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lunes, 3 de enero de 2011

la vida como telenovela

una versión de este texto sobre el Morbo saldrá en el próximo número de Marvin...

Recientemente mi desayuno fue interrumpido por gritos. Al mirar por la ventana del café encontré a una mujer enfurecida, gritando y rugiendo como bestia mientras golpeaba el toldo de un auto con la rama de un árbol. Como yo, las personas se acercaban a la ventana del café, o se detenían al pasar afuera de este lado de la calle, intrigadas por lo sucedido. Desde el asiento trasero del auto golpeado, entre dos personas que imposibilitan su salida, otra mujer gritaba cosas incomprensibles de vuelta a todo pulmón. Por fin, entre varios de quienes supuse eran sus parientes y amigos, inmovilizaron a la embravecida dama que continuaba gritando mientras el auto logró huir con el objeto de su ira. No tengo certeza de cuál fue el motivo o causa de la situación, pero semanas más tarde aun me lo pregunto entre las tantas versiones de los hechos que he armado en mi cabeza. (La más nueva trama sobre venta de órganos y alguna infidelidad con una prima por parte de la pareja de la susodicha). Jamás había oído a alguien gritar así, sin palabras, puros gritos salvajes. Al menos no en la vía pública a media mañana.

Debo admitir que al estar observando la escena, entre que estaba más bien pasmado, surgían varias expectativas en mi mente. Por un lado quería, a como diera lugar, que escalara el conflicto, esperaba ansioso un entretenimiento trágico y grotesco —como espectador en el coliseo quería ver sangre—. Por otra parte, más que angustia me generaba una especie ajena de tristeza aquella mujer enfurecida bramando rabiosa, impotente ante algo penoso y absurdo en su vida. Así también, anhelaba estar enterado sobre las causas y efectos del drama, ante el cual, comoquiera, derivé una sensación de importancia y relevancia hablando de ello y recontándolo con los otros comensales (con quienes 15 minutos antes no hubiese intercambiando más que un escuálido “provecho” de despedida).

De vez en vez, cambiando de canales en el televisor, acabo enajenado más tiempo del que imaginaba posible viendo persecuciones policiacas. No sé exactamente qué me provoca mirar estas grabaciones granuladas y aquel momento en que irrumpe la violencia en la pantalla, con la resistencia del conductor ante su arresto. Me impacta el momento en que el cuerpo del arrestado se rinde; la manera en que deja de ser propiedad de su propia autonomía. Así como tampoco entiendo esa mezcla de melancolía y sadismo que me mantiene viendo programas como Intervention o Sex Rehab, donde bajo el lente terapéutico se exhibe la banalidad del sufrimiento humano. Aunque con algo de discernimiento descubro que el tipo de morbo cambia según el contexto. En otras palabras, no es lo mismo —aunque llega a ser similar— el violento entumecimiento y desconcierto que palpo al ver Peleas callejeras 3 que la entretenida nausea que me brinca al oír al panel de American Idol ejercer su autoridad cultural por medio de la disposición que tienen los participantes a ser humillados. Pero eso sí, sin duda lo más insipidamente perverso sigue siendo el Teletón.

Comoquiera, ya sea la confesión de Charles Manson o las palabras sentidas del último rechazado de Project Runway, encuentro que el morbo conlleva entre sus componentes un elemento de confusión existencial y otro de fría incredulidad (ambas a primera instancia son sólo vértigo). Es como cuando en un funeral, te acercas a ver el cadáver en el féretro y podrías jurar que aun respira, sólo porque la muerte es de pronto inconcebible. Es el reflejo de un trauma innombrable donde nuestros prejuicios sobre el mundo y la vida parecen validarse. Resulta tan revelador ver la indiferencia bruta de la naturaleza y su causalidad en acción que hasta provoca extrañamiento. Invita a tantas dudas sobre la validez de las ideas y los planes hacia el futuro. A veces dan ganas de aventarse de paracaídas sin paracaídas y otras tantas de no salir de casa y quedarse viendo RealTV.

