viernes, 3 de agosto de 2012
Cenicero de Hotel
jueves, 16 de febrero de 2012
divina publicidad
jueves, 4 de agosto de 2011
mapa libidinal
Para quien gusta del striptease, abundan los teibols en nuestra urbe; desde los de alto caché con chicas internacionales (y otras tantas pretendiendo internacionalidad), retacados con un enjambre de oficinistas lascivos y alcoholizados, comprando boletos y coreando “eh eh eh eh”. Hasta antrillos con chavitas espantadas, traídas a la fuerza de zonas rurales marginadas que miran al cliente con un desconcierto inconsolable. En cambio, si se anda con ánimos de atestiguar qué sucede con el excedente libidinal de los militares en día libre, falta sólo visitar la plaza de Garibaldi o algunas regiones del Centro Histórico para adentrarse—a riesgo higiénico del visitante, claro—a uno de los tantos locales que anuncian “Sexo en Vivo”. Sitios como el afamado (¿o difamado?) Catorce o La Navaja (también conocido como La Chaqueta ¿o era La Chaquetita?) dónde es el público quien participa en el show de Sexo en Vivo. Desfilan y colaboran—sardos en general—en darle un repasón a una ya añejada dama de la noche venida (sin y con albur) a menos. Ella recibe sus cuerpos y fluidos con un batidero de entusiasmo y resignación. A los participantes, de premio, se les regala su chela y un condón. También por la plaza de Garibaldi (así como un tour por la Calzada de Tlalpan), se puede visitar espacios donde se aplazan y desfilan todo tipo, grado y etapa de travestismo y transgénero, explicitando toda una cornucopia de posibilidades, posiciones y formulaciones de deseos que dejaría boquiabierto cualquier programa de estudios de género universitario—incluso se cuenta de un antro de Sexo en Vivo con enanos, para quién ande algo mini-picaresco.
Todo un embrollo sublime-asqueroso-místico-estúpido-deleitable-volatil-terrible-sórdido-y-demás de cines porno mal alumbrados donde no falta quien administre apoyos manuales, cabinas en cafés internet con su paquete de kleenex incluido, redes virtuales para encuentros “casuales” con infinidad de perfiles, vecindades con cuartos oscuros 24 horas, videoclubs, grabaciones clandestinas amateur, karaokes con tipos mal rasurados haciendo melancólicamente de Yuri a deshoras. Aunado, claro, a todo tipo de coqueteos, roces y acosos en el metro, en el pecero, en hoteles y moteles. Presione aquí, sobe acá, inserte lengua aquí, desvístase así, dejé ahí, véngase pa’ acá. Habitamos un espacio repleto de insinuaciones, donde cualquier cosa puede ser albur. Con el cuerpo arrojado entre cuerpos, a la intemperie de escarceos, cachondeos, manoseos, arrimones y lo que se guste y mande y se llegue a concebir y etcétera, etcétera, etcétera… Aí nomás.
domingo, 12 de septiembre de 2010
monografías
Ahora que las megaproducciones de identidad patria están por avasallar las calles, pienso en los comerciales de cerveza que pasaron al aire durante el mundial de futbol: ese grupo quesquediverso de personas interrumpiendo sus labores para llevarse la mano al corazón y como bajo una hipnosis histérica clamar “¡México!”. Pero lo que estas imágenes me generan no es una sensación de unidad para con mis vecinos, o de un propósito común, sino una recurrente sospecha de que esta infantil adulación a lo que más asemeja es al llamado Síndrome de Estocolmo.
Dicha patología presenta sobre todo un síntoma peculiar: como secuela a un rapto o abuso, la víctima se enamora de sus captores. Ya sea por el trauma, el sobresalto o como una reacción para sobrevivir o dar justificación a lo vivido, la víctima toma el lado de quien le oprime, incluso defendiéndole en ocasiones. ¿Acaso no es similar a esto del bicentenario; celebrando a nuestros captores, bajo la fantasía de que nos rescataron de otros captores más gandallas, adquiriendo de paso una deuda imposible de pagar (ni con el IETU, vamos)?
Agregaría a esta reflexión, torno al Síndrome de Estocolmo Patrio, que quizás valdría la pena preguntarnos por qué celebraremos tanto el bicentenario, mientras que los 150 años de las leyes de Reforma pasaron casi desapercibidos. En fin, como dijo George Orwell al principio de su novela antiutópica 1984: “Quien controla el presente, controla el pasado. Quien controla el pasado controla el futuro”. Pero de menos las monografías vienen con dibujitos cotorros, ¿no?
