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martes, 18 de junio de 2013

Síntomas de una época: el Diagnóstico

De mi columna en PijamaSurf, esta reflexión sobre el sesgo del diagnóstico psiquiátrico...


La salvación no me interesa. Ni la propia ni la ajena. A lo más, puedo decir que me gustaría evitar el sufrimiento propio y de quienes me importan. Por mera probabilidad asumo que entre menos crueldad haya en el mundo, menos probable es que me toque a mí o a quienes quiero. Comoquiera, a ratos me pregunto si hay algo en el sufrimiento ajeno que produzca un retorcido consuelo. Como si por mera substracción me considere librado de ese sufrimiento que padece el otro, al menos por ese momento. Es estúpido, sí, pero muy poco de mi cerebro humano funciona estrictamente de acuerdo a la razón. Quizás sea por irracional que la salvación no me interesa. Quizás no.
El DSM-V, además de ser muy útil para cualquier escritor a la hora de diseñar personajes, se usa como guía para realizar diagnósticos psiquiátricos. En otras palabras, este Manual Estadístico y de Diagnóstico de Desórdenes Mentales, se considera una autoridad a la hora de evaluar la conducta y determinar el estatus de la sanidad mental de alguien. Veinte años después del manual previo, el DSM-IV, esta versión enchulada presenta todo un arcoíris de nuevas patologías y síntomas. También ha modificado, de modo muy sensato, cabe señalar, algunas categorías y criterios de diagnóstico. Sin embargo, es, en cierto sentido, la nueva moneda de la salvación. La salud mental se considera desde muchos ángulos la medida de la felicidad y del modo adecuado de estar en el mundo. Por ello, no sobra preguntar cuánto de la psiquiatría no será también un intento por consolarse con el sufrimiento ajeno. ¿Acaso la locura ajena es indicador de la sanidad propia? Resulta evidente que no, pero eso no quita relevancia a la pregunta.

¿Pero sino por las conductas bizarras de otros, qué es la locura? ¿Es una distorsión de la mente ante la realidad (y alguien sea tan amable de definir “realidad”)?; ¿o será, tan solo, una interpretación de la conducta según cierta sociedad humana? El primer caso se basa en la claridad de la cognición, y supone distinguir los hechos de la especulación. El segundo caso, en cambio, si bien incluye estas variantes, inserta también una cosmovisión: una versión del mundo y del humano. La pregunta es, entonces: ¿existe tal cosa como la locura fuera de la sociedad humana? Y es una pregunta boba, como un koan Zen pintado en un cuadro chic en el baño de un café. Resulta de poco provecho preguntarse sobre la esencia absoluta de cualquier concepto. Digo, ni que estuviésemos por fuera o por encima de nuestras vidas.
Por ello es mejor contemplar algo relativo, como, por ejemplo aquella novela de Ken Kesey One Flew Over the Cuckoo’s Nest, también conocida en español como Atrapados sin salida.Y no hace falta ser maestro Zen para deducir que me refiero a la película (1975) y no al libro (1959). En la cinta, Jack Nicholson actúa como Randle Patrick McMurphy,  un tipo que se hace pasar por “loco” para se admitido a un psiquiátrico, con tal de evitar ir a prisión por estupro. Por más peculiar que pueda parecer su personaje, resulta, más bien, un tipo mañoso que, digamos, alguien dado a conversar con sus heces a la entrada del palacio de gobierno (cosa que además seguro ya es un performance de arte conceptual en algún sitio). La trama se enreda y McMurphy, más por la antipatía de una enfermera y los médicos que, acaso, por falta de sentido común, termina con una lobotomía. No importó, jamás, si estaba o no loco, el mero hecho de estar en un psiquiátrico bastó para que se le diagnosticara, medicara y operara.