En lo personal un sitio donde encuentro acrecentado el placentero displacer del morbo son las telenovelas. Las veo y no lo creo y no puedo creer que las sigo viendo. Sus míticas tramas donde el bien y el mal luchan el derecho al poder o a la inocencia (o a un batidero raro de ambos), la constante tensión, la perpetua intriga molesta, la burda manipulación emotiva de la música de fondo y los caricaturescos personajes complotando y llorando en casas de lujo. De cierto modo son formidables, con su formulaico sentido de la tragedia, sus maquiavélicos soliloquios, una situación tensa tras otra, dando sostén a un morbo al borde de la indignación. Pero de fondo, para mí, su genialidad reside en que de pronto me confrontan con esa brutal indiferencia de la naturaleza, desmantelando la exagerada sensación importancia que me atribuyo. Así, me proponen que quizás esos grandes dilemas de mi vida son en realidad tan inconsecuentes y chafas como los de cualquier telenovela.

A ratos, eso creo que es el morbo: un impulso a poner la cosas en su justa dimensión, mezclado con los goces del chisme (ese modo de saber que se enreda y desenreda por igual). Es un estímulo a la memoria que recuerda nuestra propia falta de inmunidad ante el caos de la vida. Restituyendo así a cada imperfecto e impreciso instante del día con una dosis de gloria.

viernes, 1 de octubre de 2010

sublime chasca (ya wey, en serio)


aquí va la versión original de este texto/contemplación sobre el humor, recién publicado en Marvin...


Se dice—por aquellos que dicen eso que se dice—que entre lo sublime y lo ridículo hay apenas una línea terriblemente fina. Lo sublime, si por la más leve variación o exageración, se muestra ridículo, como el exceso de honra en algún desfile; y lo ridículo, con su incomparable tino, deriva de pronto en lo más noble. Los géneros de producción cultural que incitan reacciones corporales, sean estas lágrimas, erecciones o risas, suelen considerarse como portadoras de menor mérito artístico, a diferencia de las sutilezas que pululan en los melodramones humanistas. Pero hagamos de lado este neoplatonismo de lonchería a cambio de aquella aristotélica obra inverificable a la que alude Umberto Eco (“el Beto”, y visualicémoslo pontificando al estilo del personaje de Plaza Sésamo) en su novela noir, El Nombre de la Rosa, donde la risa incita a la irreverencia, a la ruptura paradigmática, y a la certeza subversiva inadvertida, mostrándose con ello peligrosa y contagiosa.

Hay algo siempre ominoso en el humor, algo que raya entre la coincidencia y la contradicción, entre lo obvio y lo indescifrable, exponiendo una lógica implacable que nos compone y desbarata a la vez. Similar a cuando Dave Chappelle, en su homónimo Chappelle Show, personifica a un líder del Ku Kux Klan con dos características peculiares: es ciego y negro. ¿Acaso no nos constituyen tal tipo de contradicciones? En el caso de este personaje de Chappelle (quien meses más tarde acabaría hospedándose semivoluntariamente en un instituto psiquiátrico en África), arriba al siguiente extremo: cuando es enterado del color de su piel, abandona a su esposa definitivamente, siendo que ella es una amante de negros. Si algo intriga y reconforta bizarramente de un buen chiste es que nos permite vislumbrar cómo “nuestros” impulsos rebasan aquella noción de quienes creemos ser, develando, a su paso, las extrañas exageraciones y arbitrariedades lógicas de las cuales depende dicha identidad. Tal y como Borat y Bruno exhiben el trasfondo invisible que sostiene la lógica cultural americana como un inconsciente torpe, despótico, delicado, brutal. Así también, el humor, llega a desnudar el hecho de que estructuralmente nos constituyen aquellas cosas que re-negamos (dependemos tanto de lo que no somos para quesque-ser lo que somos), como el autoengaño y el masoquismo; ambos tan ferozmente expuestos por personajes como el que encarnaba Chris Farley en su acto como el entrevistador del Chris Farley Show, quien haciendo nerviosas preguntas estúpidas terminaba por golpearse a sí mismo en una suerte de demanda superegóica exacerbada insaciable. Curiosamente, Chris habría de morir de una pasón de morfina y coca, reiterando el frágil limbo entre lo cómico y lo trágico (entre lo cagado y lo culero).

