martes, 22 de noviembre de 2011

imaginando a Zapata


A propósito del aniversario de la revolución mexicana, un texto recién publicado en el M Semanal torno a la apropiación y usos de iconos revolucionarios, en un afán por cuestionar la validez, y eficacia, actual de ciertos leyendas.
  
Ahora que se perfilan las campañas electorales del 2012 en pos de la Presidencia de la República, nos esperan meses de calles atiborradas de lonas y demás miniproducciones políticas emanadas de los medios; de distintos modos de presentar las supuestas revoluciones que habrán de venir. Si bien la contienda electoral se plantea bajo la retórica del menor de los males, aquella se jugará, sobre todo, bajo los términos de la nueva teología: la publicidad. Lo que se nos ofrece para decidir son imágenes: caras y eslóganes que suponen producir algún pronto efecto, sobre todo algún sentimiento. Conviene analizar la idealización de las figuras públicas, aún empecinadas en ocupar este mítico lugar de caudillos redentores; no puedo evitar conjurar, para dar inicio a esta reflexión sobre las paradojas de la imagen, aquel retrato del Che Guevara con boina y estrella en la frente, con ese look crístico, que ahora, años más tarde, con y sin ironía, es una de las imágenes mejor vendidas de todos los tiempos: un éxito comercial.
Emiliano Zapata es un revolucionario devenido icono —por algo se hacía acompañar por un fotógrafo en sus campañas. Aquella imagen típica —el rostro con bigote amplio y los ojos intensos— se observa hoy en un sinnúmero de marchas, pancartas, playeras y pósters de cantina. La imagen se ha vuelto, con el tiempo, un estandarte de la rebeldía, la dignidad humana y la lucha por la tierra y la libertad, tanto como un símbolo de resignación ante un sueño inconcluso. No es gratuito que se considere a Zapata como un visionario con un halo místico. Dentro del contexto del imaginario nacional habremos de encontrárnoslo con los rostros de Marlon Brando o de Alejandro Fernández, en películas como Viva Zapata! (1962) y Zapata: el sueño del héroe (2004), respectivamente. Con un espíritu idealista y tajante, allí se representa a Zapata como caricatura de una versión domesticada del Atila del Sur. Como tal, resulta el protagonista de un cuento de batallas entre el bien y el mal, entre oprimidos y opresores, donde las líneas que los separan y definen son siempre simples y burdas: una telenovela (y no de las buenas), básicamente.
                          
La leyenda y el icono de Zapata han proliferado con una carga épica desproporcionada. Es un santo, pero “bien machín”, al cual se le piden milagros todavía. Ante esta versión vale la pena revisar el trato que hace de esta figura Armando Ayala Anguiano en su obra Zapata y las grandes mentiras de la revolución mexicana o en el segundo tomo de su México de carne y hueso: lo pinta como un hombre con coraje, pero también como un sujeto con dudas y a la deriva entre muchos intereses, muchos de los cuales ni siquiera comprendía. Dentro de esta investigación, el autor relata los rumores del noviazgo que mantenía Zapata con el yerno de Porfirio Díaz, Ignacio de la Torre y Mier, uno de los protagonistas de aquel infame suceso conocido como “El baile de los 41”: el 17 de noviembre de 1901, en una casa de la colonia Tabacalera, 41 hombres se dieron cita para una fiesta y orgía. Este evento se convirtió en motivo de escándalo nacional debido a una redada donde se arrestó a los 41 sujetos, 40 de los cuales terminaron en campos de concentración de Quintana Roo, sin que jamás se justificara el paradero del número 41, supuestamente Torre y Mier, liberado discretamente por órdenes de su suegro, don Porfirio Díaz.
                                       

Torre y Mier (a quien también se le considera como el autor intelectual del asesinato de Madero), dicen los historiadores, conoció a Zapata en 1906 en la hacienda de San Carlos Borromeo, y quedó flechado. Un par de años más tarde, Torre y Mier consiguió que su suegro liberara a Zapata de su incorporación forzada al Noveno Regimiento como condena por su rebeldía anterior, después de lo cual se fue a vivir como el “caballerizo consentido” de Torre y Mier en la mansión de éste en avenida Reforma. En su diario, la esposa de Ignacio, hija preferida de don Porfirio, Amada Díaz, relata así los sucesos: “Nacho fue a ver a papá para pedirle la libertad de Emiliano, prometiendo que él vigilaría que Zapata ya no se metiera en política”. Esto no impidió que, pasados unos meses,Miliano se marchara de esa casa para lanzar el Plan de Ayala.
                                              
