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miércoles, 10 de abril de 2013

Síndrome de Estocolmo

Recién publicado en PijamaSurf, en mi columna 'Síntomas de una Época':


Las películas de John Waters son perversamente entretenidas.  Tienden a llevar las cosas a sus últimas consecuencias; son escatológicas hasta lo absurdo. En tales cintas resulta fascinante ver lo lógico que es lo absurdo: lo consecuente que resulta. Pensemos, por ejemplo, en A Dirty Shame (2004), donde toda la población de un pueblo –que bien puede ser cualquiera— se va volviendo adicta al sexo. A tono con el torcido humor de Waters, la gota que derrama el vaso, haciendo del último habitante también un sexo-adicto, es ni más ni menos que una heces congelada de David Hasselhoff que cae desde un avión golpeando su cabeza.
John Waters tiene múltiples fetiches en sus cintas, con las cuales hace una crítica al surrealismo del sentido común. Una de sus tantas fijaciones pop, es Patty Hearst, quién ha aparecido en cinco de sus películas.  Hearst no protagoniza las cintas, sino que sale en papeles pequeños, como un ícono de los límites de la cultura americana. A Patty se le recuerda por los sucesos del 4 de febrero de 1974, cuando fue secuestrada por el SLA (Simbionese Liberation Army). El grupo pedía, a la acaudalada familia Hearst, donaciones millonarias para combatir el hambre y la pobreza en los EEUU, a cambio de la liberación de Patricia. Llegan grabaciones de Patty leyendo discursos del SLA, y meses más tarde llega un retrato de ella portando un rifle de asalto en un atraco bancario. No se veía a nadie sujetando o amenazando a la señorita Hearst, quien además ostentaba una gabardina y boina muy ad hoc para la ocasión. Por esta razón fue arrestada en septiembre de 1975, en un ataque policiaco que dejó muertos a la mayor parte del SLA.


Todo lo anterior fue un escándalo en su época. Pero dejó una estela aún mayor el juicio de Patty. Durante el juicio ella declaró haber sido abusada física y sexualmente por miembros del SLA, por lo cual no podía hacerse responsable por sus acciones. Su defensa luchó por la inocencia de Patricia Hearst, bajo el argumento de que ella actuaba como cautiva y por su supervivencia—sin malicia—. Comoquiera, Patty estuvo en la cárcel hasta febrero de 1979, y esto debido a una sentencia reducida por el entonces presidente Jimmy Carter. Años más tarde, el mero Bill Clinton ofreció un indulto a Patty, bajo la siguiente premisa: ella actuó bajo los efectos del Síndrome de Estocolmo (quizás él pudo haber argumentado lo mismo ante las acusaciones de Mónica Lewinski).
Este síndrome clasificado como un Síndrome de Estrés Post-Traumático, debe su nombre (conferido por el criminólogo sueco Nils Bejerot) a otro asalto bancario. En 1973, en Estocolmo, Suecia, un grupo tomó rehenes a cuatro empleados de un banco durante seis días. Lo peculiar fue lo siguiente: tras la captura de los asaltantes, los rehenes se portaron renuentes a declarar en su contra; declarando, incluso, que sentían más miedo de la policía que de sus captores. Los rehenes se habían terminado por identificar con sus captores. Una de las rehenes hasta se casó con uno de sus captores—eso sí es digno de un guión de John Waters—.


