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lunes, 17 de agosto de 2009

La fantasía de la ciencia: o cómo gozar en forma

Texto publicado en Picnic hace unos meses... Una refrescante mentada a las cantaletas de los supuestos saberes en boga...


A mí se me hizo un poco menos difícil emputecer
cuando llegué a la sabia conclusión de que mis mariditos
no lo estaban haciendo conmigo, sino con su dinero.
Yo era, otra vez, una simple intermediaria.
Xavier Velasco, Diablo Guardián



En tanto formas de entretenimiento pachecas-forever, las teorías de conspiración funcionan. Cumplen con una tarea medular, dentro de dicho ámbito. Son como una consola para modular las paranoias ocasionadas por las ambivalencias de la vida cotidiana. Unos goggles de distorsión para modificar la percepción del entorno asegurando los niveles de confort del egocentrismo. Como unos visores bio-digitales de una versión tardía de Intelevision que nunca lanzaron al mercado debido a “posibles efectos secundarios”—lo cual no quiere decir que no continuaran haciendo pruebas en los laboratorios del CISEN. Las teorías de conspiración son como un aparato para aliviar el peso bruto de la incertidumbre; un cemento hiper-chemo para rellenar con certezas cualquier hueco existencial. Te dejan el cerebro todo amarillo y pegosteoso. Así todo cuaja.

No es que dude de la existencia del mal, o de las intenciones de cuanto ojete anda suelto. Lo que pasa es que no creo que joyitas como Dick Cheney, Salinas, Los Reptilianos o la Tigresa, cuenten con la capacidad de comunicación como para establecer acuerdos secretos fundamentalmente tan bien organizados. Parte de la genialidad de la reciente Quémese después de leerse de los hermanos Coen, reside justamente en que la paranoia no encuentra en qué basarse: no hay un gran Otro manipulando las situaciones; ni los rusos, ni la CIA, sino tan sólo una enmarañada serie de confusiones y trivialidades. Sobran quienes prefieren ahuyentar las responsabilidades personales culpando a los Iluminati o a los aliens de todo cuanto está jodido—cualquier cosa menos considerarse ordinarios y errantes. Pero más aún, dudo de que haya algo oculto, un mítico detrás del detrás de las cámaras, como el hilo negro (transparente) que sostiene el sentido de nuestra estructura socio-económica. Pienso más bien, que, citando a los Expedientes Secretos X: la verdad está afuera.

Puede que las noticias en apariencia más nimias o lúdicas, resulten ser, a pesar de la paradoja, la información más esencial sobre el estado del mundo—sobre el estado de la realidad. Los datos más triviales, aquellos que por su proximidad a la vida diaria, por la insignificancia o intimidad que leemos en ellos, pasamos por alto y no analizamos con discernimiento, puede que sean los más apremiantes. Es posible que ahí, en toda esa información que obviamos, se encuentren claves sobre nuestra constitución como sujetos. Puede resultar más influyente sobre nuestra psique una revista que hojeamos en la sala de espera del dentista, que esa enciclopedia de pensamiento político que estudiamos con rigor para nuestra tesis, o la Biblia.


Los cuestionarios, tests, tips, los comerciales para medicamentos para el insomnio o la impotencia, los promos de brujas que venden amarres y hechizos de amor, los hotlines psíquicos, la estética de los infomerciales, los avisos de autos usados, de masajes y de escuelas de belleza, las recetas y las ofertas de empleos de telemarketing, etc. puede que estos sean los puntos más críticos a tratar en una lectura de nuestra subjetividad en los medios contemporáneos. Estos sitios de transferencia de información están plagados de cosas que asumimos por completo, sin reservas. Develan tantas de las creencias y convicciones que nos constituyen. Creencias invisibles para nosotros, precisamente porque las creemos. Se han vuelto un lugar común: sentido común. Por ello rara vez miramos con extrañamiento o curiosidad esas zonas de producción cultural, sitios de producción de subjetividad encubiertos por su obviedad.

Dentro de este rubro, hay un tipo de producto peculiar: los estudios. A cada rato nos andan compartiendo generosamente los resultados de todo un popurrí de encuestas e investigaciones—como si les hubiésemos preguntado. Hace poco, un amigo—quien sabe de mi interés por buscar sectas en internet en mi tiempo libre—me envió un texto que se topó en un periódico inglés enlinea.[i] No aludo a este artículo porque sea raro o explaye alguna característica de vanguardia, de hecho es de lo más recurrente y sintomático. Imprimen estudios del tipo a cada rato, en cualquier tipo de publicación—compulsivamente.

