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viernes, 3 de agosto de 2012

Cenicero de Hotel

La columna de Julio para RAZtudio.


Durante temporadas de mi vida los hoteles de paso me han servido de guarida. A estos espacios he confiado mi perra soledad y el desenfreno necesario para continuar comulgando con el mundo. En sus camas he sido reeducado una y otra vez sobre los posibles significados de la palabra “humano”; bajo el refugio sonoro de Telehit he saboreado la ternura que guarda declamarle injurias a una extraña; en sus techos he contemplado mi pobreza mental; y en sus espejos he visto cuerpos ir y venir, tanto como de pronto me he encontrado con la mirada ajena de un tipo idéntico a mí. Tales sacudidas a las certezas sobre quién soy y qué quiero, con el tiempo derivan en una serenidad más plena. Pero esta serenidad jamás llega antes de encender un cigarrillo.

Sí, fumo en estos espacios cerrados, y aunque la Ley Antitabaco del Distrito Federal prohíbe fumar en estos espacios, no puedo ni imaginar que no se fume ahí adentro. ¿Qué se supone debo hacer entonces, conversar? ¿Hacer respiraciones yóguicas acaso? Además, nadie me dijo que no podía fumar. En la recepción se limitaron a preguntarme si quería “la promoción de 6 horas” (que es una manera discreta de preguntar si “solo vengo a coger”). De hecho, me entero de tal prohibición gracias al cenicero que tiene grabado el símbolo internacional de no-fumar, y debajo lee: GRACIAS POR NO FUMAR. Es como si sobre el buró hubiese una lata de coca-cola abollada y agujerada que tuviese grabadas las palabras “Gracias por no fumar piedra”. Es curioso que sea por un cenicero que me entero que “no está permitido” fumar. En este caso fumar o no-fumar no es un dilema, pero tampoco es precisamente una ironía.

Un cenicero que dice “gracias por no fumar”, no solo dice “fume pero no fume”, sino que establece, y recuerda, que hay un código. Dentro como fuera del hotel, el código precede a la ley. Esto es terrible en cierto sentido y muy intuitivo en otro. Es gacho porque resulta permisivo, y reitera una flexibilidad de la ley; pero es intuitivo porque remite al origen de la ley: procurar el bienestar común. Si no se funda en la empatía la ley es prácticamente imposible. Su contraparte es: “yo me hago el occiso si tú te haces el occiso”, un código necesario para tener leyes de otro modo intolerables por su rigidez. ¿Pero cuál es el límite de estos pactos tácitos? En el caso de los ceniceros no concierne si fumas, lo que concierne es que recuerdes uno de los principios básicos del hotel de paso: la discreción. El hotel de paso es un sitio donde no importa lo que hagas dentro de tu habitación; lo importante es que es tu problema, y solo tu problema, mientras no lo hagas problema de alguien más. “El respeto al derecho ajeno es la paz”, dicen.
                

