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jueves, 4 de agosto de 2011

mapa libidinal

escrito hace un año para una revista que quedó a deberme una lana, aquí va un reportaje modesto sobre el entretenimiento adulto en el DF.


 A diario negociamos nuestra supervivencia y nuestros placeres con el resto de la humanidad. Transitamos, cruzamos, batallamos, choreamos, trabajamos, aguantamos y demás. Produciendo, consumiendo y pasando el rato. Pero de toda esta enmarañada red de presta, toma y ahí te va, siempre sobra algo. Siendo así, la pregunta es: ¿qué hace cada quién con su pedazo de excedente, con ese exceso que portamos, eso que algunos filósofos han bautizado como La Parte Maldita?


Si bien no es posible, o conveniente siquiera, decir y hacer todo cuanto se nos ocurre y antoja, dónde y cuándo se nos de nuestra regalada gana (imagina, por ejemplo, la catástrofe personal que ocasionaría decir todo lo que cruce por tu mente un solo día de tu vida), tampoco se puede sencillamente descartar todos esos impulsos. Digo, ¿a dónde se van; apoco de pronto se esfuman en la nada? Los deseos se acumulan en ebullición, nos habitan y movilizan—ya sea que nos parezcan buena idea o no. Pero sobre todo: los deseos nos rebasan. Así, llega, invariablemente, el momento en que nuestra limitada existencia humana nos alcanza y dejamos de estar dispuestos a retrasar nuestra satisfacción; el humor ya no nos alcanza para seguir espere y espere, disimulando, sonriendo tímidamente, fingiendo cordialidad y paciencia: queremos algo inmediato: ahora o nunca. Buscamos de un modo u otro manifestar nuestros deseos en un estado carente de consideraciones para con un futuro incierto—de todos modos vamos a morir. En estos instantes de ruptura con el orden establecido en nuestras vidas productivas, preferimos la ferocidad de nuestros impulsos al desnudo y un desahogo total, aunque pasajero. Algo nos conduce a dejar atrás nuestras mejores ideas y planes, a cambio de nutrir y estallar los sentidos en el presente.

Pocas cosas resultan tan peculiares y fascinantes como aquellos espacios donde este exceso, este cúmulo de pulsiones, es permitido bajo ciertos códigos. Y esta ciudad, con su sin fin de recovecos, esquinas, antros y laberintos, ofrece un amplio carnaval de fantasías y perversiones. El mapa del entretenimiento “adulto” del Distrito Federal dibuja marcas en lugares inesperados, con una gama bien surtida de variedad y tonos. Podríamos de cierto modo considerarlo como un mapa libidinal de esta ciudad, que va, sin duda, desde el refinamiento de lo más sutil—represivo incluso—hasta el éxtasis de lo grotescamente explícito, transitando, sin demora, de lo divertido a lo espantoso, ida y vuelta con hartas escalas. 

Pensemos por ejemplo en sitios web como Divas.com donde se puede escoger “acompañantes” con referencias incluso de haber aparecido en revistas como Playboy o Penthouse (me cae que ya sólo les faltan referencias firmadas de artistas y políticos,). Tal como se puede echar un vistazo a cualquier periódico de circulación nacional, para toparse con cientos de “masajistas” ofreciendo servicios las 24 horas; incluso con descuentos para los “mañaneros”, y paquetes 2 x 1. Pero, si se prefiere hacer la selección en vivo, pues hay burdeles disfrazados de estéticas o casas amistosas por doquier, así como avenidas como Sullivan, cuales escaparates de proyecciones, miedos y fantasías. ¿O qué tal un paseo por los perímetros del mercado de la Merced, o por San Pablo, donde conviven familias adquiriendo bicicletas lado a lado con sexoservidoras en servicio? Y este tipo de situaciones son, dentro de lo que cabe, de lo más divulgado y expuesto del GPS libidinal de esta ciudad; los intercambios que llegan a suceder a diario en esta ciudad sin consentimiento mutuo, involucrando tráfico humano (y en especial de menores) es algo terrible.


Para quien gusta del striptease, abundan los teibols en nuestra urbe; desde los de alto caché con chicas internacionales (y otras tantas pretendiendo internacionalidad), retacados con un enjambre de oficinistas lascivos y alcoholizados, comprando boletos y coreando “eh eh eh eh”. Hasta antrillos con chavitas espantadas, traídas a la fuerza de zonas rurales marginadas que miran al cliente con un desconcierto inconsolable. En cambio, si se anda con ánimos de atestiguar qué sucede con el excedente libidinal de los militares en día libre, falta sólo visitar la plaza de Garibaldi o algunas regiones del Centro Histórico para adentrarse—a riesgo higiénico del visitante, claro—a uno de los tantos locales que anuncian “Sexo en Vivo”. Sitios como el afamado (¿o difamado?) Catorce o La Navaja (también conocido como La Chaqueta ¿o era La Chaquetita?) dónde es el público quien participa en el show de Sexo en Vivo. Desfilan y colaboran—sardos en general—en darle un repasón a una ya añejada dama de la noche venida (sin y con albur) a menos. Ella recibe sus cuerpos y fluidos con un batidero de entusiasmo y resignación. A los participantes, de premio, se les regala su chela y un condón. También por la plaza de Garibaldi (así como un tour por la Calzada de Tlalpan), se puede visitar espacios donde se aplazan y desfilan todo tipo, grado y etapa de travestismo y transgénero, explicitando toda una cornucopia de posibilidades, posiciones y formulaciones de deseos que dejaría boquiabierto cualquier programa de estudios de género universitario—incluso se cuenta de un antro de Sexo en Vivo con enanos, para quién ande algo mini-picaresco.


