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jueves, 18 de junio de 2009

Nostalgia por el nunca fue: porno vs. lo imposible

Texto sobre el porno, escrito hace un par de años... próximo a aparecer en mi libro, Inmanencia Viral, y en Fractal...



…reconocerse a uno mismo como completamente implicado en el mundo, nos libera de la necesidad de enraizar nuestra política en la identificación, los partidos de vanguardia, la pureza o la maternidad.

Donna Haraway, Manifiesto Cyborg

Al recorrer cualquier tianguis, estación de metro o esquina urbana, una y otra vez nos topamos con puestos de lona roja de películas piratas. Unas clonadas y otras recién “filmadas” en vivo y en directo desde la sala de algún cine local, con efectos de cámara digital de mano y todo, bien realista. Y entre esa abrumadora congestión del llamado séptimo arte, entre los oleajes de ese mar de tramas y traumas, algo nos hace voltear, a mirar de nuevo o hacia otro lado, pero nos mueve.

La producción de películas porno supera la del cine de cualquier otro género, con ganancias anuales que rebasan aquellas del resto del mundo del entretenimiento, incluyendo las de todos los deportes. Observamos a tantas personas entrar a los puestos y seleccionar con aires de atención y prisa —portando el bien ensayado gesto de indiferencia en el semblante— la porno que consumirán llegando de la chamba; así es posible encontrarnos ante las numerosas portadas, escogiendo las imágenes que ingeriremos. Grandes producciones con actrices afamadas en el medio, colecciones amateur y hasta filmaciones clandestinas de lo que ocurre en las habitaciones de frecuentados moteles u hoteles de la gran Tenochtitlán (por si alguien tenía dudas acerca de qué y cómo lo hacen los otros en nuestra bella ciudad). En secciones temáticas nos hallamos perplejos mirando como una mujer es bañada por el semen de un burro al que acaba de hacer una felación o vemos a tres mujeres con penes, vestidas de látex, en mesas de quirófano; jóvenes, abuelitas, gay adolescente enfocado en los piercings, sexo lésbico arabesco, bondage, transexuales con fetiche de navajas, sexo interracial anal, enanos con secretarias, necrofilia, bukake, gang-bang, squirting casero, máquinas y juguetes, sadomasoquismo y disciplina, hentai, violaciones, orina y heces, voyerista de supermercado. El que busca encuentra; es decir, se le encuentra.

Creer que contamos con alguna especie de inmunidad ante estas imágenes, como si hubiera un sitio afuera, impermeable por las imágenes que constituyen la textura de las fantasías que nos rodean y habitan, es un delirio. No es que las secuencias que miramos se conviertan en actos —el pasaje al acto no es una premisa necesaria al hablar del consumo de imágenes—, pero tampoco podemos considerar el acto de mirar como algo pasivo en sí. Nos implica. Afanarse a la convicción de que se es escéptico, de que poseemos una especie de pureza crítica, es una ingenuidad brutalmente peligrosa. Es la fórmula infalible para no darnos cuenta de que no nos damos cuenta.

Se desencadenan fantasías y se introyectan otras tantas. Las secuencias fueron filmadas con una mirada en mente; por lo tanto, nuestra mirada es parte intrínseca de la escena que mira(mos). Indivisibles, entrañables. Creer que somos suspicaces no afecta lo vulnerables que somos, sólo hace de ello un punto ciego. No basta con no mirar las películas, aun así somos vistos por otros, de acuerdo con el sentido que éstas proponen. Censurarlas no cancela las formas de erotizar que en ellas se (re)presentan o se simulan. Interpelación. Es por medio de estas visiones que podemos quizás analizar y deconstruir las narrativas del deseo que moldean las manifestaciones y texturas de nuestros deseos. Lo que deseamos —o creemos que deseamos— y lo que rechazamos son axiomas básicos que entretejen la identidad que asumimos y desde la cual interpretamos y actuamos. Ni más ni menos. Ahí estamos. El porno es estética, política y ética. La teoría disfrazada de lubricantes. No podemos aislarnos, vivir de manera absoluta, independiente. No somos permanentes, somos permeabilidad.

Ya que el porno es un género tan difícil de definir con claridad y certeza, reconocerle a menudo no tiene otro eje de dilucidación que las reacciones corporales que incita en el espectador. ¿Dónde estamos si nuestros cuerpos se ven manoseados por las imágenes? ¿Fuera o dentro de la pantalla? El género de producción más prolífica, que involucra cómo nos miramos y qué queremos unos de/con otros diariamente, merece que lo contemplemos con atención; que lo despojemos de la capa de tabú, transgresión y enigma que lo protege de la reflexión. Apreciar su relación con nuestra subjetividad. No hay donde mirar que no esté ahí, pulsando. A pesar de la inversión que hemos hecho en la fascinación, podemos aspirar a una creación subjetiva que no esté obligada a la mediación de estos modelos de sentido.

La demanda

…quien dice “¡No mientas!” tiene que decir antes “¡Responde!” […]. Entre el que da órdenes y el que tiene que obedecerlas no hay una desigualdad tan radical como entre quien tiene derecho a exigir una respuesta y quien tiene la obligación de responder.

Milan Kundera, La inmortalidad

Recuerdo que tenía una cámara de video que se podía conectar directamente al televisor para ver lo que había filmado. Inclusive contaba con la opción de grabar mientras la cámara seguía conectada, y así podía ver en la pantalla lo que pasaba por el ojo de ésta. Claro, lo grabado se reducía a lo que ocurría en la habitación, pero había un efecto cuya invitación a la absorción y el asombro excedía la de cualquier representación. Si se volteaba la cámara para que mirara directamente a la pantalla, no se veía una toma del televisor; lo que aparecía era una especie de túnel de tonos claros cuya velocidad variaba según el ángulo de la cámara. Era como si la cámara, al intentar mirar su propia mirada, terminara en un diferir de sí misma sin fin.


La conciencia —por así llamarla— o el registro de la experiencia como tal, muestra este mismo efecto: para ser consciente de algo, debo ser consciente de que soy consciente de ello, y a su vez, consciente de que soy consciente de que soy consciente…No es algo que uno se proponga, sino que este continuo suspender, postergar y reflejar es parte de la estructura de nuestras experiencias.

