miércoles, 9 de julio de 2008

La Poética del Sujeto




Diario hablamos. Intercambiamos idiosincrasias y observaciones, demandas y seducciones, reclamos y aspiraciones, gruñidos y gemidos, pausas e interrupciones…Transferimos sentimientos y deseos en pequeñas y arborescentes capsulas volátiles: palabras. Signos asechados por otros signos y significados diferidos en un juego de historias y espejos. Y a veces para decir algo, callamos; el peso del silencio, el espacio que transporta en eclosión, puede en instancias instigarnos a compartir la incertidumbre o el asombro.

La palabra generalmente se ve relegada a dos campos opuestos, pero mutuamente edificantes; es decir, o nos topamos con la concepción de que la palabra designa algo directamente, como en un contrato; o encontramos lo que algunos místicos plantean, que la palabra es un gesto vacío y pretensioso que enreda la experiencia de lo inmediato. Cuanta paranoia.

Menos mal que hay poetas.

En la poesía la palabra puede ser música, como los juegos fonosemánticos que un niño repite, absorto y expandido en lo que acontece; o bien puede ser martillo o una lengua cálida al lóbulo de la oreja; la palabra es lo que es y su fantasma, y la brecha entre estos; la palabra es la ruptura del tiempo por el afecto; la palabra se desnuda, se viste de geisha o de rayo de sol, y baila y muere y sonríe. En la poesía la palabra se devela extraña e íntima, intermitentemente y a la vez.

No hay un sitio fuera de la narrativa para nosotros. No hay adonde correr a esconderse de la palabra. Si bien en la inmanencia el sujeto y el objeto pierden sus contornos y contrastes, dicha experiencia se verá narrada posteriormente. Si bien la experiencia como tal no será inscrita en ningún morfema, sí se buscará transmitir, comunicar a otro—se traducirá, por lo menos el método para provocar dicha experiencia. Ya sean las direcciones para llegar a dicha epifanía, o una lista de desviaciones en potencia que habría que procurar evitar. Nadie puede decirte a qué sabe la cajeta, pero sí te pueden decir dónde comprar una lata de ésta y dónde no.

La poesía transmite experiencias no sólo en los juegos con los múltiples significados y connotaciones de la palabra (como un albur), la rítmica, métrica, arreglo visual, tono, etc. sino que hay una función directa que la poesía puede provocar por medio de estos recursos. Como los famosos Koan de la tradición del Zen, la poesía puede alterar las estructuras neuronales del lector/escucha a través de lo inesperado, lo inefable, la aporía. Rupturas y suturas paradigmáticas, rizomáticos retornos a lo inefable, confusiones y despertares latentes. Se modifica el registro de la experiencia misma, gracias al efecto que tiene lo inexplicable ante la lógica—la lógica misma debe ceder, así abriendo campo a toda otra gama de experiencias antes insospechadas.

El sujeto mismo puede ser poetizado. Durante el transcurso de un día suelo pensar compulsivamente, narrándome los eventos que suceden a mi alrededor, casi como si no estuvieron sucediendo. Agregando y encimando juicios y afectos y recuerdos y asociaciones y resentimientos a este cuento. A ratos esta tendencia se altera, florece o se cae y ocurre poesía. Habito más cerca de la inmanencia en esas interferencias. En otras ocasiones es la manera en que escucho la que cede ante el flujo poético; la verborrea sigue, pero la oigo con espacio, distinguiendo sus causas infinitas y la textura precisa de su desborde. Así los movimientos y desplazamientos del sujeto se vuelven poesía. La identidad misma se derrite develando la continua y brillante elusión de aquello que llamamos el sujeto: el deseo.

La historia que formula el presente como tal es una novela—la historia es siempre la ficción, los límites de lo concebible. El sujeto, está sujeto a su enunciación, a su tenaz causalidad. Al poetizarse el sujeto el enunciado cambia—nuestras relaciones se tornan más empáticas y jugosas, fractal y exponencialmente. El significado de la novela entera se ve en problemas, en duda. Así se articula lo indecible. Miles de formas de opresión son develadas y expuestas. Miríada de libertades cobran vida, y lo posible se ofrece con ética. Rescatemos la poesía de escondites y pedanterías. Habitémosla y llevémosla en la lengua y el escucha; en el trazo de los sentidos sobre las huellas de la experiencia; en la carne; abramos sus puertas para que la interpretación le bese el cuello y así suspiren revueltas. Caminemos junto a ella, hacia ella, en ella, por ella.

Poetizemos la calle.

lunes, 19 de mayo de 2008

Recurrencias...


I never love nobody fully
Always one foot on the ground
And by protecting my heart truly
I got lost
In the sounds
I hear in my mind
All these voices
I hear in my mind
-Regina Spektor, Fidelity


Y aquí regresa, ese punzocortante torbellino de calor en el pecho, aquel dolor de amor. El incierto peso de lágrimas anunciadas gira en la boca de mi estómago mientras como jeroglíficos, lo dicho se repite en mi cabeza. De pronto llega una brisa de calma y sé que así de pronto también se irá; pero aún así, entiendo que de momento no hay nada más que pueda hacer—salvo quizás abrirme sin reservas a ese oleaje de pena en el pecho para así acariciar al mundo, con la tierna evidencia de una vulnerabilidad total.


Pues batallar contra la niebla de la ideología, contra la constitución química de su historia y los gases de su propagación continua, no es más que disponerme a una intoxicación severa—mareo, vértigo, distorsión. No puedo. No puedo más. No puedo más que considerar que yo soy esa niebla; que la llevo inhalando desde que tengo nombre, y que mis células no se distinguen de ella. Hasta esa sensación de distancia escéptica es producto de la niebla; la claridad no es más que un concepto significado por el transcurso e inercia de la ideología. Cuando pienso en la niebla aún pienso engullido, cubierto en sus nebulosas constelaciones de sentido. Sin embargo, la tragicómica ironía es que a pesar de estas contemplaciones continuas, todavía creo que sé, hasta sé que sé; y con todo y el horror que este caer en cuenta trae consigo en las instancias de lucidez, el hábito es brutal.

Bien, pero, ¿por qué habría de importarme? ¿Qué más da, no? Si fuera un determinista (y la tentación de hacerlo es tremenda), o un nihilista (y la inclinación a ello es seductora), habría de acordarlo, y callar con un supuesto loop de chistes siniestros, para seguir convencido de un inicio y un fin. Pero algo me rebasa, continuamente hay agujeros en la textura de la verdad, y la certeza se disuelve en algo sin nombre que recorre el cuerpo inminentemente. Y esto es recurrente, algo se repite en mi experiencia, algo abismal y ominoso que regresa y dispersa la solidez de cualquier fórmula.

La sensación de voluntad es eso, una sensación; un efecto especial producido a posteriori por reacciones neuronales. Mi voluntad es un recuento de memorias recalentadas y repeticiones insaciables, de fabricaciones de significados; es una colección de historias que generan la ilusión de que hay, en efecto [sic], un coleccionista. Un especie de agente adhesivo que surge en dependencia de la narrativa asumida, y este efecto se re-presenta como inherente, y es más, como creador absoluto e inmutable del efecto en sí…Amén de paradojas. Ni tanto. Sino que aparecen recurrentemente las fallas en esta construcción, y nuestra reacción es querer taparlas, para mantener la sensación de singularidad, en vez de ese vacío múltiple que invita a la aceptación del desconocer. Soy un concepto en una venta de garaje de conceptos.

Y no.

Aquello que interrumpe, aquello que interfiere, aquello que instiga, aquello que provoca hacia el entender, mas no el saber… Tampoco hay manera de que eso no me afecte de forma entrañable y constante. Pero no puedo forzar las cosas, no puedo más que cooperar con propiciar las causas y condiciones necesarias para un profundo romance con lo que sí hay. Ese gran sí que Nietzsche anuncia y Bataille reclama y declama.

Bien, pues a ello: el amor. Refrescante rayo de lúcida dulzura radical. Y la palabra teñida de historias y figuraciones con las que no puedo osar romper y adentrarme en un nuevo mito adánico. En el banquete de Platón, ya se quebraban el habla con este tema en la lengua. Amor puro, amor platónico, amor romántico, amor apache, amor fraternal, amor problemático, amor sincero, amor filial, amor por el arte, amor por el prójimo, amor loco, amor idílico, amor mesiánico, amor propio, amor único, amor, amor, amor. Amor de mis amores.

Es ahí, en eso que llamamos amor, y hemos de despojar de su signo para probar en su inconmensurable ferocidad e inmanencia, que nos es posible ser trastocados por el peso de la locura de nuestro mundo. Es ahí en esa inevitable disposición a la apertura que la carga de las perturbaciones en nuestra radical interdependencia se hacen manifiestas y más de una vez hemos de aullar. La bestial interpelación de nuestra propia ignorancia se aparece entre los huecos y en general no hay más que una terrible impotencia ante su momentum.

Reñimos contra los fantasmáticos tintes de la utopía en boga en nuestra cabeza acomodada, para terminar exhaustos y heridos y resentidos con aquella alucinación auto-profética. Quizás lo suficientemente derrotados para disponernos a examinar cómo nos habita ese fantasma. Quizás lo suficientemente inspirados para cariñosamente oír a ese espectro llorar emberrinchado y acariciarle sin razón, hasta desmentir su locura y apreciar cómo en su rostro se tuerce una sonrisa luminosa, aquella que surge cuando lo real regresa en eclosión.

Es hermoso sin mesura, atestiguar, cómo abres los ojos para despertar a un mundo desprovisto de obviedad, de nuevo fresco, extraño y asombroso. Y tu corazón en flamas… contagioso.

Somos mortales.

lunes, 14 de abril de 2008

La Locura es la Cancelación del otro

Aquí un texto de hace un par de años acerca de las sectas, la cree-ncia, ese mítico yo y esa mítica libertad. ¿Sea nuestro egocentrismo la secta más gacha y prolífica hoy en día?