A primera vista tal síntoma (defender o hasta enamorarse de tus captores) parece mera demencia.  Y sí, lo es, pero también hace mucho sentido. Este síntoma se desarrolla sin querer, como un mecanismo de supervivencia. Si tu supervivencia depende de tu victimario, inadvertidamente cultivas un interés pos sus estados de ánimo o su percepción del mundo. Es para poder predecir sus reacciones y encontrar el modo de maniobrar las circunstancias a tu favor—para seguir con vida—. La víctima se ve obligada a leer los gestos, buscar evidencia en su postura, en la entonación de la voz, aprendería a reconocer la estabilidad o volatilidad de su captor. Pero bien lo sugería Nietzsche, en este aforismo que aquí saco de contexto: “Si mucho miras a un abismo, el abismo concluirá por mirar dentro de ti.”
Salvo que en el caso del Síndrome de Estocolmo quien lo padece no se convierte en abismo per se, sino que introyecta a su victimario por medio de una empatía obligada. Existe, claro está, un vínculo entre la empatía y la manipulación. Tanto por quien manipula la empatía ajena, como quien empatiza para poder así mejor manipular a alguien. La mayoría de nosotros (salvo quizás los autistas y los sociópatas) hemos desarrollado esto, en cierta medida, para sobrevivir. La infancia es evidencia de ello: de bebés, en estado pre-verbal, nuestra supervivencia dependía completamente de nuestro padres. Dependíamos del beneplácito y las muestras de afecto de unos gigantes extraños para continuar con vida. Y sin escoger quiénes son o importar sus defectos, hemos empatizado con ellos con nuestra vida de por medio.
De ahí, el salto a las esposas golpeadas o los miembros de sectas abusivas es un mero tiro de dados. Sobre-identificarse —o hasta perderse— en los estados de ánimo de otro pasa todo el tiempo, la patología, en este caso, es cuestión de grados. Lo fundamental parece ser no perder el sentir propio como punto de referencia —como ancla—. Con estas cuestiones, lo fundamental es dejar de creerse exento de sus posibles síntomas; solo así es posible desenredar, o acaso solo comprender, las tantas reacciones inconscientes que nos rigen. Pero mientras, pueden seguir por ahí creyendo que se gestaron ex-nihilo y que no tienen una líbido enmarañada con la infancia y la impotencia y los tantos grados de la empatía inadvertida. Claro, hasta que les caiga una caca congelada de David Hasselhoff en la cabeza.


miércoles, 1 de junio de 2011

credibilidad


breve reflexión sobre los medios (y el poder) para la revista Animal.


Los medios justifican los medios. De los fines, salvo que en efecto llegue todo a su fin, no se puede concluir mucho más que un rebosante “quizás”. Comoquiera, en lo personal, cuando veo la tele, yo me proyecto. Lo considero un requisito accidental para lograr involucramiento con lo que transcurre en la pantalla. Así, cada que veo la condena de un sujeto en la TV, me veo obligado a preguntarme sobre lo fácil que sería que la televisión arruinara mi reputación, al grado de quebrantar mis relaciones personales, vis a vis, aquello que llamo mi vida. Digo, no que yo sea el tipo más respetable o el parangón de la moralidad, pero el manejo que hace la TV de la imagen de las personas, remite a su capacidad de conferir o retirar credibilidad. Y aquello del credo, según entiendo es un concepto básicamente religioso, ¿no?

Me lo cuestiono cuando veo el caso de Assange (wikileaks) o el más reciente de Strauss-Kahn (el Kalimba gúero del FMI), y en especial cuando observo shows como COPS, o antaño programas como Duro y Directo. Puede también considerarse para este motif cualquier noticiario donde algún ciudadano sea enjuiciado por los medios antes de ser legalmente procesado. Así, viendo cómo inculpan a un hombre de asesinatos seriales en la TV, noto el modo en que mi ojo recorre su rostro, buscando, sin querer, alguna marca de criminalidad en la semántica de su fisiognomía; una suerte de frenología del gandallismo. De tal modo, termino más bien preguntándome sobre cuánto de la culpa que le voy adjudicando deriva más de los efectos de iluminación y edición que otra cosa. ¿Cómo cambiaría, por ejemplo, mi opinión (aún borrosa, debo admitir) sobre el Chapo si cada que lo mostraran en la TV fuera más como un anuncio de Coca-Cola, con música de fondo de Coldplay?


Pero la pregunta neta en este caso es: ¿qué tanto trabajo le costaría a la TV destituir la credibilidad o afecto de tus amigos… de tu familia… de tu pareja? (Tu mascota no aplica, porque no ve la tele ni lee periódicos). Parte del efecto de la TV, según observo, en particular con lo considerado “realidad”, es que obliga al espectador a mirarse como parte del espectáculo. Siendo que pasamos tanto tiempo mirando y deduciendo pasivamente sobre las imágenes que atestiguamos, no es tan fuera de lógica considerar que también aprendemos a mirarnos bajo ciertos criterios. Con todas estas imágenes y retóricas modificando nuestro entorno y nuestra percepción del mismo (y así sucesivamente), se puede comprender porque la palabra intimidad y la palabra intimidación se parecen tanto.