En algunas versiones, Zapata fue liberado del Ejército de Díaz por Ignacio, bajo la promesa de mantenerlo a raya, cosa que no habría podido lograr. Pero en otras versiones Zapata trabajaba para los intereses de Torre y Mier, por lo que habría incendiado cosechas de caña con tal de subir el precio del azúcar que éste importaba de Cuba; en algunas más, Zapata sencillamente no sabía lo que hacía y fue por ello fácilmente manipulado para el beneficio financiero de terceros. En cualquier caso, su preferencia sexual no sería un indicador de sus virtudes o defectos como revolucionario; lo curioso es que éste sea un tema tan acaloradamente debatido aún.
Porque la sexualidad de Zapata no es un dato irrelevante para la historia nacional, dado que su imagen es un icono internacional de la Revolución, de virilidad y de coraje, que bien puede servir a la destitución de ciertos mitos aún rampantes sobre la masculinidad y los usos del placer. Quizá por ello sus defensores históricos se empecinan en invalidar su homosexualidad, tanto como los incrédulos de sus méritos insisten en ello, aunque en cuanto a la Revolución se refiere, es un dato casi inconsecuente en relación con los problemas que suscitó el reparto agrario y el sindicalismo, aún imperante, que se formó a finales de la Revolución. Más que considerar los desplantes ideológicos de estas tramas revolucionarias, habría que observar, sencillamente, los intereses y ganancias que se suscitaron por estas batallas. La guerra es también, y sobre todo, un negocio —para algunos más que para otros. Es la visión que presenta Ayala Anguiano en su Zapata y las grandes mentiras de la revolución mexicana, en un intento por revisar los hechos y sus consecuencias sin el estorbo del exagerado encanto de las figuras.
                                                      
Así, en el libro de Ayala importa menos quién ejerce o ejercerá el poder que en qué consiste ese poder y las instituciones que son su vehículo. ¿Será que la Revolución es mucho menos glamorosa de lo que se pretende? Para narrarla no hace falta una epopeya, y menos ahora que hay tan buenas series de televisión. La bisexualidad de Zapata es importante sólo en este sentido: en que los hechos tengan mayor validez que las ideas sobre cuáles deberían ser los hechos mismos, o en que sea mayor el peso de las condiciones de vida que el de las ideas que tenemos sobre ellas.
Porque, además de anacrónicos, tantos de estos iconos, ya asimilados por los vencedores, son símbolos, sobre todo, de la ineficiencia de estos últimos: estandartes fallidos, como el del agrarismo mexicano.

lunes, 10 de octubre de 2011

Redención por transacción

reportaje sobre las maniobras del tele-evangelismo al estilo Pare de Sufrir, recién publicado en Milenio Semanal




 Es más complicado transportar dinero que narcóticos. No es metafísica, es una mera cuestión de volumen y rastreabilidad, pero mientras haya dinero por lavar no faltará quien lo siga intentando.