Pero, ¿acaso la hipocresía resulta más virtud que vicio? Digo, se puede concebir la hipocresía como muestra de una sensatez requerida para sobrevivir y tolerar las ambigüedades de la vida; incluso puede verse como un modo de asumir cuán efímeras son nuestras opiniones, preservando así el derecho a retractarse. Estos ceniceros —en plural porque la mayoría de los hoteles de paso en el DF los tienen— me han llevado a preguntarme si esa tan mexicana doble moral, esa que tanto suele irritarme, no será evidencia de una sabiduría tradicional aún indispensable. ¿Será que al preservar las apariencias se guarda más que las apariencias?
Puede que guardar las apariencias sea una forma de presentar respeto a los ancestros o a la evolución misma, por medio de tradiciones. También puede que sea un modo de lidiar con el caos del mundo, por medio de fórmulas fijas. Digo, ¿para qué hacerle al cuento de no-fumar, si todos sabemos que se va a fumar? Estas formalidades, aparentemente huecas o incongruentes, aluden a la necesidad de un orden político para la sociedad humana. Para sobrevivir como especie colaboramos, renunciando a ciertos impulsos para proteger nuestras libertades. En otras palabras, en sociedad disimular es parte fundamental de subsistir, tanto como es requisito para fumar donde se supone no se fuma. Para formar sociedades humanas se requiere una autoridad que, en el mejor de los casos, sea responsable ante a quienes le otorgan poder (la relación entre un Estado y un Estado de Ley). Esto implica un equilibrio en constante movimiento, donde distintas fuerzas deben competir y cooperar. Para mantener esta constante tensión, tales fuerzas, necesitan tener e intercambiar secretos. Pero son secretos a voces; es decir, secretos que en realidad son evidentes, pero cuyas apariencias mantenemos para perpetuar un orden (a menudo patológico). Guardar las apariencias, comoquiera, hace tolerables las contradicciones constitutivas de cualquier nivel de convivencia.
Cuánto rollo para hablar de un cenicero; bien pude haber abierto la ventana y fumado con la cabeza de fuera. En fin, con esto en mente, contemplo la sapiencia de Robert Downey Jr cuando dice: “Escucha, sonríe, accede, y luego ve y haz lo que te de la gana de todos modos”. Por ahora prenderé otro tabaco y tiraré la ceniza justo donde dice “gracias por no fumar”; además, lo haré jugando a que es una ofrenda pagana a la estabilidad que solo un simulacro puede propiciar. Aquella estabilidad necesaria para el progreso (el descubrimiento del WiFi, el condón, el MDMA o el Bosón de Higgs, etc.). Son mis 6 horas; ya las pagué.
             

jueves, 16 de febrero de 2012

divina publicidad

una nota para RAZtudio sobre la visita papal y MadMen, (la propaganda teológica o la teología de la propaganda)...



En México solo un personaje es capaz de mover más gente a verlo en vivo que Michael Jackson: el Papa. El Papa actual, Benedictino XVI, no cuenta con el carisma y la aptitud para las relaciones públicas del ya beatificado Juan Pablo II; comoquiera, a finales de marzo hará una breve gira por el bajío mexicano. Se esperan ya, al menos, medio millón de espectadores. Ante tal evidencia, no es gratuito que el estratega de comunicaciones Bruno Ballardini afirme que la Iglesia Católica prácticamente inventó lo que hoy conocemos como Marketing. En su bestseller, Jesus Lava Mas Blanco (2007), desarrolla este argumento, punto por punto, para establecer su tesis. Considera, por ejemplo, los testamentos que conforman la Biblia (mega bestseller de todos los tiempos) como testimonials, parecidos a los que ahora vemos en los infomerciales: "antes estaba perdido, pero ahora, con Jesus & Co., soy un hombre nuevo." Así también habla del Logo de la Iglesia, uno de los símbolos más conocidos en el mundo, con una identidad de marca (branding). Pensemos también en sus uniformes, siendo los primeros en introducir uniformes estándar para todo el staff, reafirmando así la identidad de la marca (cosa que, por ejemplo, McDonald’s también logra). O consideremos el product placement que consiguen con tantas sucursales (branches), sumando una red internacional de 1.1 miles de millones de miembros. Desde una perspectiva mercadológica, estas prácticas son admirables, y vale la pena considerar sus milenarias estrategias publicitarias. Puede parecer una postura cínica ante la religión o la Iglesia; pero, sin afán de ofender, Ballardini sostiene un buen argumento.


Llevemos este ejercicio analítico que propone Ballardini un paso más lejos. Además de considerar la salvación como un producto milagro, consideremos una cuestión inversa: lo religioso que resulta el marketing como tal. Pensemos en la beatificación de los productos —que habrán de interceder por nosotros en búsqueda de una satisfacción escurridiza—, tanto como su proyección (omnisciente, omnipresente, y omnipotente) en todos los medios posibles. El marketing es un fenómeno religioso, no solo en cuanto al credo que suscita en nosotros sus consumidores (quienes lo ingerimos como liturgia, participamos en la eucaristía que redefine nuestra realidad, para luego comulgar con sus mercancías), sino también en cómo resuelve los dilemas básicos de la condición humana a los que responde. Al igual que una religión, la publicidad presenta modos de darle sentido al entorno y en consecuencia a nuestras vidas. He ahí el confort que otorgan los anuncios: ofrecen términos bajo los cuales pensar sobre nosotros y nuestro lugar en el mundo. (Por ejemplo cuando pensamos que un anuncio es "estúpido" ya estamos pensando en ciertos términos: estupidez-genialidad). Todos tenemos un credo—un modo de configurar nuestras experiencias y una serie de ideas básicas sobre la naturaleza de las cosas y el propósito (o sin-propósito) de la vida—; creer que no tienes un credo es muestra contundente de que sí lo tienes. La publicidad no se engaña: sabe que tienes un credo.