Todo un embrollo sublime-asqueroso-místico-estúpido-deleitable-volatil-terrible-sórdido-y-demás de cines porno mal alumbrados donde no falta quien administre apoyos manuales, cabinas en cafés internet con su paquete de kleenex incluido, redes virtuales para encuentros “casuales” con infinidad de perfiles, vecindades con cuartos oscuros 24 horas, videoclubs, grabaciones clandestinas amateur, karaokes con tipos mal rasurados haciendo melancólicamente de Yuri a deshoras. Aunado, claro, a todo tipo de coqueteos, roces y acosos en el metro, en el pecero, en hoteles y moteles. Presione aquí, sobe acá, inserte lengua aquí, desvístase así, dejé ahí, véngase pa’ acá. Habitamos un espacio repleto de insinuaciones, donde cualquier cosa puede ser albur. Con el cuerpo arrojado entre cuerpos, a la intemperie de escarceos, cachondeos, manoseos, arrimones y lo que se guste y mande y se llegue a concebir y etcétera, etcétera, etcétera… Aí nomás.

Con esto en mente, relataré un par de lugares para quien ande en busca de “experiencias”, considerando las inclinaciones más reconocidas de los lectores de esta revista. Cada quien tendrá su grado de intrepidez y espíritu de aventura, aquí un par de opciones que si bien trastocan ciertos tabúes, tampoco exigen tales aperturas a lo aberrante como otros casos prometen. Uno de tales rincones nocturnos es el Club SW, ubicado a un lado de la Ciudadela, cerca del metro Balderas, que como su nombre indica, es un club Swinger. 

Por afuera puede llegar a parecer más bien una fiesta en un local cualquiera, ya que no se ve más que una pequeña entrada por una cortina de seguridad; pero ya adentro, es sin duda un centro nocturno bien equipado y alumbrado incluso. No se puede entrar sin pareja; pero una vez pagado el cover les ceden una mesita de mantel blanco rodeando la pista de baile. Hasta alrededor de la una de la mañana, parecería cualquier otro antro—salvo que es un poquito más oscura la iluminación—, donde los comensales beben, platican y bailan un poquito de esto y un poquito de lo otro. Ya que el reloj marca la una, quitan los videos musicales de las pantallas, donde ya sólo se leerá Club SW, y al pequeño escenario al fondo de la pista de baile arriban un sujeto y una dama (a veces son dos tipos y una chava). Al ritmo de alguna melodía pop se desvisten con un striptease, para pasear, presumiendo sus cuerpos a los espectadores. A manera de invitar a los clientes a tener sexo seguro, enfundan el miembro del tipo con latex (en ocasiones es alguien del público quien pasa a hacer los honores), y sin más se ponen a darle ahí mismo. El show habrá de durar [sic] una media hora, con cambios de posiciones y alguna que otra intervención del público.
Una vez culminado el show se abre pista: el cuarto oscuro. Detrás del escenario hay un pequeño cuarto (oscuro, claro), a donde se puede pasar a emular el show antes visto con algún invitado o con quienes ahí se encuentran o van pasando. No tiene mucho chiste el cuarto en sí; no es más que una pequeña habitación bordeada por un sillón para apoyarse tantito. Supongo que el chiste se lo otorgan los visitantes. Esto tiene cierto protocolo, claro: no se puede entrar solo al dark room, hay que entrar con pareja, aunque ya adentro puede que participe o no; y, nadie está obligado a nada y puede, en cualquier momento decir “no gracias o ya no quiero”. Este segundo punto es el axioma más importante de cualquier intercambio sexual: la voluntad propia debe estar garantizada, para que el juego sea un juego de muto consentimiento donde el deseo pueda, en efecto, estar presente en todos los participes. El Club SW, aclara esto con anticipación y retira a quienquiera que no acate estas normas, de manera inmediata.

Otra opción, si bien algo más esporádica es la llamada Fetish Night que sucede un par de veces al año en el club UTA, en el Centro Histórico. Para ello hay que estar pendientes a sus avisos en su Facebook o suscribirse a su lista de correos. Esta alternativa se basa más bien en las prácticas eróticas del sadomasoquismo y las subculturas que se identifican con ello. Los atuendos son increíbles (y algunos sencillamente están muy chafas), creando un ambiente extraño, como de ensoñación, pero como todo buen centro de BDSM, es, en principio, un espacio sumamente tolerante a la diversidad de los usos del placer.

 En dado momento de la noche comienza el espectáculo, con una chava vestida en pieles que pasea de una correa a su esclavo quien viene gateando tras ella. Así, desfilan todo tipo de látigos y botas, presentando una variedad insospechada de maneras de someter, enaltecer, humillar, adorar, explorar, penetrar y amarrar a un otro. Hay varios eventos de este tipo al año en la Ciudad de México, para enterarse sencillamente hay que entrar en contacto con la comunidad de participantes interesados y procurar a tiempo dónde y cuándo. El Sadomasoquismo es una de las prácticas eróticas más interesantes posibles, dado que juega directamente con los afectos y disposiciones de las personas sin necesariamente requerir de una conclusión a través del coito o el orgasmo. Siempre habrá de procurarse la confianza de que el juego puede acabar en el momento en que quién así lo quiera así lo determine. 

