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lunes, 15 de octubre de 2012

El pensamiento mágico.

Otra entrega para la columna 'Síntomas de una época' en Pijamasurf.


Si tras prender una vela roja bajo la luna, y decir su nombre 7 veces, Shakira cediera a tus encantos, sería fácil suponer que tu hechizo surtió efecto. Aunque por otro lado, sería una pena; te obligaría a dudar sobre la autenticidad de sus sentimientos, aunado al pánico de que alguien llegue a prenderle más velas rojas. O, supongamos que a cambio de correr con suerte en una entrevista de trabajo, le prometes a la deidad de tu preferencia dejar de fumar crack. Parece una idea sensata, y más si buscas un trabajo, pero ¿acaso no sobran la deidad y la promesa, tanto como en el caso anterior sobran las velas?
El pensamiento mágico se basa en atribuirle mayor efecto a una cosa, persona o evento del que tiene en realidad. Es una falacia causal que supone relaciones significativas entre ciertos actos y ciertos sucesos. Como cuando un apostador cree que al soplarle a los dados mientras le reza a San Judas, aumenta la posibilidad de una tirada favorable. Es decir, el que sople o no sople, no tiene un efecto cuantificable sobre su tirada. Por algo hay leyes contra arreglar peleas o marcar una baraja, mas no se legislan las sopladas de dados, o las rezadas a San Judas. En casos de incertidumbre, como los juegos de azar, o las caderas de Shakira, la tendencia a recurrir al pensamiento mágico se multiplica. 
El pensamiento mágico exagera el efecto que uno tiene sobre el mundo. Como cuando crees que al comerte el último M&M del paquete desencadenarás el fin del mundo. Es un ejemplo excesivo, quizás, digno de alguna mala ingesta de psicotrópicos, pero sirve para ejemplificar el síntoma. En este sentido, el pensamiento mágico es tremendamente infantil, en cuanto a que no hay distinción entre el mundo y el estado interno de la conciencia. Uno puede estar triste porque está nublado, pero veo difícil que esté nublado porque uno está triste. A diario alguno de los billones de habitantes de la tierra está triste, entonces tendría que estar nublado todos los días, ¿no? Es bastante solipsista el asunto, pues. 
Mucho del problema reside en confundir lo absoluto con lo relativo. El pensamiento mágico, en tanto distorsión cognitiva, es como el efecto mariposa en esteroides y floripondio al mismo tiempo. Claro que el aleteo de una mariposa en China tiene algún efecto sobre un huracán en el Caribe; en este caso, el error reside en sobreestimar la proporción de dichos efectos. Además de devaluar los demás factores que suscitaron la tormenta en el Caribe (como el parpadeo de un perro en Alaska mientras caga), se excluyen todas las causas y condiciones que tuvieron efecto sobre el aleteo de dicha mariposa. Ahí es cuando se llega, más bien, a la infinitud. Cualquier gesto, por minúsculo que sea, es parte indivisible de todo lo demás, y tiene ecos y efectos; dicho gesto es, a su vez, eco y efecto de tantos otros gestos. La cuestión es no perder el sentido de la proporción. Es decir, a la hora de observar los efectos de un acto, o son cuantificables y verificables o no son (al menos en lo relativo, que es lo que nos concierne, netamente). 
Tal es el fallo del bestseller internacional The Secret. El libro supone, sobre todo, que al dorarse la píldora reiteradamente con una idea, ésta se materializa así nomás porque sí. Aparte de ser una apología de la neurosis obsesiva, es una forma de pereza basada en la superstición. Supone que se pueden saltar las etapas y acciones necesarias para obtener algo, a cambio de solo pensar mucho en ese algo. En cierto sentido, realizar prácticas mágicas puede tener un efecto simbólico sobre quién las lleva a cabo. Pero de ahí a pensar que por pintar un pentagrama en tu azotea, así sin más, te vas a ganar un auto, o tu equipo ganará la Champions, es arena de otro costal. La magia, es expresiva, mas no instrumental. 
Hay quienes gustamos de especular sobre lo improbable o incluso lo absurdo. Esto no es pensamiento mágico, mientras se le considere una especulación, y no particularmente como teorías “racionales” bajo la óptica científica contemporánea. Así, a menudo, quienes defienden alguna forma de pensamiento mágico, suelen argüir que la ciencia presenta una cosmología básicamente inerte. Consideran que las ciencias proponen un mundo donde la materia carece de inteligencia o está muerta, por así decirlo. En ninguno de los postulados de las ciencias se dice esto. El hecho de que no le echen más crema a sus tacos con teorías misticomágicas sobre el funcionamiento de las cosas, no implica tal visión del mundo. Pero andarle atribuyendo magia al mundo, eso sí es un modo de asumir que le hace falta tal magia, que carece de asombro.
Cabe señalar que a lo largo de la historia ha habido casos donde teorías que parecen pensamiento mágico, resultaron no serlo. Como con los microbios, por ejemplo. En algún punto de la historia, la idea de que había organismos invisibles que causaban patologías sonaba, fundamentalmente, a un cuento de fantasmas. Vale la pena mantener la mente abierta a las posibilidades, aunque parezcan improbables o inscritas fuera de la narrativa de lo racional. Pero no sin considerar que el que algo suceda posterior a otro evento no es, necesariamente, indicador de qué fue provocado por el primero. El pensamiento mágico es un problema de correspondencia, donde una correlación no es suficiente para probar causalidad. Pero quizás, si cruzo los dedos antes de escribir el punto final de este enunciado, alguien toque a mi puerta a decirme que me he ganado un viaje en crucero con Rihanna.