Creer que se es demasiado astuto para ser influenciado por la publicidad es muestra de la peor de las ingenuidades. La mayoría creemos que somos mejores que la mayoría —y en esto consiste ser parte de la mayoría. La publicidad entiende esto. De no haber evidencias de los efectos de la publicidad, ¿por qué hay compañías dispuestas a pagar millones de dólares para anunciarse por 30 segundos durante el medio tiempo del Super Bowl? Comprenden cómo regular y disponer de nuestra atención. Incluso a ratos he llegado a considerar en que hay campañas que te ofrecen la satisfacción secundaria de sentirte más listo que su anuncio. Pero en general, las imágenes que muestran, y las asociaciones afectivas a las que conducen, dejan impresiones de todos tipos en la psique. Nos guste o no. Digo, por algo prefiero tomar Coca que Pepsi, y en mi caso, que yo sepa, nada tiene que ver con el sabor.

Lo siguiente no implica coincidencia alguna: el 25 de Marzo, cuando Ratzinger se retira de territorio Mexicano para visitar Cuba, también se estrenará la 5ta temporada de Mad Men. Me gusta cómo se oye eso: la quinta de Mad Men, con aires de sinfonía; y no es para menos, considerando todos los detalles que deben tomarse en cuenta para producir una serie de esta naturaleza. Situada en una agencia publicitaria en Nueva York a principios de los años 60s, esta serie reproduce fielmente la escenografía y los vestuarios, así como los hábitos y el modo de pensar de sus personajes. De los mayores aciertos de esta serie, sumado a sus formidables guiones, y actuaciones, ha sido la de mostrar una época y un ámbito que definieron la mitología que ahora nos rige. En dicha época, ahí en las agencias publicitarias de Madison Av., se gestaron las imágenes —y los usos de éstas— que proliferan y circulan por nuestro entorno y nuestras cabezas hoy en día. Esto es ineludible en una ciudad como el DF, con espectaculares que parecen, cual santos protectores, vigilar las calles desde sus alturas, con sus novenas (mantras) manando de pantallas y radios encendidos por doquier.


No podemos descartar la capacidad de marketing de una institución como la Iglesia Católica, como tampoco es posible negar el halo teológico que emana la publicidad hoy en día. Lo experimento cada vez que un comercial en la TV me ofrece esa sensación de que me están hablando a mí personalmente y del sentido de mi vida… Mad Men describe cómo se gesta y propaga esta mitología que ahora habitamos. ¿Qué efectos ha tenido el hombre Marlboro sobre mis ideas sobre el tabaco y la masculinidad?; ¿cómo lograron que asocie la cerveza con tetas?; ¿por qué motivo ligo un auto nuevo con el prestigio y la individualidad? Son tantas las imágenes que vinculo, sin querer, con sentimientos específicos y las marcas que ahora circulan retacadas de asociaciones. No es que me parezca siniestro o que esté en contra de la publicidad y en busca de un paraíso perdido de la pureza radical. Para nada, que lo apocalíptico me suena a una campaña también pasada de moda. Solo que habitando esta sociedad no puedo evitar participar en su imaginario, y por ello lo analizo.

La iglesia católica en su momento hizo lo mismo, apropiándose de mitos previos, resignificándolos para luego divulgarlos a su medida. Sitio al que han llegado sus productos, adapta estos a la estética local. Por eso, bien lo dice Ballardini, no hay nada más kitsch que el Catolicismo. Muestra del continuo esfuerzo por colocar su producto recordemos el contrato que firmó Benedictino XVI para grabar un disco con Geffen Records en 2009. El disco, de cantos y rezos para la Virgen María, salió en noviembre de ese mismo año, bajo el sello que que produce también a Snoop Dogg, Nirvana y Ashlee Simpson. Ahora claro, el World Tour (Visita Papal) debe continuar, siguiendo la pista de las reliquias del anterior vocalista de la banda (JPII). Para difundir sus mensajes y promesas, sus esperanzas y temores. Aquellos mismos anhelos y miedos que la publicidad moldea en sus espectaculares creaciones.