En 1973 David Rosenhan elaboró un experimento, no solo una ficción torno a este fenómeno, intitulado: On Being Sane in Insane Places. Él y 7 colaboradores simularon tener alucinaciones auditivas para ser ingresados a distintos institutos psiquiátricos. Seguro existen mejores maneras de pasar el verano que en un psiquiátrico por convicción, pero Rosenhan quiso establecer un sesgo de confirmación dentro del diagnóstico psiquiátrico. Es decir: si estás internado en un psiquiátrico (contexto) es prácticamente imposible que no crean que estás loco. Rosenhan y sus colaboradores tenían la instrucción de, primero decir que escuchaban una y otra vez la palabra “thud” [ruido sordo], para luego, al ser admitidos, dejar toda simulación y conducirse como lo harían normalmente, indicando al staff que ya no escuchaban esa voz. La mayoría estuvieron internados, sin poder salir, alrededor de 20 días. Solo fueron liberados bajo la obligación de aceptar su diagnóstico (esquizofrenia) y de continuar tomando el medicamento. Rosenhan publicó sus resultados, describiendo, en algunos casos, el maltrato que recibían algunos pacientes por parte de los empleados del hospital.
El experimento demostraba algo terrible: el diagnóstico cancela la credibilidad. Es decir, quien es ingresado a un psiquiátrico pierde el peso de su propia palabra —aunque se trate con sus impresiones y vivencias personales y subjetivas—.  La APA (American Psychiatric Association) puso el grito en el cielo; ofendidos, quisieron invalidar, también, el experimento de Rosenhan. Se quejaron sobre sus métodos y sobre la falta de ética en su experimento, pero no pudieron invalidar los resultados, ya para entonces públicos. El director de un psiquiátrico lo retó a enviar, durante tres meses, falsos pacientes, a fin de que pudiesen demostrar su capacidad de diagnóstico. Rosenhan, por supuesto, aceptó el desafío. Pasado el plazo, el director de dicho hospital declaró, con jactancia, que habían detectado a 41 impostores. Rosenhan, tranquilamente le aclaró que jamás envío a una sola persona. Ouch. Rosenhan – 2 – infalibilidad del diagnóstico psiquiátrico – 0.
No estoy por avocar contra la psiquiatría o de sus fármacos –ni que fuera Tom Cruise en Oprah a punto de demostrar cuánto necesita un Risperdal—. He sido testigo de los beneficios de las intervenciones químicas y de los tratamientos psiquiátricos. Mejor aún si se acompañan con alguna forma de terapia o análisis, son de gran utilidad y alivio. Lejos de estar contra de cualquier avance de la ciencia, pienso que la psiquiatría necesita apegarse más al método científico. En este sentido requiere estar dispuesta a cuestionar el sesgo de confirmación que puede generar el método diagnóstico al que recurren, tanto como cuestionar la relación que existe entre la industria farmacéutica y manuales como el DSM-V. A la par, nosotros podemos indagar sobre el uso popular de términos clínicos y la facilidad con que psicopatologizamos nuestras conductas (o las ajenas). Ahora resulta que toda repetición es TOC y que toda distracción es ADD, o que un gesto de introversión es ya alguna suerte de autismo. Pero que sea una reflexión sin alarmismos, paranoias, conspiraciones o purismos chafas (que muy rara vez son otra cosa que un intento por mostrar alguna forma de superioridad moral, para estar por encima o por fuera de una situación). Solo ciencia para el progreso, para el alivio, en este caso, de los padecimientos mentales. Sálvese quien pueda. Sálvese quien quiera.


miércoles, 10 de abril de 2013

Síndrome de Estocolmo

Recién publicado en PijamaSurf, en mi columna 'Síntomas de una Época':


