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viernes, 5 de noviembre de 2010

techgnosis sexualis

Este texto fue un encargo para Max sobre sexo y tecnología...

Generalmente, al hablar de sexo y tecnología, las discusiones tienden a inclinarse sobre alguna idea moralista sobre la interacción virtual, llena de una nostalgia utópica por un ayer donde la gente aún era gente y se conocían en persona (como la gente que es gente). La otra es que suelen deambular por algún debate torno a la naturalidad del uso de aparatos y pilas en la cama. Dudo que sea de mucha consecuencia alegar sobre el aislamiento que disque produce la red en las personas, ya que dudo también de la supuesta intimidad que se le atribuye a las interacciones “en vivo” por default. Estas supuestas polémicas se formulan como si no estuviésemos atiborrados de estrategias bizarras para comunicarnos, sarcasmos fallidos, dobles intenciones y múltiples malentendidos. Además—por jugar al abogado del diablo—la distancia virtual del chateo, a ratos permite la seguridad suficiente para propiciar algún tipo de franqueza. Pero hay un fenómeno que me intriga aún más: ese efecto bizarro que puede generar una conversación chateada gracias a la falta de voz, gestos y contexto en lo que se dice. Me intriga porque me parece que pone de manifiesto lo tanto que nuestra comunicación (virtual o no) depende de una gran tolerancia a los desentendidos.

Somos humanos (seres conscientes de su propia muerte, inmersos en el lenguaje desde que nacemos) y como tal nuestras vidas se ven continuamente alteradas por la tecnología, de modo que la tecnología nos recuerda hondamente que no existimos como entidades aisladas e independientes en un vacío. Nuestras vidas dependen del resto del mundo, así como nuestras acciones tienen efectos en nuestro entorno. Siempre hemos sido cyborgs—dependemos del uso de herramientas, y mutamos con sus descubrimientos. Las cuestiones sobre la naturalidad y la autenticidad son alucinaciones raras que nada tienen que ver con la realidad de la condición y sexualidad humana. Además, natural, no es más que una palabra que usamos para designar algo tan incomprensible como el que exista algo en vez de nada.

Los cruces y roces entre el sexo y la tecnología se prestan para una amplia gama de exploraciones (y confusiones). Consideremos cuanta tecnología ha derivado de la sexualidad humana; podríamos incluso argumentar que toda tecnología encuentra parte de su motivación en la sexualidad, ya sea en algún aspecto del flirteo o por sus consecuencias posteriores. Así también, en casi todas las culturas del mundo tanto la tecnología como el sexo han sido centrales a la concepción del cosmos de dicha sociedad, consideradas en ocasiones como fuentes de magia e incluso de comunión con la divinidad. En fin, para indagar el tema de modo que resulte tangible para nuestros días, comencemos donde más conviene explorar las cosas que pasan en nuestros días: con un episodio de South Park.

En el episodio 6 (Over Logging) de la doceava temporada, con su lógica infalible y mordaz, South Park nos presenta algunos de los dilemas básicos de la relación sexo-tecnología en la actualidad. La trama va algo así: debido a un exceso de actividad en-línea, la internet como tal (es decir TODA la red) deja de funcionar en el mundo entero. Debido a ello, las personas—ya desesperadamente aburridas—comienzan un peregrinaje hacia Silicon Valley en busca de la señal perdida. En dicha aventura se suceden situaciones que ejemplifican algunas de las peculiaridades de la sexualidad en tiempos virtuales. Por un lado, Shelley, la agobiante y medio monstruosa hermana de Stan (el del gorrito azul con rojo), se histeriza violentamente—más de lo usual—porque sin señal no podrá comunicarse con su “amado Amir”. Lo curioso es que cuando, en un campamento para refugiados del internet, donde las personas toman un número para usar la red 40 segundos por turno, ella se encuentra en vivo con el susodicho: ante tal encuentro, ambos responden con un breve e incómodo saludo, para despedirse prontamente acordando pronto chatear de nuevo. En otras palabras, optan por permanecer dentro del juego de fantasías idílicas, suspendidas indefinidamente en la virtualidad, en vez de tener que lidiar con una interacción en vivo—y sus posibles desenlaces y desencantos. Pasa que en un intercambio en vivo las fantasías no tendrían el mismo soporte que la borrosa distancia del chateo permite. ¿Pero apoco necesitamos de redes sociales (facebook, myspace, et al.) o páginas de citas (match.com, adult friendfinder, manhunt, et al.) para impedir patológicamente que nuestras fantasías se cumplan? A veces que nuestras fantasías se cumplan es lo que más tememos secretamente.

