martes, 28 de julio de 2009

dialéctica

Este es un poema de hace unos años... algo dramático inspirado en Hegel y el sadomasoquismo... para variar...

seguro
sólo
solo
y seguro
y solo
seguro sólo
fue el reflejo
reflector. proyector.
pero juro que pasé horas
exigiendo
con fe idiota
con absorción ferviente
sintonizando
al avatar pantalla
entonando plegarias
pidiendo
que de los templos de su líneas de colores
y su luminosa estrategia,
que de sus altares espectrales
mande signos, señales
por los cables de espejos derretidos
y que con su espectacular letanía monológica
le diera significado
a estos ojos
pero sólo se repitió
a estos ojos
ahora rojos
nausea. suaves. borrosos.

sí, el tiempo se burla
de todos quienes pretendemos burlarnos de él. se burla.
pero juro que pasé horas
quieto.
tratando de descifrar el graffiti
que mi mente que no es mía
es tuya y te es ajena
redactó sobre mis órganos
tatuados. efervescentes.

quizás debí olvidarme de esto
y pasear
declarándole mi amor eterno luto a lo inevitable
pero cada paso
llevaba rumbo
a algún sitio
y esto marcaba
una situación
un sitio

sentido
Quizás la reflexión
Quizás la reflexión

pero
seguro sólo
fue el reflejo
frío de lentes de sol plateados cromados
y todas esas personas contentas
en un circuito cerrado
círculo apatía

seguro sólo
fue un reflejo
refractado en espera de más voces

un reflejo

y no, no he podido
romper estas cadenas,
o traspasar el cuero con los dientes
y he tratado. y he tratado.
pero no he logrado
convencerte con los ojos.

y no sé si la máscara es tu cara
o si tu cara es la máscara. seguro
está escrito
en lo que espera de mí. pero se simulan una a la otra
se adoran una a la otra
con indiferencia.

pero nada. no he podido
deslizar las muñecas por los aros de las esposas
o desenredar las oblicuas cuerdas
que atan mis pies a tu cama.

y quizás hoy
no pueda
más
no pueda más que reírme
de esta persistente insistencia en creer
que es “yo”
quien interpreta
cada latigazo
que cae
golpeando
esta piel
expuesta
sin nombre

¡Sssslllaaaaappttckkkrrakkkapll!

jueves, 18 de junio de 2009

Nostalgia por el nunca fue: porno vs. lo imposible

Texto sobre el porno, escrito hace un par de años... próximo a aparecer en mi libro, Inmanencia Viral, y en Fractal...



…reconocerse a uno mismo como completamente implicado en el mundo, nos libera de la necesidad de enraizar nuestra política en la identificación, los partidos de vanguardia, la pureza o la maternidad.

Donna Haraway, Manifiesto Cyborg

Al recorrer cualquier tianguis, estación de metro o esquina urbana, una y otra vez nos topamos con puestos de lona roja de películas piratas. Unas clonadas y otras recién “filmadas” en vivo y en directo desde la sala de algún cine local, con efectos de cámara digital de mano y todo, bien realista. Y entre esa abrumadora congestión del llamado séptimo arte, entre los oleajes de ese mar de tramas y traumas, algo nos hace voltear, a mirar de nuevo o hacia otro lado, pero nos mueve.

La producción de películas porno supera la del cine de cualquier otro género, con ganancias anuales que rebasan aquellas del resto del mundo del entretenimiento, incluyendo las de todos los deportes. Observamos a tantas personas entrar a los puestos y seleccionar con aires de atención y prisa —portando el bien ensayado gesto de indiferencia en el semblante— la porno que consumirán llegando de la chamba; así es posible encontrarnos ante las numerosas portadas, escogiendo las imágenes que ingeriremos. Grandes producciones con actrices afamadas en el medio, colecciones amateur y hasta filmaciones clandestinas de lo que ocurre en las habitaciones de frecuentados moteles u hoteles de la gran Tenochtitlán (por si alguien tenía dudas acerca de qué y cómo lo hacen los otros en nuestra bella ciudad). En secciones temáticas nos hallamos perplejos mirando como una mujer es bañada por el semen de un burro al que acaba de hacer una felación o vemos a tres mujeres con penes, vestidas de látex, en mesas de quirófano; jóvenes, abuelitas, gay adolescente enfocado en los piercings, sexo lésbico arabesco, bondage, transexuales con fetiche de navajas, sexo interracial anal, enanos con secretarias, necrofilia, bukake, gang-bang, squirting casero, máquinas y juguetes, sadomasoquismo y disciplina, hentai, violaciones, orina y heces, voyerista de supermercado. El que busca encuentra; es decir, se le encuentra.

Creer que contamos con alguna especie de inmunidad ante estas imágenes, como si hubiera un sitio afuera, impermeable por las imágenes que constituyen la textura de las fantasías que nos rodean y habitan, es un delirio. No es que las secuencias que miramos se conviertan en actos —el pasaje al acto no es una premisa necesaria al hablar del consumo de imágenes—, pero tampoco podemos considerar el acto de mirar como algo pasivo en sí. Nos implica. Afanarse a la convicción de que se es escéptico, de que poseemos una especie de pureza crítica, es una ingenuidad brutalmente peligrosa. Es la fórmula infalible para no darnos cuenta de que no nos damos cuenta.

Se desencadenan fantasías y se introyectan otras tantas. Las secuencias fueron filmadas con una mirada en mente; por lo tanto, nuestra mirada es parte intrínseca de la escena que mira(mos). Indivisibles, entrañables. Creer que somos suspicaces no afecta lo vulnerables que somos, sólo hace de ello un punto ciego. No basta con no mirar las películas, aun así somos vistos por otros, de acuerdo con el sentido que éstas proponen. Censurarlas no cancela las formas de erotizar que en ellas se (re)presentan o se simulan. Interpelación. Es por medio de estas visiones que podemos quizás analizar y deconstruir las narrativas del deseo que moldean las manifestaciones y texturas de nuestros deseos. Lo que deseamos —o creemos que deseamos— y lo que rechazamos son axiomas básicos que entretejen la identidad que asumimos y desde la cual interpretamos y actuamos. Ni más ni menos. Ahí estamos. El porno es estética, política y ética. La teoría disfrazada de lubricantes. No podemos aislarnos, vivir de manera absoluta, independiente. No somos permanentes, somos permeabilidad.