En fin, en el ámbito de lo erótico TODO se vale, siempre y cuando los participantes consientan en ello (y para ello tienen que estar en condiciones de consentir: de libre y espontanea voluntad, facultades completas y de edad adulta). Para un roto siempre habrá un descocido. Este exceso libidinal que cargamos es extraño y nos rebasa. Sin duda, es parte ineludible de quién somos la forma particular en que erotizamos y fantaseamos y deseamos y actuamos en base a esos deseos. Con qué afán procuramos ese instante en que descartamos esa angustia diferida por la cual parece que sólo morimos y morimos, poco a poco, día a día. Ansiamos, si tan sólo un instante, vivir y no sólo morir. A eso nos empuja esa Parte Maldita.

miércoles, 10 de febrero de 2010

imaginar la catástrofe

Este texto, publicado el pasado domingo en el Ángel, suplemento cultural del periódico El Reforma, elabora una contemplación torno a la impermanencia.




Un año anterior a su muerte, víctima de una sobredosis a los 21 años, Sid Vicious, aturdido bajista de los Sex Pistols, predijo su propia muerte. La trama de su vida era entonces un enmarañado caos, digna de una historieta tragicómica. Sus días transcurrían teñidos por la fama exprés que le otorgó el boom mediático del punk, los cuidados de una madre heroinómana de quien vendría aquella última dosis letal, y discusiones volátiles con su desquiciada novia Nancy, a la cual terminaría por asesinar meses antes de su propio fallecimiento. En el torbellino de estos vaivenes de la vida declaró: “Tengo este sentimiento de que moriré antes de llegar a ser viejo. No sé porqué. Sólo tengo este sentimiento”.

Haciendo a un lado el hecho de que no es muy detallada su predicción—no menciona dónde, cuándo, ni cómo—, resulta difícil no entrever un matiz irónico, amargamente irrisorio incluso, en tal decreto. Digo, si te arañas el cuerpo con botellas rotas gritando “No futuro” en tocadas donde el público te agrede como respuesta a tus gargajos, para poder pagar tu siguiente dosis de chiva que habrás de inyectarte con tu mortífera noviecita, no puede ser muy enserio que no tienes idea de dónde emerge una cierta intuición sobre tu ausencia de porvenir. Dadas las circunstancias no sería un secreto que probablemente se encuentre algo reducida tu expectativa de vida. Musicalmente hablando, Sid Vicious era un pésimo bajista; sin embargo, fue mucho mejor profeta que Nostradamus.

Los motivos para creer esto pueden variar, pero para enumerar sólo un par: Primero, Vicious, a diferencia de Nostradamus, se refería únicamente a su propio apocalipsis y no al de toda la humanidad, la flora, la fauna y la totalidad espacio sideral. Y con este despectivo y quizás banal gesto, Sid asume una responsabilidad existencial que Nostradamus parece eludir con delirante fervor. Por otro lado, contrario a Vicious, al esotérico vidente francés se le pinta como carente de siquiera una gota de sentido del humor en sus fantasías. Sin sentido del humor, dudo que se puedan hacer predicciones de ningún tipo.

Ahora que el hiperanunciado y ya mítico 2012 se aproxima. Toda una sobrecarga de conspiraciones estelares y/o humanoides se van acumulando en películas que narran el Fin de los tiempos. (Presagio, 2012, El Día después del mañana, Guerra de los mundos, La Suma de todos los miedos, El Día que la tierra se detuvo, por mencionar algunas). Ya sea que Nick Cage salve a la humanidad gracias a su insoportable clarividencia y carisma, o que John Cusack rescate a su familia de los efectos desastrosos de emisiones solares y del exitoso padrastro cirujano de tetas, invariablemente me quedo con la duda, ¿qué acaso no viene ya otra catástrofe en camino? Cabe hacer memoria de hace cuanto tiempo se viene anunciando el famoso apocalipsis. Los números se cambian, suman, multiplican e invierten, y las palabras proféticas se baten como si se tratase de un scrabble para adictos al ritalin. ¿Cuántas veces ya se hubiese tenido que aniquilar la tierra según los intérpretes de Nostradamus? Llevan más de dos mil años reiterando que está a punto de volar en pedazos, y aquí seguimos, ¿y luego qué?

Así, como cualquier buen cibernauta, cinéfilo o televidente contemporáneo, el ensayista francés George Bataille también se dedicaba con regularidad a contemplar imágenes perturbadoras. Dentro de lo que para él era un método de exploración mística, una de sus imágenes predilectas era una fotografía que tomó en Pekín un paisano suyo, Louis Carpeaux, en 1905. La imagen muestra un joven chino siendo pública y metódicamente desmembrado. Contemplar esta foto suscita una voraz gama intermitente de reacciones; se transita del vértigo aberrante que surge al ver el cuerpo destazado manando sangre, a una confusa euforia empática, al mirar el rostro del condenado, mirando hacia el fulgor del sol con un semblante rebosante…extático.

Pero sobre todo, incita una reflexión sobre ese inevitable devenir que depara la existencia humana: habremos de rendir esta forma conocida a la danza de los elementos como ofrenda imprevista, para ser desintegrados y digeridos tras la desgarradora plenitud de nuestras vidas.