Además del aplazar que genera la cámara frente a la pantalla o el registro de la experiencia, el deseo —por así llamarlo…— muestra esta continua elusividad ante la localización, este escurrirse a cualquier principio, marca o fin. Inasible y aparente. El deseo evade la significación (inclusive ésta); se mueve entre las irreparables brechas de nuestra experiencia; siempre ya aparente, siempre ya inaprensible.


Un orgasmo se vive únicamente en primera persona; y lo que es más, aun en primera persona sus cualidades expresan un vertiginoso despliegue de tonos y texturas ominosas: no es localizable ni en el espacio ni el tiempo. Sin embargo, la cámara osa asirle—y con premura. Y por supuesto, lo intenta.

Linda Williams, en su eminente obra Hard Core. Power, Pleasure and the “Frenzy of the Visible” (Hard Core. Poder, placer y el “frenesí de lo visible”), analiza las tramas a las que el género pornográfico recurre para hacer visible lo imposible. Detrás de esta fijación por la visibilidad opera el ansia de poder en su necesidad de hacer de todo algo cuantificable—un saber. Nada debe escapársele; todo debe responder, ser predecible, localizable, estar bajo control. Incluso, perder ese control que nunca se tuvo tiene que estar bajo control. Sin embargo, cuando se trata de la sexualidad humana, algo se escapa… siempre.


El orgasmo femenino —por así invocarlo— es intocable por la cámara en su intento de trazar una scientia sexualis. Busca una confesión absoluta del cuerpo en sus convulsiones involuntarias, para así saber que, en efecto, ha ocurrido algo. Algo real. De igual forma, si ocurre algo “involuntario” se sugiere que todo lo que le precede y sigue emerge de una “voluntad” concreta, singular y final. Se recurre una y otra vez a la imagen del pene en eyaculación. Así, con los espasmos y la externalización de lo interno (el semen), la promesa es hacer explícito lo implícito y por ello hay una intimidad alusiva a algo demostrable, algo neto.[1]


Quizás por el afán de este “frenesí de lo visible”, en el imaginario cinematográfico de la cultura popular Deep Throat (Damiano, 1972) comienza a trasladar el placer femenino al rostro por medio de la oralidad. Ya que ésta es más expresiva, se pretende significar así el placer femenino. Cuando un pene eyacula en la pantalla, usualmente sobre el rostro de una mujer que actúa extasiada al recibir el líquido ajeno en sus pestañas cargadas de rímel, comprendemos que hemos visto una porno y que ha concluido. Podemos estar satisfechos: ese algo ha pasado, y ahí estuvimos nosotros como un alguien.


Aunque ahora hay otros intentos de representar el orgasmo de la mujer (como las eyaculaciones vaginales, squirting, e inclusive por medio de historietas en las que se traza el interior de la vagina con corrientes eléctricas), lo cierto es que el placer, aun el del hombre, escapa la representación. Lo que vemos es un órgano cumpliendo una función corporal, mas no el goce, ya que éste ocurre siempre en primera persona, en un diferir de sí continuo y constante. No hay acceso al goce del otro. Sin embargo, en la evolución de las tramas del porno, engañar a la mujer se ha vuelto con el tiempo una premisa más, necesaria para significar el placer: debe mostrarse que se le paga menos de lo acordado, que se le hace algo que no esperaba, que es aventada por la borda de un barco o que se le niega algo prometido, como una green card [2] Así también, por medio del dolor y la decepción, se pretende vislumbrar y verificar.


Esto es equivalente al fetiche con el realismo. Ya sea con webcams o cámaras digitales, este efecto realidad —un video casero o uno filmado sin el consentimiento ajeno, de preferencia a través de la lente de un teléfono celular, con el efecto chafita que es equiparable a realidad— se vuelve una fascinación imperante. [3] Por ejemplo, en los sitios web en los que se presentan videos de mujeres orinando en baños públicos, ya se ha vuelto un sello grabar a la “protagonista” en sus “actividades diarias”, para así poder decir: “Lo ven: es real, es una persona real, realmente la has visto realmente orinar”. La realidad es un efecto; uno que hechiza, ya que parece ofrecer una verdad que nos desobliga de toda responsabilidad—un punto de referencia total desde el cual se puede catalogar lo que sea con certeza absoluta.


Hace poco, navegando las interfases de la ociosidad y la antropología, me crucé con un sitio en el cual, por medio de una especie de estetoscopio/consolador, se mira dentro del cuerpo de una mujer. Este artefacto falico-transparente se introduce y abre la vagina, como si de un examen ginecológico se tratara (y ¿acaso no?). La intención: ver algo que se dice “perder” en la primera penetración vaginal de toda mujer: la virginidad. La insaciable insistencia por localizar un origen—una pureza, un límite que trasgredir. [4]


¿Qué mayor nostalgia que la que produce esto? El himen de cerca, en pantalla. Una membrana cuyo significado se equipara con la pureza, la autenticidad—lo infalsificable: Ahora lo ves, ahora no. “Algo realmente real ha sucedido; lo puedes verificar” “Ha desaparecido…, ¿ves?”. En esta trama se dibuja un tránsito nostálgico al pasado del porno. También en el impulso retro tendemos a buscar un génesis, ese algo verificable. En las stag films, esas primeras filmaciones producidas para ser vistas usualmente por grupos de hombres en fraternidades universitarias, las imágenes solían basarse en la exploración del cuerpo de una mujer, como si se jugara al doctor. La secuencia generalmente culminaba con acercamientos borrosos a la desconocida oscuridad entre la labia abierta.


En filmaciones porno de principios del siglo xx hay un elemento recurrente que ahora se ha difuminado en la obsesión con el realismo: el sentido lúdico. Es posible encontrar parejas riendo, jugando; parece que se divierten, y el final del intercambio suele marcarse con un abrazo. Actualmente el aura de la escena es mistificada, y la humillación light desfila como la manifestación necesaria para cerciorarse de que una voluntad ha sido violada por el apetito de otro. El movimiento que aquí se suscita es casi irónico; primero se busca una seguridad ontológica para después de-mostrar que ésta es permeable; es decir, que no es una base sólida, que se puede fracturar.