Ya que el porno es un género tan difícil de definir con claridad y certeza, reconocerle a menudo no tiene otro eje de dilucidación que las reacciones corporales que incita en el espectador. ¿Dónde estamos si nuestros cuerpos se ven manoseados por las imágenes? ¿Fuera o dentro de la pantalla? El género de producción más prolífica, que involucra cómo nos miramos y qué queremos unos de/con otros diariamente, merece que lo contemplemos con atención; que lo despojemos de la capa de tabú, transgresión y enigma que lo protege de la reflexión. Apreciar su relación con nuestra subjetividad. No hay donde mirar que no esté ahí, pulsando. A pesar de la inversión que hemos hecho en la fascinación, podemos aspirar a una creación subjetiva que no esté obligada a la mediación de estos modelos de sentido.

La demanda

…quien dice “¡No mientas!” tiene que decir antes “¡Responde!” […]. Entre el que da órdenes y el que tiene que obedecerlas no hay una desigualdad tan radical como entre quien tiene derecho a exigir una respuesta y quien tiene la obligación de responder.

Milan Kundera, La inmortalidad

Recuerdo que tenía una cámara de video que se podía conectar directamente al televisor para ver lo que había filmado. Inclusive contaba con la opción de grabar mientras la cámara seguía conectada, y así podía ver en la pantalla lo que pasaba por el ojo de ésta. Claro, lo grabado se reducía a lo que ocurría en la habitación, pero había un efecto cuya invitación a la absorción y el asombro excedía la de cualquier representación. Si se volteaba la cámara para que mirara directamente a la pantalla, no se veía una toma del televisor; lo que aparecía era una especie de túnel de tonos claros cuya velocidad variaba según el ángulo de la cámara. Era como si la cámara, al intentar mirar su propia mirada, terminara en un diferir de sí misma sin fin.


La conciencia —por así llamarla— o el registro de la experiencia como tal, muestra este mismo efecto: para ser consciente de algo, debo ser consciente de que soy consciente de ello, y a su vez, consciente de que soy consciente de que soy consciente…No es algo que uno se proponga, sino que este continuo suspender, postergar y reflejar es parte de la estructura de nuestras experiencias.

Además del aplazar que genera la cámara frente a la pantalla o el registro de la experiencia, el deseo —por así llamarlo…— muestra esta continua elusividad ante la localización, este escurrirse a cualquier principio, marca o fin. Inasible y aparente. El deseo evade la significación (inclusive ésta); se mueve entre las irreparables brechas de nuestra experiencia; siempre ya aparente, siempre ya inaprensible.


Un orgasmo se vive únicamente en primera persona; y lo que es más, aun en primera persona sus cualidades expresan un vertiginoso despliegue de tonos y texturas ominosas: no es localizable ni en el espacio ni el tiempo. Sin embargo, la cámara osa asirle—y con premura. Y por supuesto, lo intenta.

Linda Williams, en su eminente obra Hard Core. Power, Pleasure and the “Frenzy of the Visible” (Hard Core. Poder, placer y el “frenesí de lo visible”), analiza las tramas a las que el género pornográfico recurre para hacer visible lo imposible. Detrás de esta fijación por la visibilidad opera el ansia de poder en su necesidad de hacer de todo algo cuantificable—un saber. Nada debe escapársele; todo debe responder, ser predecible, localizable, estar bajo control. Incluso, perder ese control que nunca se tuvo tiene que estar bajo control. Sin embargo, cuando se trata de la sexualidad humana, algo se escapa… siempre.


El orgasmo femenino —por así invocarlo— es intocable por la cámara en su intento de trazar una scientia sexualis. Busca una confesión absoluta del cuerpo en sus convulsiones involuntarias, para así saber que, en efecto, ha ocurrido algo. Algo real. De igual forma, si ocurre algo “involuntario” se sugiere que todo lo que le precede y sigue emerge de una “voluntad” concreta, singular y final. Se recurre una y otra vez a la imagen del pene en eyaculación. Así, con los espasmos y la externalización de lo interno (el semen), la promesa es hacer explícito lo implícito y por ello hay una intimidad alusiva a algo demostrable, algo neto.[1]


Quizás por el afán de este “frenesí de lo visible”, en el imaginario cinematográfico de la cultura popular Deep Throat (Damiano, 1972) comienza a trasladar el placer femenino al rostro por medio de la oralidad. Ya que ésta es más expresiva, se pretende significar así el placer femenino. Cuando un pene eyacula en la pantalla, usualmente sobre el rostro de una mujer que actúa extasiada al recibir el líquido ajeno en sus pestañas cargadas de rímel, comprendemos que hemos visto una porno y que ha concluido. Podemos estar satisfechos: ese algo ha pasado, y ahí estuvimos nosotros como un alguien.


Aunque ahora hay otros intentos de representar el orgasmo de la mujer (como las eyaculaciones vaginales, squirting, e inclusive por medio de historietas en las que se traza el interior de la vagina con corrientes eléctricas), lo cierto es que el placer, aun el del hombre, escapa la representación. Lo que vemos es un órgano cumpliendo una función corporal, mas no el goce, ya que éste ocurre siempre en primera persona, en un diferir de sí continuo y constante. No hay acceso al goce del otro. Sin embargo, en la evolución de las tramas del porno, engañar a la mujer se ha vuelto con el tiempo una premisa más, necesaria para significar el placer: debe mostrarse que se le paga menos de lo acordado, que se le hace algo que no esperaba, que es aventada por la borda de un barco o que se le niega algo prometido, como una green card [2] Así también, por medio del dolor y la decepción, se pretende vislumbrar y verificar.