Por otro lado, Randy, el papá de Stan, tiene un grave, grave problema: sin internet, no se puede masturbar. Pasa semanas acumulando una hinchazón testicular muy penosa, debido a una avanzada dependencia para con su secuencia predilecta de imágenes perversas (colegialas japonesas que intercambian fluidos corporales, bestialidad…). Randy dice, “después de todo lo que he visto y sé que está ahí, al alcance de mis dedos, sencillamente no puedo regresar a una simple Playboy”. Digo, no dudo—en lo más mínimo—que aún seamos capaces de masturbarnos sin internet—si fuese absolutamente necesario—, pero quizás el fino arte de (auto)erotizar por medio de fantasías imaginadas sea una práctica en peligro de extinción. Cuán distintas son nuestras vidas hoy en día a comparación de hace 5, 10 o 20 años debido a los alcances de las tecnologías en la vida cotidiana y nuestras relaciones. Y cuántas cosas nomás no cambian, como los celos, por ejemplo. Cosa que me hace pensar en todos los gadgets o programas que ahora existen para entrar al correo de una pareja o para localizarla por GPS vía celular, muy a la James Bond gandallita celoso. Negar que los avances tecnológicos tengan efectos sobre nuestra sexualidad y viceversa, sería tan absurdo como negar que la tecnología no afecta en nada a la NFL (y viceversa). Consideremos pues, la siguiente pregunta: ¿tener sexo virtual con alguien que no es tu pareja es una infidelidad? Y, ¿si fuese un intercambio sexual con un personaje de videojuego, es distinto que si fuese con el avatar de otra persona?, ¿por qué?

Bien podemos suponer que las respuestas a estas preguntas varían según la mentalidad y temperamento de cada persona, pero con el ritmo de aceleración de los avances tecnológicos, son preguntas que habrán de tornarse cada vez más pertinentes. Ya sea por la inmersión total en realidades virtuales—como un wii pero de cuerpo completo con retroalimentación multisensorial—, o por los avances de la robótica, el involucramiento sexual entre humanos y máquinas promete ir en crescendo. Esto trae a mente la serie de fotos Still Lover de Elena Dorfman (http://elenadorfman.com/art/still-lovers/index.html), donde muestra escenas cotidianas de personas con sus Real Dolls, la versión más sofisticada (y costosa) de una muñeca inflable. Quizás como pareja no se esté de acuerdo con que tu amado/a tenga coito (¿se masturbe?) con un androide, pero no por eso es necesariamente una infidelidad, ¿o sí? Ya a su tiempo se irán resolviendo los estatutos legales de tales cuestiones, para fines de divorcios y demás. Pero por similitudes aún parece más molesto (para quien le molesta, claro), encontrar a tu pareja con una aspiradora que con una muñeca inflable, ¿no?

Tras la muestra de tecnovirtuosidad 3D de Avatar, la industria del porno amenaza ya con traer a la pantalla producciones porno imax 3D; por su misma lógica, donde la obscenidad se equipara con la explicitud, podemos preguntarnos ya, cuánto habrán de tardar en sacar a la venta simulaciones, donde por medio de aparatos (ya sea un traje con goggles extraños una consola electroencefálica), se permita al consumidor vicariamente experimentar la sensación de estar penetrando a Jenna Jameson bajo una cascada tropical (o cosas por el estilo), desde la comodidad de su sala. Otro posible desenlace interesante es el que puedan llegar a producir los nanobots en la sexualidad humana, modificando al cuerpo de maneras insospechadas, o los que puedan generar los avances farmacológicos, donde quizás además de erecciones prolongadas se cuente pronto con pastillas que tiñan el semen de colores fluorescentes (según el humor, como los anillos esos que cambian de color con el ánimo—según—) y etc. ¿O qué tal hologramas animados en los fluidos vaginales? Digo, ¿acaso lo que hace un X-Box en blue ray no serían apabullantemente insólito hace unos años cuando apenas salía el Intellivision o el Atari?

