lunes, 9 de mayo de 2011

Lady Gaga. La elegida del pop


aquí va el texto sobre Ms. Gaga, publicado este pasado domingo en El Ángel...


"Parte de dominar el arte de la fama es lograr que las personas presten atención a lo que quieres y que no le hagan caso a lo que no quieres que le hagan caso", comenta la hipercélebre cantautora electropop Lady Gaga en entrevista para 60 Minutes. Es quizá simplista, pero dentro de su lógica llega al meollo de la fama y el mercado donde se entreteje: la atención.

Hoy en día, este factor pretende medirse más que en cualquier otro punto de la historia, debido al modo en que las tecnologías dan cuenta de las tendencias y movimientos de la atención global y a la cantidad de horas en que un número creciente de personas nos encontramos enchufadas a algún tipo de medio. Pasa que el vertiginoso ascenso de Gaga a la cumbre de la celebridad, en sólo tres años desde su álbum debut, titulado con y sin ironía "The Fame" en 2008, tiene una correlación significativa con la tecnología. Gaga es la primera gran diva del pop en la era de las redes sociales, pero más aún, gran parte de su pronta y exuberante fama se debe a que ella apela a la generación de nativos de la Red.

Pero, como suele ser el caso, los efectos de la tecnología y las estadísticas asociadas en torno a la atención global dicen más y menos de lo que intentan decir. Particularmente en la época del Broadcast Yourself, donde los míticos 15 minutos de fama profetizados por Warhol puede que no tarden en lograr que, al menos por 15 minutos, nadie sea famoso. Digo, si todos somos famosos es como si nadie lo fuese, ¿no? Así, es probable que tantos de los récords que ostenta Gaga, como la cantante con un sencillo en el número 1 de los Charts en el Reino Unido (seguida por los protobeatlescos hermanos Gallagher), o el de ser, a sus 25 años, la mujer más buscada en Google (siendo Michael Jackson el hombre más cotizado por este buscador), seguida por la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin.

También, se encuentra entre los 10 videos más vistos en Youtube, con Bad Romance, precedida apenas por un prepubescente Justin Bieber, y en cuya lista se encuentran videos como el de Charlie bit my Finger, donde un pequeño niño es mordido por su hermano menor —y nada más. Todo esto indica un factor extra: que ahora la audiencia también se regocija en su poder para hacer estrellas, clic por clic.

"Todos somos superestrellas", decreta Gaga como parte del mensaje motivacional semiterapéutico que su más reciente disco "Born this Way" (2011) entrelaza. Seguro que su confianza en sí misma (o en su creación, Gaga) es inspiradora, pero a veces dudar un poco de sí mismo o sentirse inadecuado previene de disparar a gente en el metro u otras cosas así. Como quiera, no es coin- cidencia que su historia, como la de tantas otras estrellas, insinúe ese mito del talento descubierto y el tránsito de la pobreza a la opulencia. Como tantas otras biografías pop, es una narrativa sobre el credo: creer en el sueño de sí mismo, y encontrar quienes crean en ese mismo sueño. Pero la palabra clave aquí es realizar: hacer realidad.

Pero el "tú también eres una superestrella" tiende, a su vez, a insinuar que si no tienes la fama y la lana de una superestrella es porque en realidad no cuentas con las virtudes del estrellato (aunque seas una estrella en tu propia mente). La fórmula parece básica: estar en el lugar correcto a la hora indicada para ser descubiertos (¿como América?) por algún iniciado en los misterios de la fama. Es una trama de coincidencias auspiciosas. Así, un equipo de producción con todo el know how necesario terminará de resignificarte de modo que genere en los otros una mirada de adoración/envidia/desconcierto/expectativa/deseo y, claro, el talento.

Pero el todo resulta más que la suma de las partes, extendiendo sobre la estrella naciente un halo retacado de aquel je ne sais quoi del estrellato, una suerte de divinidad que siglos atrás estaba reservada para los santos y luego para los genios, pero, ahora, la celebridad es la divinidad.


En este sentido, Gaga ocupa un sitio simbólico en el imaginario de una cultura; una cultura unificada, según lo expresa David Foster Wallace, ya no tanto por sus creencias, sino por imágenes en común, sugiriendo que nuestra conexión con otros se basa ahora, sobre todo, en un modo de atestiguar la realidad. Pero el rol que ocupa Gaga no es novedoso, aunque la perpetua vanguardia (su revolución institucional) a la que se ve obligada haría parecer que sí. Sus trucos: el shock, la androginia, la autoparodia y el sobresexuado desafío a ciertas normas, lo vemos en tantos de los ídolos de Gaga: David Bowie, Madonna, Cindy Lauper...


Más que de profeta de la innovación del Pop —y en verdad que creo que es una artista muy capaz—, su rol es de Elegida. Y es que la tecnología y la producción no bastan para dar un recuento de su fama, es decir, ¿por qué ella y no Christina Aguilera? Tal y como lo fue Britney o en su momento Lady Di, Gaga es una figura icónica con la cual una chica común puede identificarse y llegar a creer que ella también puede ser parte del mundo fantástico de la realeza, ya sea la de la farándula o en el sentido literal, con príncipe azul (Carlos) y todo el rollo. Es una figura de proyección para la vivencia vicaria. Su icono popular es como un avatar por medio del cual se puede vivir, de pronto, otra vida, una sin reservas. Eso en cuanto a Lady Gaga, ahora que quién es Stefani Joanne Angelina Germanotta, la artista que creó y encarna a Gaga, no sabemos y probablemente no importa.


Pero como demuestran programas tales como "Breaking the Magicians Code", saber que un truco es un truco no quita el gusto por la ilusión y la capacidad que tenemos de suspender nuestra incredulidad para ello. Entre mejor sea la producción menos se nota que lo producido es algo producido. Además, esto es de los placeres más comunes de la posmodernidad, la distancia irónica: donde se es célebre pero al mismo tiempo se muestra ser consciente de la deconstrucción de la celebridad. Digo, ¿cuántos detrás de cámaras no hemos visto? Pero ésa es la promesa del pop que con todo su glamour y su exageración coquetea con nuestros sentidos y promete sacudir un principio de realidad con un principio de placer, para llevarnos a un mundo mágico; pero más que eso, promete restituir a este mundo su magia intrínseca. Así, de modo cíclico, alguien es convocado por el imaginario social a ocupar el sitio de alto pontífice del pop; alguien es requerido para conducir sus ceremonias.