martes, 5 de julio de 2011

Catholic Pop

Algo breve, recién publicado en el Milenio Semanal, sobre el fenómeno de Voto Católico en México... Aprovechando para en reflejo observar cuán esotèrica sigue siendo la "política" nacional...




Dios no anda en chismes, dicen. Sin embargo, no faltan quienes esperan que la deidad les resuelva sus dudas electorales; es decir, sienten que la Virgen les habla. Pero si tener alucinaciones auditivas se considera una forma de locura, ¿qué tan patológico será creer que se puede hablar “por” la Virgen? En el último estirón de las campañas electorales para los comicios de este tres de julio, un grupo u organización que se hace llamar “Voto Católico”, aparentemente auspiciado por mexicanos residentes en Estados Unidos, pretende tal ejercicio de ventriloquía interdimensional electoral.

Oficialmente desaprobados por la Conferencia del Episcopado del Estado de México, espectaculares y volantes, puestos y repartidos en los estados participantes (Hidalgo, Coahuila, Nayarit y, claro, el Estado de México) muestran el ícono de la Virgen de Guadalupe con la frase: “¿Y ella, por quién votaría?”, con referencia inmediata a su portal www.votocatólico.com. Al visitar su página encontramos los puntos axiomáticos de sus postulados: 1) No al aborto; 2) No a la eutanasia; 3) No al matrimonio entre homosexuales; 4) No a la legalización de drogas, y 5) Educación sexual. Es con base en estas biopolíticas que estos supuestos católicos mexicanos han lanzado sus campañas. Mientras, yo me sigo preguntando por qué quienes creen en la inmortalidad del alma pretenden interesarse en estas cuestiones.

Su página web (con cuenta en Facebook y Twitter), además de presentar sus cinco temas centrales, cuenta con secciones tales como: “Dios te ama”, donde ofrecen definiciones para conceptos como ése, que aún no logro decifrar; “Dios quiere que nos amemos”, donde de paso promueven la “colaboración” entre la Iglesia y el Estado; “Cómo votar” y “Cómo no votar”, donde, aunque pretenden un cierto tono de objetividad o imparcialidad, no dejan de invocar las obligaciones de respetar la Doctrina Católica, las Virtudes y exhortos a “que la fe ilumine” las opciones políticas. Todo esto y más, claro está, bajo una imagen de la Guadalupana, la bandera nacional y un ícono de un calendario marcado con el tres de julio.