“Porqué las mujeres tienen mejor sexo con hombres más afluentes” se titula el innovador artículo. Ni siquiera preguntan, sino que de entrada lo postulan como un hecho y prosiguen meramente a explicarlo. Respaldado por el discurso las nuevas ciencias (sofismos desenfrenados), como son la psicología evolutiva y la sociobiología, explica que debido a la programación genética, la mujer padece orgasmos más potentes con hombres que le propicien la seguridad de una cueva para proteger a sus futuras crías. Cosa que hoy en día es equivalente a una cuenta bancaria hinchada. Es decir que aún no se les ocurre que hay en la sexualidad humana algo más que la reproducción; el orgasmo femenino, así como el clítoris, siendo fenómenos radicalmente excedentes, sobrantes para la reproducción de la especie.


Con ingeniosas frasesitas piteras como “lo que importa es el tamaño de la cartera”, continúa dando cátedra de esta sexualidad cuantificada, relegada a experimentarse como un concurso lleno de cuadrículas, doctores y termómetros. La ciencia—al igual que el porno— hay que decirlo, ha intentado redundantemente, y con singular ahínco, dar un recuento oficial del orgasmo femenino. Y en este aparatoso gesto, en apariencia tan trivial, se exhibe la fantasía básica de la ciencia: vivir en tercera persona lo que sólo ocurre en primera persona. En este afán por comprobar, verificar, repetir, calcular y predecir todo, la ciencia ha terminado por atiborrar la sexualidad humana de normas. Un código que si en facha más laxo que aquel de la Iglesia, es mucho más insidioso, impositivo y totalitario, ya que pretende provenir de una imparcialidad total.

Ahora resulta que todas las mujeres (de menos ya incluyen a sus mamás y hermanas) son putas por naturaleza, incapaces de gestar deseos—deseos propios, deseos imposibles de entender o explicar. Así, estamos obligados a gozar debidamente: mucho, mucho pero no demasiado, en forma, como el ingeniero manda. Como si la sexualidad humana, el erotismo, la vida libidinal del sujeto, se tratara de un aparato electrodoméstico: presione aquí periódicamente durante un minuto, gire tres veces a la izquierda y listo. Menuda disociación. Ofrecen una versión cuantificada de la sexualidad, con medidas de tiempo y el dictamen de lo sano reverberando sin parar. Sexualidad perfomance.

Más trágicamente irrisorio aún, es que todo lo indecible e inconmensurable de la sexualidad humana, por angustia, lo intentan resolver—como si de entrada fuera un problema—ahora con un fajo de billetes. Ni así se les ocurre cuestionar qué tan enredada está la ciencia con las estructuras de poder de un determinado periodo sociohistórico, con el sistema político y económico en boga. Víctimas de un delirio de objetividad, y en efecto, así miran todo (y a todos): como un objeto aislado. Creen poder explicar algo en lo cual uno no se puede más que implicar. Es como preguntarle al gandalla de los dientes de oro al que le vas a comprar un Tsuru usado en una bodega en la Buenos Aires, “¿Qué tal jala?”, y creer que responde desinteresadamente. Le crees porque le quieres creer. Te dieron tautología por aporía.

Es quizás hasta para enternecerse, la manera en que, a pesar de tanta ventaja que procuran estos millonarios, y de cómo basan su atractivo en esa relativa ventaja, siguen atormentados sobre el orgasmo femenino, siguen buscando confirmación. Habrá que darles lo que tanto quieren: una instrucción. Aquí va: dejen de estar examinando a la dama y procuren cultivar eso que les rebasa (y angustia), que bien podríamos llamar amor. Ya que justo ahí, en esa tremenda vulnerabilidad donde la implicación es infranqueable, ahí florece la distinción entre saber y sabiduría…ahí se expande la atención.

En fin, para teorías de conspiración nada como el orgasmo femenino y el capital. Pero para acabar pronto con el tema: ¿no han oído hablar del lechero?

[i] http://www.timesonline.co.uk/tol/news/uk/article5536873.ece






lunes, 11 de mayo de 2009

forever never

Este texto recién salió en Picnic... las imágenes de este número están de lujo...


Lo difícil de las generalidades simplistavagoexperienciales
Dharmicocristianas quesqueespirituales
Es que como explicaciones todo lo que tienen son analogías

Luís H. Valadez, Eye likes it when ya die/Lord, hear our prayer

Imaginemos por un momento que te dedicas a la actuación (no por dudar de tu tan auténtica autenticidad—ni tantito). Ahora, tan sólo por seguir con este ejercicio, supongamos que desde mediados del año pasado, tu agente, en un frenesí de metanfetaminas y ginebra, cerró un trato tremendo. Este contrato te habrá de convertir en el próximo protagonista de la más históricamente desproporcionada y espectacularmente costosa producción de la vida de Jesus Christ (si eres chava no importa, te maquillan denso, barba postiza, efectos digitales, túnicas holgadas, etc.).