Esta realidad debe ser sacrificada en el altar de la teatralidad para poder así reemerger a plenitud con sus cualidades acentuadas. Es por ello que los sumos sacerdotes del pop deben pagar un precio por su poder, precio que Gaga tiene muy presente y supone aludir y parodiar en su álbum "The Fame Monster" (2009). Gaga comenta: "Todos quieren ver el deterioro de una superestrella... ¿no es esa la época en la que vivimos? Una época donde queremos ver a la gente que lo tiene todo, perderlo; es dramático. Pero yo no soy así en mi propio tiempo; no soy una chica que encuentras vomitada en un antro".



La atención global espera un sacrificio, y la estrella sacrificada así logra su inmortalidad, como Michael Jackson o Britney Spears; pero hay quienes lidian con la inmortalidad como vampiros, como el caso de Madonna, o quienes se convierten en zombies, como Ozzy Osbourne (o Cher, que está entre una categoría de ultratumba y la otra). Aún algún rastro de enajenación pop en mí espera que Gaga sea más una suerte de Rimbaud del electropop y que pronto declare que ya no tiene más que decir, que el avant garde ha muerto y que la vida está en otro sitio y huya para vivir; si no para convertirse en traficante de armas en el corazón de África, sí para vivir, nada más. Me pregunto por qué eso me suena esperanzador o algo así.

Y ahora lo vemos en series de televisión como "Glee" y de modo memorable y explícito en una película de la talla de "Dancer in the Dark", dirigida por Lars von Trier y protagonizada por la estrella pop islandesa Björk, quien interpreta a una trabajadora de una fábrica cuya vida se ve continuamente interrumpida por sus fantasías musicales. Bajo el hechizo de estas interrupciones o distracciones, todos en la fábrica o en la escuela bailan y cantan en elaboradas coreografías musicales, donde la sincronía es total y la vida se encuentra restituida a su merecida gloria dramática. La idea es desafiar y transformar la inerte opacidad de la neurosis cotidiana.

La mitología del Pop y su panteón de deidades procuran en el imaginario colectivo un reencuentro con la exuberancia y desfachatez que saboreamos en el breve rapto de esta vida humana.

Tal es el efecto que tiene la aparición de Jenny y Jackie Gaga en el metro de la Ciudad de México (y luego en Youtube, claro) quienes cantan, de improvisto, con todo y coreografía, "Bad Romance", de Lady Gaga, en un vagón a cambio de una cooperación.

El Pop, expansivo y mágico, como todo milagro, es fugaz; sus imágenes nos acompañan, delineando los márgenes de lo ordinario y lo extraordinario. Pero crecientemente, la amplificación de mensajes como la celebridad de Gaga se ve también desafiada por mensajes azarosos y patrones erráticos de la atención global, así, en el futuro no sabemos si los efectos secundarios de la obra de Mario Vargas Llosa o de Lady Gaga serán más influyentes sobre la narrativa que acordaremos en llamar realidad, que los efectos que puedan tener la semántica de la cara de Sarah Palin o un video de Jenny y Jackie Gaga.



domingo, 1 de mayo de 2011

el rating de la fe

Recién publicado en el Milenio Semanal, a modo de reflexión forzada por la beatificación de Juan Pablo II... agradeciendo a Valerio Gámez las imágenes...

Entre el marketing de la boda real y la salvación como el producto de productos que vende la Iglesia, se establecen vasos comunicantes, relaciones entre la publicidad y la fe.


Los ratings y la fe son fenómenos casi simétricos, que aluden ambos a la colocación de la atención o la devoción: pocas cosas atraen tantos espectadores como la sensación de que la realidad está por redefinirse —de que se está haciendo historia, algo nunca antes visto, vamos. En la jerga de la producción de espectáculos esto puede denominarse como “efectos especiales”, y ninguno hay tan deslumbrante como un buen milagro, una de cuyas definiciones es: una intervención divina, o una interrupción perceptible de las leyes de la naturaleza. En esta definición se develan un par de atributos de la llamada divinidad: 1) Requiere rebasar nuestra concepción de la causalidad, y 2) Debe encontrarse por encima de cualquier Ley. Entre la beatitud y la canonización hay sólo un milagro extra de por medio.

De cualquier forma, no sabría determinar cuál de los siguientes grandes eventos tendrá más rating, es decir, recibirá más atención global: la boda real o la beatificación de Juan Pablo II. Si me viese obligado a decidir, le apostaría a la boda real, ya que tiene todos los elementos llamativos del otro evento y, además, un poco de romance. Pero aunque la beatificación no alcance los ratings que logre la boda (y eso está por verse), sigue siendo avasallador considerar la cantidad de personas que se espera atiendan, en vivo, la ceremonia vaticana; eran más de 300 mil que ahí mismo, en la Plaza de San Pedro, corearon el ocho de abril del 2005 “santo, súbito… santo, súbito” durante el entierro de Juan Pablo II.

Me parece en gran medida irrelevante debatir sobre las condiciones de la beatificación del ex pontífice de la Iglesia Católica Romana. Pero esto tiende a pasar, montándose supuestos dilemas sobre la prontitud del decreto (15 días más pronto que el de la Madre Teresa de Calcuta) o que si tuvo implicaciones su apoyo a personajes involucrados en escándalos sexuales y/o financieros (¿hay de otros?). Quizás sea más pertinente aprovechar un suceso de esta naturaleza para reflexionar sobre el concepto de beatitud o de sacralidad como tal. Es decir, para analizar la institucionalización de la divinidad y sus usos. En cierto sentido, la ceremonia de beatificación es, sobre todo, una reafirmación de los poderes de conferir beatitud que posee la Iglesia. Digo, si alguien puede interceder ante la deidad misma (sea lo que sea eso) e incluso sanar de modo total y definitivo a personas con padecimientos crónicos y degenerativos al instante y sin procedimientos quirúrgicos, ¿para qué necesita esto ser validado por una institución humana?

Lo que resulta de mayor interés aquí es cuestionar el pensamiento y la praxis de la fe. Es también una invitación a extender la línea de investigación a preguntas en torno a la religiosidad de mucho de lo que hoy se considera fuera de su gracia: lo secular. ¿Acaso las operaciones del mercado de valores, con todo y la mitología de la “mano invisible del mercado”, no suenan como una suerte de enigma iniciático? ¿Qué, los valores pop dominantes en nuestra cultura y las celebridades que los “encarnan” no son una especie de panteón de deidades? ¿Qué, no la publicidad y el marketing pueden entenderse también como una teología litúrgica?