Un paranoico es alguien que ve todo en relación a sí mismo, es alguien cuyo egocentrismo es invasivo…
-Jaques Lacan, Seminario 3, p.274

Si tu hermano, el hijo de tu padre o de tu madre, o tu propio hijo o hija, o la esposa o esposo que abrazas, o tu más intimo amigo, intentara secretamente seducirte, diciendo, “Vayamos a servir a otros dioses,” extraños para ti y tus ancestros que te precedieron, dioses de pueblos vecinos, lejanos o cercanos, de cualquier parte del mundo, no debes consentir, no debes escucharle; no debes mostrarle piedad, no debes guardarle o esconder su culpa. No, tú debes matarle, tu mano deberá lanzar el primer golpe para matarle y las manos del resto de la gente seguirán. Has de apedrearlo a muerte, ya que ha tratado de separarte de Jehová tu Dios. …
(Deuteronimo 13:7-11)


El paranoico es alguien que se encuentra más allá de la negociación; para él/ella no existe nadie más. El diálogo no es posible. Está envuelto en un proceso sináptico de silogismos que se sellan en un pacto letal. Por ejemplo, si yo creyera que un grupo de marcianos implantaron un chip en mi cabeza que hace que perciba lo que percibo de manera que a ellos conviene (una versión neuro-ovni del genio malvado de Descartes), necesitaría deshacerme de la posibilidad de que no es cierto; para lograr esto, cuando alguien más, por cercano o indiferente a mí que sea, intentara convencerme de que eso del chip y los marcianos son sandeces, yo los inscribo dentro de mi ‘teoría’ y determino que quieren engañarme como parte de la conspiración marciana. He cancelado al otro; sólo existo yo, creyendo poseer una verdad absoluta e irrefutable.[1]


Como un farmacodependiente que tacha de moralizadores incómodos o personas que simplemente ‘no entienden’ a quienquiera que le confronte con otra versión de sus actos, el dogmático define a priori a los demás, los significa contundentemente. Todo el mundo queda obviado—todo fenómeno ha sido asignado un sitio dentro de un orden fijo. El dogmático estructura al mundo y toda experiencia, incluida la presencia de otros, en base al dictamen que les ha impuesto. Entonces no le queda más que asfixiarse en un sentido de vida totalizador y seguirlo hasta su fin último: la próxima inyección o la salvación, hablar en lenguas o convertir al vecino, suicidarse o matar a un infiel, y esto bajo un augurio de angustia terrible de constantemente tener que proteger y confirmar su paradigma. Está agujerado, y por ello se ve obligado a constantemente estar tapando un hueco, sólo para encontrar otro, y así tener que indignarse, violentarse, encubrirse, prevenirse.

No sólo los toxicómanos o las sectas o religiones organizadas crean y promueven este efecto de sentido; sino que podríamos decir que la mayoría lo hacemos de una manera u otra. En general estructuramos nuestra identidad y entorno de alguna forma que nos permita una sensación de “saber qué hacemos y por qué”. Es como un mandala en el cual colocamos algo al centro del esquema y todo lo demás gira a su alrededor, en función a este supuesto ‘núcleo’. Proyectamos una jerarquía de valores para todo lo que nos rodean, y en base a esto configuramos nuestras relaciones, reacciones y comportamiento[2].


En cierto nivel todos nos las damos de cosmólogos y visionarios. Pretendiendo comprender el porqué, cómo, qué y dónde de la vida (aunque sea de forma muy rudimentarias); en base a nuestro mito personal redactamos profecías o expectativas acerca de lo que esta constelación traerá, y nos comportamos como si fuera La verdad. Si bien creer que Sai Baba, el Pápa, Guru Maya o Maradona son la encarnación de un Dios único, total y omnipotentemente cariñoso con completa exclusividad es ciertamente una forma de opresión, así también creer que todo lo que pensamos o sentimos es verdad, y creer en las formulas de sentido que nuestra narrativa personal atribuye a nuestras experiencias como si fueran netas es igual de opresivo y desolador.

Aunque esto de generar sentido quizás sea una función inevitable, puede que exista la posibilidad de vivir un mundo desconocido sin la necesidad de ser xenofóbicos. Al igual que cuando vamos a un espectáculo de prestidigitación nos engañamos ‘conscientemente’ a creer en la magia y no en la gama de artimañas de un equipo de producción, así mismo nuestra mente y la realidad están constantemente en contacto (de manera indivisible), pero se súper-impone todo un texto de significados para establecer cierto sentido y parámetros operativos.[3] Quizá les necesitemos para disfrutar de un show de magia, pero hay muchas otras experiencias que podemos vivir, además de ser espectadores pasivos y aislados en un evento costoso.

Mecanismos de Culto

Entre más alta la barda, entre más impenetrable la membrana, lo mas firme la frontera que separa al “yo” y al “otro”, más segura parece estar la identidad del sujeto.
Mark C. Taylor, Erring: Towards a Postmodern A/theology, p.130


Recuerdo algunas impresiones que tuve cuando pasé una tarde en la cocina leyendo un librito que me “regalaron” unos cristiano-evangelizadores: salían símbolos de otras religiones, como un yin-yang, símbolos islámicos, un pentagrama, un buda, y a un lado “explicaba” porqué eran diabólicas y por ende te llevarían al infierno (por el resto de la eternidad, ni más ni menos); sentí una mezcla de nauseas, risa, ternura, miedo y enfurecimiento al ver la ilustración del cielo: un zoológico con personas de todas las etnias vestidas en ropa tipo Polo paseándose de manera muy higiénica,[4] afectiva y castrada por un zoológico acariciando leones mansos; todos, los animales incluidos, sonriendo enajenados con una felicidad violentamente light derivada como de una combinación letal[5] de anti-ansiolíticos y anti-depresivos .


La premisa detrás de este libro es que si adoptas el tipo de vida que ellos sugieren—adaptando tu comportamiento, tus creencias, tu voto, y claro, tu dinero—serás aceptado al muy exclusivo club semi-deportivo-vacacional, “el cielo”; pero si no lo haces sin titubeo alguno, si llegaras a dudar en lo que promueven, o consideraras por aunque fueran unos instantes un paradigma alternativo, estarías inmediatamente e irrevocablemente excluido del zoológico-safari-parque-de-diversiones-extra-limpio-y-estéril de Ralph Lauren, para entonces Terminar [sic] habitando un tormento insoportable por el resto de la eternidad.[6]

Si te dicen en qué pensar, qué ingerir o no, qué y cómo desear y lo aceptas sin cuestionarlo, es posible que comiences a sentir menos y menos confianza en tus capacidades críticas, quizás hasta las denomines “la voz del diablo” o algo así. Sin poder cuestionar, dudar y replicar pronto lo único que podrás hacer es buscar complacientemente una posición de prestigio dentro de la jerarquía que te oprime, y posiblemente termines introduciendo vodka en tu cuerpo intravenosamente esperando con ello irte en una nave alienígena[7] que viene detrás de un cometa. Y sí, nos podemos burlar, pero de ciertas formas somos muy similares en nuestras afirmaciones y reificaciones diarias--por moderadas o liberales que las consideremos--que el miembro de una secta.

Analizando las estrategias que utilizan los cultos para funcionar como tal, se vuelve aparente la manera en que cada uno de nosotros, seamos o no miembros de un culto o secta, usamos este tipo de estrategias para hacer de nuestros credos (egos) algo fijo y protegido. A continuación un breve desglose de algunos de los axiomas que conforman el funcionamiento de un culto o secta:


· Un compromiso excesivamente ingenuo hacia el líder, esté vivo o no, en lo que concierne a su sistema de creencias, ideología y prácticas, considerando éstas como la Verdad.

· El escepticismo, la duda y el desacuerdo son desalentados o hasta castigados.


· El líder no es responsable ante ninguna autoridad.

· El grupo tiene una mentalidad polarizadora de ellos contra nosotros.


· Se anima a los miembros a que vivan y socialicen únicamente entre ellos.

· El grupo predica que sus objetivos tan supuestamente exaltados justifican cualquier medio necesario.


Lo primero que ocurre aquí es que se establece una autoridad, un centro que define todo lo demás. Está autoridad no es cuestionable, es final y absoluta. Se generan mecanismos de protección para desalentar cualquier tipo de crítica o duda, censurando[8] toda voz que no muestre conformidad con lo establecido. Simultáneamente se construye y propaga un propósito de vida e una identidad en base a este esquema, y se plantea como algo urgente, indispensable y absolutamente crucial.

Esto no es tan distinto a la atención y credibilidad que le prestamos a los media o a las celebridades, y definitivamente es igual al fervor con el que creemos todo lo que pensamos y sentimos, bajo la premisa de que “como Yo lo pienso, debe ser cierto”, otorgando a nuestro ego la palabra final en toda materia. Todos nuestros traumas, deseos y motivaciones no examinadas pueden regir el resto de nuestras vidas; la manera habitual que tenemos de narrarnos lo que ocurre llega a ser una compulsión que impide la comunicación. Si bien es rara la ocasión en que no nos percibimos los unos a los otros como objetos simbólicos de nuestras narrativas personales, es aparente que en general las personas elegimos pertenecer a grupos sociales que sean afines a sus versiones de la realidad, a expensas de excluir una gama infinita de posibilidades alternas.
Mismo solemos apoyarnos en círculos en los cuales no se genera ninguna especie de confrontación. Aún más, obviamos nuestro entorno en base a lo que suponemos como el fin último o el cenit de la existencia, dedicando nuestras vidas a la infatigable persecución de este; entretenidos al grado de no poder siquiera considerar cuestionar lo que estamos haciendo.

El insaciable culto al mito del “yo”, ese entretejido de discursos cruzados que defendemos a capa y espada. Esta defensa ocurre por medio de una auto-vigilancia constante; los discursos operantes catalogan a cualquier otro discurso, cancelándolo con sentimientos de vergüenza, negando, rechazando, o asimilándolo dándole un significado en acuerdo con lo previamente establecido. A fin de cuentas lo que trabaja aquí es una firme convicción en algo como verdad total, aunado a la mala fama que se le adjudica al estar equivocado. Al siquiera considerar, QUIZÁS esté equivocado.


Tener ideas fijas y un sentido de vida personal no es lo mismo que ser miembro de una secta (de acuerdo); sin embargo, toda la materia no-examinada de nuestros deseos, temores y motivaciones nos hacen botín fácil para la ideología de una secta—ser predecible nos convierte en presa; y vivir huyendo de la reflexión nos hace muy predecibles. La costumbre de osar que sabemos, y de darle orden a nuestro entorno y nuestras experiencias sirven de tierra firme en la cual la opresión de un dogma se puede anclar.

Tocar, el sacrificio

Lo sagrado es ese rebullir pródigo de la vida que, para durar, el orden de las cosas encadena y que el encadenamiento transforma en desencadenamiento, en otros términos: en violencia. Sin tregua amenaza romper los diques, oponer a la actividad productora el movimiento precipitado y contagioso de una consumación de pura gloria…El mundo divino es contagioso, y su contagio es peligroso.

