viernes, 25 de marzo de 2011

Envía “Amor” al %!@#**

I can’t tell you what it really is; I can only tell you what it feels like.
-Eminem, en Love the Way You Lie
“Eres un pinche puto… vales verga, pinche puto traga mierda”, interrumpen mis labores (o desidia) los gritos de una vecina. “Ya cálmate, pinche loca” le vocifera de vuelta el objeto de sus injurias. Dejo el teclado para posar el oído por la ventana de la cocina. “¿Qué, me vas a pegar, pinche culero?, no tienes huevoooos, pinche puto… ¡Pégame!, órale, ¡peeégame!”, continúa gritando ella con la voz temblorina, como una fiera en estado de emergencia. El morbo se crece por dentro, exigiendo más: que escale la situación, que le arranque la cabeza, que le pateé las pelotas y lo aviente por la ventana… La curiosidad, mezclada con la pena ajena, trae consigo un entretenimiento siniestro y nostálgico, invocando los recuerdos de situaciones similares en mi propia vida. Algo me pide saber el origen del conflicto (si tal cosa es acaso posible, digo).
“¡Ah!, ¿quieres que me largue?; pues te vas a la verga”. Algo que no alcanzo a escuchar y luego: “Déjame pasar por mis cosas, pinche maricón”… Después se opacaron sus voces y llegó el silencio, por lo cual tuve que regresar a mis labores. Ya horas más tarde, cuando comenzaba a oscurecer, al salir me encuentro un Kotex, tirado a un lado de las escaleras del edificio. Sellado y pulcro aún. Y miraba esa toalla menstrual, ahí, arrojada, despechada en una especie de intento—casi mágico—por representar y de paso ahuyentar al olvido la diferencia. Aquella irresoluble diferencia del otro (o la otra, pues), magnificada por el género (biológico, afectivo, psicosocioimaginario, o lo que sea…).
Al regresar, continúo con mis lecturas sobre el investigador Robert Keppel, responsable de la detención y condena de asesinos seriales como Ted Bundy y Gary Ridgway (el Green River Killer). A lo cual debo agregar dos observaciones antes de continuar: 1) La cinta de El Silencio de los Inocentes está basada en las conversaciones que mantenía Keppel con Bundy para atrapar a Ridgway, y 2) A Keppel lo trajeron a Cd. Juárez para dar una conferencia sobre los feminicidios, pero no le encargaron ni permitieron investigar (chale). Entre pasajes del caso, perfiles psicológicos, métodos de investigación y observaciones criminalísticas, vine a dar con una peculiar entrevista con la esposa del asesino.
Judith Ridgway, entrevistada poco después de que el arresto de su marido Gary fuese noticia, declara que “No lo podía creer. Él siempre ha sido tan gentil y cariñoso y…” (http://www.seattlepi.com/local/149997_greenriver26.html). Y se sigue por esta línea, hablando de cómo era un marido ejemplar, su mejor amigo, un hombre tierno, que la hacía sonreír y, cito, “sentir como una recién casada todos los días”. (http://www.kirotv.com/news/13362515/detail.html). ¿Cómo intentar siquiera entender que el asesino en serie más prolífico (se estiman alrededor de 71 víctimas) y despiadado, sea, en la experiencia de otra mujer, el marido del año? Decir que aquella mujer simplemente estaba en la luna o en ácido barato no resuelve este dilema; además, todo romance involucra un grado de delirio y ceder en cierta medida al delirio del otro.
Suelen explicar las motivaciones de Gary en relación a su relación con una madre muy estricta, e incluso a las infidelidades de sus dos esposas anteriores. Cabe, en este caso, considerar (reductio ad absurdum), además, si quizás Oscar Wilde no minimizó los pormenores del matrimonio al sugerir que “Las cadenas del matrimonio son tan pesadas que a veces se requiere de tres personas para cargar con ellas”. ¿Serán, pues, 73 personas las requeridas para cargar dichas cadenas en nombre del padre (Gary, su esposa, y las víctimas)? Supongo, que así como mis vecinos, todos hemos, siquiera de pasada en un instante de aquella abismal frustración de la incomprensión, considerado la desintegración astral de nuestra pareja. Pero, qué caso éste donde un sujeto lleva a cabo una serie de brutales y crueles asesinatos, para bajo los efectos secundarios del desahogo y la requerida disimulación exagerada, llevar, como si nada, un matrimonio feliz. Parece, comoquiera, ante esta coyuntura, una opción más sensata arrojar un Kotex por las escaleras.
Gary Ridgway y su esposa Judy.
Regresando a mi vecino (anteriormente referido como “pinche puto traga mierda”), con toda intención de preservar su anonimato ante esta indiscreción de mi parte: la frecuencia cíclica con que me lo he topado, en esas mismas escaleras, durante los pasados dos años, intenseando por teléfono con su novia en turno es significativa. Pero más aún, consideremos que presenta, en cada caso (tiro por viaje), el siguiente patrón: a) un endiosado trance tras haber “encontrado al fin” una mujer ideal (no como la pinche engañifa anterior)—etapa en la cual su modo de caminar se modifica, ya que saca el pecho como gallito de pelea todo el día—; y, b) una semana después, lo encuentro deambulando por las escaleras, neceando en su celular, pidiendo, entonadamente, a la mujer en cuestión: “Ya, dime la verdad”.
Él, como tantos quizás, espera que Ella le diga La Verdad. Casi como una porno exigiendo evidencia del orgasmo femenino para sus cámaras; casi como un juez buscando el alivio final del caso resuelto (en el mejor de los casos). No puedo evitar escuchar en su petición un desesperado grito contra el avasallador sin sentido de la realidad, como si de pronto, tanta libertad fuese una carga terrible. Así espera, a lo mejor, encubrir con un supuesto dilema imposible, aquel traumático y glorioso Real que rebasa incluso la concepción de “imposible” (o “inconcebible”).
El vecino espera y exige La Verdad de alguien más, en el entretejido de una demanda amorosa. Y, sí, me pregunto qué tanto de esto no hago yo también, a diario, en esto y lo otro. Pero si de pronto no fuese La Verdad, ¿Qué verdad se le podría ofrecer? ¿Aquella de la impermanencia? ¿La certeza de la muerte? ¿La relatividad de lo relativo? ¿La termodinámica o la gravedad, quizás? ¿Que nadie sabe; no realmente? Vaya, pero así cómo no anhelar la certeza del estado de emergencia con toda su apaciguante y momementanea convicción total; aquella solidez existencial que parece palparse al batallar entre “chinga tu madre, pinche puto” y “cálmate, pinche loca”. Por un breve lapso de lapsos de tiempo que no regresa, con alguien más como “la pinche loca” o el “pinche culero”, se puede descansar a medias en el efímero credo de la cordura propia—como si hiciese falta.
Y en el televisor, anuncian juegos para el celular, desde “espía a tus amigos… sé parte del club”, “rayos X”, y el “localizador de pareja”. Entre estos y tantos, tantos más (vaya mercado), uno que como una suerte de polígrafo astral vía la red de Telcel, al enviar un sms con la palabra “Mentira” a determinado número, establece si tu pareja te miente o engaña. Es posible que mi vecino necesite hablar con Amira o con alguna otra pitonisa, y darle un respiro a su novia en turno. O dejar que lo mate, asfixiándolo con Tampones.