UN PAPA FAGOCITADO POR LOS MEDIOS


Bruno Ballardini, en su brillantemente argumentado Jesús lava más blanco: cómo la Iglesia inventó el marketing (Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2007), plantea lo siguiente: “Después de siglos y siglos de esta influencia (de la Iglesia) en todos los niveles (de la sociedad), afirmar que existe hoy una cultura laica, completamente exenta de elementos católicos, es una ilusión piadosa”. En otras palabras: los fenómenos religiosos presentan un punto de contraste y tensión dramatizado y, por ello, privilegiado, desde el cual reflexionar sobre la condición humana en una cultura mediática. A modo de describir las relaciones públicas del Vaticano, tanto como el asedio (¿místico?) de los medios, Ballardini describe así la estrategia de relaciones públicas de Juan Pablo II: “Se puede afirmar que Wojtyla hizo un uso tan masivo de los medios de comunicación que fue fagocitado por ellos, y él mismo terminó por transformarse en canal de comunicación”. Bien podríamos sugerir, bajo esta lógica, que el Papa polaco entró en comunión con los medios, que fue devorado por los espectadores, para, como el Cuerpo de Cristo, volverse parte de nosotros y, a su vez, comernos por dentro. ¿Estaré exagerando? Sin duda es digno de admiración el ingenio y empuje que la Iglesia ha mostrado en estrategias de marketing (propaganda, testimoniales, puntos de venta, benchmarking, targeting, product uniqueness…). Ya quisieran tantas otras multinacionales tener tal alcance e impacto. El otro lado de esta moneda es la divinización que produce el marketing en las mercancías.

En un caso de esta naturaleza puede que la retórica esté de más, porque los efectos de la fe y del mercado y del mercado de la fe, más que nunca, están fundamentados en imágenes. Los recursos técnicos de la estética de la divinidad, vis a vis los poderes del diseño, pueden vislumbrarse, entre la crítica y la reverencia, en la obra de Valerio Gámez, con particular énfasis en los espectaculares de su serie Moda Dolorosa, la que montó en la Ciudad de México y en Estocolmo en 2003. En ellos se puede observar un Cristo “a la Calvin Klein” que se pasea por el desierto y mira el horizonte galantemente. De lo más prêt-à-porter vemos al modelo luciendo una corona de espinas bañada en oro y una serie de milagros colgando de su camisa púrpura, como quien trae a la vista las llaves de su BMW. Mientras, con esa grandeza y desfachatez que la moda conoce, al hombro lleva un saco violeta y dorado súper catholic-chic.

Hay una diacronía sobreimpuesta y extraña en la obra de Gámez, y en su extrañeza cabe preguntarse sobre el sentido y estilo que tendría una figura como la de Jesús en un mundo mediatizado como el de ahora. Pero a su vez, hay algo en la estética de esta obra —y de aquella de la Iglesia misma que rebasa la temporalidad arraigándose en un barroco delirante, bizarro y erotizado— como puede palparse en su Cama litúrgica, presentada en el Museo del Chopo en 2010: “…en la acepción común, lo sagrado no puede ser sino ‘grandioso’, ‘majestuoso’, ‘imponente’, nunca sutil. Lo sutil difícilmente se comparte y por lo tanto no se adecúa a la masificación. El kitsch es exactamente la consecuencia de la masificación de la estética…”, explica Ballardini en su capítulo “El sagrado kitsch”.


La obra de Gámez desarma, a momentos, por la tensión entre el glamour de la estética eclesiástica y la devoción que exigen la publicidad y sus estándares: así como la top model es top a expensas de que las demás sean menos, el hombre santo, así como el objeto sagrado, lo es a cuestas de todo lo demás. Entre la doctrina de la publicidad y aquella de la Iglesia, generalizando burdamente, se presentan dos versiones absolutas de la vida y la muerte, del origen y el fin y, por ende, una noción de todo lo de en medio. Una clama: “Acumula la mayor cantidad de satisfacción en el menor tiempo posible; disfruta al máximo, ¡ya!”. La otra parece decir: “Pospón tu placer indefinidamente para complacer a la deidad y manipular las leyes del universo para un bienestar a muy largo plazo, post mortem”.

EL PODER DE LA MARCA GENERA FE

Jamás he escuchado a un muerto hablar, aunque haya quien asegure que en Haití esto es posible. No tengo modo alguno de asegurar, pues, qué acontece al morir. Sin embargo, la noción de santidad, concebida como merecedora de reverencia espiritual o asombro, confiere la cualidad de trascender este límite humano de la vida y la muerte, y sirve para reafirmar la validez y credibilidad del producto de productos: la salvación. Siendo que lo divino se refiere a lo asombroso, ¿por qué descartar la mayor parte de nuestras vivencias a nombre de quienes administran el Monopolio de la Fe? Pero los neuróticos ordinarios estamos muy dispuestos a compensar algo tan abrumador como la vida cotidiana con prontas respuestas, como las que ofrece la Iglesia. Como dice Ballardini: “Frente a la masa, el poder de la marca derrota la oscuridad de la incertidumbre. Y genera fe”.

Como conclusión cito de nuevo a Ballardini, cuya propuesta me parece muy sugestiva cuando dice que “la fe no puede ser compartida y, en consecuencia, no puede transformarse en objeto de consumo masivo gracias al marketing, ni puede ser exportada, ni volverse un bien de cambio u objeto de propaganda. Debe ser una cuestión rigurosamente privada y personal. (…) ¿Qué debemos hacer para no dejarnos influenciar más por el ‘es lo que hace la mayoría’ o ‘lo dijeron en televisión’, y dejar de adquirir bienes que ya tenemos, o incluso nuestras propias creencias?”.

Vale la pena confiar en la experiencia viva, a pesar y a través de su asombrosa incertidumbre; experiencia siempre dinámica e incapaz de congelarse en escrituras o ritos. Aunque incómoda, es, si somos sinceros, la única opción. Además, a la larga, no hay rating, por alto que sea, que disipe del todo a la angustia existencial.

lunes, 28 de febrero de 2011

un trago de incertidumbre

...un breve análisis del escándalo sobre las bebidas adulteradas y la presidencia nacional...