Todas estas reflexiones rondan por mi cabeza con mayor ahínco cuando, por ejemplo, miro al presidente Obama interrumpiendo la programación habitual, con su impecable elocución, para anunciar la muerte del hombre más buscado en el mundo (su casi-tocayo Osama). Todo esto, claro, en horas pico de un fin de semana de ratings abrumadores tras la boda real y la beatificación de Juan Pablo II. Lo que es ciertamente apabullante es cómo todas estas figuras tienen cupo en nuestras psiques y los imaginarios sociales (junto a Michael Jackson, Evita, el Hombre Marlboro y Bono). Estos personajes que deambulan por la pantalla, volviéndose más reales que la realidad, se han vuelto referencias para la definición de lo que consideramos día a día La Historia. En otras palabras, dan la impresión de una gran narrativa de la cual somos participes, una narrativa que logra competir por volumen (como en una suerte de crossfade) con la narrativa personal a la que tanto empeño ponemos. Por ello, creo que la palabra “política” bien podría extenderse a la proliferación de sitcoms contemporáneos, con toda su ironía autoreflexiva como modelo de subjetividad pasiva, o a los llantos de telenovela como grado cero del humanismo posmo.


Para mí —y esto es generacional— resulta casi imposible imaginar un mundo antes de la TV. No lo habría siquiera considerado de no ser por una reciente lectura de un pequeño libro de Eduardo Liendo: El mago de la cara de vidrio (Ediciones Colihue, 2006). En esta breve novela, el autor venezolano se remite a la época cuando los televisores se comenzaron a producir masivamente y entraban por primera vez a las casas. Describe así, cuando llega la TV a casa de una familia, y cómo el padre, quien se ve desplazado por el aparato, sospecha de que este “mago con cara de vidrio” hable con su familia todo el día. Y peor aún, que ellos le otorguen tanta atención y devoción. Al final, el protagonista pierde la batalla contra el televisor, que termina por quedarse definitivamente en su casa, como un huésped inadvertido e invencible.

En otras palabras, lo que el protagonista nota es que su familia responde al “mago de la cara de vidrio” presentando los síntomas de un muy avanzado síndrome de Estocolmo. En este caso dicha patología tiene varias connotaciones: 1) se refiere a la negación torno a los hechos que desarrolla la víctima de un secuestro aunado a una especie de encariñamiento con sus captores; y 2), porque uno de los casos más populares de dicha sintomatología se dio con la nieta de Randolph Hearst, el magnate mediático, en quien se basa el personaje central de Ciudadano Kane. El caso es más allá de curioso: el reino mediático de los Hearst no pudo prevenir que en febrero del 74, Patricia Hearst fuese secuestrada por el llamado Ejército Simbionés de Liberación. Posterior al secuestro, Patty fue vista asaltando bancos a mano armada y además se le escucha en grabaciones defendiendo los ideales del Ejercito Simbionés. Tras obtener cuantiosas donaciones de comida para los pobres, la mayoría de los miembros del Ejercito Simbionés fueron asesinados y Patty, tras el rescate, llevada a juicio. Patty Hearst cumplió una condena que el presidente Carter redujo y décadas más tarde, fue indultada por el presidente Bill Clinton (¿buenos contactos?). Ahora podemos ver a Patty en algunas películas de John Waters, pero su persona pública habrá siempre de llevar un halo de incertidumbre, sobre si en efecto fue síndrome de Estocolmo, o si fue parte de su propio y maquiavélico plan. Quizás ni siquiera ella lo sepa.
De tal modo, el dilema no es necesariamente sobre los contenidos y estilos de los medios per se, sino las relaciones que mantienen éstos con los gobiernos y los monopolios que dichos gobiernos permiten. La TV per se no deja de ser buena compañía en la soledad, insomnio, aburrimiento, tedio, enfermedad, etc., y no deja, sencillamente de entretener. Digo, siempre se puede cambiar de canal o apagar el aparato. ¿O será que yo también padezco síndrome de Estocolmo?