Desde Richard Nixon y su “guerra contra las drogas” se dispensa en este ámbito una política de espectáculo, por la cual se exhibe la captura de sicarios junto a toneladas de sustancias ilícitas. Pero esto tiende, sobre todo, a oscurecer lo esencial: quién gana, cuánto se gana y dónde termina el dinero. Esto aplica también para los casos donde las drogas que se ofrecen son ideológicas, y a su vez sirven de fachada para encubrir sumas provenientes de actividades ilícitas. Nada como un dilema moral para distraer de una solución práctica: en otras palabras, para negocio, las religiones.
El pasado 12 de septiembre el Ministerio Público Federal de Sao Paulo, Brasil, levantó una denuncia en contra de Emir Macedo, obispo principal de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD), junto con tres de sus colaboradores, entre ellos el ex congresista Joao Batista Ramos da Silva. Los cargos son: fraude, falsificación, evasión fiscal y lavado de dinero en la forma de organización criminal. El caso se levantó, en particular, en relación a 235 millones de dólares ilegalmente transferidos de Sao Paulo a Estados Unidos por medio de una casa de cambio. Los cargos deben distinguirse claramente entre sí, ya que las cantidades que la IURD obtiene por medio de estafar a sus seguidores no necesariamente son las mismas que se lavan.
Sobre la denuncia por fraude, el procurador Silvio Martins Oliveira declaró que el dinero obtenido de los fieles se consigue por medio de “falsas promesas y amenazas de que el alivio espiritual y físico sólo llega a quienes se sacrifican económicamente por la Iglesia”. Es notable cuánto empata esta declaración con las palabras de Macedo, fundador de la IURD: “Quien no paga diezmo, le roba a Dios”.
LOTERÍA Y SUPERSTICIÓN
La IURD, mejor conocida como “Pare de Sufrir” por sus programas evangelistas en la televisión abierta, ha tenido una expansión apabullante. Desde sus primeros servicios en una funeraria al norte de Río de Janeiro en 1977, hasta ahora, apenas 34 años más tarde, suma en sus filas unos ocho millones de seguidores dispersos en 180 países del mundo. Edir Macedo, su fundador, trabajaba como cajero en la Lotería Nacional de Río de Janeiro en los años sesenta, cuando se unió a una Iglesia pentecostal llamada “Nueva Vida”. En 1974 comenzó a predicar en su primer ministerio, “Cruzada del camino eterno”, y, al ver que tenía talento, un año más tarde fundó el “Salón de la Fe” junto con Romildo Soares, pero tras una disputa terminaron por dividirse, y cada quien fundó su propia iglesia: Macedo la IURD y Soares la Iglesia Internacional de la Gracia Divina.
La leyenda del cajero de lotería que pasó a operar una iglesia con ingresos registrados de hasta mil millones de dólares al año, funciona como validación del credo neopentecostal por medio de la llamada Teología de la Prosperidad. Además de creer en sanaciones milagrosas, el juicio final y todo tipo de exorcismos, intervenciones místicas y divinas, estas Iglesias promueven la noción de que el éxito en los negocios es muestra del favor divino. En otras palabras, si no te va bien económicamente es signo de que eres malo o pecador, que tienes un demonio o un embrujo en tu vida, donde el favor divino sólo llegará si estás dispuesto a dar hasta que duela, a ofrecer todo lo que tengas a los representantes de Dios. Pero la donación no es la única muestra de fe y voluntad: las iglesias también venden productos milagrosos como agua bendita del río Jordán, partes del manto sagrado, aceite bendito, jabones para limpiarse “los demonios”, etcétera.
El imperio de la IURD cuenta ya con cerca de cinco mil templos en todo el mundo, 23 estaciones de televisión, 40 emisoras de radio, banco, compañía de seguros, agencia de viajes, una inmobiliaria, una bancada notable de diputados en el Congreso brasileño, un partido político en Portugal y, claro, la casa de cambio Diskline, en una muestra que parece más astucia comercial que don divino.
Lo que sí es un milagro es que Macedo, con un expediente criminal que data desde su primer encarcelamiento por fraude y charlatanería en 1992, siga libre y operando sin mayores trabas. Más misterio aún si le sumamos una investigación por lavado de dinero y vínculos con el narcotráfico desde 1996; quizá habría que sugerirle considere la estrategia de L.R. Hubbard, fundador de la Cienciología, quien, para permanecer prófugo de la justicia, se retiró a vivir a un barco en aguas internacionales.
VIERNES DE LIBERACIÓN
En la entrada al Santuario de la fe, en la avenida Yucatán de la colonia Roma de la Ciudad de México, lo que salta primero a la vista es el cartel enmarcado con el registro de la IURD como asociación religiosa otorgado por la Secretaría de Gobernación. No puedo dejar de preguntarme bajo qué criterios se otorgó en 2001 el permiso SGAR/2499 a una organización con un ya para entonces largo expediente criminal internacional; supongo que será similar al aplicado en Puebla para incluir en el currículo educativo del estado preceptos de la Cienciología.
Ya entre las butacas de lo que fue el Teatro Silvia Pinal, veo a la gente congregarse ante un escenario típico de telepredicador: parece la sala de un set de televisión. Sobre el escenario un chico toca música solemne en un teclado y arriba, en enormes letras doradas, dice “Jesuscristo es el Señor”. Sin más aparece sobre el escenario un hombre y dice: “A toas persons que tienen un problema en sua vida, venga para acá, pase al frente con suas manos extendidas al cielo, a la casa de Deus”, dice el pastor con marcada pronunciación carioca. Eso da inicio a una dinámica que se repetirá durante todo el servicio: la de “Simón dice”. Las canciones recitadas profusamente infantilizan a los asistentes con frases como “yo estoy perdido, tú eres mi pastor”; el entrenamiento de obediencia inicia con “pon las manos en el corazón, ahora pon las manos hacia el cielo, ahora siéntate, ahora levántate”. Deduzco que luego de suficiente tiempo y repeticiones del ritual se puede lograr que los feligreses obedezcan en muchas otras cosas.
El famoso diezmo se pide unas cuatro veces durante el servicio, de modos distintos y por motivos varios: en una de las ocasiones se pide que los asistentes pasen al frente a donar dinero, pero siempre en un orden dependiente de la cantidad de la cual se van a desprender. Con frecuencia se habla de brujería y de males, cosa que no deja de parecer una suerte de chantaje. Los trucos de vendedor incluyen el uso reiterado y estratégico de la palabra “Amén” durante el servicio; al principio se usa para hacer afirmaciones sobre la bondad de Dios o el poder de la palabra. Sin embargo, hacia el final del servicio, se exhorta a decir “Amén” para comprometerse a venir nuevamente al Santuario y traer consigo a algún familiar.
Otro recurso usado es el llamado “anclaje”: cada vez que se tiene una experiencia de catarsis o tras una plegaria se regalan pulseras, oraciones o una rosa, para anclar así la experiencia en un objeto y asegurar que el asistente tenga un recuerdo constante. El momento cúspide de un “Viernes de Liberación” es la histeria colectiva. Las personas, visiblemente desesperadas y dolientes, con las manos sobre la cabeza, son instruidas a “hablar con Deus de seus problemas y pida a ese problema que se vaya de sua vida”; por unos minutos hay dos mil personas que vociferan y gritan al mismo tiempo. Dos mil personas que dejan alguna forma de diezmo, en efectivo, cuatro veces por servicio, en alguno de los cuatro horarios que “Pare de Sufrir” ofrece a diario. Lo increíble es que por estos “servicios” la IURD cuenta con una exención de impuestos.
PARAÍSOS (FISCALES)