Siempre recuerden que yo he tomado más del alcohol de lo que el alcohol ha tomado de mí.
- Winston Churchill


Yo no sé si el presidente es un borracho o no. No me consta que lo sea, tanto como no me consta que no lo sea. Digo, no paso las 24 horas del día a su lado, ni tengo intención de hacerlo. Winston Churchill sí era un borracho declarado, tanto como el Ayatollah Khomeini se supone no come ni una probadita de pastel envinado. Y quizás, con todo y unos whiskeys encima, Churchill sería un mejor presidente que el que ahora dirige a nuestra nación (sea lo que sea que eso signifique hoy en día). A lo que voy es que el que tome o no tome no es un buen indicador de su criterio ejecutivo y legislativo. Aunque puede que su gusto por alguna bebida en específico revele algo sobre su carácter, como una suerte de correspondencia estético-etílica de su personalidad. Como en el caso de Benjamín Franklin, quien decía que la cerveza era evidencia contundente del amor de un dios. El que el presidente se eche un tragos (o no) puede que arroje dudas sobre su capacidad para conducir maquinaria pesada. Pero definir sus aptitudes para cumplir con sus labores basado en esto, es como decir que Mel Gibson es antisemita por ser alcohólico (o viceversa).

Si el preciso es (o no) alcohólico, teporocho, borrachín o bebedor social (categorías muy distintas entre sí) puede, en efecto, que sea una cuestión de seguridad nacional. Pero denunciarlo en una manta en la cámara de diputados es una cuestión de otra índole completamente. Es decir, si en verdad tuviese el C. Presidente un problema con la bebida, se me ocurren pocas tácticas tan poco efectivas para tratar su condición. Es más bien un afán por exhibir-lo, y así exhibir-se como relativamente superiores (aunque no es del todo claro --ni siquiera para ellos, creo-- para los ojos de quién, o de qué tipo de superioridad se trata).


Exhibir, burlar, parodiar e incluso caricaturizar son parte fundamental de un país con libertades de expresión saludables. De un Estado y de medios donde los criterios y sucesos se cuestionan sin trabas y a rigor ante el ojo público, y con la retroalimentación de una voz informada. Pero incluso para hacer esto se requiere de humor, algo muy distinto a la saña --tanto como la ironía y el sarcasmo no son, de modo alguno, lo mismo. Es decir, es una tarea para un buen comediante y no para un miembro de la cámara de diputados --salvo que también sea un buen comediante y se encuentre en el respectivo foro--.

Esto trae a mente el Correspondent's Dinner que se hace cada año en la Casa Blanca en los EE.UU., donde el presidente se reúne con miembros de la prensa, en especial comediantes, y uno de ellos es asignado a mofarse de él cara a cara (cosa que no ha bastado para detener la invasión de medio oriente ni ha mejorado su economía, pero eso es un tema aparte). Aunque los medios nacionales están llenos de ingeniosas opiniones, desaprobaciones y las geniales caricaturas políticas que desde tiempos inmemoriales alumbran nuestros periódicos, aún falta que se respalden y propicien comediantes intelectuales con sátiras políticas afiladas de la talla de Stephen Colbert. Pero podemos preguntarle a Ríus qué tal lo trató el sexenio en cuestión en respuesta a sus Supermachos...

Lo que sí es importante notar e indagar es la condición en que se encuentra la libertad de expresión en nuestro país. Quizás si los medios y comediantes pudiesen hablar sin trabas, y con información clara de por medio, no habría tales espectáculos en la cámara de diputados. Quizás si el shock no fuese la lógica dominante del mercado mediático; quizás si hubiese más labor informativa y menos oportunismo sensacionalista… El nudo sintomático en este caso es sobre la libertad de expresión y la calidad y tono de la información, más no sobre si deben instalarse alcoholímetros a la entrada de los baños en la residencia oficial de los pinos (¡hic!).

Lo increíble del efecto de los supuestos dilemas morales y todo su aura de escándalo, es lo eficaces que resultan para evadir el problema de fondo. Un supuesto dilema moral sacude y volatiliza, pero mantiene intacto el Status Quo. ¿Habrá más bien una histórica relación entre el alcohol y el poder en México? Nuestra vida en sociedad requiere de miles de gestos vacíos para continuar permitiendo la ilusión de que tenemos algún tipo de realidad en común. La indignación moral, aunque una trama en apariencia muy sólida, es poco más que una coartada. ¿Será que lo prohibido no es renegar de la supuesta hipocresía, sino enunciar la incertidumbre misma que tanto intentamos encubrir?

En este caso, quienes tienen el deber (por convicción propia, y vaya que nos cobran por ello) de laborar arduamente en pro de mejores condiciones de vida y oportunidades para los habitantes de sus distritos, decidieron mejor escandalizar (para variar) con una manta sobre las supuestas copas del preciso. Están en todo su derecho, eso que ni qué, (y hasta pueden debatirlo posteriormente con unos chupes en el bar de algún costoso hotel...). Pero, una manta en la cámara de diputados, no es ni el modo, ni el lugar, ni el momento para hacerlo; si fuese una condición seria, sólo la trivializan. Lo único que logran es evadir el problema. ¿Entonces por qué motivo lo hacen? Y tendría que rematar preguntando: ¿por qué diablos hacemos, día tras día, lo que cada uno hacemos?

Es decir, que si en efecto Felipe Calderón tuviese un problema con su manera de beber (que reitero, no tengo certeza alguna al respecto), lo han vuelto un escándalo moral y no un requisito médico. Pero más aún, lo único que lograron fue mitificar el tema a tal grado que, si fuese necesario, ya no puede tratarse. Así como sigue siendo intratable, gracias a la exacerbada retórica de la indignación, el tema de la libertad de expresión. En efecto, se trata de un problema de adicción, en su etimología original: a-dicción (falta de expresión). ¿Será que en realidad lo que desean es mantener, en esa figura que soporta el reclamo de sus mantas, intacto el símbolo de la autoridad que da sentido a sus vidas? Sencillamente no lo sé.


jueves, 17 de febrero de 2011

el medio es los masajes

el texto original del artículo recién publicado en el Milenio Semanal... un punto de partida para reflexionar sobre la economía libidinal nacional...



EDECAN T.V. *CUERPAZO INCREIBLE* FANTASÍAS, se lee bajo el retrato de una rubia en la sección de Clasificados Adultos, en un periódico de circulación nacional. Ahí, rondando esta icónica imagen de una güera con el rostro borrado, están dispuestos los elementos de uno de los tantos nudos de esta cultura: la T.V., la información, y el sexo. Dichos elementos se vieron recientemente enlazados en el quesque-debate torno al estatus moral de la publicación de tal oferta de servicios. Pero, el que ambas partes estuviesen de acuerdo en los términos de dicho dilema, manifiesta que no existe debate como tal. No sólo eso, sino que esclarecen, en su insistente negación, un nudo sintomático de esta cultura: la necesidad, ante todo, de defender a capa y espada (pluma y pantalla) la doble moral.