Así, la narrativa no ha cambiado mucho desde los años setenta (década en la que el porno llega a la pantalla grande, cuando los cines porno aún eran concurridos). La trama común era el problema del placer, generalmente puesto en marcha y simbolizado por una mujer que no encuentra lo que le sería suficiente para marcar/verificar su goce. La tendencia retro la vemos también en los videos amateur, que al igual que el porno setentero muestran a personas con vello y cuerpos no atléticos en actos sexuales, sólo que en ausencia de la genial música funk de las producciones de antaño. Ahora mirar cuerpos no-ideales es también un ideal, como quien adquiere las grabaciones de lo que acontece en los moteles de su ciudad, para así observar los actos de sus conciudadanos, de sus vecinos. Pero en los setenta uno, por lo menos, se sabía pervertido porque acudía al tan señalado cine porno. Aún existía el plus de esa confrontación personal con alguien más, aún había que acudir a un espacio público para mirar imágenes porno en movimiento.


En los ochenta surge el video casero (las afamadas cintas Beta) y las primeras mujeres que dirigen porno. Las tramas se modifican con los avances tecnológicos; el acceso cambia. Las parejas podían rentar y ver videos juntos, en casa. Comienza así un desplazamiento de las grandes narrativas y producciones a las subcategorías, hacia lo específico. La identidad resurge como parte de la premisa de las fantasías, como su reflejo. Muestra clara del capitalismo tardío, el yo se define por sus preferencias de consumo. La pregunta central de la trama vira hacia un “¿Y tú a qué le entras?”. Ahí encontramos la nostalgia por una seguridad ontológica imposible, que osa trazar su eje en la peculiaridad de sus gustos—la obsesión, la fijación.


En seguida llegan las cámaras y los efectos digitales, los dvd, la microtecnología, la televisión de paga, la Red, la piratería. Es abismal; no nos damos abasto para cerciorarnos de que hemos visto algo obsceno. Vértigo. Las funciones digitales permiten enfocarse con singular precisión en imágenes y secuencias hiperespecíficas; no por ello nos salimos de lo sistémico, ya que incluso lo peculiar y eventual está catalogado. Nada es suficiente: lo grotesco, la violencia, la privacidad ajena, los géneros más bizarros y particulares, la inocencia (perdiéndose), los efectos especiales, ni siquiera los retro o chafita. Es como si se disecara un cuerpo y se cortara en pedacitos hasta que ya no quedaran indicios de aquello que incitó la búsqueda: la pregunta, el sujeto, el objeto. Prórroga.


Con la distancia del monitor y el supuesto anonimato de la red de por medio, la fantasía de un panóptico voyeur aparece como un ideal onanista total. Pero este efecto panóptico es aparente en su lectura literal: somos el punto ciego. [5] Se torna casi creíble que esta distancia existe, que prevalece la posibilidad de ser inmune al discurso. Presa fácil. La fascinación obvia la producción; nos toma por sorpresa. Las imágenes se asumen como ideales afectivos, como las profundas verdades de un instinto natural y genuino, clics predecibles, como un mapa de reacciones calculadas. ¿Visa o American Express?


El porno, con todo su halo de trasgresión y aventura en lo prohibido, suele ser una manifestación normativa más, que define con narrativas tautológicas aquello que reta y evade a la definición misma. Aporía/deseo. Raya en lo que la pretensión de trasgresión tiende: una exigencia de que se desnude por completo la Ley, para poder saber de qué se trata todo. Por ello, se deja de crear subjetividad y meramente se juega a intentar burlar la ley: el confort. [6] La mirada se voltea al pasado para ver si quizás ahí se encuentra lo que es la sexualidad humana. Empirismo por empatía. [7] Fantasía de control, angustia ante lo desconocido, pánico a la muerte, la narrativa de un moralismo rampante. Así es: el porno es moralista.


La primera imagen que sugerí al inicio de este segmento —el túnel de luminosidades aplazadas que aparece al virar la cámara hacia la pantalla para intentar registrar su mirada— es la única imagen explícita. En ella al menos se hace aparente que lo que ocurre es un continuo y luminoso diferir. ¿Sería esto cuatro X?

Intimidad

Orgasmo es el vórtice de la risa generalizada de los cuerpos.

Alphonso Lingis, Trust

En la introducción de Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk propone que la filosofía ha sido tomada cautiva por las estrategias del poder, tornando en un artilugio más de la ecuación que indica que el saber es poder. La filosofía comienza por el amor y se dirige a la sinceridad. No se llega a un conocimiento, sino a una epifanía cuyo eje es el amor en su diario vivir. No es un arma del sujeto en una campal de ajedrez; es el sujeto mismo quien muta para poder tocar y expresar su verdad.


La pornografía está llena de afectos, los desplanta y presenta ante el observador, cuyo cuerpo reacciona. La invitación está hecha, y los flujos incitan a imaginarnos ahí, así. Se instigan fantasmas que se desatan, e inundados por las particularidades de nuestras fantasías se desencadenan recurrencias. Eso es todo, lo mismo que sucede cuando una palabra o un gesto provocan asociaciones. Estas asociaciones no son gratuitas ni inocentes; llevan las marcas precisas del poder político, del orden establecido, de sus tramas y de su preservación en la identidad y la creencia. En nuestros actos y fantasías sexuales se develan las narrativas que nos habitan… y acosan.


Un objeto en una vitrina del museo, no un ritual dinámico; como una pieza arqueológica que para cuando la vemos ya nada tiene que ver con su simbolismo original, ya que ahora es una pieza arqueológica. Aquello con lo que “empatizamos” es una actuación, un trabajo—algo útil, un producto educativo. El dinero mediando el simulacro de permisividad. A veces hermoso y monstruoso, divertido y extraño, a ratos aburrido y espeluznante: una imagen más. La desnudez un disfraz. Maniobra apócrifa de intimidad panóptica seudovoyeur. Es quizás el fingir lo que estimula al espectador: “Fingen para mí; para mi mirada; por ello, tengo poder… adquisitivo…existo”. La puesta en escena no es obra de la mirada, sino que es la mirada la que es objeto de modificaciones teledirigidas. La distancia es total en su nulidad (amén de fantasías desatadas; eso es y nada más: porno: moneda).