Esto es equivalente al fetiche con el realismo. Ya sea con webcams o cámaras digitales, este efecto realidad —un video casero o uno filmado sin el consentimiento ajeno, de preferencia a través de la lente de un teléfono celular, con el efecto chafita que es equiparable a realidad— se vuelve una fascinación imperante. [3] Por ejemplo, en los sitios web en los que se presentan videos de mujeres orinando en baños públicos, ya se ha vuelto un sello grabar a la “protagonista” en sus “actividades diarias”, para así poder decir: “Lo ven: es real, es una persona real, realmente la has visto realmente orinar”. La realidad es un efecto; uno que hechiza, ya que parece ofrecer una verdad que nos desobliga de toda responsabilidad—un punto de referencia total desde el cual se puede catalogar lo que sea con certeza absoluta.


Hace poco, navegando las interfases de la ociosidad y la antropología, me crucé con un sitio en el cual, por medio de una especie de estetoscopio/consolador, se mira dentro del cuerpo de una mujer. Este artefacto falico-transparente se introduce y abre la vagina, como si de un examen ginecológico se tratara (y ¿acaso no?). La intención: ver algo que se dice “perder” en la primera penetración vaginal de toda mujer: la virginidad. La insaciable insistencia por localizar un origen—una pureza, un límite que trasgredir. [4]


¿Qué mayor nostalgia que la que produce esto? El himen de cerca, en pantalla. Una membrana cuyo significado se equipara con la pureza, la autenticidad—lo infalsificable: Ahora lo ves, ahora no. “Algo realmente real ha sucedido; lo puedes verificar” “Ha desaparecido…, ¿ves?”. En esta trama se dibuja un tránsito nostálgico al pasado del porno. También en el impulso retro tendemos a buscar un génesis, ese algo verificable. En las stag films, esas primeras filmaciones producidas para ser vistas usualmente por grupos de hombres en fraternidades universitarias, las imágenes solían basarse en la exploración del cuerpo de una mujer, como si se jugara al doctor. La secuencia generalmente culminaba con acercamientos borrosos a la desconocida oscuridad entre la labia abierta.


En filmaciones porno de principios del siglo xx hay un elemento recurrente que ahora se ha difuminado en la obsesión con el realismo: el sentido lúdico. Es posible encontrar parejas riendo, jugando; parece que se divierten, y el final del intercambio suele marcarse con un abrazo. Actualmente el aura de la escena es mistificada, y la humillación light desfila como la manifestación necesaria para cerciorarse de que una voluntad ha sido violada por el apetito de otro. El movimiento que aquí se suscita es casi irónico; primero se busca una seguridad ontológica para después de-mostrar que ésta es permeable; es decir, que no es una base sólida, que se puede fracturar.

Así, la narrativa no ha cambiado mucho desde los años setenta (década en la que el porno llega a la pantalla grande, cuando los cines porno aún eran concurridos). La trama común era el problema del placer, generalmente puesto en marcha y simbolizado por una mujer que no encuentra lo que le sería suficiente para marcar/verificar su goce. La tendencia retro la vemos también en los videos amateur, que al igual que el porno setentero muestran a personas con vello y cuerpos no atléticos en actos sexuales, sólo que en ausencia de la genial música funk de las producciones de antaño. Ahora mirar cuerpos no-ideales es también un ideal, como quien adquiere las grabaciones de lo que acontece en los moteles de su ciudad, para así observar los actos de sus conciudadanos, de sus vecinos. Pero en los setenta uno, por lo menos, se sabía pervertido porque acudía al tan señalado cine porno. Aún existía el plus de esa confrontación personal con alguien más, aún había que acudir a un espacio público para mirar imágenes porno en movimiento.


En los ochenta surge el video casero (las afamadas cintas Beta) y las primeras mujeres que dirigen porno. Las tramas se modifican con los avances tecnológicos; el acceso cambia. Las parejas podían rentar y ver videos juntos, en casa. Comienza así un desplazamiento de las grandes narrativas y producciones a las subcategorías, hacia lo específico. La identidad resurge como parte de la premisa de las fantasías, como su reflejo. Muestra clara del capitalismo tardío, el yo se define por sus preferencias de consumo. La pregunta central de la trama vira hacia un “¿Y tú a qué le entras?”. Ahí encontramos la nostalgia por una seguridad ontológica imposible, que osa trazar su eje en la peculiaridad de sus gustos—la obsesión, la fijación.


En seguida llegan las cámaras y los efectos digitales, los dvd, la microtecnología, la televisión de paga, la Red, la piratería. Es abismal; no nos damos abasto para cerciorarnos de que hemos visto algo obsceno. Vértigo. Las funciones digitales permiten enfocarse con singular precisión en imágenes y secuencias hiperespecíficas; no por ello nos salimos de lo sistémico, ya que incluso lo peculiar y eventual está catalogado. Nada es suficiente: lo grotesco, la violencia, la privacidad ajena, los géneros más bizarros y particulares, la inocencia (perdiéndose), los efectos especiales, ni siquiera los retro o chafita. Es como si se disecara un cuerpo y se cortara en pedacitos hasta que ya no quedaran indicios de aquello que incitó la búsqueda: la pregunta, el sujeto, el objeto. Prórroga.


Con la distancia del monitor y el supuesto anonimato de la red de por medio, la fantasía de un panóptico voyeur aparece como un ideal onanista total. Pero este efecto panóptico es aparente en su lectura literal: somos el punto ciego. [5] Se torna casi creíble que esta distancia existe, que prevalece la posibilidad de ser inmune al discurso. Presa fácil. La fascinación obvia la producción; nos toma por sorpresa. Las imágenes se asumen como ideales afectivos, como las profundas verdades de un instinto natural y genuino, clics predecibles, como un mapa de reacciones calculadas. ¿Visa o American Express?


El porno, con todo su halo de trasgresión y aventura en lo prohibido, suele ser una manifestación normativa más, que define con narrativas tautológicas aquello que reta y evade a la definición misma. Aporía/deseo. Raya en lo que la pretensión de trasgresión tiende: una exigencia de que se desnude por completo la Ley, para poder saber de qué se trata todo. Por ello, se deja de crear subjetividad y meramente se juega a intentar burlar la ley: el confort. [6] La mirada se voltea al pasado para ver si quizás ahí se encuentra lo que es la sexualidad humana. Empirismo por empatía. [7] Fantasía de control, angustia ante lo desconocido, pánico a la muerte, la narrativa de un moralismo rampante. Así es: el porno es moralista.