Claro, qué pánico causaría verse obligado a inventar otro modo de gozar, otra forma de entender y buscar el placer. Otra forma que no se encuentre sujeto al vaivén de tensiones y alivios que dicho paradigma, asumido ya como sentido común, supone. Y peor aún, qué angustia, de pronto, vislumbrar que los modos de gozar no son intrínsecos, sino que son siempre construidos, apócrifos, inventados y reinventados. Miénteme, pero no me dejes.

Cuando se prolifera una supuesta polémica para eludir un síntoma, es, creo yo, una invitación a descartar la fascinación por el escándalo, para prestar la atención a lo que se busca encubrir con dicho sensacionalismo moral. Los clasificados de sexoservicios puede que, en efecto, resulten ser un sitio privilegiado para leer la lógica de una economía que subyace toda configuración económica, política y sociocultural: una economía libidinal. Para describir aquel infame inconsciente del que da cuenta el psicoanálisis, Jacques Lacan dice, “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”; a lo cual su compatriota, el filósofo J.F. Lyotard agrega, “hagámoslo hablar entonces, no pide otra cosa”. Y para ello, qué mejor punto para leer el inconsciente de una cultura que un sitio oculto al lente analítico, tanto por su obviedad como por su insinuación: los clasificados de masajes. Relegado a las páginas obtusas—entre chistes ansiosos y las lecturas íntimas—se ubica el desenlace de tanto del remanente energético de una sociedad. Entre retratos de edecarnes sugerentes, precios, localidades y alusiones entrecomilladas, nos encontramos mirando al sitio donde se recicla lo que sobra tras las labores diarias; donde se reciben y desgastan los residuos afectivos y fluidos corporales de una ciudad. Ahí también, entre la sintaxis de sus promesas, hallamos un vistazo al llamado inconsciente: a eso que sabemos, pero que no sabemos—o negamos—que sabemos. Es decir: todo es un albur…incluso el albur.


Las pequeñas imágenes en rectángulos que asemejan pantallas se reparten por la página, invocando la proyección de fantasías. Como el blanco rostro de una geisha, una pantalla en blanco donde se ve lo que se quiere ver. Los cuerpos en recámaras, en cuartos de hotel, esquinas nocturnas, en lencería o minifaldas entalladas, empinados sobre sábanas o contra una pared lisa. Los rostros difuminados como en el testimonio de un drogadicto en la tele. Quizás son insinuaciones a lo acéfalo, al desfogue anticerebral, a la decapitación de la razón. O puede que sean indicadores de un anonimato avisado, tanto como una reafirmación cartesiana, donde la mente y el cuerpo son quita-pon. Pero, me pregunto si, ¿no será más bien la necesidad de simular pudor para reafirmar la prohibición y así vender un servicio más como transgresión?

De las imágenes en la plana, tantas las he visto antes en sitios porno en la red, o contrastan tanto con el precio de $150 por un “mañanero” que se duda del respaldo físico. Por ello, tantos de los puti-retratos ahora dicen, con letras coloridas: FOTO REAL. Y es peculiar encontrar la palabra “real” tan prominente en el ámbito de la fantasía. ¿Cómo va a ser real una foto en tanto representación? Lo que concierne es, más bien, el realismo, como efecto especial de cinema verité, que desplaza las fantasías de lo posible a lo probable. La realidad es teatral (y no viceversa). “Espectacular”. Así, surgen otro par de consideraciones torno al reiterado uso de la palabra “real” en esta sección del periódico: (a) la relación que tiene con la expansión de lo virtual, donde pasamos ya tanto del tiempo inmersos —esa virtualidad que al copiar la realidad nos empuja a dudar sobre que tan real era la realidad inicialmente—, y (b) el tránsito de la realidad a la fantasía y de vuelta (“Fantasías hechas realidad”), presenta un ejercicio de desplazamiento particular, donde se ubica la siguiente cuestión: ¿la realidad, en este caso, es aquel imperio del tedio diario al que se regresa tras un par de horas con Scarlette o Alexxa?, o, ¿es el desahogo de fantasías y fluidos, donde por fin se es fiel a todo aquello que se disimula en el día a día, para así soportar tanta contención? A fin de cuentas no importa. No realmente.

Los factores se suman y combinan, dividiéndose entre la procedencia (acapulqueña, regiomontana, cubana…), la edad (madurita, colegiala, dieciocho añitos…), la exageración de los atributos (nalgonsísima, dotadísima, guapísima…) y la disposición (pervertida, buena onda, ardiente, bonito carácter…), entre otros, para participar en el sorteo de actos (oral natural, tríos lesbian, 69, polaco…). Esta lotería donde hasta a los más “exigentes” prometen “cumplirles” como “se merecen” no es un mero preámbulo, sino que tal insinuación es ya parte constitutiva de la satisfacción. La prórroga, la espera, el código entrecomillas son una forma de placer en sí. El deseo no nace en estas impresiones, meramente se inscribe, escribe y suscribe en ellas. Tales codificaciones del deseo significan metáforas cognitivas, exponiendo algo más que el modo de anunciar el comercio sexual. En sus rasgos, seducciones y secuencias, en su sintaxis y elección de palabras y encuadres anuncian, también, definiciones implícitas de lo sexual, develando con ello toda una cosmovisión.


“Si Dios no existe todo está permitido”, dice Dostoievski por medio de sus personajes en Los Hermanos Karamazov; pero ya a menudo lo he escuchado al revés y funciona: si Dios existe todo está permitido. Comoquiera, este permiso total lo otorga la deidad como prescripción de lo sagrado. Así, la puta/sacerdotisa exorciza y promueve la restitución de la comunión. “Permitiéndote todo” (¿“ponme como quieras”?), claman, y por fin hay conversión (co-inversión): lo ilimitado, el “exxxtasis al máximo” “llevándote al cielo”, tiene tasa fija: $400 por dos horas. Pero lo “sin límites” habla de la pulsión de muerte (sólo la muerte es ilimitada, ya que es en sí El Límite), de aquel vértigo del olvido en un orgasmo, tanto como de la búsqueda de la impunidad personal como modo de trascender el vínculo social. Y tras leer sobre asesinatos, crímenes, futbol nacional y una repetitiva secuencia de denuncias a la deplorable condición del mundo, encontrarse, en las páginas subsecuentes, con este poder dominar y morir al mundo, resulta bastante lógico.