Todo marcha de ensueño durante tu primer año: leyendo el guión en un convento guadalupano, recortándote la barba para viajar a tierra santa, fumando mucho, dejando de fumar, dando entrevistas con lentes oscuros para Oprah, recibiendo bendiciones papales ante una multitud, tomando clases de arameo y de cómo ser crucificado—ya sabes. De pronto, tras un chequeo médico rutinario, se te informa que habrás de morir en exactamente una semana (evitaré los grotescos detalles de cómo y porqué; para no exhibirte—no es TV-Notas).

Aparte de todas las cosas que nunca hiciste y que ahora juras siempre quisiste hacer, te encuentras con el siguiente dilema: el director-guionista (además de ser pedante), ha decidido que a manera de homenaje, quiere que seas tú quien escoja tu reemplazo para este monumental papel. Sólo que hay un pequeño problema: la casa productora detrás del casting y demás, tiene un contrato eterno y definitivo para este guión, por lo cual te presentan únicamente tres opciones: Keanu Reeves, Diego Luna, o Gael García-Bernal.

Al oír la noticia, Keanu, tras hojear con fatiga e indiferencia el guión, declara públicamente que ya está completamente hastalamadre de salir en posiciones fetales y salvar al mundo. A la mañana siguiente amanece muerto en la tina de un hotel en Utah (¿o fue en Tijuana?)—sí, adivinaste, en posición fetal. Ni modos: ¿cuál de los charolastras consideras que mejor pueda imitar “la mirada mesiánica”?

A LO QUE VOY ES, que mucho de lo que consideramos “espiritual” suele no ser más que la perversa emulación de ciertos gestos. Una suerte de semiótica de lo trascendente. Decimos las frases en coordinación con las muecas correspondientes, compramos el collar, aprendemos a pronunciar palabras como “karma” o “dominus”, viajamos a la India (o a Tepoztlan), nos persignamos mirando al cielo con cara de misericordia, miramos invasivamente a los ojos a los demás… Es como si creyésemos que por vestirnos con terciopelo púrpura y hacer cosas peculiares con nuestro pelo facial, automáticamente vamos a tocar la guitarra como Prince.

Hay quienes conciben lo espiritual como referente a un plano inmaterial, ideal, y masturban sus platónicas cabezas con abstractas teorías sobre la reencarnación. Suelen mantener concepciones chiclosas sobre cómo la vida está llena de lecciones que si uno reprueba habrá de repetir infinitamente—como una perpetua pedagogía arquetípica. Estos son los Forevereados. Mientras que en el supuesto otro extremo, están los que no creen en “esas jaladas” y se dedican, con ejemplar devoción, a la acumulación de bienes, actitudes desencantadas y vivencias triviales. Los coleccionistas, pequeñodéspotas ensalzando sus narcisos con más (o menos) de lo que sea. Estos son los Nihilistas. Siempre y nunca, todo y nada. Y claro, toda una gama de combinaciones y cocteles intermedios. Nos tenemos que desprogramar, o programar, o reprogramar; que cortarnos el pelo, o dejárnoslo largo; que vestir de blanco, o dejar de hacerlo; regalar nuestros ahorros, o hacer mucho dinero; dejar de ser pretenciosos, o aceptar que lo somos. Lo que sea menos vivir directamente, en primera persona, desde nuestra corporalidad.

Pasa que nuestra concepción de lo espiritual suele estar al servicio de los más insidiosos de nuestros hábitos y miedos egocéntricos. Frecuentamos calumniosos y supuestamente sutiles concursos, para ver quién es más tolerante, sereno, desprendido, comprensivo, pleno, intenso, entusiasta, abundante, valemadres, sensato, temerario, solemne, etc. Sin importar si los valores que concursan son de índole “pacheco-buenavibra” o “satánico-gandallas” o “escéptico-cool” o “posmo-ingeniosos”, no deja de ser un concurso. No cesamos de percibirnos y tratarnos como objetos en una batalla con otros objetos. Amueblando y decorando nuestros egos, acabamos con frases como: “yo soy más chingón que tú porque tengo menos ego que tú” (que aunque no las digamos, las creemos).