Otro de los escenarios más optimistas es el de contar con medios más eficientes, baratos y accesibles para la mejor detección, tratamiento o hasta cura de las tantas enfermedades venéreas a las que hoy seguimos expuestos. El tema de las intersecciones entre sexo y tecnología es extenso como pocos temas, rondando en zigzag entre lo sublime y lo perverso, desintegrando sus distinciones entre cada ir y venir. Además es un tema que habrá, sin duda, de continuar creciendo en complejidad, subtemas, implicaciones y complicaciones. Resulta, de entrada, abrumador y excitante, y demanda tantas perspectivas que cualquier obra al respecto que sea menos que enciclopédica, resultará siempre parcial y microscópica. Pero bueno, algo tenemos que hacer de aquí a que nos encontremos sin querer queriendo, virtualmente desnudos, bajo esa cascada tropical en la red…


jueves, 6 de marzo de 2008

La Leyenda del CiberSapien



Imagina una mujer, desnuda, ajustando con una mano el broche frío y metálico de un cinturón de piel. Cuero negro, picos plateados. Con la otra, delgada y quizás pálida mano, enciende un controlador inalámbrico que regula el nivel de vibración del giratorio consolador transparente que va adherido al cinturón. Se prepara para penetrar a su amante con su strap-on. En un departamento anexo: un chavo, quince años, acné suficiente para probarlo, lentes de pasta, playera de Pantera, se sienta frente el televisor y enciende su consola de videojuegos. Ahí, desde su sillón, en el entorno sobre-protector de su madre, con quien vive solo, él se dispone a balacear policías y destazar pandilleros con una sierra eléctrica. Antes de ir a dormir, tras cenar unos molletes, choca tres autos, golpea a dos prostitutas y entrega cien kilos de cocaína colombiana en el aeropuerto.


Diferencias: una que otra. Semejanzas: muchas. Ambos modulan y extienden su campo de experiencia por medio de artificios, de artefactos tecnológicos. Los límites de sus identidades se alteran, transformando su esfera de lo posible—lo que les es permisible. Hay quienes argumentarían que han dejado de ser lo que son, y hay quienes argumentarían que han dejado de ser lo que no son.


En estos dos ejemplos podemos entrever las dos corrientes cyborgianas más pronunciadas. En la primera instancia se adapta un aparato al cuerpo, trastornando la estética y funciones del mismo, y por añadidura, permitiendo la encarnación de otra estructura libidinal a la socialmente asumida como "natural". En el segundo ejemplo es por medio de la inmersión en un ámbito virtual que se vive a través de otra personalidad, provocando así, sensaciones corpóreas por medio de estimulación nerviosa. Y es este sistema nervioso, a su vez una interface proyectando y asimilando entornos que regulan y propician tipos de relación—las tesituras, texturas e interpretaciones de lo vivido se contorsionan, mientras sus efectos se extienden.


Ambas de estas propuestas trans-humanas plantean múltiples escenarios a futuro. Estos se irán generando y apareciendo a la par. Por un lado los materiales del cuerpo serán reemplazados y nuestros órganos se verán acompañados de moduladores digitales; nos ampliarán la memoria como a nuestras computadoras, tendremos nano-bots en las venas supervisando los niveles hormonales en nuestro sistema endócrino…seguro hasta podremos haquear los fluidos corporales, o patrones de pensamiento de alguien más. Algoritmos y fibras sintéticas. Por otro lado, la realidad virtual se definirá con creciente similitud a nuestra experiencia diaria; podremos vivir varias vidas en un par de días, explorando géneros y posturas subjetivas a las que de otra forma no accederíamos de maneras tan directas; habitar más de una realidad virtual a la vez.