Las películas de John Waters son perversamente entretenidas.  Tienden a llevar las cosas a sus últimas consecuencias; son escatológicas hasta lo absurdo. En tales cintas resulta fascinante ver lo lógico que es lo absurdo: lo consecuente que resulta. Pensemos, por ejemplo, en A Dirty Shame (2004), donde toda la población de un pueblo –que bien puede ser cualquiera— se va volviendo adicta al sexo. A tono con el torcido humor de Waters, la gota que derrama el vaso, haciendo del último habitante también un sexo-adicto, es ni más ni menos que una heces congelada de David Hasselhoff que cae desde un avión golpeando su cabeza.
John Waters tiene múltiples fetiches en sus cintas, con las cuales hace una crítica al surrealismo del sentido común. Una de sus tantas fijaciones pop, es Patty Hearst, quién ha aparecido en cinco de sus películas.  Hearst no protagoniza las cintas, sino que sale en papeles pequeños, como un ícono de los límites de la cultura americana. A Patty se le recuerda por los sucesos del 4 de febrero de 1974, cuando fue secuestrada por el SLA (Simbionese Liberation Army). El grupo pedía, a la acaudalada familia Hearst, donaciones millonarias para combatir el hambre y la pobreza en los EEUU, a cambio de la liberación de Patricia. Llegan grabaciones de Patty leyendo discursos del SLA, y meses más tarde llega un retrato de ella portando un rifle de asalto en un atraco bancario. No se veía a nadie sujetando o amenazando a la señorita Hearst, quien además ostentaba una gabardina y boina muy ad hoc para la ocasión. Por esta razón fue arrestada en septiembre de 1975, en un ataque policiaco que dejó muertos a la mayor parte del SLA.


Todo lo anterior fue un escándalo en su época. Pero dejó una estela aún mayor el juicio de Patty. Durante el juicio ella declaró haber sido abusada física y sexualmente por miembros del SLA, por lo cual no podía hacerse responsable por sus acciones. Su defensa luchó por la inocencia de Patricia Hearst, bajo el argumento de que ella actuaba como cautiva y por su supervivencia—sin malicia—. Comoquiera, Patty estuvo en la cárcel hasta febrero de 1979, y esto debido a una sentencia reducida por el entonces presidente Jimmy Carter. Años más tarde, el mero Bill Clinton ofreció un indulto a Patty, bajo la siguiente premisa: ella actuó bajo los efectos del Síndrome de Estocolmo (quizás él pudo haber argumentado lo mismo ante las acusaciones de Mónica Lewinski).
Este síndrome clasificado como un Síndrome de Estrés Post-Traumático, debe su nombre (conferido por el criminólogo sueco Nils Bejerot) a otro asalto bancario. En 1973, en Estocolmo, Suecia, un grupo tomó rehenes a cuatro empleados de un banco durante seis días. Lo peculiar fue lo siguiente: tras la captura de los asaltantes, los rehenes se portaron renuentes a declarar en su contra; declarando, incluso, que sentían más miedo de la policía que de sus captores. Los rehenes se habían terminado por identificar con sus captores. Una de las rehenes hasta se casó con uno de sus captores—eso sí es digno de un guión de John Waters—.


A primera vista tal síntoma (defender o hasta enamorarse de tus captores) parece mera demencia.  Y sí, lo es, pero también hace mucho sentido. Este síntoma se desarrolla sin querer, como un mecanismo de supervivencia. Si tu supervivencia depende de tu victimario, inadvertidamente cultivas un interés pos sus estados de ánimo o su percepción del mundo. Es para poder predecir sus reacciones y encontrar el modo de maniobrar las circunstancias a tu favor—para seguir con vida—. La víctima se ve obligada a leer los gestos, buscar evidencia en su postura, en la entonación de la voz, aprendería a reconocer la estabilidad o volatilidad de su captor. Pero bien lo sugería Nietzsche, en este aforismo que aquí saco de contexto: “Si mucho miras a un abismo, el abismo concluirá por mirar dentro de ti.”
Salvo que en el caso del Síndrome de Estocolmo quien lo padece no se convierte en abismo per se, sino que introyecta a su victimario por medio de una empatía obligada. Existe, claro está, un vínculo entre la empatía y la manipulación. Tanto por quien manipula la empatía ajena, como quien empatiza para poder así mejor manipular a alguien. La mayoría de nosotros (salvo quizás los autistas y los sociópatas) hemos desarrollado esto, en cierta medida, para sobrevivir. La infancia es evidencia de ello: de bebés, en estado pre-verbal, nuestra supervivencia dependía completamente de nuestro padres. Dependíamos del beneplácito y las muestras de afecto de unos gigantes extraños para continuar con vida. Y sin escoger quiénes son o importar sus defectos, hemos empatizado con ellos con nuestra vida de por medio.
De ahí, el salto a las esposas golpeadas o los miembros de sectas abusivas es un mero tiro de dados. Sobre-identificarse —o hasta perderse— en los estados de ánimo de otro pasa todo el tiempo, la patología, en este caso, es cuestión de grados. Lo fundamental parece ser no perder el sentir propio como punto de referencia —como ancla—. Con estas cuestiones, lo fundamental es dejar de creerse exento de sus posibles síntomas; solo así es posible desenredar, o acaso solo comprender, las tantas reacciones inconscientes que nos rigen. Pero mientras, pueden seguir por ahí creyendo que se gestaron ex-nihilo y que no tienen una líbido enmarañada con la infancia y la impotencia y los tantos grados de la empatía inadvertida. Claro, hasta que les caiga una caca congelada de David Hasselhoff en la cabeza.