Georges Bataille, Teoría de la Religión, p. 56.

Lo primero que considerar aquí es la terriblemente ignorada distinción entre el mundo y nuestra versión del mundo. En terminología lingüística esto concierne la diferencia categórica entre significante, significado y referente; es decir que cuando yo pienso y digo, “árbol,” no indico algo real, sino a una imagen mental, a una representación conceptual de una serie de percepciones que he configurado arbitrariamente como una forma. Pero a lo que mi dedo apunta cuando digo árbol extendiendo la mano en dirección de lo que creo es un árbol, no tengo la más mínima idea de qué sea.

Esta división de nuestra experiencia fue observada y planteada por el psicoanalista francés Jacques Lacan de cierta manera como los tres registros de la experiencia: lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real. Lo Imaginario se refiere al conglomerado de imágenes y representaciones que tenemos en mente, es el mundo percibido desde la perspectiva de la imagen nuestra, de una identificación total con aquella formación en el espejo. Lo Simbólico trata con la relación entre la imagen y el mundo, el juego de contrastes e intermitencias a partir de las cuales se generan las imágenes; son todas las palabras que oímos mientras vemos esa imagen nuestra en el espejo, las connotaciones y asociaciones. Lo Real es simplemente inefable, es lo que evade toda significación; es fugaz e innombrable; no-dual, no-localizable e inmanente: aquel sincero ‘No sé’, ese vértigo que se presenta entre el nuomeno y la palabra...


Y aquí jugaremos con los nudos borromeos como silabas que bailan...

A distinción de la monolítica e insípida obviedad seudo-profética del orden de las cosas, lo Real está impregnado y agujerado de curiosidad y deseo. Paradojicamente, tanto al ingenuamente asumir el discurso de una secta, o al proliferar la verborrea mental como verdad propia, bajo la tesitura de escéptico, yo, claridad, neutralidad, o naturalidad, en ambas instancias negamos la experiencia directa. Tanto las sectas, como el ego, filtran la percepción por un palimpsesto de cuentos reiterativos, desesperadamente buscando preservarse (a toda costa…y vaya que cuesta: lagrimas y daños), vigilando y evitando a como de lugar, la experiencia directa (inclusive de sí—el choro). Siendo esto, lo que nos sana. Y podemos ver la brutal lógica que opera aquí para prevenir la experiencia: “nos va a matar, no debe llegar, no basta, nos va a doler.” Y así es. Claro que nos va a presentar un disturbio. Lo que asumimos y sus consecuencias han de develarse y disolverse en una gloria inconmensurable. Sí, puede ser avasalladoramente enternecedor vivir nuestra implicación y relación con el mundo.


Esto lo podríamos entender como la diferencia entre religión y misticismo; es decir, que el misticismo es un proceso de reencuentro con lo Real, interferencias en el disociado y alienado espectro especular por parte de lo Real; mientras que la religión es un método de prevenir el contacto con lo Real, es la asimilación y cooptación del misticismo. La inmanencia es peligrosa para el orden de las cosas, para la utilidad y las jerarquías; en el presente, desprovisto de la carga imaginaria del pasado o del devastador sueño del futuro, la versión oficial del mundo y del propósito de la vida no son más que cosquillas.

Uno de los grandes apelativos de las religiones organizadas es que proponen con aparente convicción y contundencia teorías acerca de todo—le adjudican un sitio y fin a todo, aunado a un colectivo que te lo “confirma” y aplaude. Lo primero que pretenden definir es la muerte, y de ahí se siguen de corrido poniéndole nombre y forma a toda aporía que se presente. Es el asesinato de la duda, del desacuerdo, de las preguntas: de la curiosidad. Un siniestro intercambio en el cual se hace un triste trueque de lo inmanente por una proyección especular, del contacto por un simulacro de confort.


No estoy avocando por la ambigüedad, sino por un agnosticismo valiente y vulnerable. Son muy diferentes: la ambigüedad es una postura y el agnosticismo una apertura. La distinción reside en que la primera es un debate narcisista sin fin[9], con las implicaciones inmediatas de quien decide no decidir—que es a fin de cuentas una decisión; es un sitio de solidificación discursiva y sus términos son preestablecidos, sus supuestas contradicciones y polémicas fijamente determinadas; en cambio desde una perspectiva agnóstica el debate cesa en brazos de la curiosidad, la ausencia de pretensión y lo inmediato.

Siguiendo esta línea de pensamiento: si bien no vamos a tragarnos el mareador balbuceo teológico de alguien más, tampoco vamos a creernos todo lo que pensamos, dándole a ese ruido una autoridad definitiva. Parte vital de la relación con lo real, cosa que gran parte de las religiones promulgan, es saber que no somos el centro del universo, y de que hay fuerzas mucho más grandes que nuestra sensación de auto-importancia. En vista de esto, me opongo al nihilismo pesimistoide que relativiza todos los fenómenos socio-religiosos, y propongo que el dogma como tal, y el daño psicológico y violencia física que generan algunas sectas y/o creencias—a veces incitando suicidios colectivos, y/o abusos sexuales—, es peligrosamente perverso y no es meramente una cuestión de open mind en la cual todo ha de ser aceptado como parte de una ingenua versión del multiculturalismo, sino que en efecto existen cultos cuyas propuestas buscan dominar y agredir incluso a quienes las aceptan sin participar. Habrá que considerar una educación sobre la creencia como tal y atender a plantear límites. Mismo, propongo un contagio inverso: la inmanencia es contagiosa, hay que permitir que prolifere su virulencia, siempre a sabiendas de que no podemos definirla.


A esto se refiere el Sacrificio, poner sobre el altar, ante el cuchillo de obsidiana toda nuestra concepción del mundo, nuestra (a)versión de la realidad, toda la autoridad que conferimos al “yo”, toda nuestra fantasía de seguridad y entretenimiento y dejar que muera en instancias de permeabilidad. Tocar.

Si bien, como seres sociales, no nos es posible salirnos completamente de las exigencias simbólicas, discursivas y utilitarias de la supervivencia, cada interrupción que permitimos por parte de lo real nos devela más flexibles ante la complejidad de perspectivas en las que habitamos—instigando nuestra curiosidad, desafiando a la obviedad. Es primordial asumir la carga y responsabilidad de nuestra perspectiva, de nuestros deseos y temores, siendo cuidadosos de no encajonar otros paradigmas desde la hermenéutica de nuestra versión oficial. Los parámetros de nuestra versión no son los parámetros de lo real…una vez más citando a Bataille:

“Para quien la vida es una experiencia que debe ser llevada lo más lejos posible…”

[1] La ironía siendo que inclusive para sostener este tipo de fantasías mesiánicas, requiero de réplicas y pruebas de su invalidez, para preservar la sensación de heroísmo que a su vez brinda a la paranoia esa sensación de solidez.
[2] Es una variedad de página de Excel, en la cual se cuantifica y osa verificar la totalidad inasible de la experiencia en un reducido marco de referencia. La apertura se vuelve un parámetro más dentro de una hoja de cálculo que busca infatigable y unívocamente una ganancia específica. Artilugio para sostener alguna ilusión de cohesión de sentido de dirección y voluntad absoluta.
[3] Generalmente son oposiciones binarias que parecen resaltar contrastes así enfatizando una especie de ontotología: yo/tú, adentro/afuera, arriba/abajo, más/menos, bueno/malo, blanco/negro, hombre/mujer, verdad/mentira, cielo/infierno…en fin, términos que se “definen” de manera reciproca; es decir, sin base alguna; es decir, que no sólo se permiten aparecer mutuamente, sino que se cancelan por lo mismo.
[4] Era prominente el resplandor de un buen acondicionador y de el cepillado regular con pasta de dientes enblanquecedora.
[5] Siempre y cuando uno siga siendo mortal; así que en este caso, de vida eterna, uno sólo puede imaginar lo que aquel gran equipo psiquiátrico que funge en un ámbito de “eternidad” puede hacer medicando sin tener que considerar efectos secundarios o sobredosis.
[6] Habría que considerar preguntarse (a riesgo de cada quien), ¿qué quieren decir por amor cuando se respalda con infinitos tehuacanazos y violaciones con electroshocks?
[7] Palabra que alude sin duda a la Alienación.
[8] Una de las formas de censura “menos aparentes” y por ello más eficientes, ya que disimulan neutralidad y hasta comprensión son: el ostracismo, la humillación, la ridiculización, y la minimización…
[9] Un solipsismo dilemático.

jueves, 6 de marzo de 2008

La Leyenda del CiberSapien



Imagina una mujer, desnuda, ajustando con una mano el broche frío y metálico de un cinturón de piel. Cuero negro, picos plateados. Con la otra, delgada y quizás pálida mano, enciende un controlador inalámbrico que regula el nivel de vibración del giratorio consolador transparente que va adherido al cinturón. Se prepara para penetrar a su amante con su strap-on. En un departamento anexo: un chavo, quince años, acné suficiente para probarlo, lentes de pasta, playera de Pantera, se sienta frente el televisor y enciende su consola de videojuegos. Ahí, desde su sillón, en el entorno sobre-protector de su madre, con quien vive solo, él se dispone a balacear policías y destazar pandilleros con una sierra eléctrica. Antes de ir a dormir, tras cenar unos molletes, choca tres autos, golpea a dos prostitutas y entrega cien kilos de cocaína colombiana en el aeropuerto.


Diferencias: una que otra. Semejanzas: muchas. Ambos modulan y extienden su campo de experiencia por medio de artificios, de artefactos tecnológicos. Los límites de sus identidades se alteran, transformando su esfera de lo posible—lo que les es permisible. Hay quienes argumentarían que han dejado de ser lo que son, y hay quienes argumentarían que han dejado de ser lo que no son.


En estos dos ejemplos podemos entrever las dos corrientes cyborgianas más pronunciadas. En la primera instancia se adapta un aparato al cuerpo, trastornando la estética y funciones del mismo, y por añadidura, permitiendo la encarnación de otra estructura libidinal a la socialmente asumida como "natural". En el segundo ejemplo es por medio de la inmersión en un ámbito virtual que se vive a través de otra personalidad, provocando así, sensaciones corpóreas por medio de estimulación nerviosa. Y es este sistema nervioso, a su vez una interface proyectando y asimilando entornos que regulan y propician tipos de relación—las tesituras, texturas e interpretaciones de lo vivido se contorsionan, mientras sus efectos se extienden.


