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lunes, 17 de agosto de 2009

La fantasía de la ciencia: o cómo gozar en forma

Texto publicado en Picnic hace unos meses... Una refrescante mentada a las cantaletas de los supuestos saberes en boga...


A mí se me hizo un poco menos difícil emputecer
cuando llegué a la sabia conclusión de que mis mariditos
no lo estaban haciendo conmigo, sino con su dinero.
Yo era, otra vez, una simple intermediaria.
Xavier Velasco, Diablo Guardián



En tanto formas de entretenimiento pachecas-forever, las teorías de conspiración funcionan. Cumplen con una tarea medular, dentro de dicho ámbito. Son como una consola para modular las paranoias ocasionadas por las ambivalencias de la vida cotidiana. Unos goggles de distorsión para modificar la percepción del entorno asegurando los niveles de confort del egocentrismo. Como unos visores bio-digitales de una versión tardía de Intelevision que nunca lanzaron al mercado debido a “posibles efectos secundarios”—lo cual no quiere decir que no continuaran haciendo pruebas en los laboratorios del CISEN. Las teorías de conspiración son como un aparato para aliviar el peso bruto de la incertidumbre; un cemento hiper-chemo para rellenar con certezas cualquier hueco existencial. Te dejan el cerebro todo amarillo y pegosteoso. Así todo cuaja.

No es que dude de la existencia del mal, o de las intenciones de cuanto ojete anda suelto. Lo que pasa es que no creo que joyitas como Dick Cheney, Salinas, Los Reptilianos o la Tigresa, cuenten con la capacidad de comunicación como para establecer acuerdos secretos fundamentalmente tan bien organizados. Parte de la genialidad de la reciente Quémese después de leerse de los hermanos Coen, reside justamente en que la paranoia no encuentra en qué basarse: no hay un gran Otro manipulando las situaciones; ni los rusos, ni la CIA, sino tan sólo una enmarañada serie de confusiones y trivialidades. Sobran quienes prefieren ahuyentar las responsabilidades personales culpando a los Iluminati o a los aliens de todo cuanto está jodido—cualquier cosa menos considerarse ordinarios y errantes. Pero más aún, dudo de que haya algo oculto, un mítico detrás del detrás de las cámaras, como el hilo negro (transparente) que sostiene el sentido de nuestra estructura socio-económica. Pienso más bien, que, citando a los Expedientes Secretos X: la verdad está afuera.

Puede que las noticias en apariencia más nimias o lúdicas, resulten ser, a pesar de la paradoja, la información más esencial sobre el estado del mundo—sobre el estado de la realidad. Los datos más triviales, aquellos que por su proximidad a la vida diaria, por la insignificancia o intimidad que leemos en ellos, pasamos por alto y no analizamos con discernimiento, puede que sean los más apremiantes. Es posible que ahí, en toda esa información que obviamos, se encuentren claves sobre nuestra constitución como sujetos. Puede resultar más influyente sobre nuestra psique una revista que hojeamos en la sala de espera del dentista, que esa enciclopedia de pensamiento político que estudiamos con rigor para nuestra tesis, o la Biblia.


Los cuestionarios, tests, tips, los comerciales para medicamentos para el insomnio o la impotencia, los promos de brujas que venden amarres y hechizos de amor, los hotlines psíquicos, la estética de los infomerciales, los avisos de autos usados, de masajes y de escuelas de belleza, las recetas y las ofertas de empleos de telemarketing, etc. puede que estos sean los puntos más críticos a tratar en una lectura de nuestra subjetividad en los medios contemporáneos. Estos sitios de transferencia de información están plagados de cosas que asumimos por completo, sin reservas. Develan tantas de las creencias y convicciones que nos constituyen. Creencias invisibles para nosotros, precisamente porque las creemos. Se han vuelto un lugar común: sentido común. Por ello rara vez miramos con extrañamiento o curiosidad esas zonas de producción cultural, sitios de producción de subjetividad encubiertos por su obviedad.

Dentro de este rubro, hay un tipo de producto peculiar: los estudios. A cada rato nos andan compartiendo generosamente los resultados de todo un popurrí de encuestas e investigaciones—como si les hubiésemos preguntado. Hace poco, un amigo—quien sabe de mi interés por buscar sectas en internet en mi tiempo libre—me envió un texto que se topó en un periódico inglés enlinea.[i] No aludo a este artículo porque sea raro o explaye alguna característica de vanguardia, de hecho es de lo más recurrente y sintomático. Imprimen estudios del tipo a cada rato, en cualquier tipo de publicación—compulsivamente.