lunes, 15 de octubre de 2012

El pensamiento mágico.

Otra entrega para la columna 'Síntomas de una época' en Pijamasurf.


Si tras prender una vela roja bajo la luna, y decir su nombre 7 veces, Shakira cediera a tus encantos, sería fácil suponer que tu hechizo surtió efecto. Aunque por otro lado, sería una pena; te obligaría a dudar sobre la autenticidad de sus sentimientos, aunado al pánico de que alguien llegue a prenderle más velas rojas. O, supongamos que a cambio de correr con suerte en una entrevista de trabajo, le prometes a la deidad de tu preferencia dejar de fumar crack. Parece una idea sensata, y más si buscas un trabajo, pero ¿acaso no sobran la deidad y la promesa, tanto como en el caso anterior sobran las velas?
El pensamiento mágico se basa en atribuirle mayor efecto a una cosa, persona o evento del que tiene en realidad. Es una falacia causal que supone relaciones significativas entre ciertos actos y ciertos sucesos. Como cuando un apostador cree que al soplarle a los dados mientras le reza a San Judas, aumenta la posibilidad de una tirada favorable. Es decir, el que sople o no sople, no tiene un efecto cuantificable sobre su tirada. Por algo hay leyes contra arreglar peleas o marcar una baraja, mas no se legislan las sopladas de dados, o las rezadas a San Judas. En casos de incertidumbre, como los juegos de azar, o las caderas de Shakira, la tendencia a recurrir al pensamiento mágico se multiplica. 
El pensamiento mágico exagera el efecto que uno tiene sobre el mundo. Como cuando crees que al comerte el último M&M del paquete desencadenarás el fin del mundo. Es un ejemplo excesivo, quizás, digno de alguna mala ingesta de psicotrópicos, pero sirve para ejemplificar el síntoma. En este sentido, el pensamiento mágico es tremendamente infantil, en cuanto a que no hay distinción entre el mundo y el estado interno de la conciencia. Uno puede estar triste porque está nublado, pero veo difícil que esté nublado porque uno está triste. A diario alguno de los billones de habitantes de la tierra está triste, entonces tendría que estar nublado todos los días, ¿no? Es bastante solipsista el asunto, pues. 
Mucho del problema reside en confundir lo absoluto con lo relativo. El pensamiento mágico, en tanto distorsión cognitiva, es como el efecto mariposa en esteroides y floripondio al mismo tiempo. Claro que el aleteo de una mariposa en China tiene algún efecto sobre un huracán en el Caribe; en este caso, el error reside en sobreestimar la proporción de dichos efectos. Además de devaluar los demás factores que suscitaron la tormenta en el Caribe (como el parpadeo de un perro en Alaska mientras caga), se excluyen todas las causas y condiciones que tuvieron efecto sobre el aleteo de dicha mariposa. Ahí es cuando se llega, más bien, a la infinitud. Cualquier gesto, por minúsculo que sea, es parte indivisible de todo lo demás, y tiene ecos y efectos; dicho gesto es, a su vez, eco y efecto de tantos otros gestos. La cuestión es no perder el sentido de la proporción. Es decir, a la hora de observar los efectos de un acto, o son cuantificables y verificables o no son (al menos en lo relativo, que es lo que nos concierne, netamente). 