Hoy en día vivimos bajo el peso de la obligación de un goce normativizado. Sus formas y cualidades están ya designadas y calculadas por la mirada médica, aquella mirada que promete disociar al observador de lo observado. Sin embargo, justo en lo erótico, algo nos rebasa. En el goce mismo no hay acceso al otro, a su goce, ya que se vive en primera persona. Esta obligación es el rostro neoliberal de una ansiedad ante la diferencia que busca cancelar y neutralizar lo otro, silenciarlo bajo su agujerada lógica del empirismo cínico. Así surge y cobra ímpetu esta compulsión por hablar de sexo, que no sólo no es lo mismo que hablar desde la sexualidad, sino que de cierta forma es lo opuesto. Hablar desde la sexualidad transita por la inevitabilidad del involucramiento propio con y desde aquello que nos rebasa, mientras que hablar de sexo es un intento por desarmar y contabilizar desde la función y perspectiva de un yo vigilante, desde el delirio de la objetividad. Es una construcción para evitar la inmanencia y el espacio. Es la diferencia entre el vértigo de un beso y las estadísticas de Masters y Johnson.


La intimidad amenaza lo útil, por su espontaneidad y la radiante apertura para con el presente y lo ajeno—asume lo implicados que estamos en vivir.


Ahora pienso en la cantidad de pastillas que hay para regular el “rendimiento” sexual e inclusive aliviar la timidez o el nerviosismo, el insomnio o la ansiedad.


Ahora pienso en el contacto. Ahora pienso en la radical diferencia de alguien más.


Ahora quiero cerrar los ojos.


Ahora sueño en lo posible y lo imposible.


Ahora, un poema que aún está por escribirse, en vez de un manual de instrucciones, escrito por un gangster y globalizado por la inercia.

Bibiografía

Baudrillard, Jean, El otro por sí mismo, Anagrama, Barcelona, 1997.

Foucault, Michel, Historia de la sexualidad, Siglo xxi, México, 1987.

Guattari, Félix, Soft Subversions, Semiotext(e), Nueva York, 1996.

Lingis, Alphonso, Trust, University of Minnesota Press, Minneapolis, 2004.

Sloterdijk, Peter, Critique of Cynical Reason, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1987.

Williams, Linda, Hard Core. Power, Pleasure and the “Frenzy of the Visible”, University of California Press, Berkeley, 1989.

Williams, Linda, ed., Porn Studies, Duke University Press, Durham, 2004.

Yehya, Naief, Pornografía. Sexo mediatizado y pánico moral, Random House Mondadori, México, 2004.


[1] Externo/interno, explícito/implícito, voluntario/involuntario son términos que se definen y, por ende, cancelan mutuamente.

[2] En casos como el de la green card prometida y luego negada, la recurrencia de la necesidad del poder económico para “controlar” el cuerpo es aparente. Se trata quizás de una ironía por medio de la cual se busca el engaño por parte de la mujer, para así confirmar el dominio, ya que si ella finge, lo hace por deber y si siente ese deber, entonces se “verifica” el ejercicio del terror.

[3] Quisiera considerar de qué formas se utiliza este efecto chafita (de mala calidad) en propagandas políticas y en la publicidad para aludir y apelar a una noción/imagen construida de lo popular, concepción fabricada cuando se equipara la carencia de recursos con la naturalidad y la autenticidad. Así, al hacer por medio de un des-precio (parte del look es que cuesta menos) como si se entendiera, como si se compartiera una realidad, que en el fondo es representada por dicha facción, abiertamente asumen que fingen y por ello se les otorga credibilidad.

[4] Si se logra verificar una ley ontológica/metafísica de manera absoluta, entonces se puede pretender estar por encima de ésta. La burla.

[5] Es decir, resulta claro que en el caso de ver sin ser vistos desde una inmersión en el flujo de imágenes lo que se cesa de registrar son los efectos de éstas en la mirada misma, en la subjetividad. La subversión inversa ocurre.

[6] Esto me recuerda la forma en que Octavio Paz, en la entrevista con Claude Fell (Plural, no. 50, 1975), trata la impunidad de la figura de autoridad masculina en la historia y el mito mexicanos: “El caudillo es heroico, épico: es el hombre que está más allá de la ley, que crea la ley”. En tanto, estar afuera de la ley es también ser la ley. O como sugiere la canción Jefe de jefes de los Tigres del Norte: el jefe de jefes es aquel cuya palabra es la ley.

[7] Éste es un tema que reitero a través de mi trabajo. Lakoff y Johnson lo tratan ejemplarmente en textos como Philosophy in the Flesh (1999), en el cual demuestran con precisión y atención los fundamentos metafóricos del empirismo, develando que se trata de una construcción histórica, mas no de un eje de encuentro transparente con la realidad.


lunes, 19 de mayo de 2008

Recurrencias...


I never love nobody fully
Always one foot on the ground
And by protecting my heart truly
I got lost
In the sounds
I hear in my mind
All these voices
I hear in my mind
-Regina Spektor, Fidelity


Y aquí regresa, ese punzocortante torbellino de calor en el pecho, aquel dolor de amor. El incierto peso de lágrimas anunciadas gira en la boca de mi estómago mientras como jeroglíficos, lo dicho se repite en mi cabeza. De pronto llega una brisa de calma y sé que así de pronto también se irá; pero aún así, entiendo que de momento no hay nada más que pueda hacer—salvo quizás abrirme sin reservas a ese oleaje de pena en el pecho para así acariciar al mundo, con la tierna evidencia de una vulnerabilidad total.