“Porqué las mujeres tienen mejor sexo con hombres más afluentes” se titula el innovador artículo. Ni siquiera preguntan, sino que de entrada lo postulan como un hecho y prosiguen meramente a explicarlo. Respaldado por el discurso las nuevas ciencias (sofismos desenfrenados), como son la psicología evolutiva y la sociobiología, explica que debido a la programación genética, la mujer padece orgasmos más potentes con hombres que le propicien la seguridad de una cueva para proteger a sus futuras crías. Cosa que hoy en día es equivalente a una cuenta bancaria hinchada. Es decir que aún no se les ocurre que hay en la sexualidad humana algo más que la reproducción; el orgasmo femenino, así como el clítoris, siendo fenómenos radicalmente excedentes, sobrantes para la reproducción de la especie.


Con ingeniosas frasesitas piteras como “lo que importa es el tamaño de la cartera”, continúa dando cátedra de esta sexualidad cuantificada, relegada a experimentarse como un concurso lleno de cuadrículas, doctores y termómetros. La ciencia—al igual que el porno— hay que decirlo, ha intentado redundantemente, y con singular ahínco, dar un recuento oficial del orgasmo femenino. Y en este aparatoso gesto, en apariencia tan trivial, se exhibe la fantasía básica de la ciencia: vivir en tercera persona lo que sólo ocurre en primera persona. En este afán por comprobar, verificar, repetir, calcular y predecir todo, la ciencia ha terminado por atiborrar la sexualidad humana de normas. Un código que si en facha más laxo que aquel de la Iglesia, es mucho más insidioso, impositivo y totalitario, ya que pretende provenir de una imparcialidad total.

Ahora resulta que todas las mujeres (de menos ya incluyen a sus mamás y hermanas) son putas por naturaleza, incapaces de gestar deseos—deseos propios, deseos imposibles de entender o explicar. Así, estamos obligados a gozar debidamente: mucho, mucho pero no demasiado, en forma, como el ingeniero manda. Como si la sexualidad humana, el erotismo, la vida libidinal del sujeto, se tratara de un aparato electrodoméstico: presione aquí periódicamente durante un minuto, gire tres veces a la izquierda y listo. Menuda disociación. Ofrecen una versión cuantificada de la sexualidad, con medidas de tiempo y el dictamen de lo sano reverberando sin parar. Sexualidad perfomance.

Más trágicamente irrisorio aún, es que todo lo indecible e inconmensurable de la sexualidad humana, por angustia, lo intentan resolver—como si de entrada fuera un problema—ahora con un fajo de billetes. Ni así se les ocurre cuestionar qué tan enredada está la ciencia con las estructuras de poder de un determinado periodo sociohistórico, con el sistema político y económico en boga. Víctimas de un delirio de objetividad, y en efecto, así miran todo (y a todos): como un objeto aislado. Creen poder explicar algo en lo cual uno no se puede más que implicar. Es como preguntarle al gandalla de los dientes de oro al que le vas a comprar un Tsuru usado en una bodega en la Buenos Aires, “¿Qué tal jala?”, y creer que responde desinteresadamente. Le crees porque le quieres creer. Te dieron tautología por aporía.

Es quizás hasta para enternecerse, la manera en que, a pesar de tanta ventaja que procuran estos millonarios, y de cómo basan su atractivo en esa relativa ventaja, siguen atormentados sobre el orgasmo femenino, siguen buscando confirmación. Habrá que darles lo que tanto quieren: una instrucción. Aquí va: dejen de estar examinando a la dama y procuren cultivar eso que les rebasa (y angustia), que bien podríamos llamar amor. Ya que justo ahí, en esa tremenda vulnerabilidad donde la implicación es infranqueable, ahí florece la distinción entre saber y sabiduría…ahí se expande la atención.

En fin, para teorías de conspiración nada como el orgasmo femenino y el capital. Pero para acabar pronto con el tema: ¿no han oído hablar del lechero?

[i] http://www.timesonline.co.uk/tol/news/uk/article5536873.ece






lunes, 11 de mayo de 2009

forever never

Este texto recién salió en Picnic... las imágenes de este número están de lujo...