“Sin mentiras”, “sin engaños” se lee aquí y allá, manifestando el problema de La Verdad como artefacto de la fantasía. No sólo ofrecen “la oportunidad de gozar” de “damas atrevidas” con “relaciones ilimitadas”, sino que además aseguran, una y otra vez, “satisfacción garantizada”. Lo “exxxtremo”, lo “ilimitado”, la “desnudez total”, puede relativizarse y verificarse, al antojo del cliente. Y se remata con un buen “no te arrepentirás”, ¿pero qué no el arrepentimiento es parte del goce?, ¿sino para que invocarlo así?

Para deleitar al dilema no podría faltar la jerga psicológica, con “cachondas terapeutas” o “adictas al sexo” con megaofertas de “chocoterapia” y “estimulación prostática”, para lo que viene siendo, más que nada, la ansiedad. También se puede “como novios” (¿qué no el chiste era ir con una puta?), o servir a la patria y a la humanidad, brindado generosa caridad a una dama “en apuro$”. Pero, sobre todo, que quede claro (o clarisisísimo), Ruby, América, Dennis, Gyna… puede que sean tus “amigas discretas” e “independientes” o una “edecan temperamental”, “ninfómana insaciable” con “boca traviesa”, “travésti interactiva”, “golosas”, “exuberantes”, “sexy guapas”… lo que gustes y mandes, pero eso sí, a pesar de fungir como sexoservidoras, complacientes y serviciales, no son “sirvientas”. Aunque finjan sin fingir servir sin servir al patrón, lo que resalta al leer esta sección del periódico, en tanto noticiero impreso sobre la actualidad, es justamente el patrón que estos textos trazan sobre lo que se atribuye a la inmanente y elusiva naturaleza del deseo. Aquel mismo (des)orden de deseos que hace girar a este mundo “inolvidable”.


jueves, 27 de enero de 2011

crónica thinner



Aquí una nota que encontré en mi cuaderno. No puedo evitar el modo en que las palabras "todo" y "nada" o "siempre" y "nunca" me saltan cuando las escucho...


Hace unas semana, camino a casa de noche, cruzo, como casi cada noche la Glorieta de Insurgentes, aun algo alumbrada, entre los otros tantos que la recorren y habitan a deshoras. Llegando al túnel que conduce a Av. Chapultepec, escucho voces y un sacudido tumulto peculiar. Al acercarme un poco más mi vista enfoca un grupo de personas ocupando las escaleras como gradas, mientras que alguien de pie frente al grupo canta con fervor. Dudo de pronto, considerando si hay peligro o si será mejor tomar la ruta larga a casa y evitar la interacción. Pero la pereza, el hábito y la curiosidad pueden más. Ya en la proximidad, sin invadir con la mirada, las imágenes se baten en mi cabeza: una mezcolanza entre cine zombie y la ciudad gótica de Frank Miller. La escena invoca recuerdos de aquellas películas del pasado sobre el distópico futuro postapocalíptico.

Los encorvados cuerpos den las gradas asumen rostros bajo la luz de luna y de farol quebrado: caras pálidas, grises, ojeras con miradas volteadas, inhalando despacio de puños sucios. Inhalando aquel efecto químico de olvido... Subo las escaleras que conducen a ese alto edificio abandonado, cubierto de palabras grafiteadas, como opacas claves inconclusas. Frente a la tropa thinner, un hombre enuncia un sermón con vigor desolador. Su asistenta con los hombros inmóviles por su miedo e incomodidad, de una canasta saca algún tipo de bocado y panfleto que reparte a los chemos cuerpos que hablan para sí. Como fantasmas entre mundos, ellos a su vez inhalan e inhalan de sus puños enrollados, abriendo sus fosas nasales y labios...

El predicador, de bigote blanco bien cortadito y camisa limpia bien fajada, habla con énfasis y con el dedo en el aire como diciendo el número uno, pregunta retóricamente a aquel delirante abismo de ojos brillosos, “¿cuáles son las características de Dios?”. Los chemos hablan para sí y se mecen en sus sitios—como fetos que se protegen de la brutal ignorancia del mundo. Él mismo (se) responde: “Dios es omnipresente, omnipotente y omnisciente” (Algo así dijo). Y remata intentando forzar sino la redención al menos la irritación en su público: “Dios lo puede todo. TODO”.

Así, también recuerdo haber pasado por ahí un par de días antes de este Sermón en la Glorieta, y observar a la bandita chema que ahí cohabita con los polis, los chavitos y no tan chavitos gay, los emos, los oficinistas pasajeros del metrobus, uno que otro dealer de narcóticos y/o de chichifos; observo el código de cool que practican: el modo de caminar, la ropa y el cabello con evidencia de haber dormido a la intemperie, y el general cinismo marca “me vale verga y te vale verga que me valga verga sino vete a la verga porque me vale verga” inscrito en su manera de relacionarse con el espacio. Haciendo el recuento, recuerdo también a una chica chema, de ropa destartalada, pero aún visiblemente recién iniciada en aquella vida de la calle. Un hombre mayor con rostro amable, quien por el cariño que se mira en sus ojos deduzco es su abuelo, le suplica con desesperación y el tremendo cuidado de no ofenderla o darle escusa para alejarse más, le ruega que regrese, y reconsidere, que lo piense... “Por favor, por favor...” A lo cual ella responde desafiante: “Ya no quiero nada... NADA”.

lunes, 3 de enero de 2011

la vida como telenovela

una versión de este texto sobre el Morbo saldrá en el próximo número de Marvin...

Recientemente mi desayuno fue interrumpido por gritos. Al mirar por la ventana del café encontré a una mujer enfurecida, gritando y rugiendo como bestia mientras golpeaba el toldo de un auto con la rama de un árbol. Como yo, las personas se acercaban a la ventana del café, o se detenían al pasar afuera de este lado de la calle, intrigadas por lo sucedido. Desde el asiento trasero del auto golpeado, entre dos personas que imposibilitan su salida, otra mujer gritaba cosas incomprensibles de vuelta a todo pulmón. Por fin, entre varios de quienes supuse eran sus parientes y amigos, inmovilizaron a la embravecida dama que continuaba gritando mientras el auto logró huir con el objeto de su ira. No tengo certeza de cuál fue el motivo o causa de la situación, pero semanas más tarde aun me lo pregunto entre las tantas versiones de los hechos que he armado en mi cabeza. (La más nueva trama sobre venta de órganos y alguna infidelidad con una prima por parte de la pareja de la susodicha). Jamás había oído a alguien gritar así, sin palabras, puros gritos salvajes. Al menos no en la vía pública a media mañana.