La 5ta temporada de Mad Men amenazaba, en su momento, con ser la última de este genial drama televisivo. Pero no solo Ratzinger firma contratos con empresas de entretenimiento; Matthew Weiner, productor de la galardonada serie, concluyó negociaciones con AMC (American Movie Classics). Así, los feligreses de Mad Men podemos estar tranquilos, ya que a finales del 2011 declararon que esta obra y sus personajes extenderá su trama hasta una séptima temporada. Con esto prometen que veremos más de sus atractivas secretarias, jugosas tramas y complejas interacciones, hasta que su protagonista, Don Draper llegue a viejo, culminando la serie en nuestros días (con iPhones y toda la cosa). En fin, mientras tantos estarán conmovidos —o indignados— despidiendo al Papa (que de nuestros impuestos financiamos dicho viaje, así que más le vale dar un buen show de despedida), yo me avocaré al primer capítulo de la 5ta de Mad Men, procurando así aprender algo sobre la religión de ayer y hoy, y pasar un rato entretenido.

jueves, 4 de agosto de 2011

mapa libidinal

escrito hace un año para una revista que quedó a deberme una lana, aquí va un reportaje modesto sobre el entretenimiento adulto en el DF.


 A diario negociamos nuestra supervivencia y nuestros placeres con el resto de la humanidad. Transitamos, cruzamos, batallamos, choreamos, trabajamos, aguantamos y demás. Produciendo, consumiendo y pasando el rato. Pero de toda esta enmarañada red de presta, toma y ahí te va, siempre sobra algo. Siendo así, la pregunta es: ¿qué hace cada quién con su pedazo de excedente, con ese exceso que portamos, eso que algunos filósofos han bautizado como La Parte Maldita?


Si bien no es posible, o conveniente siquiera, decir y hacer todo cuanto se nos ocurre y antoja, dónde y cuándo se nos de nuestra regalada gana (imagina, por ejemplo, la catástrofe personal que ocasionaría decir todo lo que cruce por tu mente un solo día de tu vida), tampoco se puede sencillamente descartar todos esos impulsos. Digo, ¿a dónde se van; apoco de pronto se esfuman en la nada? Los deseos se acumulan en ebullición, nos habitan y movilizan—ya sea que nos parezcan buena idea o no. Pero sobre todo: los deseos nos rebasan. Así, llega, invariablemente, el momento en que nuestra limitada existencia humana nos alcanza y dejamos de estar dispuestos a retrasar nuestra satisfacción; el humor ya no nos alcanza para seguir espere y espere, disimulando, sonriendo tímidamente, fingiendo cordialidad y paciencia: queremos algo inmediato: ahora o nunca. Buscamos de un modo u otro manifestar nuestros deseos en un estado carente de consideraciones para con un futuro incierto—de todos modos vamos a morir. En estos instantes de ruptura con el orden establecido en nuestras vidas productivas, preferimos la ferocidad de nuestros impulsos al desnudo y un desahogo total, aunque pasajero. Algo nos conduce a dejar atrás nuestras mejores ideas y planes, a cambio de nutrir y estallar los sentidos en el presente.

Pocas cosas resultan tan peculiares y fascinantes como aquellos espacios donde este exceso, este cúmulo de pulsiones, es permitido bajo ciertos códigos. Y esta ciudad, con su sin fin de recovecos, esquinas, antros y laberintos, ofrece un amplio carnaval de fantasías y perversiones. El mapa del entretenimiento “adulto” del Distrito Federal dibuja marcas en lugares inesperados, con una gama bien surtida de variedad y tonos. Podríamos de cierto modo considerarlo como un mapa libidinal de esta ciudad, que va, sin duda, desde el refinamiento de lo más sutil—represivo incluso—hasta el éxtasis de lo grotescamente explícito, transitando, sin demora, de lo divertido a lo espantoso, ida y vuelta con hartas escalas. 