La primera imagen que sugerí al inicio de este segmento —el túnel de luminosidades aplazadas que aparece al virar la cámara hacia la pantalla para intentar registrar su mirada— es la única imagen explícita. En ella al menos se hace aparente que lo que ocurre es un continuo y luminoso diferir. ¿Sería esto cuatro X?

Intimidad

Orgasmo es el vórtice de la risa generalizada de los cuerpos.

Alphonso Lingis, Trust

En la introducción de Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk propone que la filosofía ha sido tomada cautiva por las estrategias del poder, tornando en un artilugio más de la ecuación que indica que el saber es poder. La filosofía comienza por el amor y se dirige a la sinceridad. No se llega a un conocimiento, sino a una epifanía cuyo eje es el amor en su diario vivir. No es un arma del sujeto en una campal de ajedrez; es el sujeto mismo quien muta para poder tocar y expresar su verdad.


La pornografía está llena de afectos, los desplanta y presenta ante el observador, cuyo cuerpo reacciona. La invitación está hecha, y los flujos incitan a imaginarnos ahí, así. Se instigan fantasmas que se desatan, e inundados por las particularidades de nuestras fantasías se desencadenan recurrencias. Eso es todo, lo mismo que sucede cuando una palabra o un gesto provocan asociaciones. Estas asociaciones no son gratuitas ni inocentes; llevan las marcas precisas del poder político, del orden establecido, de sus tramas y de su preservación en la identidad y la creencia. En nuestros actos y fantasías sexuales se develan las narrativas que nos habitan… y acosan.


Un objeto en una vitrina del museo, no un ritual dinámico; como una pieza arqueológica que para cuando la vemos ya nada tiene que ver con su simbolismo original, ya que ahora es una pieza arqueológica. Aquello con lo que “empatizamos” es una actuación, un trabajo—algo útil, un producto educativo. El dinero mediando el simulacro de permisividad. A veces hermoso y monstruoso, divertido y extraño, a ratos aburrido y espeluznante: una imagen más. La desnudez un disfraz. Maniobra apócrifa de intimidad panóptica seudovoyeur. Es quizás el fingir lo que estimula al espectador: “Fingen para mí; para mi mirada; por ello, tengo poder… adquisitivo…existo”. La puesta en escena no es obra de la mirada, sino que es la mirada la que es objeto de modificaciones teledirigidas. La distancia es total en su nulidad (amén de fantasías desatadas; eso es y nada más: porno: moneda).


Hoy en día vivimos bajo el peso de la obligación de un goce normativizado. Sus formas y cualidades están ya designadas y calculadas por la mirada médica, aquella mirada que promete disociar al observador de lo observado. Sin embargo, justo en lo erótico, algo nos rebasa. En el goce mismo no hay acceso al otro, a su goce, ya que se vive en primera persona. Esta obligación es el rostro neoliberal de una ansiedad ante la diferencia que busca cancelar y neutralizar lo otro, silenciarlo bajo su agujerada lógica del empirismo cínico. Así surge y cobra ímpetu esta compulsión por hablar de sexo, que no sólo no es lo mismo que hablar desde la sexualidad, sino que de cierta forma es lo opuesto. Hablar desde la sexualidad transita por la inevitabilidad del involucramiento propio con y desde aquello que nos rebasa, mientras que hablar de sexo es un intento por desarmar y contabilizar desde la función y perspectiva de un yo vigilante, desde el delirio de la objetividad. Es una construcción para evitar la inmanencia y el espacio. Es la diferencia entre el vértigo de un beso y las estadísticas de Masters y Johnson.


La intimidad amenaza lo útil, por su espontaneidad y la radiante apertura para con el presente y lo ajeno—asume lo implicados que estamos en vivir.


Ahora pienso en la cantidad de pastillas que hay para regular el “rendimiento” sexual e inclusive aliviar la timidez o el nerviosismo, el insomnio o la ansiedad.


Ahora pienso en el contacto. Ahora pienso en la radical diferencia de alguien más.


Ahora quiero cerrar los ojos.


Ahora sueño en lo posible y lo imposible.


Ahora, un poema que aún está por escribirse, en vez de un manual de instrucciones, escrito por un gangster y globalizado por la inercia.

Bibiografía

Baudrillard, Jean, El otro por sí mismo, Anagrama, Barcelona, 1997.

Foucault, Michel, Historia de la sexualidad, Siglo xxi, México, 1987.

Guattari, Félix, Soft Subversions, Semiotext(e), Nueva York, 1996.

Lingis, Alphonso, Trust, University of Minnesota Press, Minneapolis, 2004.

Sloterdijk, Peter, Critique of Cynical Reason, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1987.

Williams, Linda, Hard Core. Power, Pleasure and the “Frenzy of the Visible”, University of California Press, Berkeley, 1989.

Williams, Linda, ed., Porn Studies, Duke University Press, Durham, 2004.

Yehya, Naief, Pornografía. Sexo mediatizado y pánico moral, Random House Mondadori, México, 2004.


[1] Externo/interno, explícito/implícito, voluntario/involuntario son términos que se definen y, por ende, cancelan mutuamente.

[2] En casos como el de la green card prometida y luego negada, la recurrencia de la necesidad del poder económico para “controlar” el cuerpo es aparente. Se trata quizás de una ironía por medio de la cual se busca el engaño por parte de la mujer, para así confirmar el dominio, ya que si ella finge, lo hace por deber y si siente ese deber, entonces se “verifica” el ejercicio del terror.

[3] Quisiera considerar de qué formas se utiliza este efecto chafita (de mala calidad) en propagandas políticas y en la publicidad para aludir y apelar a una noción/imagen construida de lo popular, concepción fabricada cuando se equipara la carencia de recursos con la naturalidad y la autenticidad. Así, al hacer por medio de un des-precio (parte del look es que cuesta menos) como si se entendiera, como si se compartiera una realidad, que en el fondo es representada por dicha facción, abiertamente asumen que fingen y por ello se les otorga credibilidad.

[4] Si se logra verificar una ley ontológica/metafísica de manera absoluta, entonces se puede pretender estar por encima de ésta. La burla.

