república amorosa” en La Jornada el pasado seis de diciembre: “El amor. Como hemos sostenido, la crisis actual se debe no sólo a la falta de bienes materiales sino también por la pérdida de valores. De ahí que sea indispensable auspiciar una nueva corriente de pensamiento para alcanzar un ideal moral, cuyos preceptos exalten el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza y a la patria”. Pero ¿qué no son los ideales morales valores enteramente subjetivos? El problema con estos discursos moralistas es que subordinan los hechos a sus ideales, perdiendo de vista las mejorías requeridas para el buen funcionamiento del Estado a cambio del justificante de conceptos abstractos. Habrá que preguntarse si AMLO realmente cree en su discurso, o si éste es meramente un esfuerzo de marketing para lograr su objetivo inmediato. Sería más respetable la segunda posibilidad, porque de ser esto genuinamente un credo o una convicción personal, develaría un tremendo menosprecio por los interlocutores ciudadanos: los individuos olvidados en esa amorfa masa orgánica a la cual llama “pueblo”.
El himno de Morena sigue así: “Raza de bronce, de piel morena, pueblo de México en general/ Si este pueblo se organiza no nos gana Televisa” (…) “Morena imagen. Guadalupana morena. Madre de la nación, protege la lucha mexicana, cuida las urnas en la elección”. Aparte de la apelación a una particular identidad racial y a la iconografía religiosa de la Virgen de Guadalupe, la trama es digna de una telenovela de Televisa de las que tanto reniegan: una batalla entre buenos y malos empecinada en reducir la complejidad de los factores a un simplismo brutal. Para saber quiénes son los buenos y quienes los malhechores, basta con mirar su Eje del mal, una lista de 30 personas influyentes en México que designan como La Mafia, causantes, según la amorosa Morena, de todos los males.


No se olvida que en un país como éste, con monopolios mediáticos, cabe considerarse seriamente el rol de los medios en la construcción de la democracia; tanto como resulta crucial reexaminar los modelos de mercado que hoy en día operan parasitariamente. Pero, paradójicamente, sólo es posible asumir este reto sin idilios caudillistas megalómanos ni utopías, sino con una postura más analítica y menos reactiva. A pesar de tanto sospechosismo en el discurso de Morena, me pregunto por qué a sus miembros no les parecen también sospechosas sus convicciones: se erigen como poseedores de la verdad y, tras haber descubierto el hilo negro, están dispuestos a desengañarnos de las maniobras de las televisoras, de las empresas, de los poderes fácticos o de cualquier político que no sea el suyo en una tremendamente organizada conspiración que los ataca por ser buenos, y donde cualquier crítica no es crítica sino parte del complot. A los fieles de Morena no parece quedarles otra sentencia que aquella que dictó Jacques Lacan a los estudiantes que protestaban en 1968 en Francia: “Quieren nuevos amos, y ¡Los tendrán!”.