Pues batallar contra la niebla de la ideología, contra la constitución química de su historia y los gases de su propagación continua, no es más que disponerme a una intoxicación severa—mareo, vértigo, distorsión. No puedo. No puedo más. No puedo más que considerar que yo soy esa niebla; que la llevo inhalando desde que tengo nombre, y que mis células no se distinguen de ella. Hasta esa sensación de distancia escéptica es producto de la niebla; la claridad no es más que un concepto significado por el transcurso e inercia de la ideología. Cuando pienso en la niebla aún pienso engullido, cubierto en sus nebulosas constelaciones de sentido. Sin embargo, la tragicómica ironía es que a pesar de estas contemplaciones continuas, todavía creo que sé, hasta sé que sé; y con todo y el horror que este caer en cuenta trae consigo en las instancias de lucidez, el hábito es brutal.

Bien, pero, ¿por qué habría de importarme? ¿Qué más da, no? Si fuera un determinista (y la tentación de hacerlo es tremenda), o un nihilista (y la inclinación a ello es seductora), habría de acordarlo, y callar con un supuesto loop de chistes siniestros, para seguir convencido de un inicio y un fin. Pero algo me rebasa, continuamente hay agujeros en la textura de la verdad, y la certeza se disuelve en algo sin nombre que recorre el cuerpo inminentemente. Y esto es recurrente, algo se repite en mi experiencia, algo abismal y ominoso que regresa y dispersa la solidez de cualquier fórmula.

La sensación de voluntad es eso, una sensación; un efecto especial producido a posteriori por reacciones neuronales. Mi voluntad es un recuento de memorias recalentadas y repeticiones insaciables, de fabricaciones de significados; es una colección de historias que generan la ilusión de que hay, en efecto [sic], un coleccionista. Un especie de agente adhesivo que surge en dependencia de la narrativa asumida, y este efecto se re-presenta como inherente, y es más, como creador absoluto e inmutable del efecto en sí…Amén de paradojas. Ni tanto. Sino que aparecen recurrentemente las fallas en esta construcción, y nuestra reacción es querer taparlas, para mantener la sensación de singularidad, en vez de ese vacío múltiple que invita a la aceptación del desconocer. Soy un concepto en una venta de garaje de conceptos.

Y no.

Aquello que interrumpe, aquello que interfiere, aquello que instiga, aquello que provoca hacia el entender, mas no el saber… Tampoco hay manera de que eso no me afecte de forma entrañable y constante. Pero no puedo forzar las cosas, no puedo más que cooperar con propiciar las causas y condiciones necesarias para un profundo romance con lo que sí hay. Ese gran sí que Nietzsche anuncia y Bataille reclama y declama.

Bien, pues a ello: el amor. Refrescante rayo de lúcida dulzura radical. Y la palabra teñida de historias y figuraciones con las que no puedo osar romper y adentrarme en un nuevo mito adánico. En el banquete de Platón, ya se quebraban el habla con este tema en la lengua. Amor puro, amor platónico, amor romántico, amor apache, amor fraternal, amor problemático, amor sincero, amor filial, amor por el arte, amor por el prójimo, amor loco, amor idílico, amor mesiánico, amor propio, amor único, amor, amor, amor. Amor de mis amores.

Es ahí, en eso que llamamos amor, y hemos de despojar de su signo para probar en su inconmensurable ferocidad e inmanencia, que nos es posible ser trastocados por el peso de la locura de nuestro mundo. Es ahí en esa inevitable disposición a la apertura que la carga de las perturbaciones en nuestra radical interdependencia se hacen manifiestas y más de una vez hemos de aullar. La bestial interpelación de nuestra propia ignorancia se aparece entre los huecos y en general no hay más que una terrible impotencia ante su momentum.

Reñimos contra los fantasmáticos tintes de la utopía en boga en nuestra cabeza acomodada, para terminar exhaustos y heridos y resentidos con aquella alucinación auto-profética. Quizás lo suficientemente derrotados para disponernos a examinar cómo nos habita ese fantasma. Quizás lo suficientemente inspirados para cariñosamente oír a ese espectro llorar emberrinchado y acariciarle sin razón, hasta desmentir su locura y apreciar cómo en su rostro se tuerce una sonrisa luminosa, aquella que surge cuando lo real regresa en eclosión.

Es hermoso sin mesura, atestiguar, cómo abres los ojos para despertar a un mundo desprovisto de obviedad, de nuevo fresco, extraño y asombroso. Y tu corazón en flamas… contagioso.

Somos mortales.

lunes, 14 de abril de 2008

La Locura es la Cancelación del otro

Aquí un texto de hace un par de años acerca de las sectas, la cree-ncia, ese mítico yo y esa mítica libertad. ¿Sea nuestro egocentrismo la secta más gacha y prolífica hoy en día?







Un paranoico es alguien que ve todo en relación a sí mismo, es alguien cuyo egocentrismo es invasivo…
-Jaques Lacan, Seminario 3, p.274

Si tu hermano, el hijo de tu padre o de tu madre, o tu propio hijo o hija, o la esposa o esposo que abrazas, o tu más intimo amigo, intentara secretamente seducirte, diciendo, “Vayamos a servir a otros dioses,” extraños para ti y tus ancestros que te precedieron, dioses de pueblos vecinos, lejanos o cercanos, de cualquier parte del mundo, no debes consentir, no debes escucharle; no debes mostrarle piedad, no debes guardarle o esconder su culpa. No, tú debes matarle, tu mano deberá lanzar el primer golpe para matarle y las manos del resto de la gente seguirán. Has de apedrearlo a muerte, ya que ha tratado de separarte de Jehová tu Dios. …
(Deuteronimo 13:7-11)


El paranoico es alguien que se encuentra más allá de la negociación; para él/ella no existe nadie más. El diálogo no es posible. Está envuelto en un proceso sináptico de silogismos que se sellan en un pacto letal. Por ejemplo, si yo creyera que un grupo de marcianos implantaron un chip en mi cabeza que hace que perciba lo que percibo de manera que a ellos conviene (una versión neuro-ovni del genio malvado de Descartes), necesitaría deshacerme de la posibilidad de que no es cierto; para lograr esto, cuando alguien más, por cercano o indiferente a mí que sea, intentara convencerme de que eso del chip y los marcianos son sandeces, yo los inscribo dentro de mi ‘teoría’ y determino que quieren engañarme como parte de la conspiración marciana. He cancelado al otro; sólo existo yo, creyendo poseer una verdad absoluta e irrefutable.[1]