Tal es el fallo del bestseller internacional The Secret. El libro supone, sobre todo, que al dorarse la píldora reiteradamente con una idea, ésta se materializa así nomás porque sí. Aparte de ser una apología de la neurosis obsesiva, es una forma de pereza basada en la superstición. Supone que se pueden saltar las etapas y acciones necesarias para obtener algo, a cambio de solo pensar mucho en ese algo. En cierto sentido, realizar prácticas mágicas puede tener un efecto simbólico sobre quién las lleva a cabo. Pero de ahí a pensar que por pintar un pentagrama en tu azotea, así sin más, te vas a ganar un auto, o tu equipo ganará la Champions, es arena de otro costal. La magia, es expresiva, mas no instrumental. 
Hay quienes gustamos de especular sobre lo improbable o incluso lo absurdo. Esto no es pensamiento mágico, mientras se le considere una especulación, y no particularmente como teorías “racionales” bajo la óptica científica contemporánea. Así, a menudo, quienes defienden alguna forma de pensamiento mágico, suelen argüir que la ciencia presenta una cosmología básicamente inerte. Consideran que las ciencias proponen un mundo donde la materia carece de inteligencia o está muerta, por así decirlo. En ninguno de los postulados de las ciencias se dice esto. El hecho de que no le echen más crema a sus tacos con teorías misticomágicas sobre el funcionamiento de las cosas, no implica tal visión del mundo. Pero andarle atribuyendo magia al mundo, eso sí es un modo de asumir que le hace falta tal magia, que carece de asombro.
Cabe señalar que a lo largo de la historia ha habido casos donde teorías que parecen pensamiento mágico, resultaron no serlo. Como con los microbios, por ejemplo. En algún punto de la historia, la idea de que había organismos invisibles que causaban patologías sonaba, fundamentalmente, a un cuento de fantasmas. Vale la pena mantener la mente abierta a las posibilidades, aunque parezcan improbables o inscritas fuera de la narrativa de lo racional. Pero no sin considerar que el que algo suceda posterior a otro evento no es, necesariamente, indicador de qué fue provocado por el primero. El pensamiento mágico es un problema de correspondencia, donde una correlación no es suficiente para probar causalidad. Pero quizás, si cruzo los dedos antes de escribir el punto final de este enunciado, alguien toque a mi puerta a decirme que me he ganado un viaje en crucero con Rihanna.

domingo, 3 de junio de 2012

La ilusión de la voluntad consciente

De mi columna 'Síntomas de una Época', en Pijamasurf.


El hubiera no existe. No hay manera de saber, en retrospectiva, si pudimos tomar decisiones distintas a las que hemos tomado en nuestras vidas. Establecer si en verdad tuvimos una opción, o si estábamos ya determinados a hacer las cosas tal como las hicimos, es imposible. Para probar lo contrario, sería necesario viajar al pasado y tomar una decisión distinta a la que tomamos en dado momento. (Como en la serie Family Guy, cuando Stewie viaja en el tiempo para evitar que Kurt Cobain se mate ofreciéndole helado Hagen Das a cambio de su escopeta [temporada 10, episodio22]). Suponiendo que pudiésemos, por algún tipo de variación cuántica, modificar las reglas de viajar en el tiempo (ya que al alterar una decisión en el pasado dejaríamos de ser quienes fuimos y por ende no habríamos viajado al pasado), aún habría problemas. Aunque viajásemos al pasado, tal momento pasado sería, para nosotros, un momento posterior dentro de la secuencia de eventos en nuestra conciencia; en otras palabras: no hay manera de saber si tenemos voluntad consciente o no.