Con ahínco ideamos nuestra experiencia como escindida: un sujeto y un objeto. Una división arbitraria fundada en la utilidad. Un mundo de objetos a los cuales atribuimos cualidades mágicas como la independencia, la esencia y la permanencia. Un mundo a disposición de un sujeto al cual proyectamos con características místicas, como la inherencia, la objetividad y la certeza. Acabamos alienados e intentando manipular nuestro entorno, y los mundos detrás del mundo, en una voraz persecución de inmunidad.



Cada que algo rebasa o se escapa de esta misión imposible, con tremenda velocidad, agilidad y una insistencia admirable, lo reinscribimos dentro de nuestro modelo habitual. Somos como una especie de MacGyver holográfico, volteando toda situación a ventaja de nuestra preciada fantasía de seguridad ontológica. Que nada nos toque, que nada nos cambie, que nada nos mueva…Pero claro, que los demás nos reconozcan por lo profundas que han sido nuestras vivencias, por lo especiales que somos. Ya sea que vayamos a las islas de Fiji a tener orgías en pañales o andemos de rodillas a la Villa, ya sea que nos rapemos la cabeza y no comamos más que hígado por 40 días o hagamos miles de postraciones en el Tibet antes (o después) de ir a Ibiza, o que cotorreemos con Tom Cruise y John Travolta en una convención Dianética, en general no hacemos más que procurar aprobación y ventaja. Huir de la humillación, correr hacia los aplausos (¿qué, nadie vio American Idol?).

Es peculiar que a pesar de lo inmersos que estamos—y quizás gracias a ello—, solemos obviar que la cosmovisión más en boga hoy día es el capitalismo. Si bien, cuando decimos Cristianismo o Maradonismo, nos referimos a la ciega afinidad y ferviente devoción para con Cristo o Maradona. Sin embargo, pasamos por alto que ahora somos fieles piadosos del capital. Admiramos las experiencias y sofisticaciones que el capital provee, el carisma y la superioridad que supone infundir como misterio en los sujetos que más poseen, el quesque sentido común y soluciones rápidas que ofrece. El Zen capitalista light: que nada te afecte, vive en el momento (¿cuál momento y cuánto cuesta?). ¿Qué mejor ejemplo de ello que el avasallador y siniestro auge que exhiben personajes como el Dr. Jesús Miranda (Cristo Hombre), o Madonna con sus matemáticas intergalácticas y baños de lluvia? ¿Y qué síntoma más nauseabundo que el trepidante éxito de la neurosis obsesiva por medio de El Secreto? ¿O qué tal que los grandes empresarios (del narco) se vuelven santos?



Y cómo no iba a suceder esto, si nuestra concepción de Espiritual es más difusa y tambaleante que la vida de José José. El diccionario ofrece lo siguiente: Referente al espíritu, ¿Qué diablos es eso del “espíritu”? (¿No se les dice así a los vinos?) Para cerrar me gustaría proponer lo siguiente: la espiritualidad se refiere a las prácticas de la subjetividad; técnicas que revelan su naturaleza, sus características, su plasticidad; métodos que alumbran el asombro mismo que nos constituye. La espiritualidad alude, así mismo, a las instancias—a menudo accidentales—en las cuales la delirante división sujeto/objeto es interferida y deconstruida por una inmanencia viral. Por ejemplo, una práctica que me parece atinada para describir la espiritualidad, vendría a ser la meditatio mortem. Es decir, una contemplación sobre la propia muerte, que nos restituye a una apreciación fulgurante del mundo.

En fin, creo que ninguna religión es tan deplorable como la psiquiatría, las nuerosciencias o la sociobiología—por la rampante homologización que propagan gracias a su supuesta “verdad empírica”. Pienso que no son mucho más que defensas místicas del neoliberalismo. Y no son tan distintas a las premisas del Opus Dei o aquellas de los Raelianos. No sé, pero lo que sí puedo asegurar es que aún prefiero releer La Panza es Primero de Rius que aventarme un “viaje de poder” en Teotihuacán (o en cualquier otro lado, pa’l caso) con Don Miguel Ruíz, y que cada que veo a algún chavito (o no tan chavito) Krishna, con su melenita esa, ya sea en un aeropuerto o en el Parque México, mi primera reacción es querer darles un sape. Y mi segunda reacción…también.

viernes, 27 de marzo de 2009

Viajeros de Buró

Este texto fue incluido en el número pasado de Picnic, "Aventureros"...

…para una entidad simulada, la simulación es realidad, y debe vivirse de acuerdo a sus reglas internas.