Pensemos por ejemplo en sitios web como Divas.com donde se puede escoger “acompañantes” con referencias incluso de haber aparecido en revistas como Playboy o Penthouse (me cae que ya sólo les faltan referencias firmadas de artistas y políticos,). Tal como se puede echar un vistazo a cualquier periódico de circulación nacional, para toparse con cientos de “masajistas” ofreciendo servicios las 24 horas; incluso con descuentos para los “mañaneros”, y paquetes 2 x 1. Pero, si se prefiere hacer la selección en vivo, pues hay burdeles disfrazados de estéticas o casas amistosas por doquier, así como avenidas como Sullivan, cuales escaparates de proyecciones, miedos y fantasías. ¿O qué tal un paseo por los perímetros del mercado de la Merced, o por San Pablo, donde conviven familias adquiriendo bicicletas lado a lado con sexoservidoras en servicio? Y este tipo de situaciones son, dentro de lo que cabe, de lo más divulgado y expuesto del GPS libidinal de esta ciudad; los intercambios que llegan a suceder a diario en esta ciudad sin consentimiento mutuo, involucrando tráfico humano (y en especial de menores) es algo terrible.


Para quien gusta del striptease, abundan los teibols en nuestra urbe; desde los de alto caché con chicas internacionales (y otras tantas pretendiendo internacionalidad), retacados con un enjambre de oficinistas lascivos y alcoholizados, comprando boletos y coreando “eh eh eh eh”. Hasta antrillos con chavitas espantadas, traídas a la fuerza de zonas rurales marginadas que miran al cliente con un desconcierto inconsolable. En cambio, si se anda con ánimos de atestiguar qué sucede con el excedente libidinal de los militares en día libre, falta sólo visitar la plaza de Garibaldi o algunas regiones del Centro Histórico para adentrarse—a riesgo higiénico del visitante, claro—a uno de los tantos locales que anuncian “Sexo en Vivo”. Sitios como el afamado (¿o difamado?) Catorce o La Navaja (también conocido como La Chaqueta ¿o era La Chaquetita?) dónde es el público quien participa en el show de Sexo en Vivo. Desfilan y colaboran—sardos en general—en darle un repasón a una ya añejada dama de la noche venida (sin y con albur) a menos. Ella recibe sus cuerpos y fluidos con un batidero de entusiasmo y resignación. A los participantes, de premio, se les regala su chela y un condón. También por la plaza de Garibaldi (así como un tour por la Calzada de Tlalpan), se puede visitar espacios donde se aplazan y desfilan todo tipo, grado y etapa de travestismo y transgénero, explicitando toda una cornucopia de posibilidades, posiciones y formulaciones de deseos que dejaría boquiabierto cualquier programa de estudios de género universitario—incluso se cuenta de un antro de Sexo en Vivo con enanos, para quién ande algo mini-picaresco.


Todo un embrollo sublime-asqueroso-místico-estúpido-deleitable-volatil-terrible-sórdido-y-demás de cines porno mal alumbrados donde no falta quien administre apoyos manuales, cabinas en cafés internet con su paquete de kleenex incluido, redes virtuales para encuentros “casuales” con infinidad de perfiles, vecindades con cuartos oscuros 24 horas, videoclubs, grabaciones clandestinas amateur, karaokes con tipos mal rasurados haciendo melancólicamente de Yuri a deshoras. Aunado, claro, a todo tipo de coqueteos, roces y acosos en el metro, en el pecero, en hoteles y moteles. Presione aquí, sobe acá, inserte lengua aquí, desvístase así, dejé ahí, véngase pa’ acá. Habitamos un espacio repleto de insinuaciones, donde cualquier cosa puede ser albur. Con el cuerpo arrojado entre cuerpos, a la intemperie de escarceos, cachondeos, manoseos, arrimones y lo que se guste y mande y se llegue a concebir y etcétera, etcétera, etcétera… Aí nomás.

Con esto en mente, relataré un par de lugares para quien ande en busca de “experiencias”, considerando las inclinaciones más reconocidas de los lectores de esta revista. Cada quien tendrá su grado de intrepidez y espíritu de aventura, aquí un par de opciones que si bien trastocan ciertos tabúes, tampoco exigen tales aperturas a lo aberrante como otros casos prometen. Uno de tales rincones nocturnos es el Club SW, ubicado a un lado de la Ciudadela, cerca del metro Balderas, que como su nombre indica, es un club Swinger. 