[5] Es decir, resulta claro que en el caso de ver sin ser vistos desde una inmersión en el flujo de imágenes lo que se cesa de registrar son los efectos de éstas en la mirada misma, en la subjetividad. La subversión inversa ocurre.

[6] Esto me recuerda la forma en que Octavio Paz, en la entrevista con Claude Fell (Plural, no. 50, 1975), trata la impunidad de la figura de autoridad masculina en la historia y el mito mexicanos: “El caudillo es heroico, épico: es el hombre que está más allá de la ley, que crea la ley”. En tanto, estar afuera de la ley es también ser la ley. O como sugiere la canción Jefe de jefes de los Tigres del Norte: el jefe de jefes es aquel cuya palabra es la ley.

[7] Éste es un tema que reitero a través de mi trabajo. Lakoff y Johnson lo tratan ejemplarmente en textos como Philosophy in the Flesh (1999), en el cual demuestran con precisión y atención los fundamentos metafóricos del empirismo, develando que se trata de una construcción histórica, mas no de un eje de encuentro transparente con la realidad.


jueves, 28 de mayo de 2009

definiciones

en estos tiempos engolosinadonanistas del metapragmatismo rampante, quizás no sea una mala idea buscar (como parte de un ejercicio surrealista) las definiciones de términos filosoficopersonales en las páginas de los instructivos para electrodomésticos...





Con estos aforismos azarosos he ordenado los capítulos de mi primera novela--aún inédita--; aquí van algunos:

Ilusión.- Confirma que el monitor está utilizando 256 colores.


Paranoia.- Ingrese una contraseña de cuatro dígitos utilizando los botones numéricos y enseguida presione el botón ENTER.


Venganza.- Se recomienda que la lavadora no se instale en áreas en dónde el clima sea de congelación ya que la lavadora tiene partes en dónde siempre contiene residuos de agua, como la válvula, la bomba, las mangueras.


Sospecha.- Cerciórese de que el casete esté firmemente insertado en el compartimiento para el mismo.


Tiempo.- Función de copiado creativo para agrandar imágenes para colgarlas en la pared como un cartel.


Confusión.- Si el sonido se está cortando apague la memoria virtual.


Albedrío.- La imagen se muestra independientemente de las condiciones de la señal y puede que no siempre sea visible.


Sensatez.- Asegúrese de tener todo lo necesario para una instalación adecuada.


Melancolía.- Presione el botón de OK.


Anhelo.- Vuelva a presionar PLAY para reproducir la cinta.


Alteridad.-Cancelar el cuadro congelado reanuda la reproducción de la película.


Catarsis.- La tecnología creada para este programa hace demandas considerables sobre su equipo.


lunes, 11 de mayo de 2009

forever never

Este texto recién salió en Picnic... las imágenes de este número están de lujo...


Lo difícil de las generalidades simplistavagoexperienciales
Dharmicocristianas quesqueespirituales
Es que como explicaciones todo lo que tienen son analogías

Luís H. Valadez, Eye likes it when ya die/Lord, hear our prayer

Imaginemos por un momento que te dedicas a la actuación (no por dudar de tu tan auténtica autenticidad—ni tantito). Ahora, tan sólo por seguir con este ejercicio, supongamos que desde mediados del año pasado, tu agente, en un frenesí de metanfetaminas y ginebra, cerró un trato tremendo. Este contrato te habrá de convertir en el próximo protagonista de la más históricamente desproporcionada y espectacularmente costosa producción de la vida de Jesus Christ (si eres chava no importa, te maquillan denso, barba postiza, efectos digitales, túnicas holgadas, etc.).

Todo marcha de ensueño durante tu primer año: leyendo el guión en un convento guadalupano, recortándote la barba para viajar a tierra santa, fumando mucho, dejando de fumar, dando entrevistas con lentes oscuros para Oprah, recibiendo bendiciones papales ante una multitud, tomando clases de arameo y de cómo ser crucificado—ya sabes. De pronto, tras un chequeo médico rutinario, se te informa que habrás de morir en exactamente una semana (evitaré los grotescos detalles de cómo y porqué; para no exhibirte—no es TV-Notas).

Aparte de todas las cosas que nunca hiciste y que ahora juras siempre quisiste hacer, te encuentras con el siguiente dilema: el director-guionista (además de ser pedante), ha decidido que a manera de homenaje, quiere que seas tú quien escoja tu reemplazo para este monumental papel. Sólo que hay un pequeño problema: la casa productora detrás del casting y demás, tiene un contrato eterno y definitivo para este guión, por lo cual te presentan únicamente tres opciones: Keanu Reeves, Diego Luna, o Gael García-Bernal.

Al oír la noticia, Keanu, tras hojear con fatiga e indiferencia el guión, declara públicamente que ya está completamente hastalamadre de salir en posiciones fetales y salvar al mundo. A la mañana siguiente amanece muerto en la tina de un hotel en Utah (¿o fue en Tijuana?)—sí, adivinaste, en posición fetal. Ni modos: ¿cuál de los charolastras consideras que mejor pueda imitar “la mirada mesiánica”?

A LO QUE VOY ES, que mucho de lo que consideramos “espiritual” suele no ser más que la perversa emulación de ciertos gestos. Una suerte de semiótica de lo trascendente. Decimos las frases en coordinación con las muecas correspondientes, compramos el collar, aprendemos a pronunciar palabras como “karma” o “dominus”, viajamos a la India (o a Tepoztlan), nos persignamos mirando al cielo con cara de misericordia, miramos invasivamente a los ojos a los demás… Es como si creyésemos que por vestirnos con terciopelo púrpura y hacer cosas peculiares con nuestro pelo facial, automáticamente vamos a tocar la guitarra como Prince.