-Hans Moravec, The Senses Have No Future


A pesar de los años, aún creo que nada significativo ha sucedido en el mundo del airguitar desde que C-Diddy ganó el torneo mundial en 2003. No que falten muestras de ánimo, destreza y vestuario, pero nadie ha logrado la ilusión que este tipo con una pechera de Hello Kitty generó en su momento. Sonyk-Rok, su discípula, y Rockness Monster (ambos, al igual que C-Diddy, curiosamente de descendencia asiática—¿será parte de un complo’?), despliegan fulgurante creatividad y una detallada habilidad teatral, pero el maestro no ha sido rebasado. EN FIN, lo que aquí me concierne es la gran cantidad de tiempo, entrega y constancia que estos personajes del mundo de la guitarra de aire dedican a ello. Seguro que si invirtieran tal energía y tiempo en tocar una guitarra de esas con cuerdas y todo, serían ya unos virtuosos, tocando el Concierto de Aranjuez sin traba alguna. Pero no, nada de eso, ellos han preferido consagrar su tiempo a otra cosa: al fino arte de hacer como si.

Indudablemente, uno de los peculiares sellos de estos tiempos es el como si: Café descafeinado, cerveza sin alcohol, chocolate sin carbohidratos, sexo virtual, ropa de diseñador que parece usada, votos sin democracia, endulzante sin azúcar, glúteos firmes sin sentadillas, cigarrillos electrónicos de vapor…Un mundo light. Y es que queremos el tour completo pero sin pagar el cover. No estamos dispuestos a ponernos en juego, a tomar riesgos, a aceptar la tarifa que cobra sobre nuestra subjetividad todo aquello en que nos incluimos. Queremos interacción sin involucramiento—contacto sin contacto. Solamente queremos todo, pero sin consecuencias. Ah, sí, y que sea bien realisimo.

Y, ¿por qué no? Digo, no por defender nuestros repetidos intentos de inmunidad y omnipotencia narcisoide, el aislamiento crónico y la fatiga empática. Pero tampoco oso tomar partido con alguna esponjosa nostalgia por un apócrifo recuerdo de la autenticidad (porque además seguro es una de esas nociones de autenticidad abstraída de las categóricas sensaciones que produce algún anuncio de cigarros sin filtro). O como lo leí en un grafiti: el nihilismo es nada de qué preocuparse. En otras palabras, nuestros intentos de inmunidad no son más que eso, intentos. El aspartame también tiene efectos secundarios.

Hoy en día se puede rockear a través de otros virtuales, disfrutando de supuestos aplausos, euforias y una progresión lineal hacia una finalidad clara: la fama vis a vis ganar el juego. Todo sin tener que ensayar, lidiar con las encantadoras personalidades y hábitos de intoxicación y egos de toda una serie de desadaptados; es más, no se tiene que cargar amplificadores y platillos, pedir prestada la camioneta de tu tía (y talonear una lana para la gas), vender boletos para luego ser chamaqueado por los semi-gangsteriles dueños de algún antrillo; ni es necesario batallar con tipos canosos en playeras del concierto de Heroes del Silencio, que con aliento a cubalibre y dos cajetillas al día, sin soltar de la mano a sus novias angustiadas te piden (¿exigen?) una y otra vez, gritando en tu oído, no sólo que toques una de Metallica, sino que además los dejes subir a cantarla contigo, y luego se resienten y te miran con despecho y hablan mal de tu banda porque no los dejaste hacer como si son el James Hetfield de Azcapotzalco, para quesque impresionar a sus encantadoras novias. Quizás sólo me encuentro un poco amargado ya que tras años de tocar la guitarra, por más que lo he intentado no logro pasar del primer nivel de Rock Band.

Otro fenómeno paralelo que me llega a incitar a giros reflexivos, (bueno, de menos cuando me encuentro en tráfico), son las estampas de Grand Theft Auto que veo pegadas a las cajuelas de autos, (generalmente camionetas SUV del año). No acabo de entender de qué se trata. ¿Acaso quiere decir que el dueño de la preciosa camioneta apoya al crimen y la impunidad? (¿Cómo compró esa camioneta?) ¿Si lo bajamos de su troca a punta de cachazos lo va a agradecer? ¿O sencillamente significa que el sujeto que vemos en la camioneta quiere que sepamos que no es quien parece ser (citando a Enrique Iglesia: “tú no sabes quién soy yo”), ya que en el fondo es un tipo rudo que preferiría estar en casa, sumergido en el sillón, ingiriendo una dosis de chicharrones y cacahuates, mientras juega a incinerar pandillas y patrullas con un lanzallamas, para luego chocar autos ajenos y cachetear prostitutas en la vía pública?