Como lo he mencionado antes, es crucial diferenciar los cargos por los cuales se ha denunciado a Macedo, ya que la indignación sobre las cantidades que logra extraer de sus feligreses no debe distraer la mirada legal de las sumas derivadas de “donaciones anónimas” susceptibles de ser lavadas. Al observar una organización con sedes en todo el mundo y una gran red de empresas y fachadas asociadas, que además cuenta con las exenciones particulares de una asociación religiosa, no puede dejarse de lado la investigación rigurosa al margen de las nebulosidades místico-mágicas. Ya habiéndose ubicado transacciones de grandes sumas por parte de la IURD destinadas a los llamados paraísos fiscales, resulta irresponsable por parte de las autoridades no indagar a fondo la totalidad de sus transacciones.
Marcelo Decoud, director para América Latina y el Caribe de la International Compliance Association, advierte: “Yo llamo a esto ‘el lavado perfecto’; las iglesias pueden ser utilizadas o pueden constituirse para ser utilizadas por los cárteles para ejecutar un lavado que no deje rastros, por un lado, y que a la vez permita un alto flujo de lo que es dinero en efectivo”. No obstante, en México, donde la IURD tiene ya más de 100 templos, la Ley Federal antilavado sigue estancada en la Cámara de Diputados porque los intereses de por medio son de un amplio alcance.
TEOLOGÍA DE LA LEGISLACIÓN
Por más ridícula que sea la estética y la teatralidad tele-evangelista de organizaciones como “Pare de Sufrir”, no se puede negar su proliferación y sus operaciones. No por ridículos son inofensivos. De entrada, al ofrecer falsas esperanzas, estimulando la superstición, impiden que las personas desesperadas procuren ayuda profesional. Esto es delicado especialmente en casos de patologías mentales como la esquizofrenia o en casos de abuso sexual. Debe reevaluarse en su totalidad la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público considerando con mayor rigor el artículo 8 (II) que delinea entre los deberes de éstas “abstenerse de perseguir fines de lucro o preponderantemente económicos”, así como el artículo 29 (IV), donde se establecen los motivos de sanciones y las procedencia de las mismas requiere una especificación sobre la salud mental y no sólo la integridad física de los participantes. Además, habría que exigir se revaloraren los estándares bajo los cuales la Dirección General de Asociaciones Religiosas otorga el estatus de Asociación Religiosa y, finalmente, concuerdo con el procurador Martins Oliveira en que debe revocarse la exención de impuestos a organizaciones como “Pare de Sufrir”, procurando con ello un mayor rigor en las investigaciones sobre el uso que hacen de sus recursos y los servicios y productos que ofrecen. Pero mientras estas plegarias se conceden, el espectáculo debe continuar…






jueves, 22 de septiembre de 2011

Profanar los śimbolos


Una reflexión para el décimo aniversario del 11-S, publicado el pasado domingo 11 en el Milenio Semanal.
Con frecuencia los símbolos se consideran más valiosos que la vida. A menudo se vive con base en ellos, y en ocasiones se llega al convencimiento de que vale la pena morir o matar por ellos: sería imposible explicarse la Inquisición o el nazismo sin toda su parafernalia. Si no, ¿cómo es que una persona termina por creer que al secuestrar un avión comercial para estrellarlo contra un edificio merecerá recompensas por parte de su deidad? Una parte de ese efecto de incredulidad suscitado al ver el derrumbe de las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001 (11-S) deviene de la caída de un símbolo que sustentaba el triunfalismo histórico de una nación; lo que ahora se conoce como Zona Cero es el remanente de lo que fueron dos columnas de entrada a un imperio, representativas de una versión del progreso y su expansión.

Ahora que ha transcurrido una década tras aquellos ataques, los teóricos de la conspiración aún no muestran pruebas contundentes para enjuiciar a los responsables ocultos de esta devastación. Lo que es evidente es que el discurso religioso fue axiomático en el desarrollo de esta catástrofe. Si bien no se requiere de una afiliación religiosa para cometer actos de violencia (pensemos en Mao, por ejemplo), la religión jugó un papel central en estos sucesos en particular. Y no sólo la de los terroristas.


Cabe hablar de los efectos del 11-S sobre la religión en Estados Unidos (EU) y en el mundo entero. Los hechos y su implacable impacto confrontaron a una nación —y al mundo— con su propia vulnerabilidad, y con las secuelas del fanatismo. Aquel discurso multicultural de la tolerancia ha sido, desde entonces, sujeto a continua revisión de cara a la seguridad nacional y las relaciones internacionales. El 11-S situó al Islam como tema de discusión y debate global, y el diálogo interreligioso se volvió una prioridad; las facciones más abiertas de cada religión comenzaron a llevar servicios comunes, y la Casa Blanca, desde la entrada de Barack Obama a la Presidencia estadunidense, inició un programa universitario de estudios interreligiosos en el que participan ya alrededor de 250 universidades.
Como reacción salieron a mayor luz dos posturas radicales en los EU, encarnadas por los pastores tele-evangelistas Jerry Falwell y Rob Patterson, por un lado, con su retórica Cristoamericana, conservadora y nacionalista: Falwell salió al aire en el programa de Patterson apenas dos días después del atentado, y culpó a la Norteamérica Liberal por la ira de Dios manifiesta en los ataques. Por otro lado, Sam Harris y Richard Dawkins, autores de The End of Faith y The God Delusion, respectivamente, comenzaron una campaña masiva por una revisión de la religión como tal. Ambos libros pronto se volvieron bestsellers, y generaron un impulso revitalizado para el ateísmo en EU y el mundo, el que se conformó como lo que se conoce ahora como el Nuevo Ateísmo.