Lo difícil de las generalidades simplistavagoexperienciales
Dharmicocristianas quesqueespirituales
Es que como explicaciones todo lo que tienen son analogías

Luís H. Valadez, Eye likes it when ya die/Lord, hear our prayer

Imaginemos por un momento que te dedicas a la actuación (no por dudar de tu tan auténtica autenticidad—ni tantito). Ahora, tan sólo por seguir con este ejercicio, supongamos que desde mediados del año pasado, tu agente, en un frenesí de metanfetaminas y ginebra, cerró un trato tremendo. Este contrato te habrá de convertir en el próximo protagonista de la más históricamente desproporcionada y espectacularmente costosa producción de la vida de Jesus Christ (si eres chava no importa, te maquillan denso, barba postiza, efectos digitales, túnicas holgadas, etc.).

Todo marcha de ensueño durante tu primer año: leyendo el guión en un convento guadalupano, recortándote la barba para viajar a tierra santa, fumando mucho, dejando de fumar, dando entrevistas con lentes oscuros para Oprah, recibiendo bendiciones papales ante una multitud, tomando clases de arameo y de cómo ser crucificado—ya sabes. De pronto, tras un chequeo médico rutinario, se te informa que habrás de morir en exactamente una semana (evitaré los grotescos detalles de cómo y porqué; para no exhibirte—no es TV-Notas).

Aparte de todas las cosas que nunca hiciste y que ahora juras siempre quisiste hacer, te encuentras con el siguiente dilema: el director-guionista (además de ser pedante), ha decidido que a manera de homenaje, quiere que seas tú quien escoja tu reemplazo para este monumental papel. Sólo que hay un pequeño problema: la casa productora detrás del casting y demás, tiene un contrato eterno y definitivo para este guión, por lo cual te presentan únicamente tres opciones: Keanu Reeves, Diego Luna, o Gael García-Bernal.

Al oír la noticia, Keanu, tras hojear con fatiga e indiferencia el guión, declara públicamente que ya está completamente hastalamadre de salir en posiciones fetales y salvar al mundo. A la mañana siguiente amanece muerto en la tina de un hotel en Utah (¿o fue en Tijuana?)—sí, adivinaste, en posición fetal. Ni modos: ¿cuál de los charolastras consideras que mejor pueda imitar “la mirada mesiánica”?

A LO QUE VOY ES, que mucho de lo que consideramos “espiritual” suele no ser más que la perversa emulación de ciertos gestos. Una suerte de semiótica de lo trascendente. Decimos las frases en coordinación con las muecas correspondientes, compramos el collar, aprendemos a pronunciar palabras como “karma” o “dominus”, viajamos a la India (o a Tepoztlan), nos persignamos mirando al cielo con cara de misericordia, miramos invasivamente a los ojos a los demás… Es como si creyésemos que por vestirnos con terciopelo púrpura y hacer cosas peculiares con nuestro pelo facial, automáticamente vamos a tocar la guitarra como Prince.

Hay quienes conciben lo espiritual como referente a un plano inmaterial, ideal, y masturban sus platónicas cabezas con abstractas teorías sobre la reencarnación. Suelen mantener concepciones chiclosas sobre cómo la vida está llena de lecciones que si uno reprueba habrá de repetir infinitamente—como una perpetua pedagogía arquetípica. Estos son los Forevereados. Mientras que en el supuesto otro extremo, están los que no creen en “esas jaladas” y se dedican, con ejemplar devoción, a la acumulación de bienes, actitudes desencantadas y vivencias triviales. Los coleccionistas, pequeñodéspotas ensalzando sus narcisos con más (o menos) de lo que sea. Estos son los Nihilistas. Siempre y nunca, todo y nada. Y claro, toda una gama de combinaciones y cocteles intermedios. Nos tenemos que desprogramar, o programar, o reprogramar; que cortarnos el pelo, o dejárnoslo largo; que vestir de blanco, o dejar de hacerlo; regalar nuestros ahorros, o hacer mucho dinero; dejar de ser pretenciosos, o aceptar que lo somos. Lo que sea menos vivir directamente, en primera persona, desde nuestra corporalidad.

Pasa que nuestra concepción de lo espiritual suele estar al servicio de los más insidiosos de nuestros hábitos y miedos egocéntricos. Frecuentamos calumniosos y supuestamente sutiles concursos, para ver quién es más tolerante, sereno, desprendido, comprensivo, pleno, intenso, entusiasta, abundante, valemadres, sensato, temerario, solemne, etc. Sin importar si los valores que concursan son de índole “pacheco-buenavibra” o “satánico-gandallas” o “escéptico-cool” o “posmo-ingeniosos”, no deja de ser un concurso. No cesamos de percibirnos y tratarnos como objetos en una batalla con otros objetos. Amueblando y decorando nuestros egos, acabamos con frases como: “yo soy más chingón que tú porque tengo menos ego que tú” (que aunque no las digamos, las creemos).