Ambas de estas propuestas trans-humanas plantean múltiples escenarios a futuro. Estos se irán generando y apareciendo a la par. Por un lado los materiales del cuerpo serán reemplazados y nuestros órganos se verán acompañados de moduladores digitales; nos ampliarán la memoria como a nuestras computadoras, tendremos nano-bots en las venas supervisando los niveles hormonales en nuestro sistema endócrino…seguro hasta podremos haquear los fluidos corporales, o patrones de pensamiento de alguien más. Algoritmos y fibras sintéticas. Por otro lado, la realidad virtual se definirá con creciente similitud a nuestra experiencia diaria; podremos vivir varias vidas en un par de días, explorando géneros y posturas subjetivas a las que de otra forma no accederíamos de maneras tan directas; habitar más de una realidad virtual a la vez.


Hay posibles desarrollos fatales y otros tantos utópicos; cómo con cualquier tecnología—o ideología. Lo aterrador en estos casos son los grados de engaño que son posibles con las realidades virtuales, o las brechas de clases debido a los costos de las mejorías físicas que pueden proporcionar habilidades asombrosas o extensiones de vida de cientos de años. Los robots que esclavizan a la humanidad, o que laboran dejándonos con una vida de tiempo libre. Pero lo qué más perturba y rompe con nuestras predicciones y lógica, no son los desarrollos que somos aún capaces de vislumbrar; sino los que truenan nuestras expectativas de lo posible.


Aquí topamos con un fenómeno llamado La Singularidad: La tecnología avanza de manera exponencial, ya que al contar con un desarrollo nuevo es tanto más fácil y rápida la generación del próximo; la singularidad se refiere al momento en que la aceleración exponencial del avance tecnológico queda en manos de una inteligencia artificial muy por encima de la capacidad de cómputo y síntesis de la especie humana. La tecnología en manos de la tecnología. Es cuando se nos sale de las manos (por así decirlo), tanto el artefacto como la velocidad con que se desarrolla. Quizá sobre considerar lo que esto implica; sin embrago, implica nuestros cuerpos, nuestra reproducción, nuestra supervivencia, pero más importante aún: nuestra experiencia, sus tonos, contrastes/contextos y posibilidades.


Me referiré al cuestionamiento escatológico y existencial de Tony Montana en Scarface, quien sentado en una mesa de un restaurante de alto-pedorraje, un par de onzas en la nariz, la frígida histeria de Michelle Pfeifer todas las noches, guardaespaldas, poder, billete, prestigio, bla bla bla…se pregunta azorado en un espasmo/desplante de hartazgo y lucidez: "¿y luego qué?"


Después de la inmortalidad: ¿qué?


Después de habitar toda fantasía concebible: ¿qué?


Después de la singularidad: ¿qué?


Como lo puso Baudrillard: "¿Qué harás después de la orgía?"


Esto es todavía más acertado si consideramos la manera en que la virtualidad problematiza la realidad. Siendo ésta replicable, pudo siempre-ya haber sido una réplica. Son grados de fidelidad, son efectos digitales, es un plug-in llamado realidad.


Ya pasó.


Cuan adeptos a fascinarnos con los efectos especiales, rehusándonos a considerar que ya estamos ahí; que los dilemas que nos acosan a futuro ya están aquí; en este preciso respiro. De nuevo (ja) es nuestra ética la que está en juego, nuestra narrativa, nuestro deseo—la subjetividad misma. Ya somos cyborgs: cada que alguien usa un lubricante o un teléfono ya hemos modificado nuestro cuerpo y experiencia con tecnología. Ya vivimos en la virtualidad de nuestro crédito, de nuestra identidad construida como interface de negociación de placeres con los otros, el simulacro de interpretaciones con las que teñimos todo cuanto nos acontece e involucra. El peso de las ideologías y sus aparatos de propaganda ensalzando esa sensación de escepticismo que producen…


Enajenados ya estamos: ¿y?


Y no hay ética sin apreciación. Sin muerte no hay apreciación. Sin consecuencia no hay valor. Sin ética no hay otros, y el narcisismo primario continúa su epopeya tragico-hipnótica. El cinismo en este caso sólo promete llevarnos a la utilidad de todo; a un mundo eugénico y estéril de repetición y replicación. La ética deviene de la reflexión, no de un mandato, es lo único opuesto a la moral—lo inmoral sigue siendo moral. La reflexión implica la atención. La apreciación no es imitable o fabricable, con o sin implantes de memoria y tres realidades virtuales simultaneas, nuestra atención sigue en juego. Un luminoso vacío, fértil y evasivo.


La misma gata revolcada.


Cuando somos útiles somos útiles.


Nuestra subjetividad y su narrativa fenomenológica, apropiada por la utilidad, bajo el yugo de la constante necesidad de verificar la posición/posesión, el territorio, la ventaja, la victoria, la imagen de sí.


Pan con lo mismo.


La inmanencia es gratis.


La muerte el único amo.


¿Seremos capaces de vivir una vida de inspiración, no de ambición?


Puede que tengas que haquear los nanobots en mi sangre para persuadirme.

Selecciones de False Prophet: Fieldnotes from the Punk Underground

False Prophet

De Steven Taylor

Traducción: Fausto Alzati Fernandez
A continuación una pequeña muestra de la obra de S. Taylor; guitarrista de los Fugs, quien fuera el colaborador musical y asistente personal de Allen Ginsberg durante 20 años y es ahora el director de la facultad de letras en Naropa University. Este texto fue publicado parcialmente en Picnic hace un par de años; estaré publicando partes de este libro en el blog, ya que me parece una muestra ejemplar de la teoría llevada a la vivencia y viceversa—de manera inmediata e inmanente…

Selección del Capitulo 1, Libro 1

La Paradoja Punk y el Problema de la Cultura


[…] Tomando prestada una frase de la teórica de estudios de género Judith Butler, en el punk la identidad está "en problemas."

La palabra problema viene del sustantivo latín turbula,* que quiere decir grupo desordenado. Su forma verbal significa desarreglar, causar un disturbio, agitar, confundir, poner a prueba, complicar, incomodar, causar molestias, preocupar, perturbar o acosar. En este caso, problema invoca un disturbio a las reglas y a las categorías naturalizadas, exigiendo que se cuestione lo que se considera la norma. Esto también describe la manera punk de bailar. Lo que estoy llamando la comunidad punk es un "grupo desordenado" cuya manifestación más típica puede ser vista en su música y danza. Fueron los músicos y quienes bailan con esta música los que iniciaron y codificaron al punk como un movimiento. Tocar música y bailar son las actividades más características del punk, y son el foro en donde la "identidad" se constituye y se cuestiona, donde se construye y se desconstruye. En el punk la identidad es representada como una paradoja.
Una paradoja (proveniente de para, mas allá; doxon, opinión, derivado de dokein, pensar o suponer) es una declaración que es contraria a la opinión publica; una declaración que parece contradictoria, increíble o absurda, pero que puede, a fin de cuentas, ser verdad; así también puede ser una declaración que se contradice a si misma y es, por lo tanto, falsa; o puede aludir a una persona cuyo carácter o comportamiento sea inconsistente o contradictorio.
paradoja es fundamental para definir la situación punk. Para empezar, el punk fue un movimiento anti-mercancía que se manifestó a través de mercancías. El punk reconfiguro productos del mercado de masas que estaban hechos para proliferar la igualdad e hizo que significaran diferencia. Pero la re-significación es una calle que va en ambas direcciones. Todas las personas con las que he vivido y/o trabajado que se consideran, bajo varias circunstancias, "punks," son ciudadanos de estados capitalistas. Su material y sus productos simbólicos, les guste o no, han informado e inspirado al mercado global, a veces hasta convirtiéndose en mercancías de éste.


El impulso punk fue inmediatamente apropiado -en ciclos al igual que el rock, que desde finales de los cincuentas periódicamente se recuperaba- primero a finales de los setentas como "New Wave," y luego, a principios de los noventas como "Grunge." El grado en que el punk ha influenciado las tendencias del mercado de masas comprueba una paradoja que es central para el estado moderno: entre más revolucionario el producto, mayor es su potencial para servir a la reacción.


La paradoja es central en el punk de varias maneras. El nombre de False Prophet (Profeta Falsos) es un buen ejemplo. En 1988 el lema de la banda, que aparecía en calcomanías, parches y otra parafernalia, era "beware False Prophets" (ten cuidado con Profetas Falsos). Detrás del nombre había la convicción de que, como advierte la Biblia (Mateo 24:24), los "Cristos falsos y los profetas falsos" no se presentaran como tales. Son los profetas auto-proclamados, los que dicen poseer la verdad, de los que uno tiene que cuidarse -esto siendo un punto que nunca pudimos expresar con suficiente claridad al grupo de jóvenes cristianos, bien bañaditos, y cortésmente fervientes que se opusieron a nuestro concierto, bloqueando la entrada, en el Capitol Theater de Flint, Michigan el siete de Octubre de 1988.


El uso irónico de pseudónimos u otros signos ofensivos o auto-despreciativos en el punk, data desde los comienzos del rock subterráneo con los Fugs y los Stooges, y se continuó en el proto-punk de Nueva York con Richard Hell. Los punks ingleses siguieron el ejemplo con tipos como Johnny Rotten o Sid Vicious de los Sex Pistols, Rat Scabbies de The Damned y Polly Styrene de X-Ray Spex. Esta tendencia volvió a cruzar el Atlantico inspirando de vuelta a Jello Biafra y su banda, los Dead Kennedys. Esta practica era una broma irónica, una apropiación de los nombres de marcas y productos mezclada con una exageración ritual de todas las peores suposiciones que el mundo "derecho" mantenía acerca de la cultura juvenil. Era un desplazamiento de nombres, una manera de perturbar, a través de una inversión, los signos sociales más fundamentales; y era a su vez, paradójicamente, tanto una manera de asumir una identidad nueva, como una forma de demostrar la artificialidad de la identidad misma. El reto a las normas fue amplificado todavía más por la puesta en escena de desnudez y sexo en las actuaciones de las bandas y por la adopción, por parte de algunas bandas, de nombres que no se podían decir en los medios oficiales (los Sick Fucks vienen a mente), el uso de iconografía Cristiana (como la grafica de un crucifijo en flamas que usaba False Prophets), y el uso, por varios, a principios del movimiento, de la svástica Nazi. Con el tiempo el uso de pseudónimos decreció; un chiste se hace viejo pronto. (Los pseudónimos punk regresaron en los noventas en otra arena -el Internet- y por otras razones: el anonimato y la parodia). Como el movimiento se enfocaba más y más en políticas de izquierda, y debido a que grupos neo-Nazis adoptaron el estilo musical punk, la svástica continuó apareciendo en graficas punk, pero como algo roto, algo que era aplastado por un enorme puño debajo de algún slogan antifascista.