                                 
La tensión que han generado estos dos discursos ha provocado un debate serio en torno a la religión y sus efectos en lo social, traduciéndose al discurso público como una postura atea radical, intolerante incluso, que ha sido crucial para plantear la urgencia de reevaluar el sitio de la religión en el mundo, pero también para reubicar el espectro de posturas moderadas.
Porque cada cultura tiene símbolos que es delito profanar, ya sea con un libro como Los versos satánicos (1988), que le ganaron una fatwa en su contra a Salman Rushdie, o las caricaturas de Mahoma en el Jyllands-Posten de Dinamarca (2005), que causaron más de 200 muertes por la indignación de grupos musulmanes. Cabe señalar dos casos recientes que además ejemplifican las dos posturas antes mencionadas: 1) Terry Jones, un pastor del Dove World Outreach Center en Gainsville, Florida, amenazó el año pasado con incinerar 200 ejemplares del Corán justo en la Zona Cero durante el noveno aniversario del 11-S. Fue tal la indignación pública, con protestas internacionales y peticiones por parte del gobierno de EU, que el pastor terminó por retractarse, pero sólo para regresar, en marzo de 2011, para enjuiciar una copia del Corán en su iglesia local, donde, tras haber declarado culpable al libro de “crímenes contra la humanidad”, quemó una copia. Entonces la organización Jama’at-ud-Da’wah, en Pakistán, emitió un fatwa de 2.2 millones de dólares para quien asesine al pastor Terry Jones, mientras que el Hezbollah anunció un botín de 2.4 millones por su cabeza.
2) Por el bando ateo, el abogado australiano Alex Stewart también decidió hacer tributo a las víctimas del 11-S incinerando símbolos religiosos. Este caso muestra motivos distintos y un método peculiar: preparó dos churros de lo que parece ser marihuana, uno con una hoja de la Biblia y otro con una hoja del Corán, y se los fumó en un video que subió a YouTube. El video, donde sale Stewart declarando que la Biblia quema más suave que el Corán, fue prontamente censurado y retirado de circulación. Stewart, quien vestía una playera con la frase de Buñuel “Gracias a Dios soy ateo”, declaró: “Es sólo un maldito libro ¿a quién le importa?... son tus creencias las que importan”.
Este 11-S, para la ceremonia oficial en conmemoración de las dos mil 977 víctimas que murieron a causa de los cuatro aviones secuestrados por miembros de Al Qaeda, no habrá, dentro de los oradores oficiales, ninguna figura religiosa. Ahora que se conmemorará por primera vez ya con Osama (y no Obama, como los fallos de Fox News suponen) Ben Laden muerto tras más de 10 años de persecución por parte de las agencias de espionaje y el Ejército estadunidenses, sólo participarán los familiares de las víctimas y figuras políticas de los EU, como el presidente Obama, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y el alcalde Michael Bloomberg. Eveline Erskine, la vocera oficial de Bloomberg, lo explica así: “En vez de tener discordia sobre qué líderes religiosos deben participar y cuáles no, quisiéramos enfocar esta ceremonia en los familiares de aquellos que perecieron. Los seis momentos de silencio solemne incluidos en la ceremonia permiten a cada individuo un momento para la introspección personal y religiosa”.
Bien dicho: lo que se requiere es silencio. Precisamente ese silencio donde la reflexión es posible y donde los símbolos no imperen sobre la experiencia humana. Un silencio sin el imperativo por evangelizar, convencer o suicidar a nadie. Será un silencio penoso, pero certero.




viernes, 9 de septiembre de 2011

Intermezzo


Un intento de analogía para elaborar sobre el inconsciente que propone el psicoanálisis: Recordemos el juego de Mario Bros. para el Nintendo original; aquella primera saga de los hermanos plomeros en pos de rescatar a la Princesa. (Ojalá y al recordar esto venga a la memoria aquel fresco asombro que se produjo al jugar por vez primera). Invoquemos, de paso, la ensoñada melodía que acompañaba el primerísimo nivel, el nivel 1-1. 



Bien, ahora traigamos a mente el siguiente nivel, el 1-2, donde Mario baja por un ducto para comenzar un recorrido por el subsuelo. Algo curioso de adentrarse en el subsuelo de este mundo pixeleado es la realización involuntaria de que siempre, digamos, estuvo ahí; desde el principio del juego ya había toda una serie de sucesos ocurriendo ahí.



Ahora, con la memoria, trae a la claridad natural de tu mente la tonada que se escucha al pasar por este segundo nivel—sin olvidar lo ominosa que era su secuencia. Finalmente, regresa la memoria al primer nivel, a ese eufórico 1-1, pero ahora imagínalo con la tonada del 1-2.

Para esto, hay que hacer de lado la metáfora de profundidad que podría sugerir el pasaje inicial al subsuelo, como si el inconsciente fuese algo que sucede bajo la superficie, en vez de ser plenamente dicha superficie. Porque el inconsciente no se suscribe meramente a esa noción de lo impedido para una óptica panorámica de los fenómenos psíquicos y naturales (cualesquiera que sea su distingo, ultimadamente). Sino que el inconsciente es el contorno mismo de la consciencia, el molde que da forma al modo preciso en que se registran las experiencias.

[Nuevamente inserte aquí la tonada del nivel 1-2 de Mario Bros.].


domingo, 21 de agosto de 2011

crónicas I

algunas memorias (seguramente distorsionadas) de situaciones pasadas:



Alguna vez, hace más de media vida, robamos una ouija del supermercado. Por algún motivo nos parecía el método correcto de apropiarse de una ouija. Llegando a casa, dispusimos la mesa, apagamos las luces (seguro fumamos algo moderadamente psicotrópico) e iniciamos con la tradicional pregunta de “¿Hay algún espíritu aquí?”, a lo cual el triángulo comenzó a moverse. De pronto era una sensación de estar en otro plano, de que la habitación—o lo que creía era esa habitación—estaba poblada por todo tipo de entidades bizarras y gelatinosas. El triángulo por fin se detiene en: “NO”.  Carajo, ¿entonces qué está pasando? Así, nuestra siguiente pregunta fue: “¿Quién está moviendo el triángulo?”. Y de nuevo la emoción de que se movía el triángulo sin una dirección voluntaria. Primero apunta a la “T”, y en mi cabeza pienso en nombres y acrónimos que empiecen “T”, todo el tiempo temeroso de no hacer encabronar a algún tipo de ultratumba. Seguido, el triángulo empuja nuestras manos y aterriza en la “U”. ¿Qué?, ¿T?, ¿U? Ah, claro: tú; es decir “yo”. ¿Yo esto moviendo el triángulo? Vaya, pero qué espíritu tan escéptico nos tocó. 
                                                                               ***