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Mexican Safari
Hace unas semanas, cuando el transporte público era aún un deporte extremo de otra índole (sólo había que esquivar cabezazos y manoseadas, mas no una epidemia), viví un episodio peculiar en el metro. Era domingo por la noche, regresaba a casa acompañado de un buen amigo quien también es mi vecino. En una estación intermedia, en un soliloquio debrayado y un arrogante tambaleo, sube al vagón un personaje digno de un performance de Gómez Peña: un albañil chaparro, panzón y cincuentón, entallado en una playera del concierto de los Estounz (los Rollin, pa’ que me entiendan), en un estadazo más allá del bien y el mal.Con los ojos en espiral y con ese fatigador exceso de ganas de contacto, característicos del trance etílico, su aliento a Don Pedro y caguama empieza a llenar el ambiente, infundiéndole de un cierto misticismo. ¡Es como para que le den chamba en el Cirque de Solei, el que siguiese de pie sin agarrarse de los tubos! Con su voz desajustada y pulsante, aludiendo a mí —por güero, evidentemente— con sus ademanes cósmicos, prosigue a declamar, como si frente a una hueste de seguidores, que los “pinches sudamericanos se vayan de México”.
“¡Esto es México!”, grita con febril ahínco, al borde de un quebranto emotivo casi enternecedor. Continúa, sacudiendo el cuerpo poseído, como si visualizando un estadio coreando en un especial de Televisa del mes patrio, “¡México!, ¡México!, ¡México!”. Así, continúa un rato, buscando el apoyo de su público (un par de señoras notablemente agotadas, a punto de agarrarlo a bolsazos si se les acerca). Me desafía con miradas densas, sus cánticos dolidos y una danza que parece sacada de un festival tradicional de chamanes Mongoles. El metro llega a mi estación, me levanto, le sonrío incómodo, y entre los inspirados balbuceos del mexicanísimo, bajo.
Camino a casa lo platico con mi amigo, entre carcajadas y lo que describiría como una cierta angustia. Esta incertidumbre, con el paso de los días se torna inevitablemente en reflexión: ¿Qué es eso de ser mexicano? ¿De qué se trata? ¿En qué se basa? ¿De no ser por los extranjeros para contrastarnos, hay mexicanidad? Digo, desde que tengo memoria, debo aceptar que sencillamente no entiendo el grito de la independencia o de qué va esa necedad de ponerle banderitas al coche. ¿Qué, no basta con el IVA, el ISR y el IEUTU?
Si bien cuando viví en los Estaizs (EUA), al ver que ponían banderas gringas en sus carros o patios me parecía de lo más terrorista, ¿porqué debería gustarme cuando se trata del Águila y la Serpiente en el Nopal? Esa manía por ver al presidente o el delegado municipal rebosante de cinismo y regordete orgullo, con una franja de mister México en el pecho, haciéndola de a líder del popolo, suene y suene una campana, me sigue pareciendo bastante bizarra. No es que sienta antipatía o molestia siquiera, sino que simplemente, y a pesar mío, nomás no entiendo de qué, si de algo, se trata.
¿Qué se supone me hace mexicano? ¿Dónde se ubica ese je ne se quois que me certifica como 100% Mexican?: el que con frecuencia digo “chinga tu madre” ó “cámara compa”; que a veces las telenovelas me recuerdan a la manera en que lidio con mis sentimientos, o el que, cuando fuera del país, me siento obligado a irle a la selección nacional, así como me siento obligado a defender el tequila o la tortilla o que Texas era parte del territorio nacional; o será que ser mexicano reside en la forzosa vergüenza que siento en algunas fiestas por no saberme ni una maldita canción de José Alfredo; será que fuera de territorio Telcel me identifican más con Ricky que con Cris Martín, ó porque he llegado a considerar que Timbiriche es kitsch; quizás ser mexicano reside en que he cantado el himno nacional con cara de santurrón, la mirada en alto y la mano en el pecho, ó que he leído a Paz, Monsiváis, Ríus y a Chespirito, así como he ingerido dosis nauseabundas de Lucerito y Luís Miguel. ¿Acaso eso de ser mexicano se dará porque trago carnitas como si fueran caramelos de piñata de posada y no me rajo con la salsita habanera, o tan sólo porque pago impuestos para una deuda externa desorbitante, sobrealimentando a una bola de funcionarios gandalletes e incapaces, o será simplemente porque conseguir una visa gabacha es un reverendo desmadre?
En fin, no lo sé, pero recordando con cariño al herido performancero gratuito y confrontativo de aquel domingo, concluiré lo siguiente: México es un concepto brutal, insidiosa e irónicamente venerado más por quien más jodido está por este concepto; y, que ser mexicano suele ser poco más que un motivo aguado para alucinar sudamericanos por doquier, odiar y adorar simultáneamente a los europeos y venerar todo lo que digan las televisoras nacionales —sobre todo si lo dicen con edecanes rubias. Ser mexicano no es en general más que una excusa mal librada para destruir familias un domingo por la noche (¿Te imaginas lo que fue recibir en casa al prepotente e impotente bailarín nacionalista?). Debo agregar que todavía resiento dicho encuentro, por una razón en especial: por haberme recordado lo lejos que estoy de conocer Sudamérica algún día pronto.