Al mirar las imágenes del reciente terremoto en Haití, me encontré, de pronto, recordando el devastador temblor que arrasó a la Ciudad de México la mañana del 19 de septiembre de 1985. Observo las nebulosas de polvo tornear sobre las ruinas amontonadas de lo que alguna vez fuese el Hotel Regis. Ante las fotografías de los edificios derrumbados, se acentúa una nitidez en cuanto a la naturaleza efímera de todo fenómeno. En tan sólo un par de minutos, elaboradas estructuras enteras, cuya planeación y construcción tomaron años y los esfuerzos de miles de personas, cayeron sin previo aviso alguno. 2 minutos.



Dentro del budismo tibetano hay una tradición de elaborar mándalas de arena como representación de la experiencia viviente del universo. Los monjes llegan a dedicar semanas enteras enunciando oraciones, colocando los granos de arena con tremenda delicadeza y precisión, trazando el detallado diagrama simbólico del cosmos/mente. Apenas está completo, se realizan las ceremonias y exhibición, entonces, en un gesto característico del mismísimo Sid Vicious lo destruyen, así sin más.


¿Cómo responder a tal transitoriedad?, ¿amontonado bienes y teorías, para intentar tapizar la incertidumbre de verdades?, ¿coleccionando explicaciones escatológicas y desabridas pastillas ansiolíticas, como si fueran estampitas del mundial, para así negar el No futuro? O quizás, permitiendo que la angustia se exprese como apertura, así asumiendo la muerte como tal, saboreando y compartiendo el dulce filo de la apreciación da la vida misma. El sencillo y ominoso hecho de que ahora mismo registramos una experiencia. La muerte no es la catástrofe: la muerte es un hecho. La catástrofe es la clausura de la apreciación de este breve lapso de gracia que el azaroso diferir de la muerte permite.

2 minutos.


lunes, 14 de abril de 2008

La Locura es la Cancelación del otro

Aquí un texto de hace un par de años acerca de las sectas, la cree-ncia, ese mítico yo y esa mítica libertad. ¿Sea nuestro egocentrismo la secta más gacha y prolífica hoy en día?







Un paranoico es alguien que ve todo en relación a sí mismo, es alguien cuyo egocentrismo es invasivo…
-Jaques Lacan, Seminario 3, p.274

Si tu hermano, el hijo de tu padre o de tu madre, o tu propio hijo o hija, o la esposa o esposo que abrazas, o tu más intimo amigo, intentara secretamente seducirte, diciendo, “Vayamos a servir a otros dioses,” extraños para ti y tus ancestros que te precedieron, dioses de pueblos vecinos, lejanos o cercanos, de cualquier parte del mundo, no debes consentir, no debes escucharle; no debes mostrarle piedad, no debes guardarle o esconder su culpa. No, tú debes matarle, tu mano deberá lanzar el primer golpe para matarle y las manos del resto de la gente seguirán. Has de apedrearlo a muerte, ya que ha tratado de separarte de Jehová tu Dios. …
(Deuteronimo 13:7-11)


El paranoico es alguien que se encuentra más allá de la negociación; para él/ella no existe nadie más. El diálogo no es posible. Está envuelto en un proceso sináptico de silogismos que se sellan en un pacto letal. Por ejemplo, si yo creyera que un grupo de marcianos implantaron un chip en mi cabeza que hace que perciba lo que percibo de manera que a ellos conviene (una versión neuro-ovni del genio malvado de Descartes), necesitaría deshacerme de la posibilidad de que no es cierto; para lograr esto, cuando alguien más, por cercano o indiferente a mí que sea, intentara convencerme de que eso del chip y los marcianos son sandeces, yo los inscribo dentro de mi ‘teoría’ y determino que quieren engañarme como parte de la conspiración marciana. He cancelado al otro; sólo existo yo, creyendo poseer una verdad absoluta e irrefutable.[1]


Como un farmacodependiente que tacha de moralizadores incómodos o personas que simplemente ‘no entienden’ a quienquiera que le confronte con otra versión de sus actos, el dogmático define a priori a los demás, los significa contundentemente. Todo el mundo queda obviado—todo fenómeno ha sido asignado un sitio dentro de un orden fijo. El dogmático estructura al mundo y toda experiencia, incluida la presencia de otros, en base al dictamen que les ha impuesto. Entonces no le queda más que asfixiarse en un sentido de vida totalizador y seguirlo hasta su fin último: la próxima inyección o la salvación, hablar en lenguas o convertir al vecino, suicidarse o matar a un infiel, y esto bajo un augurio de angustia terrible de constantemente tener que proteger y confirmar su paradigma. Está agujerado, y por ello se ve obligado a constantemente estar tapando un hueco, sólo para encontrar otro, y así tener que indignarse, violentarse, encubrirse, prevenirse.

No sólo los toxicómanos o las sectas o religiones organizadas crean y promueven este efecto de sentido; sino que podríamos decir que la mayoría lo hacemos de una manera u otra. En general estructuramos nuestra identidad y entorno de alguna forma que nos permita una sensación de “saber qué hacemos y por qué”. Es como un mandala en el cual colocamos algo al centro del esquema y todo lo demás gira a su alrededor, en función a este supuesto ‘núcleo’. Proyectamos una jerarquía de valores para todo lo que nos rodean, y en base a esto configuramos nuestras relaciones, reacciones y comportamiento[2].