Qué desatino el mío, en el funeral de mi tío decirle a mi madre que si me muero no vayan, pero ni de puta broma, a llevar cualquier forma de agente de la iglesia a mi entierro. “Me incineran y tiran mis ceniza en algún lado mientras tocan un disco de salsa, y ya”. Supongo que cada quién lidia con la muerte de un ser querido como mejor entiende. En mi caso, fue un poco de rabia para soportar el efecto de irrealidad de ver el cadáver estático de mi tío. Juraba que aún respiraba, y que esa sonrisa burlona en su semblante estaba a punto de quebrarse para reírse de mi incredulidad. La muerte nomás no se puede representar. Chingá. Entra un padrecito y pone una grabadora y dice todo el rollo. Decido sentarme y odiar a todos por rezar y permitir que este tipo se apropie la muerte de mi tío para su credo. Pero en verdad que solo lidian lo mejor que pueden, también. Cuando se llevan el féretro empiezan a llorar y yo, en mi duelo y demás, solo pienso “¿por qué chingados lloran?, ¿no que creen en la vida eterna y la transmutación y no sé qué tanto?” 

Después comí tacos hasta decir basta. Fui a la casa, puse un disco de los Cadillacs  que le gustaba a mi tío, y que justo ahora un vecino escucha, y lloré y lloré.

Al día siguiente, voy en el auto con mi madre quien me da un aventón a mi casa tras una comida familiar. Ella irrumpe el silencio y las trivialidades con: “pero es que ahí estaba, y luego ¿cómo va a ser que ya no haya nada ahí?” Recuerdo el efecto óptico de ver que aún respiraba, para negar la muerte, recuerdo los libros sobre los orígenes de la religión y el animismo, y todo eso sobre cómo los ritos fúnebres son universales: aquí y en China. Mamá me pregunta: ¿Eso es todo?, ¿Qué pasa cuando alguien se muere, se acaba y ya? Por un instante, por la sinceridad en la pregunta y su porvenir, siento una genuina conexión humana con ella, como nunca antes. Me halaga, de pronto, que piense que quizás en algún libro o en algún retiro con monjes tibetanos de algo me haya enterado. Y noto las ganas de poder decirle alguna certeza. “No sé”, le digo, “no sé”. Antes de bajar del auto la abrazo fuerte.

                                          ***


Durante dos años comí casi diario tacos de guisado. Eran buenos tacos, a 5 pesos, y a media cuadra de mi departamento en Abraham González.  Juan, el taquero, era admirablemente disciplinado y en general bastante silencioso. Solo una vez le subió a su radio a buen volumen, para hacer retumbar el puesto de lámina con “Ni tu amigo, ni tu amante” de los Yonics. Admitiré que fue algo así como una experiencia mística: una experiencia memorable, donde todo parecía estar sintonizado y de un dramatismo que honra los sabores y sinsabores de los absurdos perfectos de la vida humana (etc.).

Una tarde, debido a un tatuaje de un demonio tibetano que pinta mi brazo, Juan me pregunta: “¿Crees en Dios?” No pude evitar reírme un poco: “Aguanta, compa, estoy comiendo tranquilo, ¿qué pasó?” Se ríe un poco, pero no deja de esperar una respuesta. Termino un taco de picadillo con salsa habanera y le digo: “el problema es que ni siquiera sabemos de qué estamos hablando, ¿no?” y sigo, “no sé si lo que tú crees que es Dios es lo mismo que en lo que yo; mejor dime, Johnny, ¿cómo es ese Dios para ti?” Juan me observa, duda, y luego: “Si dejas a Jesucristo entrar en tu corazón, cambias”. Le brillaban los ojos, mientras me pasaba este dato sin duda derivado de algún servicio al que asiste. “Puede ser, Johnny, pero ¿apoco no cuando te subes al metro en Indios Verdes, para cuando llegas a Balderas también cambias?” Compartimos, según yo, un momento de perplejidad. Pagué mi cuenta (ya debía una semana de tacos) y me despedí.

jueves, 4 de agosto de 2011

mapa libidinal

escrito hace un año para una revista que quedó a deberme una lana, aquí va un reportaje modesto sobre el entretenimiento adulto en el DF.


 A diario negociamos nuestra supervivencia y nuestros placeres con el resto de la humanidad. Transitamos, cruzamos, batallamos, choreamos, trabajamos, aguantamos y demás. Produciendo, consumiendo y pasando el rato. Pero de toda esta enmarañada red de presta, toma y ahí te va, siempre sobra algo. Siendo así, la pregunta es: ¿qué hace cada quién con su pedazo de excedente, con ese exceso que portamos, eso que algunos filósofos han bautizado como La Parte Maldita?