Mientras la ética punk se movía de los antros a la calle, y los líricos de protesta inspiraban acción social, la política punk también evolucionaba del nihilismo al anarquismo: de una negativa perpetua a una visión utópica. La paradoja punk empezó a tomar proporciones mayores: cuando los árbitros de la moralidad son ladrones, comportarse éticamente es un acto revolucionario.
Lo paradójico tiene múltiples vectores de asociación en este proyecto. Una de estas líneas traza la idea Marxista que trata acerca de la inversión que ocurre cuando en un capitalismo de mercancías, el valor de intercambio remplaza el valor de uso, efectuando una visión al revés "como en una camera obscura," mediante la cual los productos de la labor terminan por regir a quienes los producen. La evidente absurdidad de que haya masas de hombres y mujeres vivientes obligados a tomar una posición subordinada ante los objetos inanimados que producen, esto es el eje sobre el cual gira la crítica del capitalismo de Marx. Con el punk, miles de jóvenes, la mayoría de los cuales habían tenido muy poco contacto con la teoría Marxista, encarnaron visiblemente esta crítica.

A nivel de historia intelectual y artística la paradoja es central al surgimiento del modernismo y el postmodernismo. Hegel, al introducir en la dialéctica un tercer término, describe un cambio paradigmático que nos lleva de la contradicción a la paradoja. Una contradicción nos presenta con un punto muerto e insoluble entre dos términos irreconciliables, pero una paradoja -que en sí puede significar ambigüedad (una característica a menudo asociada con el arte vanguardista)- sí admite la posibilidad de una síntesis. La paradoja propicia movimiento. La fluidez de la forma y la ambigüedad son clave. Como lo dijo un colega mió en una conferencia reciente, "Después de que la guerra mundial ha bombardeado toda certeza hacia el olvido, no hay identidad." El problema de la identidad que el punk presenta es una manifestación de la negación Hegeliana, la experimentación vanguardista y la alienación de las masas -la problematización por medio del arte de las absurdidades de la vida al final del milenio.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Yo no fui


Un mundo al que no se ama completamente hasta morir, con la pasión

con que un hombre ama a una mujer, representa nada más que el

interés egocéntrico y la obligación de trabajar—ser

útil. Si lo comparamos con los mundos que han pasado, es espantoso, y representa el mundo más fallido de todos.
George Bataille


Reclamos nos sobran, y a la hora de la verdad, de poco nos sirven. Articular lo que nos oprime es una fase crucial de cualquier proceso de toma de consciencia, de liberación; pero esperar el reconocimiento y la justicia por la mano de quien nos somete, es meterse el pie antes siquiera de tomar el primer paso. Fallos, injurias, abusos e injusticias plagan los mecanismos capitalistas en que habitamos: es cierto: nos hemos vuelto desechables.
El capitalismo global, a pesar de su imagen de sí—y gracias a ella—, es el sistema operativo de la era histórica en la que hay más esclavitud en el mundo. Trabajo forzado, sin paga alguna, sin posibilidad de irse. Hoy en día, hay mayor cantidad de personas literal y totalmente esclavizadas que en cualquier otro punto en el tiempo de este planeta. Pero habrá que señalar antes que apuntar el dedo, cómo es que le damos vigor y continuidad a este terrible sufrimiento. Es decir: todo lo que habitamos, nos habita.
Igual que el capitalismo, en tanto sistema, es capaz de cooptar y asimilar todo discurso; sacando inclusive, gran plusvalía de los discursos antagónicos, al utilizarlos como innovaciones de mercado; así, al igual, nosotros somos adeptos, más allá de nuestra comprensión, para reducir cualquier discurso, incluso los que más directamente atacan o refutan nuestras tendencias narcisistas, a un método más para engrandecernos. Un ejemplo claro de esto: “yo soy más chingón que tú porque tengo menos ego que tú…”
Somos rápidos para criticar, para lanzar el comentario caustico, como si hubiera un sitio afuera de lo que criticamos en donde resguardarnos—mantenernos limpios y puros. Y al otro extremo nos encubrimos de máscaras, advocando por un nihilismo rampante, endulzando con humor o sarcasmo la fatiga de empatía que vivimos. Lo cierto es que al hablar de consumo y espectáculo no hay salida, no hay un espacio externo desde el cual podamos aludir a ello. Lo somos.
Pasa que esta fantasía de nuestro escepticismo, es lo que más ingenuos nos hace. La noción del sujeto independiente (una idea muy moderna) es una fórmula infalible para ahogarse en la enajenación: “a fin de cuentas nada de esto me afecta”. Creer que con un par de observaciones podemos desarmar el efecto de la publicidad es negar el hecho de que ésta, sólo opera gracias a ese imago que tenemos de nosotros—y que con tanto esmero nos dedicamos a preservar. Es decir, si no deconstruimos—no sólo en teoría, sino en vivencia—al sujeto de estas producciones, su acoso sigue operando sin límite alguno.
Habitamos un espacio caracterizado por la omnipresencia de la publicidad globalizada. Sus valores operantes nos interpelan, con un chantaje libidinal, para situarse como eje de nuestra narrativa personal. Nuestro sentido del humor lo dictamina la serie de tele que vemos, los comerciales que vemos; lo que creemos atractivo, ese cómo debemos ser para aspirar al contacto con alguien más, lo redactan los celos que instiga la publicidad. Esto siempre con su tono perverso disfrazado de “sentido común”. Subvierte la mirada antes de que podamos subvertir sus implicaciones; genera todo un tono desde el cual nos juzgamos—somos juzgados a diario. Intercede entre nosotros y los otros, llenando el espacio entre lo que se dice y lo que se oye.
Claro, entonces reclamamos. Y al hacerlo seguimos el juego, la dialéctica de la publicidad; nos convertimos en imagen y vivimos desde el reflejo del espejo de la complacencia. Y el tramo entre el espejo y nosotros, retacado de ideología. Conmemorando esta imagen de nosotros, tomando toda experiencia como un valor agregado para nuestra imagen; buscando continuamente convencer a los demás de la validez de ésta. Auto-obsesión. Narciso herido. Y de mientras, alimentamos la esclavitud global, perpetuando el sufrimiento que este vivir en tercera persona trae consigo.
Las tramas que sustentan este sufrimiento se basan en el empirismo—que no es más que una serie de metáforas cognitivas—como opuesto a la empatía, la disposición a sacrificar la imagen de sí ante la experiencia inmanente. De nada nos sirve el reclamo—ni la nada pa’l caso. El único mito que nos concierne destruir es el del “yo”; ese espectáculo que más nos entretiene y consume. Habrá, antes que apuntar el dedo y aventar reclamos, ubicarnos e implicar nuestra vida diaria y nuestra experiencia interior en aquel monstruo que nos asecha.

lunes, 15 de octubre de 2007

Traducción Alphonso Lingis



El Murmurar del Mundo

Por Alphonso Lingis

Traducción de Fausto Alzati Fernandez

Información y Ruido


Nos comunicamos por medio de pronunciaciones habladas, por teléfono, con cintas grabadas, por escrito, y con impresiones. A través de estos métodos nos comunicamos en el código lingüístico. También comunicamos información por medio de movimientos corporales —gestos, posturas, expresiones faciales, formas de respirar, suspirar, y tocándonos unos a otros. En este caso la comunicación también usa abreviaciones, signos, y convenciones.
Para hacer que meras líneas dibujadas sean escritura, tenemos que conformarnos a la convención que dictamina que ciertos trazos corresponden a cierta palabra y noción. Hasta entre quienes contamos con gran destreza manual, buen entrenamiento, buena salud, y un estado alerta, cometemos errores en nuestra escritura y mecanografía. Siempre hay erratas hasta en las tantas-veces-corregidas ediciones seminales de autores clásicos. No hay habla sin tartamudeos, pronunciaciones equívocas, acentos regionales, o disfonías. Escribir en teclado e imprimir están diseñados para eliminar la cacografía, sin embargo en todo libro vemos algunas letras impresas tan levemente que las inferimos en vez de verlas. Grabaciones, y transmisiones de radio y televisión, están diseñadas para eliminar la cacofonía, pero puede haber estática, cortes, e interferencias; siempre hay histéresis, el retraso de la transmisión debida a los cambios que ocurren en el campo electromagnético; y siempre hay ruido de fondo.
Entrar en comunicación significa extraer el mensaje del ruido de fondo y del ruido que le es intrínseco al mensaje. La comunicación es una lucha contra la interferencia y la confusión. Es una lucha contra las señales irrelevantes o ambiguas que tienen que ser empujadas hacia el (tras)fondo, y es una lucha contra la cacofonía en las señales que los interlocutores dirigen uno al otro—acentos regionales, pronunciaciones erradas o inaudibles, tartamudeos, toces, eyaculaciones, palabras comenzadas y luego canceladas, y formulaciones gramaticalmente equívocas—y la cacografía en las graficas.

