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martes, 21 de mayo de 2013

Nota práctica sobre el aburrimiento




A muchos les resulta una gran ofensa que les llamen “aburridos”. Y en general procuramos no serlo en un afán por entretener a los demás, al punto de perdernos o traicionar alguna realidad fundamental de nosotros mismos. Prácticamente llegamos a negar nuestro sentir a cambio de que jamás se nos perciba como aburridos. Lo peor del caso, es que de todos modos no lograremos ser tan entretenidos, audaces, intrigantes, obscenos como la avidez por el entretenimiento exige.

No es solo un patrón de conducta, donde elaboramos modos de vida y formas de interactuar que eviten que se nos considere “aburridos” por una fracción de un solo segundo. Sino que incluso pareciese que elaboramos discursos y tretas en nuestras cabezas para mantenernos entretenidos con alguna trama sobre quiénes somos. Brotan intrigas y todo tipo de catástrofes en el tren de nuestro pensamiento, con tal de no estar, sencillamente, con lo que sea que sí esté sucediendo.

¿Porqué tal pánico ante el aburrimiento? ¿Será que tememos que la quietud sea lo mismo que la muerte? ¿Será una angustia a desaparecer si no existen estos puntos de referencia tan dramáticos para el Yo? Pareciese que fuese una suerte de pecado posmoderno eso de aburrirse. Como si el nuevo superego ahora demanda: ¡no debes aburrirte jamás! (Aunque hay que admitir cierta sabiduría en el asunto, porque sí hay cosas que nomás son insípidas, y no más).

Chogyam Trungpa, en su libro ‘El Mito de la Libertad’, elucida un poco sobre el aburrimiento en relación a la práctica de la meditación y la vida diaria. Habla sobre las formas que adopta el aburrimiento. Una de ellas como una ansiedad existencial que exige entretenimiento constante—me recuerda a las letras de ‘Smells like Teen Spirit’ de Nirvana: Here we are now, entertain us—. La segunda forma del aburrimiento es una suerte de agresión contra lo que vivimos, un constante reclamo, ante una completa falta de aceptación de la situación. Y no se trata de resignarse, claro; pero incluso cambiar una situación requiere primero su aceptación tal cual.

Finalmente habla de una forma de aburrimiento que él asocia con la práctica de la meditación. Lo denomina “aburrimiento cool”, y lo considera algo completamente refrescante. Meditar mucho y seguido, en efecto resulta muy aburrido, o acaso extraño a ratos. No pasa nada. No hay luces o canalizaciones o efectos especiales. Solo estás tú y tu mente tal y como va, sin aditivos. Así comienza también a surgir un aburrimiento ante los reiterativos ciclos de pensamiento de la mente, y todas sus jugosas tramas para involucrarse. Así, al cultivarse el aburrimiento ante el sufrimiento y sus causas, comienza a ser posible la libertad. ¿Quién diría que el aburrimiento, y no la verdad, nos hará libres?




miércoles, 26 de diciembre de 2012

Meditar: ¿estar presente o estar huyendo?


Texto para mi columna en Faena Sphere.

La meditación, debo admitir, tiene una pésima reputación. Se le conoce, en general, como una forma de auto-hipnosis. Es una fama que se ha ganado a pulso, y no por sí misma, sino por las tantas distorsiones que hay torno a su práctica. En el reino humano, no hay fenómeno que se libre de las tantas fantasías que nos vendemos con tal de evadir nuestra realidad. La meditación no está exenta de ser apropiada por esta tendencia, tan nuestra, de construir falacias en busca de la felicidad.
La práctica de la meditación se confunde, frecuentemente, con intentos por “espiritualizar” la vida con delirios metafísicos, o con alguna forma de seudo-terapia para los nervios. Lo repito, son intentos por esterilizar o mistificar nuestra experiencia —un afán por fugarse de la realidad, en vez de asumirla por lo que es—. En tales casos yo también desprecio rotundamente la meditación. Al menos tales versiones de la misma.
Entonces, ¿qué sí es la meditación? En los años que llevo estudiando, practicando y enseñando meditación, mi entendimiento de la misma ha ido mutando. Como sucede con cualquier cosa. A ratos la he erigido como la panacea para todos los males, mientras que por temporadas la he odiado y abandonado por completo. Pero regreso una y otra vez. Con el tiempo me permito formular la siguiente definición: la meditación es un método práctico para trabajar con la mente propia.

Donde quiera que vayamos, estemos con quién estemos, hagamos lo que hagamos, nos metamos lo que nos metamos, ahí está nuestra mente. Todas nuestras experiencias son registradas en aquella claridad receptiva que llamamos mente. Comoquiera tendemos a trabajar con nuestras proyecciones y no con el proyector. La meditación presenta un modo de trabajar con las texturas, estados, ritmos y narrativas de nuestra mente. Aquellas expresiones internas, digamos, que tiñen nuestra experiencia del entorno, y por ende el modo en que nos relacionamos con él. Ni más, ni menos.
Esto sucede de forma orgánica al establecer una práctica meditativa basada en nuestra sensatez. Entre más sencilla la práctica, de hecho, más efectiva. Adoptamos una postura básica para meditar (no hace falta pararse de cabeza, ni hacer flor de loto), y colocamos nuestra atención, una y otra vez, sobre nuestra respiración. Nada más. En la mente brotan todo tipo de pensamientos, no buscamos callarlos, pero tampoco seguimos el impulso de darle cuerda a cada idea que surge. Regresamos una y otra vez la respiración. Así, de manera natural, la mente se entrena a estar presente. Y al estar presente se permite irradiar su propia claridad; claridad que transforma, sin querer queriendo, todo cuanto toca.
Lo esencial, comoquiera, no es si meditamos muy cabrón, o muchas horas, sino establecer una práctica constante y continua. Y sobre todo, una práctica basada en la honestidad personal y no en la búsqueda de algún artilugio orientalista para evadir quiénes somos y dónde estamos. Intentémoslo.