Como un farmacodependiente que tacha de moralizadores incómodos o personas que simplemente ‘no entienden’ a quienquiera que le confronte con otra versión de sus actos, el dogmático define a priori a los demás, los significa contundentemente. Todo el mundo queda obviado—todo fenómeno ha sido asignado un sitio dentro de un orden fijo. El dogmático estructura al mundo y toda experiencia, incluida la presencia de otros, en base al dictamen que les ha impuesto. Entonces no le queda más que asfixiarse en un sentido de vida totalizador y seguirlo hasta su fin último: la próxima inyección o la salvación, hablar en lenguas o convertir al vecino, suicidarse o matar a un infiel, y esto bajo un augurio de angustia terrible de constantemente tener que proteger y confirmar su paradigma. Está agujerado, y por ello se ve obligado a constantemente estar tapando un hueco, sólo para encontrar otro, y así tener que indignarse, violentarse, encubrirse, prevenirse.

No sólo los toxicómanos o las sectas o religiones organizadas crean y promueven este efecto de sentido; sino que podríamos decir que la mayoría lo hacemos de una manera u otra. En general estructuramos nuestra identidad y entorno de alguna forma que nos permita una sensación de “saber qué hacemos y por qué”. Es como un mandala en el cual colocamos algo al centro del esquema y todo lo demás gira a su alrededor, en función a este supuesto ‘núcleo’. Proyectamos una jerarquía de valores para todo lo que nos rodean, y en base a esto configuramos nuestras relaciones, reacciones y comportamiento[2].


En cierto nivel todos nos las damos de cosmólogos y visionarios. Pretendiendo comprender el porqué, cómo, qué y dónde de la vida (aunque sea de forma muy rudimentarias); en base a nuestro mito personal redactamos profecías o expectativas acerca de lo que esta constelación traerá, y nos comportamos como si fuera La verdad. Si bien creer que Sai Baba, el Pápa, Guru Maya o Maradona son la encarnación de un Dios único, total y omnipotentemente cariñoso con completa exclusividad es ciertamente una forma de opresión, así también creer que todo lo que pensamos o sentimos es verdad, y creer en las formulas de sentido que nuestra narrativa personal atribuye a nuestras experiencias como si fueran netas es igual de opresivo y desolador.

Aunque esto de generar sentido quizás sea una función inevitable, puede que exista la posibilidad de vivir un mundo desconocido sin la necesidad de ser xenofóbicos. Al igual que cuando vamos a un espectáculo de prestidigitación nos engañamos ‘conscientemente’ a creer en la magia y no en la gama de artimañas de un equipo de producción, así mismo nuestra mente y la realidad están constantemente en contacto (de manera indivisible), pero se súper-impone todo un texto de significados para establecer cierto sentido y parámetros operativos.[3] Quizá les necesitemos para disfrutar de un show de magia, pero hay muchas otras experiencias que podemos vivir, además de ser espectadores pasivos y aislados en un evento costoso.

Mecanismos de Culto

Entre más alta la barda, entre más impenetrable la membrana, lo mas firme la frontera que separa al “yo” y al “otro”, más segura parece estar la identidad del sujeto.
Mark C. Taylor, Erring: Towards a Postmodern A/theology, p.130


Recuerdo algunas impresiones que tuve cuando pasé una tarde en la cocina leyendo un librito que me “regalaron” unos cristiano-evangelizadores: salían símbolos de otras religiones, como un yin-yang, símbolos islámicos, un pentagrama, un buda, y a un lado “explicaba” porqué eran diabólicas y por ende te llevarían al infierno (por el resto de la eternidad, ni más ni menos); sentí una mezcla de nauseas, risa, ternura, miedo y enfurecimiento al ver la ilustración del cielo: un zoológico con personas de todas las etnias vestidas en ropa tipo Polo paseándose de manera muy higiénica,[4] afectiva y castrada por un zoológico acariciando leones mansos; todos, los animales incluidos, sonriendo enajenados con una felicidad violentamente light derivada como de una combinación letal[5] de anti-ansiolíticos y anti-depresivos .


La premisa detrás de este libro es que si adoptas el tipo de vida que ellos sugieren—adaptando tu comportamiento, tus creencias, tu voto, y claro, tu dinero—serás aceptado al muy exclusivo club semi-deportivo-vacacional, “el cielo”; pero si no lo haces sin titubeo alguno, si llegaras a dudar en lo que promueven, o consideraras por aunque fueran unos instantes un paradigma alternativo, estarías inmediatamente e irrevocablemente excluido del zoológico-safari-parque-de-diversiones-extra-limpio-y-estéril de Ralph Lauren, para entonces Terminar [sic] habitando un tormento insoportable por el resto de la eternidad.[6]

Si te dicen en qué pensar, qué ingerir o no, qué y cómo desear y lo aceptas sin cuestionarlo, es posible que comiences a sentir menos y menos confianza en tus capacidades críticas, quizás hasta las denomines “la voz del diablo” o algo así. Sin poder cuestionar, dudar y replicar pronto lo único que podrás hacer es buscar complacientemente una posición de prestigio dentro de la jerarquía que te oprime, y posiblemente termines introduciendo vodka en tu cuerpo intravenosamente esperando con ello irte en una nave alienígena[7] que viene detrás de un cometa. Y sí, nos podemos burlar, pero de ciertas formas somos muy similares en nuestras afirmaciones y reificaciones diarias--por moderadas o liberales que las consideremos--que el miembro de una secta.

Analizando las estrategias que utilizan los cultos para funcionar como tal, se vuelve aparente la manera en que cada uno de nosotros, seamos o no miembros de un culto o secta, usamos este tipo de estrategias para hacer de nuestros credos (egos) algo fijo y protegido. A continuación un breve desglose de algunos de los axiomas que conforman el funcionamiento de un culto o secta:


· Un compromiso excesivamente ingenuo hacia el líder, esté vivo o no, en lo que concierne a su sistema de creencias, ideología y prácticas, considerando éstas como la Verdad.