Por afuera puede llegar a parecer más bien una fiesta en un local cualquiera, ya que no se ve más que una pequeña entrada por una cortina de seguridad; pero ya adentro, es sin duda un centro nocturno bien equipado y alumbrado incluso. No se puede entrar sin pareja; pero una vez pagado el cover les ceden una mesita de mantel blanco rodeando la pista de baile. Hasta alrededor de la una de la mañana, parecería cualquier otro antro—salvo que es un poquito más oscura la iluminación—, donde los comensales beben, platican y bailan un poquito de esto y un poquito de lo otro. Ya que el reloj marca la una, quitan los videos musicales de las pantallas, donde ya sólo se leerá Club SW, y al pequeño escenario al fondo de la pista de baile arriban un sujeto y una dama (a veces son dos tipos y una chava). Al ritmo de alguna melodía pop se desvisten con un striptease, para pasear, presumiendo sus cuerpos a los espectadores. A manera de invitar a los clientes a tener sexo seguro, enfundan el miembro del tipo con latex (en ocasiones es alguien del público quien pasa a hacer los honores), y sin más se ponen a darle ahí mismo. El show habrá de durar [sic] una media hora, con cambios de posiciones y alguna que otra intervención del público.
Una vez culminado el show se abre pista: el cuarto oscuro. Detrás del escenario hay un pequeño cuarto (oscuro, claro), a donde se puede pasar a emular el show antes visto con algún invitado o con quienes ahí se encuentran o van pasando. No tiene mucho chiste el cuarto en sí; no es más que una pequeña habitación bordeada por un sillón para apoyarse tantito. Supongo que el chiste se lo otorgan los visitantes. Esto tiene cierto protocolo, claro: no se puede entrar solo al dark room, hay que entrar con pareja, aunque ya adentro puede que participe o no; y, nadie está obligado a nada y puede, en cualquier momento decir “no gracias o ya no quiero”. Este segundo punto es el axioma más importante de cualquier intercambio sexual: la voluntad propia debe estar garantizada, para que el juego sea un juego de muto consentimiento donde el deseo pueda, en efecto, estar presente en todos los participes. El Club SW, aclara esto con anticipación y retira a quienquiera que no acate estas normas, de manera inmediata.

Otra opción, si bien algo más esporádica es la llamada Fetish Night que sucede un par de veces al año en el club UTA, en el Centro Histórico. Para ello hay que estar pendientes a sus avisos en su Facebook o suscribirse a su lista de correos. Esta alternativa se basa más bien en las prácticas eróticas del sadomasoquismo y las subculturas que se identifican con ello. Los atuendos son increíbles (y algunos sencillamente están muy chafas), creando un ambiente extraño, como de ensoñación, pero como todo buen centro de BDSM, es, en principio, un espacio sumamente tolerante a la diversidad de los usos del placer.

 En dado momento de la noche comienza el espectáculo, con una chava vestida en pieles que pasea de una correa a su esclavo quien viene gateando tras ella. Así, desfilan todo tipo de látigos y botas, presentando una variedad insospechada de maneras de someter, enaltecer, humillar, adorar, explorar, penetrar y amarrar a un otro. Hay varios eventos de este tipo al año en la Ciudad de México, para enterarse sencillamente hay que entrar en contacto con la comunidad de participantes interesados y procurar a tiempo dónde y cuándo. El Sadomasoquismo es una de las prácticas eróticas más interesantes posibles, dado que juega directamente con los afectos y disposiciones de las personas sin necesariamente requerir de una conclusión a través del coito o el orgasmo. Siempre habrá de procurarse la confianza de que el juego puede acabar en el momento en que quién así lo quiera así lo determine. 