Con ahínco ideamos nuestra experiencia como escindida: un sujeto y un objeto. Una división arbitraria fundada en la utilidad. Un mundo de objetos a los cuales atribuimos cualidades mágicas como la independencia, la esencia y la permanencia. Un mundo a disposición de un sujeto al cual proyectamos con características místicas, como la inherencia, la objetividad y la certeza. Acabamos alienados e intentando manipular nuestro entorno, y los mundos detrás del mundo, en una voraz persecución de inmunidad.



Cada que algo rebasa o se escapa de esta misión imposible, con tremenda velocidad, agilidad y una insistencia admirable, lo reinscribimos dentro de nuestro modelo habitual. Somos como una especie de MacGyver holográfico, volteando toda situación a ventaja de nuestra preciada fantasía de seguridad ontológica. Que nada nos toque, que nada nos cambie, que nada nos mueva…Pero claro, que los demás nos reconozcan por lo profundas que han sido nuestras vivencias, por lo especiales que somos. Ya sea que vayamos a las islas de Fiji a tener orgías en pañales o andemos de rodillas a la Villa, ya sea que nos rapemos la cabeza y no comamos más que hígado por 40 días o hagamos miles de postraciones en el Tibet antes (o después) de ir a Ibiza, o que cotorreemos con Tom Cruise y John Travolta en una convención Dianética, en general no hacemos más que procurar aprobación y ventaja. Huir de la humillación, correr hacia los aplausos (¿qué, nadie vio American Idol?).

Es peculiar que a pesar de lo inmersos que estamos—y quizás gracias a ello—, solemos obviar que la cosmovisión más en boga hoy día es el capitalismo. Si bien, cuando decimos Cristianismo o Maradonismo, nos referimos a la ciega afinidad y ferviente devoción para con Cristo o Maradona. Sin embargo, pasamos por alto que ahora somos fieles piadosos del capital. Admiramos las experiencias y sofisticaciones que el capital provee, el carisma y la superioridad que supone infundir como misterio en los sujetos que más poseen, el quesque sentido común y soluciones rápidas que ofrece. El Zen capitalista light: que nada te afecte, vive en el momento (¿cuál momento y cuánto cuesta?). ¿Qué mejor ejemplo de ello que el avasallador y siniestro auge que exhiben personajes como el Dr. Jesús Miranda (Cristo Hombre), o Madonna con sus matemáticas intergalácticas y baños de lluvia? ¿Y qué síntoma más nauseabundo que el trepidante éxito de la neurosis obsesiva por medio de El Secreto? ¿O qué tal que los grandes empresarios (del narco) se vuelven santos?



Y cómo no iba a suceder esto, si nuestra concepción de Espiritual es más difusa y tambaleante que la vida de José José. El diccionario ofrece lo siguiente: Referente al espíritu, ¿Qué diablos es eso del “espíritu”? (¿No se les dice así a los vinos?) Para cerrar me gustaría proponer lo siguiente: la espiritualidad se refiere a las prácticas de la subjetividad; técnicas que revelan su naturaleza, sus características, su plasticidad; métodos que alumbran el asombro mismo que nos constituye. La espiritualidad alude, así mismo, a las instancias—a menudo accidentales—en las cuales la delirante división sujeto/objeto es interferida y deconstruida por una inmanencia viral. Por ejemplo, una práctica que me parece atinada para describir la espiritualidad, vendría a ser la meditatio mortem. Es decir, una contemplación sobre la propia muerte, que nos restituye a una apreciación fulgurante del mundo.

En fin, creo que ninguna religión es tan deplorable como la psiquiatría, las nuerosciencias o la sociobiología—por la rampante homologización que propagan gracias a su supuesta “verdad empírica”. Pienso que no son mucho más que defensas místicas del neoliberalismo. Y no son tan distintas a las premisas del Opus Dei o aquellas de los Raelianos. No sé, pero lo que sí puedo asegurar es que aún prefiero releer La Panza es Primero de Rius que aventarme un “viaje de poder” en Teotihuacán (o en cualquier otro lado, pa’l caso) con Don Miguel Ruíz, y que cada que veo a algún chavito (o no tan chavito) Krishna, con su melenita esa, ya sea en un aeropuerto o en el Parque México, mi primera reacción es querer darles un sape. Y mi segunda reacción…también.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Yo no fui


Un mundo al que no se ama completamente hasta morir, con la pasión

con que un hombre ama a una mujer, representa nada más que el

interés egocéntrico y la obligación de trabajar—ser

útil. Si lo comparamos con los mundos que han pasado, es espantoso, y representa el mundo más fallido de todos.
George Bataille