· El escepticismo, la duda y el desacuerdo son desalentados o hasta castigados.


· El líder no es responsable ante ninguna autoridad.

· El grupo tiene una mentalidad polarizadora de ellos contra nosotros.


· Se anima a los miembros a que vivan y socialicen únicamente entre ellos.

· El grupo predica que sus objetivos tan supuestamente exaltados justifican cualquier medio necesario.


Lo primero que ocurre aquí es que se establece una autoridad, un centro que define todo lo demás. Está autoridad no es cuestionable, es final y absoluta. Se generan mecanismos de protección para desalentar cualquier tipo de crítica o duda, censurando[8] toda voz que no muestre conformidad con lo establecido. Simultáneamente se construye y propaga un propósito de vida e una identidad en base a este esquema, y se plantea como algo urgente, indispensable y absolutamente crucial.

Esto no es tan distinto a la atención y credibilidad que le prestamos a los media o a las celebridades, y definitivamente es igual al fervor con el que creemos todo lo que pensamos y sentimos, bajo la premisa de que “como Yo lo pienso, debe ser cierto”, otorgando a nuestro ego la palabra final en toda materia. Todos nuestros traumas, deseos y motivaciones no examinadas pueden regir el resto de nuestras vidas; la manera habitual que tenemos de narrarnos lo que ocurre llega a ser una compulsión que impide la comunicación. Si bien es rara la ocasión en que no nos percibimos los unos a los otros como objetos simbólicos de nuestras narrativas personales, es aparente que en general las personas elegimos pertenecer a grupos sociales que sean afines a sus versiones de la realidad, a expensas de excluir una gama infinita de posibilidades alternas.
Mismo solemos apoyarnos en círculos en los cuales no se genera ninguna especie de confrontación. Aún más, obviamos nuestro entorno en base a lo que suponemos como el fin último o el cenit de la existencia, dedicando nuestras vidas a la infatigable persecución de este; entretenidos al grado de no poder siquiera considerar cuestionar lo que estamos haciendo.

El insaciable culto al mito del “yo”, ese entretejido de discursos cruzados que defendemos a capa y espada. Esta defensa ocurre por medio de una auto-vigilancia constante; los discursos operantes catalogan a cualquier otro discurso, cancelándolo con sentimientos de vergüenza, negando, rechazando, o asimilándolo dándole un significado en acuerdo con lo previamente establecido. A fin de cuentas lo que trabaja aquí es una firme convicción en algo como verdad total, aunado a la mala fama que se le adjudica al estar equivocado. Al siquiera considerar, QUIZÁS esté equivocado.


Tener ideas fijas y un sentido de vida personal no es lo mismo que ser miembro de una secta (de acuerdo); sin embargo, toda la materia no-examinada de nuestros deseos, temores y motivaciones nos hacen botín fácil para la ideología de una secta—ser predecible nos convierte en presa; y vivir huyendo de la reflexión nos hace muy predecibles. La costumbre de osar que sabemos, y de darle orden a nuestro entorno y nuestras experiencias sirven de tierra firme en la cual la opresión de un dogma se puede anclar.

Tocar, el sacrificio

Lo sagrado es ese rebullir pródigo de la vida que, para durar, el orden de las cosas encadena y que el encadenamiento transforma en desencadenamiento, en otros términos: en violencia. Sin tregua amenaza romper los diques, oponer a la actividad productora el movimiento precipitado y contagioso de una consumación de pura gloria…El mundo divino es contagioso, y su contagio es peligroso.

Georges Bataille, Teoría de la Religión, p. 56.

Lo primero que considerar aquí es la terriblemente ignorada distinción entre el mundo y nuestra versión del mundo. En terminología lingüística esto concierne la diferencia categórica entre significante, significado y referente; es decir que cuando yo pienso y digo, “árbol,” no indico algo real, sino a una imagen mental, a una representación conceptual de una serie de percepciones que he configurado arbitrariamente como una forma. Pero a lo que mi dedo apunta cuando digo árbol extendiendo la mano en dirección de lo que creo es un árbol, no tengo la más mínima idea de qué sea.

Esta división de nuestra experiencia fue observada y planteada por el psicoanalista francés Jacques Lacan de cierta manera como los tres registros de la experiencia: lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real. Lo Imaginario se refiere al conglomerado de imágenes y representaciones que tenemos en mente, es el mundo percibido desde la perspectiva de la imagen nuestra, de una identificación total con aquella formación en el espejo. Lo Simbólico trata con la relación entre la imagen y el mundo, el juego de contrastes e intermitencias a partir de las cuales se generan las imágenes; son todas las palabras que oímos mientras vemos esa imagen nuestra en el espejo, las connotaciones y asociaciones. Lo Real es simplemente inefable, es lo que evade toda significación; es fugaz e innombrable; no-dual, no-localizable e inmanente: aquel sincero ‘No sé’, ese vértigo que se presenta entre el nuomeno y la palabra...


Y aquí jugaremos con los nudos borromeos como silabas que bailan...

A distinción de la monolítica e insípida obviedad seudo-profética del orden de las cosas, lo Real está impregnado y agujerado de curiosidad y deseo. Paradojicamente, tanto al ingenuamente asumir el discurso de una secta, o al proliferar la verborrea mental como verdad propia, bajo la tesitura de escéptico, yo, claridad, neutralidad, o naturalidad, en ambas instancias negamos la experiencia directa. Tanto las sectas, como el ego, filtran la percepción por un palimpsesto de cuentos reiterativos, desesperadamente buscando preservarse (a toda costa…y vaya que cuesta: lagrimas y daños), vigilando y evitando a como de lugar, la experiencia directa (inclusive de sí—el choro). Siendo esto, lo que nos sana. Y podemos ver la brutal lógica que opera aquí para prevenir la experiencia: “nos va a matar, no debe llegar, no basta, nos va a doler.” Y así es. Claro que nos va a presentar un disturbio. Lo que asumimos y sus consecuencias han de develarse y disolverse en una gloria inconmensurable. Sí, puede ser avasalladoramente enternecedor vivir nuestra implicación y relación con el mundo.