En cierto nivel todos nos las damos de cosmólogos y visionarios. Pretendiendo comprender el porqué, cómo, qué y dónde de la vida (aunque sea de forma muy rudimentarias); en base a nuestro mito personal redactamos profecías o expectativas acerca de lo que esta constelación traerá, y nos comportamos como si fuera La verdad. Si bien creer que Sai Baba, el Pápa, Guru Maya o Maradona son la encarnación de un Dios único, total y omnipotentemente cariñoso con completa exclusividad es ciertamente una forma de opresión, así también creer que todo lo que pensamos o sentimos es verdad, y creer en las formulas de sentido que nuestra narrativa personal atribuye a nuestras experiencias como si fueran netas es igual de opresivo y desolador.

Aunque esto de generar sentido quizás sea una función inevitable, puede que exista la posibilidad de vivir un mundo desconocido sin la necesidad de ser xenofóbicos. Al igual que cuando vamos a un espectáculo de prestidigitación nos engañamos ‘conscientemente’ a creer en la magia y no en la gama de artimañas de un equipo de producción, así mismo nuestra mente y la realidad están constantemente en contacto (de manera indivisible), pero se súper-impone todo un texto de significados para establecer cierto sentido y parámetros operativos.[3] Quizá les necesitemos para disfrutar de un show de magia, pero hay muchas otras experiencias que podemos vivir, además de ser espectadores pasivos y aislados en un evento costoso.

Mecanismos de Culto

Entre más alta la barda, entre más impenetrable la membrana, lo mas firme la frontera que separa al “yo” y al “otro”, más segura parece estar la identidad del sujeto.
Mark C. Taylor, Erring: Towards a Postmodern A/theology, p.130


Recuerdo algunas impresiones que tuve cuando pasé una tarde en la cocina leyendo un librito que me “regalaron” unos cristiano-evangelizadores: salían símbolos de otras religiones, como un yin-yang, símbolos islámicos, un pentagrama, un buda, y a un lado “explicaba” porqué eran diabólicas y por ende te llevarían al infierno (por el resto de la eternidad, ni más ni menos); sentí una mezcla de nauseas, risa, ternura, miedo y enfurecimiento al ver la ilustración del cielo: un zoológico con personas de todas las etnias vestidas en ropa tipo Polo paseándose de manera muy higiénica,[4] afectiva y castrada por un zoológico acariciando leones mansos; todos, los animales incluidos, sonriendo enajenados con una felicidad violentamente light derivada como de una combinación letal[5] de anti-ansiolíticos y anti-depresivos .


La premisa detrás de este libro es que si adoptas el tipo de vida que ellos sugieren—adaptando tu comportamiento, tus creencias, tu voto, y claro, tu dinero—serás aceptado al muy exclusivo club semi-deportivo-vacacional, “el cielo”; pero si no lo haces sin titubeo alguno, si llegaras a dudar en lo que promueven, o consideraras por aunque fueran unos instantes un paradigma alternativo, estarías inmediatamente e irrevocablemente excluido del zoológico-safari-parque-de-diversiones-extra-limpio-y-estéril de Ralph Lauren, para entonces Terminar [sic] habitando un tormento insoportable por el resto de la eternidad.[6]

Si te dicen en qué pensar, qué ingerir o no, qué y cómo desear y lo aceptas sin cuestionarlo, es posible que comiences a sentir menos y menos confianza en tus capacidades críticas, quizás hasta las denomines “la voz del diablo” o algo así. Sin poder cuestionar, dudar y replicar pronto lo único que podrás hacer es buscar complacientemente una posición de prestigio dentro de la jerarquía que te oprime, y posiblemente termines introduciendo vodka en tu cuerpo intravenosamente esperando con ello irte en una nave alienígena[7] que viene detrás de un cometa. Y sí, nos podemos burlar, pero de ciertas formas somos muy similares en nuestras afirmaciones y reificaciones diarias--por moderadas o liberales que las consideremos--que el miembro de una secta.

Analizando las estrategias que utilizan los cultos para funcionar como tal, se vuelve aparente la manera en que cada uno de nosotros, seamos o no miembros de un culto o secta, usamos este tipo de estrategias para hacer de nuestros credos (egos) algo fijo y protegido. A continuación un breve desglose de algunos de los axiomas que conforman el funcionamiento de un culto o secta:


· Un compromiso excesivamente ingenuo hacia el líder, esté vivo o no, en lo que concierne a su sistema de creencias, ideología y prácticas, considerando éstas como la Verdad.

· El escepticismo, la duda y el desacuerdo son desalentados o hasta castigados.


· El líder no es responsable ante ninguna autoridad.

· El grupo tiene una mentalidad polarizadora de ellos contra nosotros.


· Se anima a los miembros a que vivan y socialicen únicamente entre ellos.

· El grupo predica que sus objetivos tan supuestamente exaltados justifican cualquier medio necesario.


Lo primero que ocurre aquí es que se establece una autoridad, un centro que define todo lo demás. Está autoridad no es cuestionable, es final y absoluta. Se generan mecanismos de protección para desalentar cualquier tipo de crítica o duda, censurando[8] toda voz que no muestre conformidad con lo establecido. Simultáneamente se construye y propaga un propósito de vida e una identidad en base a este esquema, y se plantea como algo urgente, indispensable y absolutamente crucial.