En fin, en el ámbito de lo erótico TODO se vale, siempre y cuando los participantes consientan en ello (y para ello tienen que estar en condiciones de consentir: de libre y espontanea voluntad, facultades completas y de edad adulta). Para un roto siempre habrá un descocido. Este exceso libidinal que cargamos es extraño y nos rebasa. Sin duda, es parte ineludible de quién somos la forma particular en que erotizamos y fantaseamos y deseamos y actuamos en base a esos deseos. Con qué afán procuramos ese instante en que descartamos esa angustia diferida por la cual parece que sólo morimos y morimos, poco a poco, día a día. Ansiamos, si tan sólo un instante, vivir y no sólo morir. A eso nos empuja esa Parte Maldita.

domingo, 12 de septiembre de 2010

monografías

Texto para mi columna en Max, en vista de las fiestas parodias septembrinas. Al escribirlo aún no sabía que Lady Gaga viene al patriareven 2010. A ver si alguien se acuerda cómo terminaba ese chiste de: ¿cuál es la diferencia entre nacional socialismo y nacionalismo social? Era una cosa que tenía que ver con Curas y Presidentes y Productoras y Consultores y así, ¿no?

Mi entendimiento de la historia nacional, debo admitir, cuenta con la misma nitidez que la fotocopia de una monografía. Pasean por mi mente fechas, leyendas, emblemas y rostros con paliacates, como un collage que provoca a ratos apatía, y, en otros, ciertos desplantes de admiración. Así, termino por preguntarme si nuestra memoria histórica no será tan borrosa y convenenciera como mi propia memoria tras una noche de actos dudosos.

Ahora que las megaproducciones de identidad patria están por avasallar las calles, pienso en los comerciales de cerveza que pasaron al aire durante el mundial de futbol: ese grupo quesquediverso de personas interrumpiendo sus labores para llevarse la mano al corazón y como bajo una hipnosis histérica clamar “¡México!”. Pero lo que estas imágenes me generan no es una sensación de unidad para con mis vecinos, o de un propósito común, sino una recurrente sospecha de que esta infantil adulación a lo que más asemeja es al llamado Síndrome de Estocolmo.

Dicha patología presenta sobre todo un síntoma peculiar: como secuela a un rapto o abuso, la víctima se enamora de sus captores. Ya sea por el trauma, el sobresalto o como una reacción para sobrevivir o dar justificación a lo vivido, la víctima toma el lado de quien le oprime, incluso defendiéndole en ocasiones. ¿Acaso no es similar a esto del bicentenario; celebrando a nuestros captores, bajo la fantasía de que nos rescataron de otros captores más gandallas, adquiriendo de paso una deuda imposible de pagar (ni con el IETU, vamos)?

Agregaría a esta reflexión, torno al Síndrome de Estocolmo Patrio, que quizás valdría la pena preguntarnos por qué celebraremos tanto el bicentenario, mientras que los 150 años de las leyes de Reforma pasaron casi desapercibidos. En fin, como dijo George Orwell al principio de su novela antiutópica 1984: “Quien controla el presente, controla el pasado. Quien controla el pasado controla el futuro”. Pero de menos las monografías vienen con dibujitos cotorros, ¿no?


miércoles, 9 de diciembre de 2009

Mexican Safari

Ahora, entre el aura del pepsi árbol, en proximidad al bicentenario, voy desarrollando un infranqueable interés por el llamado Síndrome de Estocolmo. ¿Acaso las celebrecaciones patrias no son festejar a los captores?

Este texto fue publicado el pasado septiembre en DEEP.

Hace unas semanas, cuando el transporte público era aún un deporte extremo de otra índole (sólo había que esquivar cabezazos y manoseadas, mas no una epidemia), viví un episodio peculiar en el metro. Era domingo por la noche, regresaba a casa acompañado de un buen amigo quien también es mi vecino. En una estación intermedia, en un soliloquio debrayado y un arrogante tambaleo, sube al vagón un personaje digno de un performance de Gómez Peña: un albañil chaparro, panzón y cincuentón, entallado en una playera del concierto de los Estounz (los Rollin, pa’ que me entiendan), en un estadazo más allá del bien y el mal.

Con los ojos en espiral y con ese fatigador exceso de ganas de contacto, característicos del trance etílico, su aliento a Don Pedro y caguama empieza a llenar el ambiente, infundiéndole de un cierto misticismo. ¡Es como para que le den chamba en el Cirque de Solei, el que siguiese de pie sin agarrarse de los tubos! Con su voz desajustada y pulsante, aludiendo a mí —por güero, evidentemente— con sus ademanes cósmicos, prosigue a declamar, como si frente a una hueste de seguidores, que los “pinches sudamericanos se vayan de México”.