Si bien no es posible, o conveniente siquiera, decir y hacer todo cuanto se nos ocurre y antoja, dónde y cuándo se nos de nuestra regalada gana (imagina, por ejemplo, la catástrofe personal que ocasionaría decir todo lo que cruce por tu mente un solo día de tu vida), tampoco se puede sencillamente descartar todos esos impulsos. Digo, ¿a dónde se van; apoco de pronto se esfuman en la nada? Los deseos se acumulan en ebullición, nos habitan y movilizan—ya sea que nos parezcan buena idea o no. Pero sobre todo: los deseos nos rebasan. Así, llega, invariablemente, el momento en que nuestra limitada existencia humana nos alcanza y dejamos de estar dispuestos a retrasar nuestra satisfacción; el humor ya no nos alcanza para seguir espere y espere, disimulando, sonriendo tímidamente, fingiendo cordialidad y paciencia: queremos algo inmediato: ahora o nunca. Buscamos de un modo u otro manifestar nuestros deseos en un estado carente de consideraciones para con un futuro incierto—de todos modos vamos a morir. En estos instantes de ruptura con el orden establecido en nuestras vidas productivas, preferimos la ferocidad de nuestros impulsos al desnudo y un desahogo total, aunque pasajero. Algo nos conduce a dejar atrás nuestras mejores ideas y planes, a cambio de nutrir y estallar los sentidos en el presente.

Pocas cosas resultan tan peculiares y fascinantes como aquellos espacios donde este exceso, este cúmulo de pulsiones, es permitido bajo ciertos códigos. Y esta ciudad, con su sin fin de recovecos, esquinas, antros y laberintos, ofrece un amplio carnaval de fantasías y perversiones. El mapa del entretenimiento “adulto” del Distrito Federal dibuja marcas en lugares inesperados, con una gama bien surtida de variedad y tonos. Podríamos de cierto modo considerarlo como un mapa libidinal de esta ciudad, que va, sin duda, desde el refinamiento de lo más sutil—represivo incluso—hasta el éxtasis de lo grotescamente explícito, transitando, sin demora, de lo divertido a lo espantoso, ida y vuelta con hartas escalas. 

Pensemos por ejemplo en sitios web como Divas.com donde se puede escoger “acompañantes” con referencias incluso de haber aparecido en revistas como Playboy o Penthouse (me cae que ya sólo les faltan referencias firmadas de artistas y políticos,). Tal como se puede echar un vistazo a cualquier periódico de circulación nacional, para toparse con cientos de “masajistas” ofreciendo servicios las 24 horas; incluso con descuentos para los “mañaneros”, y paquetes 2 x 1. Pero, si se prefiere hacer la selección en vivo, pues hay burdeles disfrazados de estéticas o casas amistosas por doquier, así como avenidas como Sullivan, cuales escaparates de proyecciones, miedos y fantasías. ¿O qué tal un paseo por los perímetros del mercado de la Merced, o por San Pablo, donde conviven familias adquiriendo bicicletas lado a lado con sexoservidoras en servicio? Y este tipo de situaciones son, dentro de lo que cabe, de lo más divulgado y expuesto del GPS libidinal de esta ciudad; los intercambios que llegan a suceder a diario en esta ciudad sin consentimiento mutuo, involucrando tráfico humano (y en especial de menores) es algo terrible.


Para quien gusta del striptease, abundan los teibols en nuestra urbe; desde los de alto caché con chicas internacionales (y otras tantas pretendiendo internacionalidad), retacados con un enjambre de oficinistas lascivos y alcoholizados, comprando boletos y coreando “eh eh eh eh”. Hasta antrillos con chavitas espantadas, traídas a la fuerza de zonas rurales marginadas que miran al cliente con un desconcierto inconsolable. En cambio, si se anda con ánimos de atestiguar qué sucede con el excedente libidinal de los militares en día libre, falta sólo visitar la plaza de Garibaldi o algunas regiones del Centro Histórico para adentrarse—a riesgo higiénico del visitante, claro—a uno de los tantos locales que anuncian “Sexo en Vivo”. Sitios como el afamado (¿o difamado?) Catorce o La Navaja (también conocido como La Chaqueta ¿o era La Chaquetita?) dónde es el público quien participa en el show de Sexo en Vivo. Desfilan y colaboran—sardos en general—en darle un repasón a una ya añejada dama de la noche venida (sin y con albur) a menos. Ella recibe sus cuerpos y fluidos con un batidero de entusiasmo y resignación. A los participantes, de premio, se les regala su chela y un condón. También por la plaza de Garibaldi (así como un tour por la Calzada de Tlalpan), se puede visitar espacios donde se aplazan y desfilan todo tipo, grado y etapa de travestismo y transgénero, explicitando toda una cornucopia de posibilidades, posiciones y formulaciones de deseos que dejaría boquiabierto cualquier programa de estudios de género universitario—incluso se cuenta de un antro de Sexo en Vivo con enanos, para quién ande algo mini-picaresco.


Todo un embrollo sublime-asqueroso-místico-estúpido-deleitable-volatil-terrible-sórdido-y-demás de cines porno mal alumbrados donde no falta quien administre apoyos manuales, cabinas en cafés internet con su paquete de kleenex incluido, redes virtuales para encuentros “casuales” con infinidad de perfiles, vecindades con cuartos oscuros 24 horas, videoclubs, grabaciones clandestinas amateur, karaokes con tipos mal rasurados haciendo melancólicamente de Yuri a deshoras. Aunado, claro, a todo tipo de coqueteos, roces y acosos en el metro, en el pecero, en hoteles y moteles. Presione aquí, sobe acá, inserte lengua aquí, desvístase así, dejé ahí, véngase pa’ acá. Habitamos un espacio repleto de insinuaciones, donde cualquier cosa puede ser albur. Con el cuerpo arrojado entre cuerpos, a la intemperie de escarceos, cachondeos, manoseos, arrimones y lo que se guste y mande y se llegue a concebir y etcétera, etcétera, etcétera… Aí nomás.