Reclamos nos sobran, y a la hora de la verdad, de poco nos sirven. Articular lo que nos oprime es una fase crucial de cualquier proceso de toma de consciencia, de liberación; pero esperar el reconocimiento y la justicia por la mano de quien nos somete, es meterse el pie antes siquiera de tomar el primer paso. Fallos, injurias, abusos e injusticias plagan los mecanismos capitalistas en que habitamos: es cierto: nos hemos vuelto desechables.
El capitalismo global, a pesar de su imagen de sí—y gracias a ella—, es el sistema operativo de la era histórica en la que hay más esclavitud en el mundo. Trabajo forzado, sin paga alguna, sin posibilidad de irse. Hoy en día, hay mayor cantidad de personas literal y totalmente esclavizadas que en cualquier otro punto en el tiempo de este planeta. Pero habrá que señalar antes que apuntar el dedo, cómo es que le damos vigor y continuidad a este terrible sufrimiento. Es decir: todo lo que habitamos, nos habita.
Igual que el capitalismo, en tanto sistema, es capaz de cooptar y asimilar todo discurso; sacando inclusive, gran plusvalía de los discursos antagónicos, al utilizarlos como innovaciones de mercado; así, al igual, nosotros somos adeptos, más allá de nuestra comprensión, para reducir cualquier discurso, incluso los que más directamente atacan o refutan nuestras tendencias narcisistas, a un método más para engrandecernos. Un ejemplo claro de esto: “yo soy más chingón que tú porque tengo menos ego que tú…”
Somos rápidos para criticar, para lanzar el comentario caustico, como si hubiera un sitio afuera de lo que criticamos en donde resguardarnos—mantenernos limpios y puros. Y al otro extremo nos encubrimos de máscaras, advocando por un nihilismo rampante, endulzando con humor o sarcasmo la fatiga de empatía que vivimos. Lo cierto es que al hablar de consumo y espectáculo no hay salida, no hay un espacio externo desde el cual podamos aludir a ello. Lo somos.
Pasa que esta fantasía de nuestro escepticismo, es lo que más ingenuos nos hace. La noción del sujeto independiente (una idea muy moderna) es una fórmula infalible para ahogarse en la enajenación: “a fin de cuentas nada de esto me afecta”. Creer que con un par de observaciones podemos desarmar el efecto de la publicidad es negar el hecho de que ésta, sólo opera gracias a ese imago que tenemos de nosotros—y que con tanto esmero nos dedicamos a preservar. Es decir, si no deconstruimos—no sólo en teoría, sino en vivencia—al sujeto de estas producciones, su acoso sigue operando sin límite alguno.
Habitamos un espacio caracterizado por la omnipresencia de la publicidad globalizada. Sus valores operantes nos interpelan, con un chantaje libidinal, para situarse como eje de nuestra narrativa personal. Nuestro sentido del humor lo dictamina la serie de tele que vemos, los comerciales que vemos; lo que creemos atractivo, ese cómo debemos ser para aspirar al contacto con alguien más, lo redactan los celos que instiga la publicidad. Esto siempre con su tono perverso disfrazado de “sentido común”. Subvierte la mirada antes de que podamos subvertir sus implicaciones; genera todo un tono desde el cual nos juzgamos—somos juzgados a diario. Intercede entre nosotros y los otros, llenando el espacio entre lo que se dice y lo que se oye.
Claro, entonces reclamamos. Y al hacerlo seguimos el juego, la dialéctica de la publicidad; nos convertimos en imagen y vivimos desde el reflejo del espejo de la complacencia. Y el tramo entre el espejo y nosotros, retacado de ideología. Conmemorando esta imagen de nosotros, tomando toda experiencia como un valor agregado para nuestra imagen; buscando continuamente convencer a los demás de la validez de ésta. Auto-obsesión. Narciso herido. Y de mientras, alimentamos la esclavitud global, perpetuando el sufrimiento que este vivir en tercera persona trae consigo.
Las tramas que sustentan este sufrimiento se basan en el empirismo—que no es más que una serie de metáforas cognitivas—como opuesto a la empatía, la disposición a sacrificar la imagen de sí ante la experiencia inmanente. De nada nos sirve el reclamo—ni la nada pa’l caso. El único mito que nos concierne destruir es el del “yo”; ese espectáculo que más nos entretiene y consume. Habrá, antes que apuntar el dedo y aventar reclamos, ubicarnos e implicar nuestra vida diaria y nuestra experiencia interior en aquel monstruo que nos asecha.