En sus personajes, Farley, así como Rowan Atkinson con Mr. Bean o Blackadder, explicitan obscenamente una secreta necesidad de ser humillado y humillar. Es fascinante y perturbador el efecto de estos actos, ya que exponen el gran principio axiomático de nuestra cultura: la humillación: aquello que regula la conducta por medio de la amenaza diferida del repudio afectivo colectivo. Este protocolo insidioso y elusivamente sistémico, de pronto, en un buen chiste queda descubierto…y reímos. Esto es parte del terrible aura del comediante, quien en su desfachatez se vuelve inmune a la burla, adquiriendo superpoderes de ninja de la chasca. Imagina ir a cenar con Brozo y Will Ferrell, se ha de llegar a crear un ambiente espeso donde no hay cosa que puedas decir—o dejar de decir—que no se use como objeto de guasa; ¡o imagina lo sombrío que sería la situación si uno de ellos viniese deprimido! Así, a su vez, en los momentos más solemnes de una ceremonia luctuosa o en el climax de una melodiosa conmiseración romántica pop, ¿a poco no dan ganas de estallar en risa o darle un sape al sacerdote supremo en cuestión y decirle “ya wey, en serio”?

La corporalidad del humor hace de ello también un punto ciego, algo que se ingiere sin digestión. Falta asomarse a Twitter o asistir a una reunión para presenciar la asimilación y repetición de los modelos de humor de los Sitcoms (tipo Friends), con el uso de microsarcasmos autodegradantes y ostentaciones de lo rarito en nosotros. Así como se asimila el hiperalburismo de la picardía nacional como aquella obligación compulsiva a hablar sobre sexo para ventilar la angustia performativa (aclarando, de paso, que hablar sobre sexo y hablar desde la sexualidad no son para nada lo mismo). No es la risa, sino el ingenio lo que encontramos enlatado; ya no es humor, es fórmula: el chiste forzado para iniciar una conferencia sobre oncología, la irreparable diferencia entre la frescura dialéctica del joven Cantinflas y las reiteraciones moralinas de su madurez. Un ciclorama de pellizquitos ansiosos osando evitar en vez de asumir la condición humana.

La lógica del humor es extrema, o no hay risas; un juego de contrastes y contextos en un situacionismo debordado. Por ello, imaginemos las siguientes propuestas (con una invitación a proponer más opciones a esta lista): Mr. Bean bajo los efectos de algún menjurge psicodélico del Dr. Chunga como parte de algún evento artístico designado el título de Bicentenario; Ali G y Felix Guattari en un torneo slam de schizoanálisis, seguido de un documental sobre Robin Williams y la Chupitos como pareja tántrica del año; un videojuego de peleas callejeras con todos los personajes de la Carabina de Ambrosio (con edecanes, claro) vs. la tropa de Chiquilladas, con finales variables tipo Mortal Kombat; una temporada de Southpark dedicada a la política mexicana; un reality show con peleas de humillación a muerte entre Tina Fey y Jo Jo Jorge Falcón o Luís de Alba y Ricky Gervais, para iniciar un aprendizaje sobre los rigores de las lógicas culturales mundiales…En fin, puede que por hablar más sobre el humor que desde el humor acabé deambulando en un tonito solemne tedioso (de güeba, vamos), pero, como decía Bill Hicks, el cáustico comediante tejano, cuando se le pasaba la mano con su afilada crítica al gobierno de su país, mirando al público con esa rabia encandilada de payaso/genio les aseguraba (muy a fortuna de Polo Polo): “no se preocupen, ahorita les cuento chistes de pitos”.