Puede que todavía valga la pena ponderar los efectos de la violencia y el sexismo en los videojuegos sobre nuestras frágiles mentes. Puede incluso que sostenga algún mérito hacer puntuales señalamientos sobre la reclusión, la enajenación y la falta de deporte; o al contrario, argüir a favor de la coordinación ojo-mano y los reflejos y las redes neuronales estimuladas por el ejercicio de resolver problemas…etc. Pero, aparte de que ya existen muchos y en ocasiones brillantes discursos al respecto, creo que hay otros ámbitos teóricos ahora más relevantes de contemplar, como el futuro de la simulación.

Nuestro amigo de la camioneta con la estampita de GTA nos dice algo importante: ¿cuáles son los límites de nuestra identidad? ¿De poder ser cualquier cosa, qué seríamos? Los videojuegos nos permiten, también, asumir roles y posturas que fuera de su código particular nos son inaccesibles. Uno de los atractivos cruciales de la aventura virtual es en quién nos podemos convertir. Y no es meramente materia de quién jugamos a ser en la pantalla, sino que quizás nos confronta con la plasticidad misma de nuestra subjetividad, en cuanto que es como tal gracias al mundo que le rodea y el lugar que le es permitido ocupar dentro de éste. Devela sentimientos encontrados, fantasías no exploradas y una complejidad imprevista en cuanto a la construcción de nuestra identidad. ¿Qué mejor ejemplo de que la virtualidad problematiza de fondo a la realidad—en tanto que expone la naturaleza replicable de ésta—, que un caso reciente en Inglaterra en que una mujer se divorció de su marido porque lo encontró teniendo sexo virtual con otro avatar en Second Life?

La más reciente versión de Grand Theft Auto, GTA IV Liberty City, vendió tan sólo en los estates, en transcurso de sus primeros cinco días a la venta, alrededor de 3 millones de copias. Creo que podemos decir que es una de las grandes narrativas de nuestros días. Cabe tomarle en cuenta, y reitero, menos desde la condena o defensa moral de sus contenidos y más por la narrativa que presenta. Amén de su lógica de capitalismo tardío: el personaje protagónico se observa, generalmente, en tercera persona, así como nosotros hemos internalizado la mirada ajena y tendemos a percibirnos y conducirnos como objetos disociados de nuestra experiencia directa; en el monitor tiene siempre presente su estado de cuenta; y no comienza con una narrativa clara o una teleología certera, pero sí con un protocolo hiper-definido y una contabilización detallada de sus supuestas transgresiones; así, los demás están siempre en función del cumplimiento de las tramas que se inventa para dar sentido a su existencia en una perpetua persecución de poder, prestigio, sexo y propiedad privada.

Es justo este tipo de caricaturización de nuestros esquemas de vida y modelos de sentido que atribuimos a nuestras experiencias diarias lo que me parece más interesante de juegos como GTA IV. Ya que por medio de estas caricaturizaciones se exponen también algunas de las certezas en las que creemos al grado de obviarlas. El futuro no tan lejano nos confronta ya con la posibilidad de la inmersión total en realidades virtuales. Simulaciones de creciente fidelidad en cuanto a las texturas que aún identificamos como realidad; simulaciones cuyas cualidades puede que rebasen muchas de las características de “esta realidad” (colores, pixeles, definición de sensaciones, edición y efectos en tiempo real). Todo un universo de experiencias posibles comienza a desdoblarse frente a nosotros. ¿A qué variedad de concepciones de tiempo y espacio tendremos acceso? ¿Qué tipo de corporalidades no serán posibles? Más aún, ¿qué suerte de vivencias habremos de crear y habitar? ¿A qué gama de identidades e interacciones nos abrirá las puertas? Y sobre todo, siendo que este ámbito de la simulación nos presenta con la oportunidad de experimentar ampliamente con las metáforas constitutivas de nuestra expresión y experiencia vital, ¿qué variaciones nos hará posibles en la totalidad de nuestra realidad, en tanto es ésta indivisible de la mente que la recibe/emite?


GAMEOVER


jueves, 29 de enero de 2009

Ella es tuya: la venganza de las fembots

Este texto apareció en el número anterior de Picnic, "Irresistibles"; debo añadir que lo publicaron todo en rosa flourescente, lo cual quedó increible...


aunque no baste
Quieren saber que ese cuerpo es suyo
y que aunque el aire lo toque
saber que es suyo

aunque no baste
saberlo
estar tan completamente seguros de que les pertenece
de que nada dentro de esa piel es ajeno a ellos

-Andrés Cisneros de la Cruz, Vitrina de los turbantes

Supongamos que vives (bueno, más bien, padeces) una intensa pero inexplicable atracción por Paulina Rubio. Todo esto muy a pesar tuyo y contrario a todas tus creencias personales, preferencias estéticas y el más lúdico de tus gustos. Y supongamos que esta atracción no es tan sólo una mera infatuación o un deslumbre mediático, sino que genuinamente y en cada poro de certeza de tu cuerpo, y en tu más profundo sentir, lo que te atañe es una irrefutable conexión eroticoespiritual. Así, cada que la miras o escuchas su voz, se produce en ti una incontenible plenitud y apertura hacia la vida; te causa una serie de revelaciones marcadas por excitación sexual, un enternecimiento inmanente, y una lucidez mística sin precedentes.