Esto no es tan distinto a la atención y credibilidad que le prestamos a los media o a las celebridades, y definitivamente es igual al fervor con el que creemos todo lo que pensamos y sentimos, bajo la premisa de que “como Yo lo pienso, debe ser cierto”, otorgando a nuestro ego la palabra final en toda materia. Todos nuestros traumas, deseos y motivaciones no examinadas pueden regir el resto de nuestras vidas; la manera habitual que tenemos de narrarnos lo que ocurre llega a ser una compulsión que impide la comunicación. Si bien es rara la ocasión en que no nos percibimos los unos a los otros como objetos simbólicos de nuestras narrativas personales, es aparente que en general las personas elegimos pertenecer a grupos sociales que sean afines a sus versiones de la realidad, a expensas de excluir una gama infinita de posibilidades alternas.
Mismo solemos apoyarnos en círculos en los cuales no se genera ninguna especie de confrontación. Aún más, obviamos nuestro entorno en base a lo que suponemos como el fin último o el cenit de la existencia, dedicando nuestras vidas a la infatigable persecución de este; entretenidos al grado de no poder siquiera considerar cuestionar lo que estamos haciendo.

El insaciable culto al mito del “yo”, ese entretejido de discursos cruzados que defendemos a capa y espada. Esta defensa ocurre por medio de una auto-vigilancia constante; los discursos operantes catalogan a cualquier otro discurso, cancelándolo con sentimientos de vergüenza, negando, rechazando, o asimilándolo dándole un significado en acuerdo con lo previamente establecido. A fin de cuentas lo que trabaja aquí es una firme convicción en algo como verdad total, aunado a la mala fama que se le adjudica al estar equivocado. Al siquiera considerar, QUIZÁS esté equivocado.


Tener ideas fijas y un sentido de vida personal no es lo mismo que ser miembro de una secta (de acuerdo); sin embargo, toda la materia no-examinada de nuestros deseos, temores y motivaciones nos hacen botín fácil para la ideología de una secta—ser predecible nos convierte en presa; y vivir huyendo de la reflexión nos hace muy predecibles. La costumbre de osar que sabemos, y de darle orden a nuestro entorno y nuestras experiencias sirven de tierra firme en la cual la opresión de un dogma se puede anclar.

Tocar, el sacrificio

Lo sagrado es ese rebullir pródigo de la vida que, para durar, el orden de las cosas encadena y que el encadenamiento transforma en desencadenamiento, en otros términos: en violencia. Sin tregua amenaza romper los diques, oponer a la actividad productora el movimiento precipitado y contagioso de una consumación de pura gloria…El mundo divino es contagioso, y su contagio es peligroso.

Georges Bataille, Teoría de la Religión, p. 56.

Lo primero que considerar aquí es la terriblemente ignorada distinción entre el mundo y nuestra versión del mundo. En terminología lingüística esto concierne la diferencia categórica entre significante, significado y referente; es decir que cuando yo pienso y digo, “árbol,” no indico algo real, sino a una imagen mental, a una representación conceptual de una serie de percepciones que he configurado arbitrariamente como una forma. Pero a lo que mi dedo apunta cuando digo árbol extendiendo la mano en dirección de lo que creo es un árbol, no tengo la más mínima idea de qué sea.

Esta división de nuestra experiencia fue observada y planteada por el psicoanalista francés Jacques Lacan de cierta manera como los tres registros de la experiencia: lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real. Lo Imaginario se refiere al conglomerado de imágenes y representaciones que tenemos en mente, es el mundo percibido desde la perspectiva de la imagen nuestra, de una identificación total con aquella formación en el espejo. Lo Simbólico trata con la relación entre la imagen y el mundo, el juego de contrastes e intermitencias a partir de las cuales se generan las imágenes; son todas las palabras que oímos mientras vemos esa imagen nuestra en el espejo, las connotaciones y asociaciones. Lo Real es simplemente inefable, es lo que evade toda significación; es fugaz e innombrable; no-dual, no-localizable e inmanente: aquel sincero ‘No sé’, ese vértigo que se presenta entre el nuomeno y la palabra...


Y aquí jugaremos con los nudos borromeos como silabas que bailan...

A distinción de la monolítica e insípida obviedad seudo-profética del orden de las cosas, lo Real está impregnado y agujerado de curiosidad y deseo. Paradojicamente, tanto al ingenuamente asumir el discurso de una secta, o al proliferar la verborrea mental como verdad propia, bajo la tesitura de escéptico, yo, claridad, neutralidad, o naturalidad, en ambas instancias negamos la experiencia directa. Tanto las sectas, como el ego, filtran la percepción por un palimpsesto de cuentos reiterativos, desesperadamente buscando preservarse (a toda costa…y vaya que cuesta: lagrimas y daños), vigilando y evitando a como de lugar, la experiencia directa (inclusive de sí—el choro). Siendo esto, lo que nos sana. Y podemos ver la brutal lógica que opera aquí para prevenir la experiencia: “nos va a matar, no debe llegar, no basta, nos va a doler.” Y así es. Claro que nos va a presentar un disturbio. Lo que asumimos y sus consecuencias han de develarse y disolverse en una gloria inconmensurable. Sí, puede ser avasalladoramente enternecedor vivir nuestra implicación y relación con el mundo.