Reconocer lo que está escrito involucra la habilidad de hacer a un lado las facciones mal escritas de las letras y palabras. La clase de geometría abstrae del dibujo que la maestra ha hecho en el pizarrón, que no es más que una aproximación, un triangulo rectilíneo o un círculo. Cuando ella dibuja un círculo con su compás, uno ignora el hecho de que el ángulo del lápiz cambia al hacer el dibujo, y la línea del círculo es, por lo tanto, más ancha de un lado que del otro. El lector sistemáticamente rechaza no sólo las líneas erróneas, pero también las particularidades con que las letras tienen que ser materializadas. Pasa por alto el hecho de que fueron escritas en tinta azul o negra, o en tipo Courier 10 o Courier 12. Leer es una manera peculiar de mirar que vaporiza el substrato, la tonalidad y el grano del papel o de la pantalla de la computadora y ve la escritura como patrones arbitrariamente en el espacio como desconectados de la exposición material de las cosas.
Para comunicarse tiene uno que haber practicado ese mirar materializador que ve patrones como escritura y ese escuchar desmaterializador que oye oleadas de sonidos como palabras o frases. Es empujar hacia el trasfondo, como ruido, el timbre, tono, volumen, y duración tonal particular de las palabras siendo pronunciadas, y empujar al trasfondo, como ruido blanco, el color, ortografía, y tipografía particular de los patrones visibles. La comunicación—por medio de palabras o de señales psico-motrices convencionalizadas—depende del desarrollo común de estas habilidades para eliminar el ruido inherente en las señales y en desmaterializar la visión y audición.
Para comunicarse con un otro, uno debe primero fijar los términos con los cuales uno se comunica con los momentos sucesivos de la experiencia propia. Tener ya un término por el cual, cuando uno lo pronuncia ahora, uno lo toma como que significa lo mismo que cuando uno lo pronunció hace un momento, esto en sí implica haber desmaterializado el patrón auditivo, y la vocalización para convertirla en un significante, en una palabra. La memoria lleva a cabo esta desmaterialización. Cuando uno transmite algo en palabras a otro, ¿Cómo entonces es que puede uno saber si la comunicación ha sido exitosa? Porque uno escucha a este otro hablar sobre esa experiencia, responder a ella, y relacionarla a otras experiencias, en términos que uno mismo hubiera utilizado. Para reconocer las palabras de otro como las palabras que uno mismo hubiera usado o usaría, uno desparticulariza esas palabras de sus particularidades empíricas: su tono, timbre, ritmo, densidad, y volumen—su resonancia. Uno desliga a la palabra del ruido de fondo y del ruido interno de su pronunciación. La máxima eliminación de ruido produciría una comunicación exitosa entre interlocutores quienes a su vez son máximamente intercambiables.

Los sentidos que comunicamos—las maneras en que nos referimos a objetos y situaciones—son entidades abstractas: formas recurrentes. Los significantes con que nos comunicamos, son abstractos, universales: ideales. Pero los referentes, también, son entidades abstractas e idealizadas.
Si le hablamos a otro sobre la vista de las montañas, es porque ese paisaje montañoso nos habló a nosotros; si hablamos de una puerta roja, mas no café, es porque la puerta emitió señales en las vibraciones que entraron en contacto con nuestros ojos. Si nuestras palabras, señales dirigidas a otro, tienen referentes, es porque las cosas nos dirigen señales a nosotros—o de menos transmiten señales en general.
El entorno está lleno de señales continuamente siendo transmitidas de todas las configuraciones y superficies de las cosas. Ver el color rojo, recoger las señales de esa puerta o de la vista, es constituir una cantidad enorme de señales irrelevantes y contradictorias como ruido de fondo.
Pero para referirse a ese color rojo con una palabra que uno ha usado para referirse a cosas rojas anteriormente, y que será usado por el interlocutor de uno quien no lo ve o quien lo ve desde su propio ángulo o perspectiva, involucra filtrar una multiplicidad de señales emitidas por esa puerta en particular en el sol y sombras de esta tarde y recibidas por uno quien sucede que se encuentra ahí parado. Lo que comunicamos, con la palabra o concepto “rojo” es lo que, en esta puerta roja, puede recurrir en otras cosas designadas por esta palabra. La recepción de señales por referentes en vista de comunicarse con ellos no es una palpación que discierne el grano y pulpa y tensión con la cual cada cosa llena el lugar que tan obstinadamente y tan exclusivamente ocupa. Es ver el rojo de la puerta, y las tinieblas del bosque y la forma de las hojas, como patrones modulares estampados en la impenetrada densidad de las cosas. Solamente este tipo de percepción niveladora e indiscriminada, argumenta Michel Serres, lo que puede ser comunicado. “El objeto percibido” se queja, “es indefinidamente discernible: tendría que haber una palabra distinta para cada círculo, para cada símbolo, para cada árbol, y para cada paloma; una palabra diferente para ayer, hoy, y mañana; y una palabra diferente dependiendo de si quien lo percibe eres tu o yo, de acuerdo con si uno de los dos está enojado, resentido, y etcétera, etcétera, ad infinitum.” Comunicarse es consignar como ruido el abarrotado oleaje de señales emitidas a cambio de lo que es particular, perspectivo, y distintivo en cada cosa.
El esfuerzo Socrático por comunicarse con extraños es, en realidad, el esfuerzo de no certificar racionalmente la república Ateniense existente pero fundar una república de comunicación universal ideal—una ciudad máximamente purgada de ruido. Es un esfuerzo por fundar un discurso científico y matemático y así silenciar el retumbar del mundo. Al construir una representación objetiva de la naturaleza por medio de entidades matemáticas uno produce una comunidad en comunicación quasi-perfecta, una comunidad Jacobina transparente, donde lo que es formulado en la mente de cada quien es lo que es formulado en la mente de los demás. Esa comunidad sería inminente hoy día, ya que toda la información es codificada digitalmente y trasmitida por satélite en los silencios del espacio exterior.
¿Pero es realmente cierto que un discurso universal, abstracto, objetivo, y científico es desparticularizado, y por ende el discurso de quien sea? No puede ser accidental que hacer filosofía es componer la filosofía de uno, una filosofía que se descompone con uno. “¿Si la filosofía es autobiográfica, en un sentido que la ciencia no lo es…,” esto decía yo cuando una filosofa de la ciencia me interrumpió para refutar la distinción. “Es fatuo decir que si Einstein no hubiera inventado la teoría de la relatividad, alguien más lo hubiera hecho.” ella objetó. “Todos ahora entienden que la información con la que él trabajaba y que él intentaba integrar podrían ser formuladas e integradas en un número de maneras diferentes, imaginables y hasta ahora inimaginables. Si Einstein no se hubiera salido a tiempo de la Alemania Nazi, hay todas las razones para pensar que nunca tendríamos la teoría de la relatividad:” El término “electricidad” tiene un sentido diferente para un reparador de televisiones que para un ingeniero en electrónica trabajando en generadores de energía urbana o en equipo de informática, pero también para un meteorólogo, un fisicomatemático, o para un astrónomo. Su significado es diferente en cada laboratorio; los distintos modelos y paradigmas con los que cualquier científico trabaja abren una plétora diferente de caminos para el movimiento de sus términos. No es solamente la nueva hipótesis planteada y experimentos nuevos lo que genera nuevas concepciones; cuando un científico lee el trabajo de otro científico, los términos pueden generar un movimiento diferente en los caminos de operaciones conceptuales del lector que los del escritor.
¿No es, entonces, la idea de un tipo de transmisión máximamente inequívoca de mensajes en la industria de un espacio social máximamente purgado del ruido que invoa Serres, solo un ídolo mas en el mercado—ideal de la teoría de comunicación (diseñado para el servicio de nuestro complejo militar-industrial)?

El Ruido en el Mensaje

Somos necesarios como causas eficientes de enunciados nuevos; como productores de información nueva formulada en palabras viejas. Pero en nuestras particularidades, en nuestros puntos de vista perspectivos, y en nuestras distintivas capacidades de emitir y recibir significados, somos parte del ruido. El tiempo que toma formular esos enunciados es un tiempo lleno de la opacidad de nuestras propias voces. Que transparente podría ser la comunicación si no hubiera resistencia en los canales que la conducen: sin la voz que pronuncia, tartamuda, abrumadora, cadente.
Sin embargo, ¿Qué no hay también una comunicación en el escuchar el ruido en la voz de otro—el ruido de la vida de otro que acompaña el rasgueo del mensaje? ¿Qué tipo de comunicación sería esa?

Serres dice que lo particular, lo material, lo empírico es indefinidamente discernible. Es una sucesión de señales, cada una con su propio nombre, en una estática que no puede ser grabada o reproducida. Y ciertamente día a día logramos comunicarnos unos con otros, no sólo la formula abstracta de una epifanía, pero la singular magia del encuentro con una tarde de principios de invierno, el encanto de algo que alguien dijo que nunca había sido dicho antes, o la extrañeza de un sentimiento no antes sentido. El lenguaje es el sorprendente poder de decir, con una cantidad limitada de palabras y estructuras gramáticas, enunciados nunca antes dichos que formulan eventos que nunca antes han ocurrido.
Cada nuevo enunciado que logra decir algo lo hace, según Merleau-Ponty, por medio de una deformación coherente de los paradigmas de enunciados ya existentes en el lenguaje. Cada nuevo enunciado también continúa la extensión, flexión, y deformación del código. “Dejadnos estar de acuerdo,” escribe Serres, “en que…la comunicación sólo es posible entre dos personas acostumbradas a las mismas…formas, entrenadas a codificar y descodificar un significado usando la misma clave.” Pero cuando un Americano que creció oyendo leyendas Hindús, le dijo a un Ingles, quien creció oyendo las leyendas de los conquistadores imperiales, “El es valiente…,” no tienen la misma clave para esta palabra. Si, sin embargo, el uno entiende al otro, es porque improvisa la clave a la par de que el otro sigue.
¿No es falso también suponer que sólo el significado afín a una palabra por un código fijo o en evolución, comunica? El ritmo, el tono, la periodicidad, los tartamudeos, y los silencios comunican. En el apuro de una voz sin aliento, el tumulto de eventos se expresa; en el silencio pesado que presiona sobre la voz, el tedio opresivo de un sitio es comunicado. “ ‘Compruébalo,’ exigió el sistema logocéntrico que el historiador de arte adora. ‘Comprueba que aún me amas…’” Joanna Frueh, crítica de arte preformativo, dice en diferentes entonaciones, volúmenes y crescendos---batallando con la voz de la demanda académica que rodea al masculino: “Compruébalo….Comprueba que aún me amas…” “Comprueba que aún me amas…”
El ruido en nuestras gargantas que llena el tiempo que toma transmitir el mensaje comunica el ruido de las cosas o hace que las cosas sean discernibles en su pluralidad empírica. Por la pronunciación de cada entender que tenemos en un particular empírico—un círculo, árbol, o paloma particular que vimos ayer cuando estábamos enojados o rencorosos—interrumpiendo en la circulación universal de códigos, palabras claves, y ordenes; todas señalan a un interlocutor particular; y al interrumpir la narrativa o la explicación con una entonación, un ataque y cadencia, o con redundancias que hacen borroso el significado, y exclamaciones que aúllan, exaltan, o te dejan sin habla; logramos comunicar la diferenciación, la pluralidad de facetas y de perspectivas y de discernibilidad indefinida de particulares empíricos. Cualquiera que piense que sólo emitimos ruido es que no quiere escuchar.
Quien entiende no está extrayendo lo abstracto del tono, el ritmo, y las cadencias—el ruido interno de lo dicho, la cacofonía interna de la emisión del mensaje. Él o ella también está escuchando ese ruido—la respiración fogosa o rasposa, los pulmones hiperventilando o somnolientos, los rugidos de los ecos corpóreos—en que el mensaje es particularizado y materializado y en que la realidad empírica de algo indefinidamente discernible, encontrado en el camino de la vida de uno, es referido y comunicado.