Esto lo podríamos entender como la diferencia entre religión y misticismo; es decir, que el misticismo es un proceso de reencuentro con lo Real, interferencias en el disociado y alienado espectro especular por parte de lo Real; mientras que la religión es un método de prevenir el contacto con lo Real, es la asimilación y cooptación del misticismo. La inmanencia es peligrosa para el orden de las cosas, para la utilidad y las jerarquías; en el presente, desprovisto de la carga imaginaria del pasado o del devastador sueño del futuro, la versión oficial del mundo y del propósito de la vida no son más que cosquillas.

Uno de los grandes apelativos de las religiones organizadas es que proponen con aparente convicción y contundencia teorías acerca de todo—le adjudican un sitio y fin a todo, aunado a un colectivo que te lo “confirma” y aplaude. Lo primero que pretenden definir es la muerte, y de ahí se siguen de corrido poniéndole nombre y forma a toda aporía que se presente. Es el asesinato de la duda, del desacuerdo, de las preguntas: de la curiosidad. Un siniestro intercambio en el cual se hace un triste trueque de lo inmanente por una proyección especular, del contacto por un simulacro de confort.


No estoy avocando por la ambigüedad, sino por un agnosticismo valiente y vulnerable. Son muy diferentes: la ambigüedad es una postura y el agnosticismo una apertura. La distinción reside en que la primera es un debate narcisista sin fin[9], con las implicaciones inmediatas de quien decide no decidir—que es a fin de cuentas una decisión; es un sitio de solidificación discursiva y sus términos son preestablecidos, sus supuestas contradicciones y polémicas fijamente determinadas; en cambio desde una perspectiva agnóstica el debate cesa en brazos de la curiosidad, la ausencia de pretensión y lo inmediato.

Siguiendo esta línea de pensamiento: si bien no vamos a tragarnos el mareador balbuceo teológico de alguien más, tampoco vamos a creernos todo lo que pensamos, dándole a ese ruido una autoridad definitiva. Parte vital de la relación con lo real, cosa que gran parte de las religiones promulgan, es saber que no somos el centro del universo, y de que hay fuerzas mucho más grandes que nuestra sensación de auto-importancia. En vista de esto, me opongo al nihilismo pesimistoide que relativiza todos los fenómenos socio-religiosos, y propongo que el dogma como tal, y el daño psicológico y violencia física que generan algunas sectas y/o creencias—a veces incitando suicidios colectivos, y/o abusos sexuales—, es peligrosamente perverso y no es meramente una cuestión de open mind en la cual todo ha de ser aceptado como parte de una ingenua versión del multiculturalismo, sino que en efecto existen cultos cuyas propuestas buscan dominar y agredir incluso a quienes las aceptan sin participar. Habrá que considerar una educación sobre la creencia como tal y atender a plantear límites. Mismo, propongo un contagio inverso: la inmanencia es contagiosa, hay que permitir que prolifere su virulencia, siempre a sabiendas de que no podemos definirla.


A esto se refiere el Sacrificio, poner sobre el altar, ante el cuchillo de obsidiana toda nuestra concepción del mundo, nuestra (a)versión de la realidad, toda la autoridad que conferimos al “yo”, toda nuestra fantasía de seguridad y entretenimiento y dejar que muera en instancias de permeabilidad. Tocar.

Si bien, como seres sociales, no nos es posible salirnos completamente de las exigencias simbólicas, discursivas y utilitarias de la supervivencia, cada interrupción que permitimos por parte de lo real nos devela más flexibles ante la complejidad de perspectivas en las que habitamos—instigando nuestra curiosidad, desafiando a la obviedad. Es primordial asumir la carga y responsabilidad de nuestra perspectiva, de nuestros deseos y temores, siendo cuidadosos de no encajonar otros paradigmas desde la hermenéutica de nuestra versión oficial. Los parámetros de nuestra versión no son los parámetros de lo real…una vez más citando a Bataille:

“Para quien la vida es una experiencia que debe ser llevada lo más lejos posible…”

[1] La ironía siendo que inclusive para sostener este tipo de fantasías mesiánicas, requiero de réplicas y pruebas de su invalidez, para preservar la sensación de heroísmo que a su vez brinda a la paranoia esa sensación de solidez.
[2] Es una variedad de página de Excel, en la cual se cuantifica y osa verificar la totalidad inasible de la experiencia en un reducido marco de referencia. La apertura se vuelve un parámetro más dentro de una hoja de cálculo que busca infatigable y unívocamente una ganancia específica. Artilugio para sostener alguna ilusión de cohesión de sentido de dirección y voluntad absoluta.
[3] Generalmente son oposiciones binarias que parecen resaltar contrastes así enfatizando una especie de ontotología: yo/tú, adentro/afuera, arriba/abajo, más/menos, bueno/malo, blanco/negro, hombre/mujer, verdad/mentira, cielo/infierno…en fin, términos que se “definen” de manera reciproca; es decir, sin base alguna; es decir, que no sólo se permiten aparecer mutuamente, sino que se cancelan por lo mismo.
[4] Era prominente el resplandor de un buen acondicionador y de el cepillado regular con pasta de dientes enblanquecedora.
[5] Siempre y cuando uno siga siendo mortal; así que en este caso, de vida eterna, uno sólo puede imaginar lo que aquel gran equipo psiquiátrico que funge en un ámbito de “eternidad” puede hacer medicando sin tener que considerar efectos secundarios o sobredosis.
[6] Habría que considerar preguntarse (a riesgo de cada quien), ¿qué quieren decir por amor cuando se respalda con infinitos tehuacanazos y violaciones con electroshocks?
[7] Palabra que alude sin duda a la Alienación.
[8] Una de las formas de censura “menos aparentes” y por ello más eficientes, ya que disimulan neutralidad y hasta comprensión son: el ostracismo, la humillación, la ridiculización, y la minimización…
[9] Un solipsismo dilemático.