Hay posibles desarrollos fatales y otros tantos utópicos; cómo con cualquier tecnología—o ideología. Lo aterrador en estos casos son los grados de engaño que son posibles con las realidades virtuales, o las brechas de clases debido a los costos de las mejorías físicas que pueden proporcionar habilidades asombrosas o extensiones de vida de cientos de años. Los robots que esclavizan a la humanidad, o que laboran dejándonos con una vida de tiempo libre. Pero lo qué más perturba y rompe con nuestras predicciones y lógica, no son los desarrollos que somos aún capaces de vislumbrar; sino los que truenan nuestras expectativas de lo posible.


Aquí topamos con un fenómeno llamado La Singularidad: La tecnología avanza de manera exponencial, ya que al contar con un desarrollo nuevo es tanto más fácil y rápida la generación del próximo; la singularidad se refiere al momento en que la aceleración exponencial del avance tecnológico queda en manos de una inteligencia artificial muy por encima de la capacidad de cómputo y síntesis de la especie humana. La tecnología en manos de la tecnología. Es cuando se nos sale de las manos (por así decirlo), tanto el artefacto como la velocidad con que se desarrolla. Quizá sobre considerar lo que esto implica; sin embrago, implica nuestros cuerpos, nuestra reproducción, nuestra supervivencia, pero más importante aún: nuestra experiencia, sus tonos, contrastes/contextos y posibilidades.


Me referiré al cuestionamiento escatológico y existencial de Tony Montana en Scarface, quien sentado en una mesa de un restaurante de alto-pedorraje, un par de onzas en la nariz, la frígida histeria de Michelle Pfeifer todas las noches, guardaespaldas, poder, billete, prestigio, bla bla bla…se pregunta azorado en un espasmo/desplante de hartazgo y lucidez: "¿y luego qué?"


Después de la inmortalidad: ¿qué?


Después de habitar toda fantasía concebible: ¿qué?


Después de la singularidad: ¿qué?


Como lo puso Baudrillard: "¿Qué harás después de la orgía?"


Esto es todavía más acertado si consideramos la manera en que la virtualidad problematiza la realidad. Siendo ésta replicable, pudo siempre-ya haber sido una réplica. Son grados de fidelidad, son efectos digitales, es un plug-in llamado realidad.


Ya pasó.


Cuan adeptos a fascinarnos con los efectos especiales, rehusándonos a considerar que ya estamos ahí; que los dilemas que nos acosan a futuro ya están aquí; en este preciso respiro. De nuevo (ja) es nuestra ética la que está en juego, nuestra narrativa, nuestro deseo—la subjetividad misma. Ya somos cyborgs: cada que alguien usa un lubricante o un teléfono ya hemos modificado nuestro cuerpo y experiencia con tecnología. Ya vivimos en la virtualidad de nuestro crédito, de nuestra identidad construida como interface de negociación de placeres con los otros, el simulacro de interpretaciones con las que teñimos todo cuanto nos acontece e involucra. El peso de las ideologías y sus aparatos de propaganda ensalzando esa sensación de escepticismo que producen…


Enajenados ya estamos: ¿y?


Y no hay ética sin apreciación. Sin muerte no hay apreciación. Sin consecuencia no hay valor. Sin ética no hay otros, y el narcisismo primario continúa su epopeya tragico-hipnótica. El cinismo en este caso sólo promete llevarnos a la utilidad de todo; a un mundo eugénico y estéril de repetición y replicación. La ética deviene de la reflexión, no de un mandato, es lo único opuesto a la moral—lo inmoral sigue siendo moral. La reflexión implica la atención. La apreciación no es imitable o fabricable, con o sin implantes de memoria y tres realidades virtuales simultaneas, nuestra atención sigue en juego. Un luminoso vacío, fértil y evasivo.


La misma gata revolcada.


Cuando somos útiles somos útiles.


Nuestra subjetividad y su narrativa fenomenológica, apropiada por la utilidad, bajo el yugo de la constante necesidad de verificar la posición/posesión, el territorio, la ventaja, la victoria, la imagen de sí.


Pan con lo mismo.


La inmanencia es gratis.


La muerte el único amo.


¿Seremos capaces de vivir una vida de inspiración, no de ambición?


Puede que tengas que haquear los nanobots en mi sangre para persuadirme.