Con este ruido interno es el otro, quien en su materialidad, se posa y se distingue haciendo sus apelaciones y demandas. El otro no es simplemente la función recurrente de apelar a mí y contestarme; él o ella son una vulnerabilidad e una intrusión empíricamente discernibles. En Visage, Luciano Berio compuso no con palabras pero con los elementos sonoros con los cuales las palabras se forman—los suspiros, inhalaciones, vacilaciones, zumbidos, silbidos, sollozos, risas, chillidos, gimoteos, gritos, resoplos, ronroneos, tartamudeos y quejidos—de los cuales, a veces, se forma una palabra. Las aventó al vasto espacio en el cual los sonidos electrónicos resuenan, golpean, cantan, dispersan, disipan y donde, finalmente, el rugir de las maquinas ahoga la voz humana. En ellos, Cathy Berberian se expone a sí misma más de lo que sus intenciones y juicio pudieron haberlo hecho—expone su sensibilidad, su susceptibilidad, su mortalidad, y el flujo y rango de su existencia carnal.
Como causas eficientes de expresiones que transmiten información, somos intercambiables. Nuestra singularidad y nuestra discernibilidad indefinida se encuentran en, y se oyen en, nuestros gritos y nuestros murmullos, nuestra risa y nuestras lágrimas: el ruido de la vida.

El Ruido de Fondo

Si la teoría neoSocratica de la comunicación de Micheal Serres no ha entendido—no ha querido entender—el ruido inherente a la comunicación: el pulso y el titubeo, la opacidad del timbre y la densidad de la voz, el ruido de la vida, el ruido de cada uno de nosotros en nuestra particularidad; entonces tampoco ha entendido—no ha querido entender—el ruido de fondo en medio del cual hablamos.

Avances en las tecnologías de insonorización y de grabación digital prometen la total eliminación del ruido de fondo. Los tanques de privación sensorial fueron inventados en los 60’s por Lily quien trabajaba con delfines y que, como cualquier buzo, amaba el silencio y el placer del silencio del buceo profundo y pensó en duplicarlo en tierra. Pero la tecnología que elimina el ruido, también elimina la comunicación. En la ausencia de señales auditivas, visuales y táctiles de fondo, uno ya no siente los límites entre afuera y adentro, pasado y presente, percepción e imágenes, y pronto uno comienza a alucinar. Si la recepción de una señal determinada es imposible más allá de cierto nivel de ruido de fondo, la intención de emitir una señal determinada se vuelve irrealizable sin cierto nivel de zumbido ambiental para escalar, puntualizar y redirigir. Ruido blanco grabado—murmurar de bosque, traqueteo de la ciudad—fue agregado a las capsulas espaciales; y estas grabaciones son vendidas a terrestres viviendo en apartamentos insonorizados.
Comprendemos que el ruido de fondo es esencial para la comunicación cuando entendemos que la recepción en el sistema de comunicación de nuestros cuerpos no es un exponer pasivo de una superficie de sensibilidad preprogramada al estimulo exterior, sino que involucra una selección (activa) de señales de entre una multiplicidad de señales irrelevantes y contradictorias. En cuanto que el órgano receptor puede recibir una amplia variedad de señales, la percepción es el poder activo de enfocarse en, aislar, segregar, moldear y formar, y reducir el resto (ruido) a una indiferenciación. Si cada vez que miramos, vemos una figura resaltando en contraste a objetos adjuntos, esto no es debido a la estimulación física que se está esparciendo por nuestras retinas; es debido al poder activo de nuestra mirada. Ya que la comunicación es, para el receptor, un separar activamente una figura de su trasfondo, entonces en la ausencia de un trasfondo tampoco puede haber una figura. Si uno mira dentro de una caja negra, cerrada, en forma elíptica, uniformemente iluminada con luz blanca, uno no puede ver lo negro o la superficie; lo único que uno ve es una densidad gris luminiscente. Pero si uno entonces inserta una franja blanca de papel, de pronto la luz se torna transparente y el tono medio de desvanece y se condensan en negro las paredes de la caja. Cuando el psicólogo sienta a un sujeto en una habitación de tal manera que éste ve únicamente la superficie homogénea de una amplia pared iluminada de manera uniforme, el sujeto no puede ver que tan lejos se encuentra ésta de él, no puede ver superficie alguna, todo lo que ve es un medio de profundidad a su alrededor, no pude siquiera decir de que color es. John Cage una vez salió de un cuarto insonorizado para declarar que no existía tal cosa como un estado de silencio. En es cuarto él oyó el sacudir, traqueteo, zumbar, pulsar, campaneos y rechinares con los cuales resonaban los movimientos de sus músculos y glándulas junto con los oleajes y retumbares de los interminables movimientos de la atmósfera.