Hay quienes conciben lo espiritual como referente a un plano inmaterial, ideal, y masturban sus platónicas cabezas con abstractas teorías sobre la reencarnación. Suelen mantener concepciones chiclosas sobre cómo la vida está llena de lecciones que si uno reprueba habrá de repetir infinitamente—como una perpetua pedagogía arquetípica. Estos son los Forevereados. Mientras que en el supuesto otro extremo, están los que no creen en “esas jaladas” y se dedican, con ejemplar devoción, a la acumulación de bienes, actitudes desencantadas y vivencias triviales. Los coleccionistas, pequeñodéspotas ensalzando sus narcisos con más (o menos) de lo que sea. Estos son los Nihilistas. Siempre y nunca, todo y nada. Y claro, toda una gama de combinaciones y cocteles intermedios. Nos tenemos que desprogramar, o programar, o reprogramar; que cortarnos el pelo, o dejárnoslo largo; que vestir de blanco, o dejar de hacerlo; regalar nuestros ahorros, o hacer mucho dinero; dejar de ser pretenciosos, o aceptar que lo somos. Lo que sea menos vivir directamente, en primera persona, desde nuestra corporalidad.

Pasa que nuestra concepción de lo espiritual suele estar al servicio de los más insidiosos de nuestros hábitos y miedos egocéntricos. Frecuentamos calumniosos y supuestamente sutiles concursos, para ver quién es más tolerante, sereno, desprendido, comprensivo, pleno, intenso, entusiasta, abundante, valemadres, sensato, temerario, solemne, etc. Sin importar si los valores que concursan son de índole “pacheco-buenavibra” o “satánico-gandallas” o “escéptico-cool” o “posmo-ingeniosos”, no deja de ser un concurso. No cesamos de percibirnos y tratarnos como objetos en una batalla con otros objetos. Amueblando y decorando nuestros egos, acabamos con frases como: “yo soy más chingón que tú porque tengo menos ego que tú” (que aunque no las digamos, las creemos).

Con ahínco ideamos nuestra experiencia como escindida: un sujeto y un objeto. Una división arbitraria fundada en la utilidad. Un mundo de objetos a los cuales atribuimos cualidades mágicas como la independencia, la esencia y la permanencia. Un mundo a disposición de un sujeto al cual proyectamos con características místicas, como la inherencia, la objetividad y la certeza. Acabamos alienados e intentando manipular nuestro entorno, y los mundos detrás del mundo, en una voraz persecución de inmunidad.



Cada que algo rebasa o se escapa de esta misión imposible, con tremenda velocidad, agilidad y una insistencia admirable, lo reinscribimos dentro de nuestro modelo habitual. Somos como una especie de MacGyver holográfico, volteando toda situación a ventaja de nuestra preciada fantasía de seguridad ontológica. Que nada nos toque, que nada nos cambie, que nada nos mueva…Pero claro, que los demás nos reconozcan por lo profundas que han sido nuestras vivencias, por lo especiales que somos. Ya sea que vayamos a las islas de Fiji a tener orgías en pañales o andemos de rodillas a la Villa, ya sea que nos rapemos la cabeza y no comamos más que hígado por 40 días o hagamos miles de postraciones en el Tibet antes (o después) de ir a Ibiza, o que cotorreemos con Tom Cruise y John Travolta en una convención Dianética, en general no hacemos más que procurar aprobación y ventaja. Huir de la humillación, correr hacia los aplausos (¿qué, nadie vio American Idol?).

Es peculiar que a pesar de lo inmersos que estamos—y quizás gracias a ello—, solemos obviar que la cosmovisión más en boga hoy día es el capitalismo. Si bien, cuando decimos Cristianismo o Maradonismo, nos referimos a la ciega afinidad y ferviente devoción para con Cristo o Maradona. Sin embargo, pasamos por alto que ahora somos fieles piadosos del capital. Admiramos las experiencias y sofisticaciones que el capital provee, el carisma y la superioridad que supone infundir como misterio en los sujetos que más poseen, el quesque sentido común y soluciones rápidas que ofrece. El Zen capitalista light: que nada te afecte, vive en el momento (¿cuál momento y cuánto cuesta?). ¿Qué mejor ejemplo de ello que el avasallador y siniestro auge que exhiben personajes como el Dr. Jesús Miranda (Cristo Hombre), o Madonna con sus matemáticas intergalácticas y baños de lluvia? ¿Y qué síntoma más nauseabundo que el trepidante éxito de la neurosis obsesiva por medio de El Secreto? ¿O qué tal que los grandes empresarios (del narco) se vuelven santos?



Y cómo no iba a suceder esto, si nuestra concepción de Espiritual es más difusa y tambaleante que la vida de José José. El diccionario ofrece lo siguiente: Referente al espíritu, ¿Qué diablos es eso del “espíritu”? (¿No se les dice así a los vinos?) Para cerrar me gustaría proponer lo siguiente: la espiritualidad se refiere a las prácticas de la subjetividad; técnicas que revelan su naturaleza, sus características, su plasticidad; métodos que alumbran el asombro mismo que nos constituye. La espiritualidad alude, así mismo, a las instancias—a menudo accidentales—en las cuales la delirante división sujeto/objeto es interferida y deconstruida por una inmanencia viral. Por ejemplo, una práctica que me parece atinada para describir la espiritualidad, vendría a ser la meditatio mortem. Es decir, una contemplación sobre la propia muerte, que nos restituye a una apreciación fulgurante del mundo.

En fin, creo que ninguna religión es tan deplorable como la psiquiatría, las nuerosciencias o la sociobiología—por la rampante homologización que propagan gracias a su supuesta “verdad empírica”. Pienso que no son mucho más que defensas místicas del neoliberalismo. Y no son tan distintas a las premisas del Opus Dei o aquellas de los Raelianos. No sé, pero lo que sí puedo asegurar es que aún prefiero releer La Panza es Primero de Rius que aventarme un “viaje de poder” en Teotihuacán (o en cualquier otro lado, pa’l caso) con Don Miguel Ruíz, y que cada que veo a algún chavito (o no tan chavito) Krishna, con su melenita esa, ya sea en un aeropuerto o en el Parque México, mi primera reacción es querer darles un sape. Y mi segunda reacción…también.

domingo, 26 de abril de 2009

noches quizás

pasé el día en casa y entre siestas me topé con este poema en un archivo...