Debo admitir que al estar observando la escena, entre que estaba más bien pasmado, surgían varias expectativas en mi mente. Por un lado quería, a como diera lugar, que escalara el conflicto, esperaba ansioso un entretenimiento trágico y grotesco —como espectador en el coliseo quería ver sangre—. Por otra parte, más que angustia me generaba una especie ajena de tristeza aquella mujer enfurecida bramando rabiosa, impotente ante algo penoso y absurdo en su vida. Así también, anhelaba estar enterado sobre las causas y efectos del drama, ante el cual, comoquiera, derivé una sensación de importancia y relevancia hablando de ello y recontándolo con los otros comensales (con quienes 15 minutos antes no hubiese intercambiando más que un escuálido “provecho” de despedida).

De vez en vez, cambiando de canales en el televisor, acabo enajenado más tiempo del que imaginaba posible viendo persecuciones policiacas. No sé exactamente qué me provoca mirar estas grabaciones granuladas y aquel momento en que irrumpe la violencia en la pantalla, con la resistencia del conductor ante su arresto. Me impacta el momento en que el cuerpo del arrestado se rinde; la manera en que deja de ser propiedad de su propia autonomía. Así como tampoco entiendo esa mezcla de melancolía y sadismo que me mantiene viendo programas como Intervention o Sex Rehab, donde bajo el lente terapéutico se exhibe la banalidad del sufrimiento humano. Aunque con algo de discernimiento descubro que el tipo de morbo cambia según el contexto. En otras palabras, no es lo mismo —aunque llega a ser similar— el violento entumecimiento y desconcierto que palpo al ver Peleas callejeras 3 que la entretenida nausea que me brinca al oír al panel de American Idol ejercer su autoridad cultural por medio de la disposición que tienen los participantes a ser humillados. Pero eso sí, sin duda lo más insipidamente perverso sigue siendo el Teletón.

Comoquiera, ya sea la confesión de Charles Manson o las palabras sentidas del último rechazado de Project Runway, encuentro que el morbo conlleva entre sus componentes un elemento de confusión existencial y otro de fría incredulidad (ambas a primera instancia son sólo vértigo). Es como cuando en un funeral, te acercas a ver el cadáver en el féretro y podrías jurar que aun respira, sólo porque la muerte es de pronto inconcebible. Es el reflejo de un trauma innombrable donde nuestros prejuicios sobre el mundo y la vida parecen validarse. Resulta tan revelador ver la indiferencia bruta de la naturaleza y su causalidad en acción que hasta provoca extrañamiento. Invita a tantas dudas sobre la validez de las ideas y los planes hacia el futuro. A veces dan ganas de aventarse de paracaídas sin paracaídas y otras tantas de no salir de casa y quedarse viendo RealTV.

En lo personal un sitio donde encuentro acrecentado el placentero displacer del morbo son las telenovelas. Las veo y no lo creo y no puedo creer que las sigo viendo. Sus míticas tramas donde el bien y el mal luchan el derecho al poder o a la inocencia (o a un batidero raro de ambos), la constante tensión, la perpetua intriga molesta, la burda manipulación emotiva de la música de fondo y los caricaturescos personajes complotando y llorando en casas de lujo. De cierto modo son formidables, con su formulaico sentido de la tragedia, sus maquiavélicos soliloquios, una situación tensa tras otra, dando sostén a un morbo al borde de la indignación. Pero de fondo, para mí, su genialidad reside en que de pronto me confrontan con esa brutal indiferencia de la naturaleza, desmantelando la exagerada sensación importancia que me atribuyo. Así, me proponen que quizás esos grandes dilemas de mi vida son en realidad tan inconsecuentes y chafas como los de cualquier telenovela.

A ratos, eso creo que es el morbo: un impulso a poner la cosas en su justa dimensión, mezclado con los goces del chisme (ese modo de saber que se enreda y desenreda por igual). Es un estímulo a la memoria que recuerda nuestra propia falta de inmunidad ante el caos de la vida. Restituyendo así a cada imperfecto e impreciso instante del día con una dosis de gloria.

jueves, 16 de diciembre de 2010

el espíritu del sexo

aquí adelanto una reflexión sobre espiritualidad y sexualidad próxima a salir en Max...

Como reacción inicial, al intentar hablar sobre las relaciones entre espiritualidad y sexo, usualmente se conjuran una serie de imágenes mentales bastante peculiares. Estas ideas habitualmente se dividen en sexo espiritista y, por otra parte, la espiritualidad como excusa para unos arrimones. En realidad es casi imposible distinguir uno del otro, pero por fines prácticos, y de entretenimiento, los dividiremos dependiendo del color de las túnicas. Con ropas blancas (y a veces turbante) se asocian aquellas prácticas (o tomadas de pelo) asociadas con velas de colores, dietas escuálidas, parados de cabeza, auras, miradas de disimulada iluminación y sensibilidad extrema, todo a ritmo de música new age. Del otro extremo de la gama, con ropa negra (y en ocasiones con capucha), se asocia con orgias de sociedades secretas (tipo Eyes Wide Shut) y/o con sadomasoquismo entre ninfómanas vestidas de monjas, quienes encuentran usos insospechados para sus rosarios. La idea general, en estos casos, es que el sexo espiritual es cómo una droga que “pone chido”, en especial cuando se hace bajo los efectos de algún estimulante psicotrópico. Pero la mayoría no participamos de este tipo de ritos y solemos, más bien, deambular en una brutal escisión entre lo espiritual y lo sexual, acabando así con una vida dividida en compartimentos aislados. Bueno, salvo aquellos instantes en que alguna estrella porno irrumpe nuestros compartimientos con un desentonado “¡Oh my god!”.

Pero qué lío esto de la espiritualidad y el sexo; es decir, ¿qué diablos es la espiritualidad; de qué se trata?, y más aún, ¿qué diablos es el sexo? Ambos temas se nos presentan de pronto tan evidentes como intangibles. Ambos son tan obscenos como lo son misteriosos, y ambos son constantes e ineludibles en nuestras vidas. En fin, podría ser que el lío más bien reside no en sus contrastes y aparentes incompatibilidades, sino en que en realidad son tan afines que resulta borroso distinguir uno del otro.