Esto lo podríamos entender como la diferencia entre religión y misticismo; es decir, que el misticismo es un proceso de reencuentro con lo Real, interferencias en el disociado y alienado espectro especular por parte de lo Real; mientras que la religión es un método de prevenir el contacto con lo Real, es la asimilación y cooptación del misticismo. La inmanencia es peligrosa para el orden de las cosas, para la utilidad y las jerarquías; en el presente, desprovisto de la carga imaginaria del pasado o del devastador sueño del futuro, la versión oficial del mundo y del propósito de la vida no son más que cosquillas.

Uno de los grandes apelativos de las religiones organizadas es que proponen con aparente convicción y contundencia teorías acerca de todo—le adjudican un sitio y fin a todo, aunado a un colectivo que te lo “confirma” y aplaude. Lo primero que pretenden definir es la muerte, y de ahí se siguen de corrido poniéndole nombre y forma a toda aporía que se presente. Es el asesinato de la duda, del desacuerdo, de las preguntas: de la curiosidad. Un siniestro intercambio en el cual se hace un triste trueque de lo inmanente por una proyección especular, del contacto por un simulacro de confort.


No estoy avocando por la ambigüedad, sino por un agnosticismo valiente y vulnerable. Son muy diferentes: la ambigüedad es una postura y el agnosticismo una apertura. La distinción reside en que la primera es un debate narcisista sin fin[9], con las implicaciones inmediatas de quien decide no decidir—que es a fin de cuentas una decisión; es un sitio de solidificación discursiva y sus términos son preestablecidos, sus supuestas contradicciones y polémicas fijamente determinadas; en cambio desde una perspectiva agnóstica el debate cesa en brazos de la curiosidad, la ausencia de pretensión y lo inmediato.

Siguiendo esta línea de pensamiento: si bien no vamos a tragarnos el mareador balbuceo teológico de alguien más, tampoco vamos a creernos todo lo que pensamos, dándole a ese ruido una autoridad definitiva. Parte vital de la relación con lo real, cosa que gran parte de las religiones promulgan, es saber que no somos el centro del universo, y de que hay fuerzas mucho más grandes que nuestra sensación de auto-importancia. En vista de esto, me opongo al nihilismo pesimistoide que relativiza todos los fenómenos socio-religiosos, y propongo que el dogma como tal, y el daño psicológico y violencia física que generan algunas sectas y/o creencias—a veces incitando suicidios colectivos, y/o abusos sexuales—, es peligrosamente perverso y no es meramente una cuestión de open mind en la cual todo ha de ser aceptado como parte de una ingenua versión del multiculturalismo, sino que en efecto existen cultos cuyas propuestas buscan dominar y agredir incluso a quienes las aceptan sin participar. Habrá que considerar una educación sobre la creencia como tal y atender a plantear límites. Mismo, propongo un contagio inverso: la inmanencia es contagiosa, hay que permitir que prolifere su virulencia, siempre a sabiendas de que no podemos definirla.


A esto se refiere el Sacrificio, poner sobre el altar, ante el cuchillo de obsidiana toda nuestra concepción del mundo, nuestra (a)versión de la realidad, toda la autoridad que conferimos al “yo”, toda nuestra fantasía de seguridad y entretenimiento y dejar que muera en instancias de permeabilidad. Tocar.

Si bien, como seres sociales, no nos es posible salirnos completamente de las exigencias simbólicas, discursivas y utilitarias de la supervivencia, cada interrupción que permitimos por parte de lo real nos devela más flexibles ante la complejidad de perspectivas en las que habitamos—instigando nuestra curiosidad, desafiando a la obviedad. Es primordial asumir la carga y responsabilidad de nuestra perspectiva, de nuestros deseos y temores, siendo cuidadosos de no encajonar otros paradigmas desde la hermenéutica de nuestra versión oficial. Los parámetros de nuestra versión no son los parámetros de lo real…una vez más citando a Bataille:

“Para quien la vida es una experiencia que debe ser llevada lo más lejos posible…”

[1] La ironía siendo que inclusive para sostener este tipo de fantasías mesiánicas, requiero de réplicas y pruebas de su invalidez, para preservar la sensación de heroísmo que a su vez brinda a la paranoia esa sensación de solidez.
[2] Es una variedad de página de Excel, en la cual se cuantifica y osa verificar la totalidad inasible de la experiencia en un reducido marco de referencia. La apertura se vuelve un parámetro más dentro de una hoja de cálculo que busca infatigable y unívocamente una ganancia específica. Artilugio para sostener alguna ilusión de cohesión de sentido de dirección y voluntad absoluta.
[3] Generalmente son oposiciones binarias que parecen resaltar contrastes así enfatizando una especie de ontotología: yo/tú, adentro/afuera, arriba/abajo, más/menos, bueno/malo, blanco/negro, hombre/mujer, verdad/mentira, cielo/infierno…en fin, términos que se “definen” de manera reciproca; es decir, sin base alguna; es decir, que no sólo se permiten aparecer mutuamente, sino que se cancelan por lo mismo.
[4] Era prominente el resplandor de un buen acondicionador y de el cepillado regular con pasta de dientes enblanquecedora.
[5] Siempre y cuando uno siga siendo mortal; así que en este caso, de vida eterna, uno sólo puede imaginar lo que aquel gran equipo psiquiátrico que funge en un ámbito de “eternidad” puede hacer medicando sin tener que considerar efectos secundarios o sobredosis.
[6] Habría que considerar preguntarse (a riesgo de cada quien), ¿qué quieren decir por amor cuando se respalda con infinitos tehuacanazos y violaciones con electroshocks?
[7] Palabra que alude sin duda a la Alienación.
[8] Una de las formas de censura “menos aparentes” y por ello más eficientes, ya que disimulan neutralidad y hasta comprensión son: el ostracismo, la humillación, la ridiculización, y la minimización…
[9] Un solipsismo dilemático.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Yo no fui