Ahora, supongamos también que tras un tiempo de esto, te enteraras personalmente de que en realidad la chica dorada es un robot. Ahora que sabes que Pau es un aparato diseñado en alguna bodega gubernamental, como parte de un programa de desarrollo industrial-militar en Alemania, entonces, ¿cambia lo que sientes por ella? Explica porqué.

Puede que ésta sea el tipo de pregunta que cada vez más personas se harán en torno a su elección de pareja. Ese mítico futuro lleno de androides, cyborgs y robots, que tan alucinante y lejano parecía cuando mirábamos a R2D2 en Star Wars o cuando azorados vimos Blade Runner por primera vez, ahora se nos presenta como una actualidad.

Al mirar el video promocional de Lisa, la mujer robótica, el futuro parece desdoblarse, abalanzándose sobre nuestra vida, dejando de ser futuro. Lisa, también conocida como La Mujer Perfecta es el más reciente producto de AI Robotics, una compañía dedicada, como su nombre lo esclarece, a diseñar y programar robots de inteligencia artificial. En su página (www.perfect-woman.com) vemos a Lisa moverse, saludarnos, parpadear, hablar e intentar seducirnos, tras lo cual prontamente se nos ofrece una hoja de pedido, donde podemos ya solicitar a una de estas androides en rubia, morena o pelirroja; en casual, formal o sexy.

Según explican los creadores de Lisa, ella cuenta con sensores de tacto, audio, y ópticos, por medio de los cuales puede reconocer y distinguir entre objetos, diferenciar personas, e incluso discernir el estado de ánimo de su propietario por medio del tono e inflexión de su voz. Ella no sólo se viste y enchufa a la pared para recargar su batería por cuenta propia, también cocina, va al super, juega videojuegos, hace chistes, aprende actividades, baila, te informa sobre el clima…Así mismo, con su IQ de 130, y acceso inalámbrico a la red integrado, ella puede informarse sobre temas nuevos y ponerse al corriente en otros tantos, acoplándose a tus intereses (o los de las visitas). Mientras te ofrece una bebida y un relajante masaje después del trabajo, podrán charlar sobre política, música, deportes, viajes, cine, etc.

Ah, y por si no era ya aparente, Lisa está programada en base a estudios con sexólogos expertos, para complacer a su dueño, y como dicen los programadores: nunca le duele la cabeza. Después del tipo de striptease que el propietario elija—o saltándose este preámbulo—podrán, experimentar mecánicos movimientos y jadeos, vaciando su orgasmo en algún contenedor receptáculo de Lisa, sin ansiedad alguna alrededor de si está fingiendo o no.

Ya algunos se estarán preguntando “¿Cuánto cuesta? ¿Me puedes repetir la dirección de la página web?”. Pero antes de adorar a Lisa y el tremendo servicio que puede brindar a tantas almas desamparadas, o de moralizarla como un artefacto diabólico que habrá de romper hartos corazones; antes de entablar en justificarla por los méritos educativos y terapéuticos que pueda tener—en especial en áreas antes relegadas a la prostitución…y en tiempos del SIDA—o de condenar al machismo por este tipo de objetivización de la mujer, ya que también hay versión para damas (aunque cabe recalcar que saldrá al mercado posteriormente); consideremos el lugar que busca ocupar. Lisa no es un Frankenstein de generación espontanea, sino un síntoma de la cultura del narcisismo; cultura que habitamos y nos habita, en/por la cual se osa desaparecer al otro por completo.

Antaño aquellas épocas de las muñecas inflables y su máxima expresión en las afamadas real dolls—muñecas de silicón, réplicas con impresionante semblanza de estrellas del mundo del entretenimiento (Pamela Anderson, Carmen Elektra, etc.). Ahora se pretende que el producto responda, que cubra la ausencia del otro—el solipsismo onanista—con un guión diseñado a la medida de la angustia del usuario. La ironía es que gracias a que la máquina pretende, el dueño también pretende. Y lo que pretende es no pretender.