Eres poema
que se duerme
Pero sueña

Eres satélite
que me habla
De dulzura
inequívoca y entrañable

Una ciudad
de hologramas
Que derrama luces
en un vaso infinito

Eres mente
que se torna piel
torna sol
torna mesa
que mezcla
misterios con sentidos

Frágil bestia
Cantando a latidos

Eres un beso
que interrumpe la locura
Un pecho abierto
que se rinde al silencio

Eres luna reflejada
espuma de mar

Eres danza que invita
A preguntar

una extraña fruta
que envenena la certidumbre
Una sonrisa a destiempo
Un viento de maíz

Eres aquello que nos llama
aquello que nos mata

Un hambre traviesa
Una sed sin nombre
La manecilla que se tuerce
La fantasía olvidadiza
(-quebradiza, mantequilla, sutura, mercurio, fractura, saliva, arcoiris, orquidea, licuadora)

Eres la guerra de sombras
la venta del trueno

Eres diluvio de risas
Un camino invisible

Eres nunca
Eres quizás
Eres no sé
fugaz rapto
Eres talvez

Y me regalaste un pasaje

viernes, 27 de marzo de 2009

Viajeros de Buró

Este texto fue incluido en el número pasado de Picnic, "Aventureros"...

…para una entidad simulada, la simulación es realidad, y debe vivirse de acuerdo a sus reglas internas.

-Hans Moravec, The Senses Have No Future


A pesar de los años, aún creo que nada significativo ha sucedido en el mundo del airguitar desde que C-Diddy ganó el torneo mundial en 2003. No que falten muestras de ánimo, destreza y vestuario, pero nadie ha logrado la ilusión que este tipo con una pechera de Hello Kitty generó en su momento. Sonyk-Rok, su discípula, y Rockness Monster (ambos, al igual que C-Diddy, curiosamente de descendencia asiática—¿será parte de un complo’?), despliegan fulgurante creatividad y una detallada habilidad teatral, pero el maestro no ha sido rebasado. EN FIN, lo que aquí me concierne es la gran cantidad de tiempo, entrega y constancia que estos personajes del mundo de la guitarra de aire dedican a ello. Seguro que si invirtieran tal energía y tiempo en tocar una guitarra de esas con cuerdas y todo, serían ya unos virtuosos, tocando el Concierto de Aranjuez sin traba alguna. Pero no, nada de eso, ellos han preferido consagrar su tiempo a otra cosa: al fino arte de hacer como si.

Indudablemente, uno de los peculiares sellos de estos tiempos es el como si: Café descafeinado, cerveza sin alcohol, chocolate sin carbohidratos, sexo virtual, ropa de diseñador que parece usada, votos sin democracia, endulzante sin azúcar, glúteos firmes sin sentadillas, cigarrillos electrónicos de vapor…Un mundo light. Y es que queremos el tour completo pero sin pagar el cover. No estamos dispuestos a ponernos en juego, a tomar riesgos, a aceptar la tarifa que cobra sobre nuestra subjetividad todo aquello en que nos incluimos. Queremos interacción sin involucramiento—contacto sin contacto. Solamente queremos todo, pero sin consecuencias. Ah, sí, y que sea bien realisimo.

Y, ¿por qué no? Digo, no por defender nuestros repetidos intentos de inmunidad y omnipotencia narcisoide, el aislamiento crónico y la fatiga empática. Pero tampoco oso tomar partido con alguna esponjosa nostalgia por un apócrifo recuerdo de la autenticidad (porque además seguro es una de esas nociones de autenticidad abstraída de las categóricas sensaciones que produce algún anuncio de cigarros sin filtro). O como lo leí en un grafiti: el nihilismo es nada de qué preocuparse. En otras palabras, nuestros intentos de inmunidad no son más que eso, intentos. El aspartame también tiene efectos secundarios.

Hoy en día se puede rockear a través de otros virtuales, disfrutando de supuestos aplausos, euforias y una progresión lineal hacia una finalidad clara: la fama vis a vis ganar el juego. Todo sin tener que ensayar, lidiar con las encantadoras personalidades y hábitos de intoxicación y egos de toda una serie de desadaptados; es más, no se tiene que cargar amplificadores y platillos, pedir prestada la camioneta de tu tía (y talonear una lana para la gas), vender boletos para luego ser chamaqueado por los semi-gangsteriles dueños de algún antrillo; ni es necesario batallar con tipos canosos en playeras del concierto de Heroes del Silencio, que con aliento a cubalibre y dos cajetillas al día, sin soltar de la mano a sus novias angustiadas te piden (¿exigen?) una y otra vez, gritando en tu oído, no sólo que toques una de Metallica, sino que además los dejes subir a cantarla contigo, y luego se resienten y te miran con despecho y hablan mal de tu banda porque no los dejaste hacer como si son el James Hetfield de Azcapotzalco, para quesque impresionar a sus encantadoras novias. Quizás sólo me encuentro un poco amargado ya que tras años de tocar la guitarra, por más que lo he intentado no logro pasar del primer nivel de Rock Band.

Otro fenómeno paralelo que me llega a incitar a giros reflexivos, (bueno, de menos cuando me encuentro en tráfico), son las estampas de Grand Theft Auto que veo pegadas a las cajuelas de autos, (generalmente camionetas SUV del año). No acabo de entender de qué se trata. ¿Acaso quiere decir que el dueño de la preciosa camioneta apoya al crimen y la impunidad? (¿Cómo compró esa camioneta?) ¿Si lo bajamos de su troca a punta de cachazos lo va a agradecer? ¿O sencillamente significa que el sujeto que vemos en la camioneta quiere que sepamos que no es quien parece ser (citando a Enrique Iglesia: “tú no sabes quién soy yo”), ya que en el fondo es un tipo rudo que preferiría estar en casa, sumergido en el sillón, ingiriendo una dosis de chicharrones y cacahuates, mientras juega a incinerar pandillas y patrullas con un lanzallamas, para luego chocar autos ajenos y cachetear prostitutas en la vía pública?

Puede que todavía valga la pena ponderar los efectos de la violencia y el sexismo en los videojuegos sobre nuestras frágiles mentes. Puede incluso que sostenga algún mérito hacer puntuales señalamientos sobre la reclusión, la enajenación y la falta de deporte; o al contrario, argüir a favor de la coordinación ojo-mano y los reflejos y las redes neuronales estimuladas por el ejercicio de resolver problemas…etc. Pero, aparte de que ya existen muchos y en ocasiones brillantes discursos al respecto, creo que hay otros ámbitos teóricos ahora más relevantes de contemplar, como el futuro de la simulación.