La sensación de tener una voluntad consciente es algo infranqueable. Pero es eso, una sensación, como la sensación que tenemos al ver un color o beber un refresco. En cierto sentido, la idea de una voluntad consciente, raya en lo que llamamos pensamiento mágico: pensar que tenemos más efecto sobre el mundo del que realmente tenemos. Cómo dicen por ahí: una sobre-estimación de la influencia personal. Recordemos, pues, las tres heridas al narcicismo de la humanidad: 1) Copérnico nos desmiente sobre ser el centro del universo, ya que la Tierra gira alrededor del Sol y no viceversa; 2) Darwin nos sitúa como una especie más entre tantas, en un enredado proceso evolutivo, y no como una especie divina, aparte; 3) Freud demuestra que no somos tan dueños de nuestros actos (o nuestra psique) como pensábamos, ya que nuestras motivaciones suelen ser manifestaciones inconscientes de fuerzas que nos rebasan por mucho.



La hipnosis fue un factor importante en las investigaciones de Freud. Fue uno de los métodos que lo alentaron a intuir que había procesos inconscientes movilizando la conducta. Consideremos, en este tenor, un fenómeno conocido como racionalización post-hipnótica. La racionalización se define como un mecanismo de defensa, donde se ofrecen razones convincentes pero falsas sobre una acción. La racionalización post-hipnótica, refiere a cuando un sujeto hipnotizado es sugestionado a realizar ciertos actos después del trance hipnótico. Usualmente se confiere alguna señal; por ejemplo, cuando suene una campana el sujeto se rascará las pelotas. Después, al escuchar la señal (la campana), el sujeto lleva a cabo la acción pre-establecida (se rasca la pelotas); pero cuando se le pregunta porqué lo hizo, dará una “razón”, ignorando el hecho de la sugestión post-hipnótica (me dio comezón).

En otra línea de experimentos, torno a los procesos cerebrales involucrados en la toma de una decisión, se llegó a una conclusión similar. Al utilizar scanners cerebrales, Benjamin Libet, de la UCSF, y su equipo, notaron que el impulso para llevar a cabo una acción surge, como una carga eléctrica en el cerebro unos 300 milisegundos antes de que ocurra un registro consciente de la decisión. En otras palabras, las decisiones que reconocemos a nivel consciente derivan de procesos cerebrales ya elaborados anteriormente, y no viceversa. ¿Será que luego, parecido al sujeto del experimento post-hipnótico, solo inventamos excusas?

El Dr. Daniel Wegner, profesor de psicología en la universidad de Harvard, propone algunos elementos a considerar en la construcción de lo que él llama La Ilusión de la Voluntad Consciente [The Illusion of Conscious Will, MIT, 2002]. Son tres factores centrales: Consistencia, Exclusividad y Prioridad.  La Consistencia indica que parte de esta ilusión se produce debido a que hay temas afines a la acción en el pensamiento, antes de llevarla a cabo; sumado a que el Yo –como figura gramatical- recurre en esta línea de pensamientos. Por ejemplo: vas a la tienda y compras un cigarro; antes de hacerlo en tu mente hubo pensamientos del tipo: “Se me antoja un cigarro” o “Ya no debería de fumar tanto”. Segundo, la Exclusividad, refiere a que para llegar a la ilusión de la voluntad consciente es necesario ignorar los efectos de otros factores u otras causas para la acción. En este caso: el clima, la adicción a la nicotina, una asociación de un olor con el recuerdo de alguien que conocías que fumaba, la publicidad, etc. Finalmente, Prioridad se refiere a que los pensamientos relacionados a la acción aparecen en la mente poco antes de llevar ésta a cabo. Es decir, que poco antes de ir por un cigarro a la tienda, pasa por tu mente la idea de que fumas o dejas de fumar un cigarro, haciéndote suponer que la acción deriva del pensamiento.