Es esta lógica de la distancia, de un utópico sitio fuera del mundo: el café descafeinado, la azúcar sin azúcar, la cerveza sin alcohol, el sexo sin sexo: vivir la experiencia sin pagar el precio. Pero sin pagar el precio no se vive la experiencia—parte de la experiencia es el pago. Este precio lo paga la subjetividad, asumiendo y exponiendo esa radical vulnerabilidad que somos. Y es ahí, donde más se devela nuestra plasticidad, la maleabilidad de nuestra subjetividad, y la inevitable interpenetración que vivimos con el mundo, donde el empeño por la distancia y el control se acentúan.

La sexualidad humana es quizás donde más evidente sea la radical contingencia y permeabilidad que nos caracteriza. No por nada se ha osado una y otra vez hacer de este campo de la experiencia una ciencia—un saber—, o como lo plantea Foucault en su Historia de la Sexualidad, una scientia sexualis, en marcada diferencia a una ars erótica. Una y otra vez, en pos del saber, de la certeza, de poder controlar y predecir a eso otro que siempre ya por ello nos rebasa y sorprende, se busca ser a la vez juez y participe. Esta fantasía de disociación y poder, a pesar de su interés en no pagar, tiene un precio: la cancelación del otro: el delirio.

Normatividad total: “así se goza correctamente”, y el mandato obligatorio de “anda goza, goza, ¿qué te pasa?” Y para quien no goza como “dios manda”: un ansiolítico, un antidepresivo. Una terapia o una reivindicación. Así, la palabra relegada al dictamen y la verificación del diagnóstico y el remedio (producto farmacéutico). Ese otro con el que solíamos hablar y escuchar y empatizar y cachondear y amar: un artefacto. Uno desprovisto de contrariedades o de esa irreparable brecha que es la otredad, la diferencia.

Los progenitores de Lisa (Etienne Fresse y Yoichi Yamato) son nítidos (si no sórdidos) en su objetivo; no hay disimulo o encubrimiento, cito su página: “Lisa es un sustituto para una mujer real. Ella ha sido diseñada para todos los hombres que aun no encuentran a su alma gemela…” (http://www.perfect-woman.com/en/txt/compagnie.html). Por fin, ¿la mujer real o una idealizada no-relación: la media naranja, la solución a todo, un retorno al vientre materno? Comoquiera, aquí se anuncia el sitio que se busca ocupe Lisa: el de la mujer. ¿Y no es acaso la mujer quien nos presenta la otredad por excelencia, esa irreprochable y traumática diferencia que llamamos sexo?

Contemplemos brevemente cómo se vende a Lisa, qué demanda busca saciar. Es justamente en estas frases (es decir en sus antinomias) que se explicitan algunas de las más tajantes suposiciones que hay sobre la mujer. En su video promocional, aparece Lisa rubia en un vestido rojo, y con un trasfondo de música de lobby de hotel, se pasean cuatro frases clave por la pantalla: Ella es fiel, Ella es inteligente, Ella te entiende, Ella es tuya.

Ella es fiel: lo primero que pienso es en la más reciente versión cinemática de Stepford Wives (Frank Oz, 2004), con Nicole Kidman y Matthew Broderick. No hace falta ser un yogi con gran realización para entender que la conducta complaciente y fiel que tienen las damas para con sus resentidos maridos, no es más que un chip de computadora. Es decir que lo que les es fiel es un programa de su propio ahínco: no hay relación más que con un protocolo propio. La fidelidad implica una postura, una decisión subjetiva ética.

Ella es inteligente: ella es un código informático, y nada más. A Lisa no se le ocurre nada, sólo repite y sigue órdenes; supongo que a eso se refieren. Siguiendo por este argumento, Ella te entiende: Lisa procesa y computa información, pero no tiene una experiencia, archiva datos en su memoria mas no tiene una vivencia. Pasa que se nos da confundir un gesto por una experiencia, o para ponerlo de otra forma ¿por qué nos enternece Wall-E o el robo-dinosaurio Pleo? Porque sus gestos nos aluden a una emoción; pero para vivir una emoción hay que, de entrada, estar vivos. Lisa no comparte experiencia alguna con el usuario y por ello no es capaz de empatía. De nuevo: hace lo que digo cuando digo = me entiende. ¿Hmm?

Ella es tuya: ella es un producto, un bien, una mercancía. Mi horno de microondas no tiene sexo, sólo usos. Ella es tuya, pero no hay nadie ahí que te lo reconozca; se cae en esa trampa de la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, en la cual al amo no hay quien le reconozca, porque el reconocimiento de un esclavo no le vale. Cuando ella es ella, ella no es tuya; y cuando ella es tuya, ella no es ella.