                                                     

Ya se han denunciado las actividades de “Voto Católico” a las autoridades electorales en los estados respectivos. Pero, aun haciendo de lado la indignación, me parece que hay revelaciones imprevistas en tal campaña y en las reacciones que ésta provoca. Como tantas revelaciones, estas resultan más bien en redundancias, pues “Voto Católico” sólo explicita algo que de todos modos ocurre; es decir, si no hubiese tal campaña, ¿en verdad el sacerdote de tal o cual comunidad no influye sobre las posturas políticas de su rebaño? Y, más perturbador aún: ¿acaso los partidos políticos no operan frecuentemente bajo un discurso de tinte religioso, con profecías apocalípticas y mesías y toda la cosa? ¿Cuánto de lo que llamamos política no se basa en credos y fanatismos por encima de cualquier fundamento o argumento sólido? Si la página de “Voto Católico” llevase en su intención algo de ironía (en vez de puro cinismo), sería casi genial.

Otra sección emblemática del sitio web es aquella denominada “Los candidatos”. Aquí, estado por estado, presenta una breve semblanza de cada candidato, y en otra columna comparan sus posturas con los “Cinco puntos ‘no negociables’ de la doctrina católica”. De todos los candidatos a votar este domingo en los cuatro estados en cuestión, el único que sale totalmente bien librado es, ¡sorpresa!, Luis Felipe Bravo Mena. Pero como no “creo” en defender los dogmas de sus rivales, admitiré, tan sólo, que me gusta el formato de esta sección; es decir, muy al estilo gringo, presenta la ficha de cada candidato junto a sus opiniones en puntos específicos, lástima que en este caso hayan reducido todo a sus cinco puntos biopolíticos (en general, creen que efectivamente puede reducirse todo). Pero el formato es bueno, y propongo que de aquí en delante se hagan así las campañas electorales: una sencilla publicación en papel revolución y un sitio web con las semblanzas, posturas y propuestas clave de cada candidato. Y nada más: las sumas antes destinadas a la publicidad de seguro podrían brindarse a algo más útil que cubrir cada árbol y poste de luz con rostros y eslóganes.

Es curioso que las mantas y carteles que cubren los espacios públicos con rostros y logos de los partidos políticos me remitan, sin querer, a la iconografía católica o, más aún, a los escapularios. Como aquellos que intercambiaron Javier Sicilia y Felipe Calderón antes de terminar su rito con un muy católico abrazo al estilo “la paz sea contigo”. ¿Acaso no fue una suerte de eucaristía? Pero en México hay pocas cosas tan místicas como el voto, tan lleno de misterios, donde la mano de Dios (algo así como el equivalente a la mano de Maradona, pero en grilla nacional) nos ofrece respuestas nebulosas del estilo “se cayó el sistema” o “no es posible un recuento”. Como tantas otras cuestiones gnósticas, ésta se resuelve repitiendo la novena que pregunta: “¿Quién gana y cuánto?”.

                                          

Mi única recomendación para “Voto Católico” —ya que seguro no los convenceré de volverse ateos misioneros de puerta en puerta— es que si van a hacer uso de la jerga psicológica para basar sus premisas, harían bien en considerar si hay distorsiones cognitivas entre ellas; es decir, al menos reflexionar sobre el pensamiento mágico y las burdas generalizaciones que sostienen. Además, si van a ofrecer un refrito de la clásica estrategia ultraconservadora estadunidense de Guns, Gays and God, a la próxima no olviden la parte sobre las armas y el derecho a portarlas. En palabras del Marqués de Sade: “¡Compatriotas, un esfuerzo más…!”. O, lo que ya viene siendo lo mismo: “¡Fuuuaaa!”.