Lo interesante no es si tenemos o no voluntad consciente —las pruebas indican que no—, sino preguntarse ¿por qué tenemos la ilusión de ello? Es decir, ¿para qué sirve esta ilusión? ¿Sería insoportable la vida de otro modo? ¿Ayuda a nuestros procesos de aprendizaje? Poco importa que sea o no una ilusión, de todos modos es parte de nuestra vivencia; si viviésemos en un videojuego, no es tan importante si es o no un videojuego, sino de qué trata y cuáles las reglas del juego. De cualquier forma estamos dentro del juego y no fuera de él: qué más da si es una simulación. Aunque nuestra voluntad consciente sea una ilusión, no por ello dejamos, o dejaremos, de evaluar nuestras (supuestas) opciones en pos de mejores decisiones: aquellas con consecuencias medibles más favorables —ilusorias o no.


domingo, 8 de abril de 2012

Apofenia


Segunda entrega para la columna en Pijamasurf... Algo para perturbar al foreverismo...

Cómo desprecio la frase “todo pasa por algo”, y más aún cuando alguien la dice en un intento de hacerte sentir mejor sobre una pérdida. Pero aunque la frase me disgusta, hay una palabra asociada que me irrita 100 veces más: Diosidencias. Mientras que la primera es una coartada, efímeramente consoladora, para no asumir los eventos de nuestras vidas por lo que son; la segunda enfatiza connotaciones de orden divino personalizado. Pueden cantar misa, pero no cambian los hechos.
Los humanos estamos cerebralmente programados para ubicar patrones; gracias a ello hemos sobrevivido como especie a través de los tiempos. Poder distinguir un animal peligroso a la distancia, las formas de una planta venenosa o el gesto de un marido celoso ayuda a no perecer tan pronto. Solo que hay un problema cuando esta función de la mente se exagera en pos de un significado ulterior en los sucesos: cómo funcionan las cosas y sus patrones es física, inventarle un porqué es metafísica. Las coincidencias son solo eso, coincidencias, no tienen porque significar algo.
A diario percibimos alguna coincidencia, son parte rutinaria de la vida. Pero hay quien es propenso a buscarle algún significado o tomar las coincidencias como señal. Digamos que a las 11:11 conoces a una chica que nació el 11 de noviembre —¡el mismo día que tu abuelita que murió hace 11 días!—, y supones, naturalmente que es tu alma gemela (hasta que te pide 11,000 pesos para la fianza de su novio). O quizás crees que las muertes siempre vienen en tríos, cuando la muerte es un hecho constante de la vida. O, si te dedicas a las apuestas, juras que después de 7 veces que la rueda cae en rojo, la próxima vez caerá seguro en negro; de hecho las probabilidades, al girar la rueda de nuevo son iguales que antes: 50-50.
Atribuirle significado a hechos aleatorios se llama Apofenia, y es justo eso, una proyección. Vemos lo que queremos ver, así como preferimos números redondos a la hora de hacer cuentas. Es un fenómeno parecido a cuando vemos formas conocidas en las nubes, o a la virgen de Guadalupe en la escarcha en el congelador del Oxxo (esta hipérbole gestáltica se llama Pareidolia). El problema no es que nos parezca encontrar un orden en el caos, sino además creer que es personalizado, y predestinado. Como se dice coloquialmente: sientes que la virgen te habla.
Las situaciones de la vida claramente son expresivas, de no ser así no tendríamos experiencias. Punto. Cada vivencia expresa algo muy particular y específico, así como decimos que un árbol es un árbol porque no es un pelícano. Pero una comunicación así, directa, con nuestras experiencias, solo es posible si se deja a un lado la compulsión interpretativa, si renunciamos a buscar evidencias de que todo significa algo, y de que somos especiales. Pero no lo sé, hace rato vi unas placas de un auto que decían SEX666, mientras el reloj en el taxi parpadeaba la fecha de mi cumpleaños; ¿será que follaré con Sarah Palin esta noche?