“¡Esto es México!”, grita con febril ahínco, al borde de un quebranto emotivo casi enternecedor. Continúa, sacudiendo el cuerpo poseído, como si visualizando un estadio coreando en un especial de Televisa del mes patrio, “¡México!, ¡México!, ¡México!”. Así, continúa un rato, buscando el apoyo de su público (un par de señoras notablemente agotadas, a punto de agarrarlo a bolsazos si se les acerca). Me desafía con miradas densas, sus cánticos dolidos y una danza que parece sacada de un festival tradicional de chamanes Mongoles. El metro llega a mi estación, me levanto, le sonrío incómodo, y entre los inspirados balbuceos del mexicanísimo, bajo.

Camino a casa lo platico con mi amigo, entre carcajadas y lo que describiría como una cierta angustia. Esta incertidumbre, con el paso de los días se torna inevitablemente en reflexión: ¿Qué es eso de ser mexicano? ¿De qué se trata? ¿En qué se basa? ¿De no ser por los extranjeros para contrastarnos, hay mexicanidad? Digo, desde que tengo memoria, debo aceptar que sencillamente no entiendo el grito de la independencia o de qué va esa necedad de ponerle banderitas al coche. ¿Qué, no basta con el IVA, el ISR y el IEUTU?

Si bien cuando viví en los Estaizs (EUA), al ver que ponían banderas gringas en sus carros o patios me parecía de lo más terrorista, ¿porqué debería gustarme cuando se trata del Águila y la Serpiente en el Nopal? Esa manía por ver al presidente o el delegado municipal rebosante de cinismo y regordete orgullo, con una franja de mister México en el pecho, haciéndola de a líder del popolo, suene y suene una campana, me sigue pareciendo bastante bizarra. No es que sienta antipatía o molestia siquiera, sino que simplemente, y a pesar mío, nomás no entiendo de qué, si de algo, se trata.

¿Qué se supone me hace mexicano? ¿Dónde se ubica ese je ne se quois que me certifica como 100% Mexican?: el que con frecuencia digo “chinga tu madre” ó “cámara compa”; que a veces las telenovelas me recuerdan a la manera en que lidio con mis sentimientos, o el que, cuando fuera del país, me siento obligado a irle a la selección nacional, así como me siento obligado a defender el tequila o la tortilla o que Texas era parte del territorio nacional; o será que ser mexicano reside en la forzosa vergüenza que siento en algunas fiestas por no saberme ni una maldita canción de José Alfredo; será que fuera de territorio Telcel me identifican más con Ricky que con Cris Martín, ó porque he llegado a considerar que Timbiriche es kitsch; quizás ser mexicano reside en que he cantado el himno nacional con cara de santurrón, la mirada en alto y la mano en el pecho, ó que he leído a Paz, Monsiváis, Ríus y a Chespirito, así como he ingerido dosis nauseabundas de Lucerito y Luís Miguel. ¿Acaso eso de ser mexicano se dará porque trago carnitas como si fueran caramelos de piñata de posada y no me rajo con la salsita habanera, o tan sólo porque pago impuestos para una deuda externa desorbitante, sobrealimentando a una bola de funcionarios gandalletes e incapaces, o será simplemente porque conseguir una visa gabacha es un reverendo desmadre?

En fin, no lo sé, pero recordando con cariño al herido performancero gratuito y confrontativo de aquel domingo, concluiré lo siguiente: México es un concepto brutal, insidiosa e irónicamente venerado más por quien más jodido está por este concepto; y, que ser mexicano suele ser poco más que un motivo aguado para alucinar sudamericanos por doquier, odiar y adorar simultáneamente a los europeos y venerar todo lo que digan las televisoras nacionales —sobre todo si lo dicen con edecanes rubias. Ser mexicano no es en general más que una excusa mal librada para destruir familias un domingo por la noche (¿Te imaginas lo que fue recibir en casa al prepotente e impotente bailarín nacionalista?). Debo agregar que todavía resiento dicho encuentro, por una razón en especial: por haberme recordado lo lejos que estoy de conocer Sudamérica algún día pronto.