Nuestro amigo de la camioneta con la estampita de GTA nos dice algo importante: ¿cuáles son los límites de nuestra identidad? ¿De poder ser cualquier cosa, qué seríamos? Los videojuegos nos permiten, también, asumir roles y posturas que fuera de su código particular nos son inaccesibles. Uno de los atractivos cruciales de la aventura virtual es en quién nos podemos convertir. Y no es meramente materia de quién jugamos a ser en la pantalla, sino que quizás nos confronta con la plasticidad misma de nuestra subjetividad, en cuanto que es como tal gracias al mundo que le rodea y el lugar que le es permitido ocupar dentro de éste. Devela sentimientos encontrados, fantasías no exploradas y una complejidad imprevista en cuanto a la construcción de nuestra identidad. ¿Qué mejor ejemplo de que la virtualidad problematiza de fondo a la realidad—en tanto que expone la naturaleza replicable de ésta—, que un caso reciente en Inglaterra en que una mujer se divorció de su marido porque lo encontró teniendo sexo virtual con otro avatar en Second Life?

La más reciente versión de Grand Theft Auto, GTA IV Liberty City, vendió tan sólo en los estates, en transcurso de sus primeros cinco días a la venta, alrededor de 3 millones de copias. Creo que podemos decir que es una de las grandes narrativas de nuestros días. Cabe tomarle en cuenta, y reitero, menos desde la condena o defensa moral de sus contenidos y más por la narrativa que presenta. Amén de su lógica de capitalismo tardío: el personaje protagónico se observa, generalmente, en tercera persona, así como nosotros hemos internalizado la mirada ajena y tendemos a percibirnos y conducirnos como objetos disociados de nuestra experiencia directa; en el monitor tiene siempre presente su estado de cuenta; y no comienza con una narrativa clara o una teleología certera, pero sí con un protocolo hiper-definido y una contabilización detallada de sus supuestas transgresiones; así, los demás están siempre en función del cumplimiento de las tramas que se inventa para dar sentido a su existencia en una perpetua persecución de poder, prestigio, sexo y propiedad privada.

Es justo este tipo de caricaturización de nuestros esquemas de vida y modelos de sentido que atribuimos a nuestras experiencias diarias lo que me parece más interesante de juegos como GTA IV. Ya que por medio de estas caricaturizaciones se exponen también algunas de las certezas en las que creemos al grado de obviarlas. El futuro no tan lejano nos confronta ya con la posibilidad de la inmersión total en realidades virtuales. Simulaciones de creciente fidelidad en cuanto a las texturas que aún identificamos como realidad; simulaciones cuyas cualidades puede que rebasen muchas de las características de “esta realidad” (colores, pixeles, definición de sensaciones, edición y efectos en tiempo real). Todo un universo de experiencias posibles comienza a desdoblarse frente a nosotros. ¿A qué variedad de concepciones de tiempo y espacio tendremos acceso? ¿Qué tipo de corporalidades no serán posibles? Más aún, ¿qué suerte de vivencias habremos de crear y habitar? ¿A qué gama de identidades e interacciones nos abrirá las puertas? Y sobre todo, siendo que este ámbito de la simulación nos presenta con la oportunidad de experimentar ampliamente con las metáforas constitutivas de nuestra expresión y experiencia vital, ¿qué variaciones nos hará posibles en la totalidad de nuestra realidad, en tanto es ésta indivisible de la mente que la recibe/emite?


GAMEOVER


martes, 3 de marzo de 2009

puta madre

después de un tiempo, y con cierta resistencia, me tomo la libertad de publicar el siguiente poema...



Al filo de la miel
se derriten constelaciones
y la ternura
es brutal.

hemos desafiado a las lámparas,
con tus pupilas mantequilla,
y la mar de fluorescencias
vacilando tus pestañas.

la quietud es un himno
pero hace tanto que no dejo de cantar.
mientras te preguntas cosas serias
que nada tienen que ver con el tiempo:

avionazo decapitados Pemex
narcomenudeo secuestrados Telmex
walmart super k nicotina

defiendo el espacio,
cediendo el territorio,
y llueven flores de colores oscilantes,
y soñamos con rebeliones y semáforos rotos.

un beso quizás,
uno lejos del capital;
una caricia quizás,
una desprovista del pánico:

eta zetas afi
panchitos poetas malditos doritos
banco mundial fmi tlc

considero
que podría escribir
un tremendo poema
de amor.
solo tomo café,
busco culpables
me fatiga la indignación, y
abrazo la angustia:

'colgó los tenis' 'cenan plomo' 'su último danzón'
crisis deuda inversión
duvalin coca cola ricolino inflación

yo soy menos,
tu más-turbas los rayos del sol;
yo soy más,
tu menos-precias lo inmediato:

pri pan prd
jumex aeromex dvd
privatización inmigración importación

yo soy menos,
tu más-ticas mi sopa de letras;
yo soy más,
tu menos mal que no regresas:

mexicana mariguana springbreak
pgr pfp ddt
alpura silicona maizena

pero ya
da lo mismo,
y ni un segundo extra les ofrezco
ahora que tengo mil brazos
y sé bailar salsa.

ya
olvida mi nombre
ya
cancela mi servicio
ya
cierra la cortina
ya
borra mi historial:

televisa tv azteca mtv
madonna belanova ketamina
china cocaína china

doce meses sin intereses

-(credencial para votar)
ven, disfruta nuestras rebajas
-(credencial para votar)
doce
meses
sin
intereses
-(credencial para votar).

Porque:
Al filo de la miel
se derriten constelaciones
y la ternura
es brutal.
que no me canso de tararear
odas a la dulzura, a ritmo de quebradita huasteca ciber-punk,
y de intercambiar mensajes cochinos con la diosa a través
de mi celular.

que no he cesado de
asombrarme
y perder

y perder

y perder

y perder

el aliento.