Un mundo al que no se ama completamente hasta morir, con la pasión

con que un hombre ama a una mujer, representa nada más que el

interés egocéntrico y la obligación de trabajar—ser

útil. Si lo comparamos con los mundos que han pasado, es espantoso, y representa el mundo más fallido de todos.
George Bataille


Reclamos nos sobran, y a la hora de la verdad, de poco nos sirven. Articular lo que nos oprime es una fase crucial de cualquier proceso de toma de consciencia, de liberación; pero esperar el reconocimiento y la justicia por la mano de quien nos somete, es meterse el pie antes siquiera de tomar el primer paso. Fallos, injurias, abusos e injusticias plagan los mecanismos capitalistas en que habitamos: es cierto: nos hemos vuelto desechables.
El capitalismo global, a pesar de su imagen de sí—y gracias a ella—, es el sistema operativo de la era histórica en la que hay más esclavitud en el mundo. Trabajo forzado, sin paga alguna, sin posibilidad de irse. Hoy en día, hay mayor cantidad de personas literal y totalmente esclavizadas que en cualquier otro punto en el tiempo de este planeta. Pero habrá que señalar antes que apuntar el dedo, cómo es que le damos vigor y continuidad a este terrible sufrimiento. Es decir: todo lo que habitamos, nos habita.
Igual que el capitalismo, en tanto sistema, es capaz de cooptar y asimilar todo discurso; sacando inclusive, gran plusvalía de los discursos antagónicos, al utilizarlos como innovaciones de mercado; así, al igual, nosotros somos adeptos, más allá de nuestra comprensión, para reducir cualquier discurso, incluso los que más directamente atacan o refutan nuestras tendencias narcisistas, a un método más para engrandecernos. Un ejemplo claro de esto: “yo soy más chingón que tú porque tengo menos ego que tú…”
Somos rápidos para criticar, para lanzar el comentario caustico, como si hubiera un sitio afuera de lo que criticamos en donde resguardarnos—mantenernos limpios y puros. Y al otro extremo nos encubrimos de máscaras, advocando por un nihilismo rampante, endulzando con humor o sarcasmo la fatiga de empatía que vivimos. Lo cierto es que al hablar de consumo y espectáculo no hay salida, no hay un espacio externo desde el cual podamos aludir a ello. Lo somos.
Pasa que esta fantasía de nuestro escepticismo, es lo que más ingenuos nos hace. La noción del sujeto independiente (una idea muy moderna) es una fórmula infalible para ahogarse en la enajenación: “a fin de cuentas nada de esto me afecta”. Creer que con un par de observaciones podemos desarmar el efecto de la publicidad es negar el hecho de que ésta, sólo opera gracias a ese imago que tenemos de nosotros—y que con tanto esmero nos dedicamos a preservar. Es decir, si no deconstruimos—no sólo en teoría, sino en vivencia—al sujeto de estas producciones, su acoso sigue operando sin límite alguno.
Habitamos un espacio caracterizado por la omnipresencia de la publicidad globalizada. Sus valores operantes nos interpelan, con un chantaje libidinal, para situarse como eje de nuestra narrativa personal. Nuestro sentido del humor lo dictamina la serie de tele que vemos, los comerciales que vemos; lo que creemos atractivo, ese cómo debemos ser para aspirar al contacto con alguien más, lo redactan los celos que instiga la publicidad. Esto siempre con su tono perverso disfrazado de “sentido común”. Subvierte la mirada antes de que podamos subvertir sus implicaciones; genera todo un tono desde el cual nos juzgamos—somos juzgados a diario. Intercede entre nosotros y los otros, llenando el espacio entre lo que se dice y lo que se oye.
Claro, entonces reclamamos. Y al hacerlo seguimos el juego, la dialéctica de la publicidad; nos convertimos en imagen y vivimos desde el reflejo del espejo de la complacencia. Y el tramo entre el espejo y nosotros, retacado de ideología. Conmemorando esta imagen de nosotros, tomando toda experiencia como un valor agregado para nuestra imagen; buscando continuamente convencer a los demás de la validez de ésta. Auto-obsesión. Narciso herido. Y de mientras, alimentamos la esclavitud global, perpetuando el sufrimiento que este vivir en tercera persona trae consigo.
Las tramas que sustentan este sufrimiento se basan en el empirismo—que no es más que una serie de metáforas cognitivas—como opuesto a la empatía, la disposición a sacrificar la imagen de sí ante la experiencia inmanente. De nada nos sirve el reclamo—ni la nada pa’l caso. El único mito que nos concierne destruir es el del “yo”; ese espectáculo que más nos entretiene y consume. Habrá, antes que apuntar el dedo y aventar reclamos, ubicarnos e implicar nuestra vida diaria y nuestra experiencia interior en aquel monstruo que nos asecha.