Ya van varias ocasiones que leo en alguna revista de chismes a alguna actriz declarando que para ella “el sexo es algo espiritual”. Además de rechinar los dientes incrédulo, deduzco al menos dos cosas: 1) intenta verse muy elevada situando la sexualidad dentro del ámbito de lo sagrado, y 2) trata de decir que ella busca en sus intercambios sexuales un grado de conexión o comunicación más profundo e íntimo con sus parejas. Haciendo a un lado la imagen de sí que esta actriz busca crearse en el ojo público, hay algunas implicaciones interesantes en estas posibles lecturas.

La primera cuestión gira torno a la sacralización de lo sexual, e incita una reflexión pertinente sobre la concepción de lo Sagrado como tal. Para empezar habría que invocar a las tantas culturas del mundo que no tienen un término para designar algo sagrado. Esto no sucede porque sean incapaces de llegar a concebir tales sutilezas, sino porque más bien les parece que sobra. Pasa que al bautizar algo como “sagrado” siempre es a expensas de que entonces todo lo demás resultará no ser tan “especial”. Por ende, hay cosas que entonces no sólo no se consideran sagradas, sino que pasan incluso a ser antisagradas o malditas. Así de nuevo acabamos con una visión del mundo partida en pedazos. Con esta común concepción no examinada de lo sagrado, tiendo a deducir que la actriz en cuestión, al hablar del sexo sacro se refería a: una especie de profundo respeto mutuo, atención acentuada, una disposición a la devoción y cierto tacto tirado hacia la cursilería.

Nos presenta así, una visión del sexo como algo muy refinado y bonito. Pero en general, estas teorías sexuales suelen terminar con ideas chistosas sobre los fluidos corporales. Particularmente tienden a proponer que el semen no debe correr libremente, porque esto sería un desperdicio de energías que mejor podrían utilizarse para alcanzar la iluminación (o sea un estado muy muy cabrón pero indefinible). En lo personal, esta retentiva seminal me parece el equivalente corporal a la especulación financiera, donde por ende la sexualidad no es algo en sí, sino un mero medio para un fin abstracto e ideal. Además, lo sagrado en la sexualidad se encuentra en su inutilidad, en su falta de propósito, en su juego, y así, en un derroche sin razón: un sacrificio (sacre: sagrado, facere: hacer). En cambio estas versiones mezquinas del sexo espiritual son iguales a los tantos pronósticos seudocientíficos del placer, donde el orgasmo es una obligación para relajarse y tener buen humor y ser productivos y todo eso. Continuamente osan encajonar y controlar algo que por su naturaleza nos rebasa, nos mueve y nos constituye.

Todo esto anterior está muy bien como modo de entretenimiento y todo eso, pero es bastante parcial—y materia de gustos—. Lo que pasa por alto, o de plano niega, es lo que se conoce, en referencia a la antigua Grecia y a los ritos paganos pre-cristianos, como el aspecto Dionisiaco de lo sagrado. Lo Dionisiaco se refiere a la sublime y desgarradora intoxicación de los sentidos, al caos y a la tragedia extática, lo carnavalesco, lo grotesco y ese llamado primal de la sangre y la tierra. En otras palabras, nos presenta una visión más completa y menos fracturada por la moral de todo lo que implica estar vivo. Negar estos aspectos, incluso designándolos como málditos, es sintomático de una cultura que por necesidad y supervivencia le apuesta al cálculo y a la razón sobre todas las cosas, descartando con ello la inevitable realidad de lo desconocido. Pero el sexo, como pulso y flujo del cosmos que recorre nuestros sentidos, nos despierta a lo desconocido en nosotros y en nuestro entorno. Aviva nuestra experiencia plena del presente, con todo el desconcierto original y el fulgurante misterio que es estar vivos. Y a veces nomás es un rapidín, ¿y qué?

Pero es una tendencia que se repite en tantas culturas y épocas. Bien podría ser que aquello de la espiritualidad—el sentido de la vida y todo ese asunto—ha suscitado muchas teorías a lo largo de la historia. De estas, una que se repite con ahínco es aquella donde el cuerpo y el alma son separables, como un vibrador y sus baterías. Basada en la ilusión de que al morir una esencia inmaterial abandona el cuerpo, esta idea rechaza al cuerpo como un mero vehículo. De ahí derivan tantas ideas sobre la espiritualidad como algo que trata con metafísica y dimensiones extrasensoriales, y cosas paranormales e insípidas. Este tipo de propuestas han forzado a la espiritualidad a relegar los sentidos al olvido, junto con todos sus efectos y sensaciones, considerándolos más bien burdos, en vez de sutiles.

Como respuesta a esta simple confusión—o preferencia—en oriente las tradiciones tántricas han hecho uso de los sentidos para instigar y seducir hacia un modo más despierto de vivir. Decidieron, mejor, que nuestra experiencia del mundo se da a través de los sentidos y que esto, por sí mismo es asombroso; es decir sagrado. Con ello, todo lo que pasa por nuestros sentidos, el mundo entero, es ya sagrado, tal y como es. Y la práctica diaria consiste en no perder esto de vista, pase lo que pase. Este no es un fenómeno exclusivo de oriente, ya que en tantos de los símbolos religiosos de occidente también se alude a la sexualidad como un canal para las fuerzas del universo. Pasa que son símbolos que han sido históricamente ofuscados y apropiados, pasando por múltiples interpretaciones sobre sus significados. Pero si prestamos atención a sus formas, seguro aun logran comunicar su intención primordial. La espiritualidad también es un albur. Pero esto—como cualquier cosa—se presta para usos y abusos, y la proverbial doradita de píldora con fantasías espiritosas. Requiere, de entrada, honestidad personal, ya la vida y las situaciones se encargan del resto. En otras palabras: no importa si es “sagrado” o “muy acá” o se usan crucifijos con hierbas o mantras milenarios o el condón de Aliester Crowley o lo que sea, cualquier acto sexual debe ser consensual.

Ahora regresemos a la segunda deducción derivada del presuntuoso decreto de dicha actriz en los tabloides, donde consideramos que puede que se refiera a una conexión más profunda a través del sexo. Y ¿por qué no? El flujo mismo del deseo en nuestras vidas nos recuerda que somos entrañablemente dependientes de todo el resto del mundo: de los demás, de los elementos, etc…, y la sexualidad, como un juego libre del erotismo nos reconecta con una verdad básica: no existimos fuera del mundo como frente a una pantalla, como una entidad aparte; sino que estamos completamente en el mundo, de modo inmanente e indivisible, como parte de todo. Eso es comunión. (Pero si quieren, pueden debatirlo con su muñeca inflable en el plano astral). Amén.