Si la recepción de una señal determinada es la segregación de un campo sonoro en figura y zumbido de trasfondo, la emisión de determinada señal se forma en el zumbar del campo. La teoría de la comunicación identifica al zumbido de fondo como una multitud de señales irrelevantes y en contradictorias. Designarlo, entonces, como ruido es concebirlo desde el punto de vista del individuo teleologicamente destinado a la ciudadanía en una república ideal, una purgada máximamente del ruido de la vida y del dominio empírico—la Grecia milagrosa o la totalmente transparente sociedad Jacobina. Deberemos concebir un entendimiento diferente del ruido de fondo si ponemos a la vocalización bajo la perspectiva de la biología evolutiva.
Un día, mientras manejaba en el caótico tráfico de Teheran, con cada movimiento que hacía intentaba provocar más toques de claxon de los coches a mi alrededor, le comenté a un viajero que había recogido en la carretera, que después de cinco cuadras de esto me sentía como una lagartija de carretera en anfetaminas baratas. “Ah, ellos no son como nosotros los occidentales, que usamos el claxon como un aviso o una amenaza,” dijo él. “Son como pichones haciendo un tumulto mientras comen trigo fresco en el campo. Ellos están”, quiso decir, “creando un ambiente sonoro en el cual se funden simbióticamente unos con otros.” Lo entendí de inmediato, porque mi mente se regreso a las largas noches que me pasé conduciendo por Turquía e Irán, cuando llegar al siguiente pueblo demostraba no tomar la hora calculada, sino seis debido a las pésimas condiciones de las autopistas y los ríos inundados, pensé entonces que manejar de noche en un coche era la forma absoluta de eremitismo que la civilización había finalmente inventado. Cuando estás solo en medio de la noche en un cuarto de hotel en un país ajeno, no puedes arrojar tu soledad y miseria en quejidos sin que alguien te escuche del otro lado de la pared, pero cuando estás manejando por las noches en una carretera puedes gritar y ninguno de los otros coches rebasándote o en el otro carril te oirán. Cuando manejo largas distancias de noche, yo, como Simon Styletes en su pilar del desierto egipcio, invariablemente caigo en el mismo ejercicio espiritual extremista que gira entorno a la temática del Momento mori, revisando el sentido o el sinsentido de mi vida en el vacío cósmico que tengo delante. Con los toques de claxon, los quejidos y anhelos de la soledad penetran la armadura del rugir con el cual el auto de uno encubre movimiento, y se funde y convierte común.
Cuando uno vive con aves uno observa cómo el nivel de ruido de las aves se mantiene al nivel del ruido de la casa, con el del viento que comienza a susurrar y chiflar por los lados, con cada grado de volumen que le subes al tocadiscos. Es el traqueteo y raspeo de las cosas inertes lo que provoca la vocalización de los animales; peces zumbando con el riachuelo y las aves parlotean en el crujir del ventoso bosque. Vivir es hacer eco de la vibración de las cosas. Ser, para las cosas materiales, es resonar. Hay sonido en las cosas al igual que hay calor o frío en ellas, y resuenan de la misma manera que irradian su calor o frío. El pato y el albatros, los cuervos y los colibríes, los coyotes y las focas, una escuela de peces y las grandes ballenas, lo cocodrilos de manera infrasónica y los grillos ultrasonicamente continúan y reverberan el crujir de las ramas, el aleteo de las hojas, la danza de las piedras, el rechinar de las placas de la tierra.
Este ruido no es analíticamente descomponible, como quisiera creer la teoría de la comunicación, en una multiplicidad de señales, en bits de información, que son irrelevantes o que se encuentran en conflicto: que se han convertido, como dice Serre, equivocas. El ruido figura como resonancia y vocalización que, como las raspantes alas de los grillos que oímos, no contienen mensaje alguno. En su Chronochromie, Olivier Messaien, no compuso en música, en ritmo, armonía y melodía, la enorme cantidad de señales siendo emitidas por los pájaros de la jungla de los cuales el tenía su vasta colección de cintas de cantos de aves; podemos escuchar en el Chronochromie los sonidos de metales—platillos, campanas, bloques, tubos, y frotes; maderas—caobas, robles, y bambúes; pieles—tambores y acordes; fibras—matraquear; y cuerdas, membranas y fluidos transformándose en el salvaje y exaltado traqueteo de multitudes de cosas emplumadas voladoras. Y al oírlo, se transforma de nuevo en nuestro propio sonido.
Nosotros también comunicamos lo que comunicamos por medio del ruido de fondo, y comunicamos el ruido de fondo. La comunicación ocurre cuando la vibración de la tierra, de los mares, y de los cielos es tomada, condesada, y se desenlaza en los huecos del cuerpo de uno, y luego es soltada, y cuando uno escucha su eco regresando con el viento y la marea.
En la región montañosa de Irian Jaya parecía que sin importar que tan tarde fuera en la noche, siempre había alguien que no podía dormir y se pasaba su insomnio cantando y tocando los tambores. “¿Están preparando una ceremonia o una fiesta?” le pregunté a un misionero que me había dado posada y quien me mantenía despierto para una misa de Navidad de media noche. “No,” contestó. “Así pasa cada noche. De hecho le tienen miedo a la moche. Son como niños,” dijo él, con el cansancio de sus años. Pero sus vocalizaciones no me sonaban como si procedieran de un pecho en el cual el temor temblara. Me parecía, más bien, que sus cánticos y llantos recogían y reverberaban sonidos que sus propias gargantas y las de otros hacían, sonidos que los árboles y las aves de la noche y los vientos producían. J.M.G. Le ClEzio vivió mucho tiempo entre los indios chiapanecas en México y en Panamá; vivir entre ellos es vivir en los días y noches de su música: música hecha con tubos de bambú, tubos perforados, tambores, conchas, maracas, y también con el firme falsetto de su voz, la garganta en sí habiéndose convertido en una flauta o silbato. Le ClEzio lo oyó en medio del estruendo de la selva: en el ladrar de los perros, el llanto de los monos, los roedores, los halcones, los jaguares, y en la vocalización de las ranas que llenan la duración entera de cada noche en el bosque tropical. Le parecía que cualquier musicólogo que recién hubiera estudiado las cintas de música Indigena, en sus laboratorios llenos de sintetizadores, en París o Frankfurt, hubiera inevitablemente conectado las escalas, tonos, ritmos, y fraseos específicos de esa música con valores culturales y convenciones, y tratarían de conectarla con sus mitos y su trágica historia cultural. Pero la suya es una música hecha de llantos y cantos sin melodía o armonía, una música no hecha para bailar o complacer; es una música a través de la cual ellos ven, escuchan, y sienten en la anestesia de la noche. “La música melódica es, primero que nada, la convicción de que el tiempo es fluido, de que los eventos recurren y de que hay lo que llamamos ‘sentido’.” Pero “para el Indio Chiapaneco, la música no tiene sentido. No tiene duración. No tiene principio, no tiene fin, no tiene clímax.” Las palabras son celdas en las cuales el aliento de la vida es aprisionado en forma humana; en una música desprovista de melodía y de sentido, él escucha a los mundos animal, vegetal, mineral y demoníaco. Uno tendría que oírlo ahí, en las noches de la selva Lacandona, para entender que esta “música” no es una producción estética, es decir, una creación de subjetividades humanas intentando comunicar estados inmanentes como estados anímicos, sentimientos, valores, o mensajes a otras subjetividades. Es una prolongación del murmullo de la selva, de las arenas susurrantes, de resonar de los cuerpos celestiales.
Separada de las vocalizaciones, retumbos, crujidos, y meneos de la naturaleza animada e inanimada, la música se torna en un medio de comunicación exclusivo para humanos. Se le puede agregar palabras, palabras que hablan de la soledad de los individuos que trasciende a través del amor humano. Pero este tipo de comunicación en una ciudad máximamente purgada de ruido es una creación reciente. Hace poco una amigo, en su sistema de sonido último modelo, me toco un CD de la única grabación completa de la Kechak Balinesa. Al escucharlo, de inmediato me quede atónito y asombrado por la pureza, transparencia, y belleza de esos sonidos digitalmente grabados y limpiados. Pero tras unos momentos, comencé a pensar en lo abstracto que era; uno escuchaba no más que un mero mapa tonal del Kechak, como leer una partitura de un concierto de arpa sin escuchar el tintineante crescendo o sin ver la elegante y aristocrática figura del/la arpista sentado/a allí en una barroca sala de conciertos en Praga. Nunca había yo conseguido más que irritar a quien fuera conmigo en mi auto mientras yo traía música Balinesa o de Java en el toca-cintas del coche, y con aire de disculpa explicaría que, de hecho, yo había sido tan cautivado por esta música debido a todo el entorno: divagar en la oscura y húmeda jungla tras el fin de un día de trabajo; relajándome por una hora o dos chismeando con un grupo de Balineses bastante despreocupados de que los participantes no han llegado aún dos horas más tarde de lo que dijeron; asentarse en el pulso de las ranas e insectos de la noche; estar ahí sentado en el piso mientras el círculo de hombres sentados se acrecentaba y el sacerdote encendía las antorchas que despiertan a las monstruosas figuras de los demonios que cuidan la zona del templo mientras el incienso incita a los espíritus que rondan entre los árboles y viñas florecientes, y los brillosos cuerpos semi-desnudos de hombres amasados en el suelo comenzaban a mecerse mientras el trance se esparce entre ellos, el trance tan antiguo como el mar, y luego sus repentinos gritos animales saludando a la aparición de los dioses zigzagueando entre ellos: dioses que bailan, vestidos en sedas y túnicas exquisitas, sus cabezas coronadas con flores de tallos delicados y ardientes varas de incienso y sus joyas arrojando fuegos de chispazos de rubíes y zafiros. La grabación digital, limpio no sólo el ruido del aparato reproductor pero todo el ruido de fondo de la presentación, de ninguna manera, pensé, reproduce con exactitud los sonidos de la danza Kechak; crea música. La civilización occidental que creó, en el siglo dieciocho, la economía de mercado y, en efecto, la actividad económica, que creo la abstracta esencia universal de la libido; que creo a las personas como femeninas y masculinas; que creo la representación libre de valores, objetiva de la naturaleza y de la historia y la cultura; que creó esculturas de los fetiches Africanos y creó cuadros de los Thangkas, esos diagramas cósmicos e instrumentos para centrar la meditación que uno encuentra en los gompas (monasterios) tibetanos; que creó el arte, el arte por el arte, de los rituales y ceremonia cívicas; ahora ha creado música del Kechak de Bali. Los balineses, por su parte, no tienen palabra alguna en su lengua para el arte y no escuchan música; en la noche en el área del templo, arrullan a su niños berreantes, los amamanta, hablan con sus vecinos, salen por algo de comer, admiran y severamente critican la puesta en escena de su paisano que se encuentra bailando el Rama o el Sita, entran en trance, salen de trance, se transmutan en dioses, demonios, ríos, tormentas, y noche. Pero, de hecho, cuando Bach compuso, ensayo, y dirigió una cantata, no estaba simplemente creando música; estaba alabando a Dios, ganándose merito y su salvación, pagando la manutención de sus doce hijos, compitiendo con Teleman y Purcell, realzando el estatus de su príncipe-patrón y el suyo mismo, y contribuyendo a una fiesta navideña exitosa para todo el pueblo.
En nuestro tiempo, el crear música, como cualquier otra creación cultural es una inestimable contribución a la riqueza de nuestra herencia, y hace, como Nietzsche diría, de esta vieja tierra un lugar más dulce para vivir. La música fue producida por medio de la eliminación electrónica de todas las señales marginales y subliminales provenientes del medio sonoro no-musical: el parloteo del pueblo, la gente, y la historia; los murmullos remotos y el retumbar de los dioses y demonios; los perros que ladran y los gallos que cantan prematuramente despertando de su somnolencia por el amanecer que ven por el parpadeo de las antorchas; los insectos de la noche y las ranas; el sacudir de la hojas; el cascar de la lluvia; la inquietud de las corrientes de aire en los cielos nocturnos; y el rechinar de las capas de las piedras—el ruido de fondo.
Nosotros tampoco vocalizamos o marcamos superficies sólo porque tenemos algún mensaje que transmitir. El habla significativo, pronunciaciones en los que uno puede, como Serres, distinguir la eufonía de la cacofonía, el mensaje del ruido, es sólo una parte abstracta del habla. Cuando los ortógrafos y lingüistas analizan cualquier texto, se asombran de cuanta redundancia hay en todo hablar; cuanto de lo que nos decimos unos a otros es repetición, coro, murmullos, y resonancia extraida. No somos diferentes de las aves celestiales, que campanean juntos pero sabes que es sólo ocasionalmente, en todo ese relajo efervescente, que alguna información sobre alguna semilla deleitable que se encuentra en sus platos ese día o sobre algún peligro es lo que se les está avisando.
Ahí estabas, tomando una siesta en tu habitación y despertaste, preguntándote que hora era. Y pensaste, al igual que esa maltratada figurita sobre una cama de una caricatura francesa que tenias pegada cerca de tu cama a la altura de tu vista desde la almohada, “Si je continue comme ça, je ne serai jamais maître du monde!” (¡Si continúo así, nunca seré el amo del mundo!). Intentaste bombear algo de sangre y echarte a andar, te dirigiste a la cocina, sacudiendo cosas en tu camino, haciendo rechinar la puerta al abrirla de un empujón, para provocar algo de movimiento en ese silencio muerto de la casa. Encontraste a tu compañero de casa tirado indolentemente en el sillón, como una rana de sangre fría a media tarde: “Oye, güey, ¿Cómo qué andas haciendo o qué onda?” ¿Donde está la información ahí? Lo dijiste para comenzar algo de ruido en la noche, algo de ritmo, para empezar un poco de movimiento.
Es fuera de y en medio de la reverberación de la materialidad ambiental que las pronunciaciones que emitimos toman forma, y se lanzan para regresar a ello. La resonancia de las cosas animadas e inanimadas se encuentra en la redundancias, las vocales y consonantes extraidas, las eses y los gruñidos y eyaculaciones, el balbuceo y el farfullar y los murmullos que sonel baso continuo de nuestras emisiones cargadas de mensaje.
La tecnología de computadoras, motivada por las industrias piloto del complejo industrial-militar, otorgan la más alta prioridad al la transmisión más efectiva, eficiente y sin esfuerzos posible. Es la tecnología de cómputo la que ha dado forma a la teoría de comunicaciones contemporánea. ¡Pero tan poco de lo que nos decimos hace algún tipo de sentido! Tan poco de ello pretende que nos lo tomemos en serio, tanto de ello es simple absurdidad, que nos permitimos con el mismo calido placer visceral con el que eructamos o tiramos un pedo. Realmente es, como dijo Nietszche hace mucho tiempo, de mal gusto el hacer pronunciaciones serias y o componer argumentos lógicamente validos en compañía civilizada. Tanto del idioma agregado a industrias y empresas que están programadas por las leyes naturales de nuestra ciencia racional y que operan completamente por sí mismas, tanto del idioma agregado a tambaleos y crisis y hasta a desastres no tiene otra función más que hacernos reír. Risa mezclada con quejidos, gemidos, aullidos, gritos en el ruiderío del mundo. Así como tanto de lo que decimos mientras nos abrazamos no es más que para soltar nuestros suspiros y sollozos a la lluvia y los mares.
Todas estas puntuaciones, exclamaciones, tartamudeos, murmullos, retumbos, alabanzas, difamaciones, y risas, todo este ruido que hacemos cuando estamos juntos hacen posible que nos podamos ver como luchando, juntos, para interferir la inequívoca voz del extraño: el que facilita de la comunicación, la prosopopeya de la máxima eliminación de ruido, para poder oír el distante tumulto del mundo y sus demonios entre la ciudadela ideal de la comunicación humana.