Con esto en mente, relataré un par de lugares para quien ande en busca de “experiencias”, considerando las inclinaciones más reconocidas de los lectores de esta revista. Cada quien tendrá su grado de intrepidez y espíritu de aventura, aquí un par de opciones que si bien trastocan ciertos tabúes, tampoco exigen tales aperturas a lo aberrante como otros casos prometen. Uno de tales rincones nocturnos es el Club SW, ubicado a un lado de la Ciudadela, cerca del metro Balderas, que como su nombre indica, es un club Swinger. 

Por afuera puede llegar a parecer más bien una fiesta en un local cualquiera, ya que no se ve más que una pequeña entrada por una cortina de seguridad; pero ya adentro, es sin duda un centro nocturno bien equipado y alumbrado incluso. No se puede entrar sin pareja; pero una vez pagado el cover les ceden una mesita de mantel blanco rodeando la pista de baile. Hasta alrededor de la una de la mañana, parecería cualquier otro antro—salvo que es un poquito más oscura la iluminación—, donde los comensales beben, platican y bailan un poquito de esto y un poquito de lo otro. Ya que el reloj marca la una, quitan los videos musicales de las pantallas, donde ya sólo se leerá Club SW, y al pequeño escenario al fondo de la pista de baile arriban un sujeto y una dama (a veces son dos tipos y una chava). Al ritmo de alguna melodía pop se desvisten con un striptease, para pasear, presumiendo sus cuerpos a los espectadores. A manera de invitar a los clientes a tener sexo seguro, enfundan el miembro del tipo con latex (en ocasiones es alguien del público quien pasa a hacer los honores), y sin más se ponen a darle ahí mismo. El show habrá de durar [sic] una media hora, con cambios de posiciones y alguna que otra intervención del público.
Una vez culminado el show se abre pista: el cuarto oscuro. Detrás del escenario hay un pequeño cuarto (oscuro, claro), a donde se puede pasar a emular el show antes visto con algún invitado o con quienes ahí se encuentran o van pasando. No tiene mucho chiste el cuarto en sí; no es más que una pequeña habitación bordeada por un sillón para apoyarse tantito. Supongo que el chiste se lo otorgan los visitantes. Esto tiene cierto protocolo, claro: no se puede entrar solo al dark room, hay que entrar con pareja, aunque ya adentro puede que participe o no; y, nadie está obligado a nada y puede, en cualquier momento decir “no gracias o ya no quiero”. Este segundo punto es el axioma más importante de cualquier intercambio sexual: la voluntad propia debe estar garantizada, para que el juego sea un juego de muto consentimiento donde el deseo pueda, en efecto, estar presente en todos los participes. El Club SW, aclara esto con anticipación y retira a quienquiera que no acate estas normas, de manera inmediata.

Otra opción, si bien algo más esporádica es la llamada Fetish Night que sucede un par de veces al año en el club UTA, en el Centro Histórico. Para ello hay que estar pendientes a sus avisos en su Facebook o suscribirse a su lista de correos. Esta alternativa se basa más bien en las prácticas eróticas del sadomasoquismo y las subculturas que se identifican con ello. Los atuendos son increíbles (y algunos sencillamente están muy chafas), creando un ambiente extraño, como de ensoñación, pero como todo buen centro de BDSM, es, en principio, un espacio sumamente tolerante a la diversidad de los usos del placer.

 En dado momento de la noche comienza el espectáculo, con una chava vestida en pieles que pasea de una correa a su esclavo quien viene gateando tras ella. Así, desfilan todo tipo de látigos y botas, presentando una variedad insospechada de maneras de someter, enaltecer, humillar, adorar, explorar, penetrar y amarrar a un otro. Hay varios eventos de este tipo al año en la Ciudad de México, para enterarse sencillamente hay que entrar en contacto con la comunidad de participantes interesados y procurar a tiempo dónde y cuándo. El Sadomasoquismo es una de las prácticas eróticas más interesantes posibles, dado que juega directamente con los afectos y disposiciones de las personas sin necesariamente requerir de una conclusión a través del coito o el orgasmo. Siempre habrá de procurarse la confianza de que el juego puede acabar en el momento en que quién así lo quiera así lo determine. 

En fin, en el ámbito de lo erótico TODO se vale, siempre y cuando los participantes consientan en ello (y para ello tienen que estar en condiciones de consentir: de libre y espontanea voluntad, facultades completas y de edad adulta). Para un roto siempre habrá un descocido. Este exceso libidinal que cargamos es extraño y nos rebasa. Sin duda, es parte ineludible de quién somos la forma particular en que erotizamos y fantaseamos y deseamos y actuamos en base a esos deseos. Con qué afán procuramos ese instante en que descartamos esa angustia diferida por la cual parece que sólo morimos y morimos, poco a poco, día a día. Ansiamos, si tan sólo un instante, vivir y no sólo morir. A eso nos empuja esa Parte Maldita.