lunes, 2 de diciembre de 2013
you
What was once
unblemished,
is now
a heart-shaped stain
in god's eye,
while she fondles
herself;
and you,
darling,
are but her
softest, sweetest
sigh.
viernes, 29 de noviembre de 2013
Photon.
we were flying
in space (or was it
"floating", or
was it "falling"?).
Sure,
we thought
we knew what was meant by
"space"
-even as the spectrum
of mind
gangbanged time
impregnating the collision of particles,
on and
on,
with particular textures
seldom
recognized as bright
dreams, rainforest dewdrops
&
shooting stars, all
feverish
at the seams,
giggling on the edge of
a champagne lotus,
staring back
at the sun
beams of crisp stripper
sweat; ice
at the bottom
of a glass, melting
into clouds upon lips upon lips upon
dispersing
blue.
Sure,
we were flying
in space (or was it
"floating, or
was it "falling without end"?).
lunes, 23 de septiembre de 2013
de pasadita
Eres el fantasma de tu propia hambre;
el spam de algo llamado cabeza.
Eres amatista hi-fi en el fondo de algún mar;
el fulgor de un mañana que canceló de última hora.
Eres la canija claridad que sigue a los temblores;
una sonorámica cachetada sin código de barras.
Eres lo que diga el doctor;
un casi casi y ya merito.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
ruleta rusa
Jugué ruleta rusa
con los posibles brillos de su
mirada; los
gajos de su iris
girando, cargados
de balas expansivas. (La
brecha entre el zumbido de mi cierre y, y, y, y
y el párpado vulva celestial
queda
desnuda; es decir
que
la composición química de la saliva dibuja
un laberinto paleolítico casi
real. Diamantina amatista, carnívoro
pétalo de luz eriza
y los coros de perras
ladrando sin collar y sin
motivos. Y
algo de la palabra "amniótico" recuerda al azul,
casi
total). Ya no
sabemos quién dispara, pero
resucito cuál
sol de fayuca, mandala sobre un nopal
--por aquello de que Osiris conlleva al iris; es
elemental--, transitando
entre el cerquitas y el aí
nomás. Occidente,
ese negro hondo de la pupila, tan
azul como el azul donde
los astronautas pierden
la razón, y los
chemos buscan
la nostalgia de un vientre. Materia
oscura, materia
negativa, el sin
fin de la pupila. Y el girar del revolver,
batidora de tormentas confeti astroplus. Arroja,
las pupilas como puntos a conectar
en fichas de dominó sobre la pista para bailar. Nunca
me alcanza para apostar
así. Así,
ahí, así, así,
así, no estoy dispuesto a contar,
a sumar y restar, así,
me juego la tirada
desprovisto de estrategia:
a puro bluff,
y chiste de charlatán.
jueves, 15 de agosto de 2013
Los votos del bodhisattva (especulaciones torno a la liberación del DMT en el cerebro durante el proceso de muerte)
Thump taaahd tss
tum tum tss tpakk,
el break
beat
hace de las suyas, mientras
el tiempo casi
pide perdón. Pero
naaaaaah; no todavía. Algo se
me dijo entre sueños; qué jalada--entiendo--comoquiera
lo onírico persiste
y recurre
cada
noche, y
las dulzuras en corsé, coreando las groserías de un buda de gomitas,
gatilleando al trópico de aquello llamado cerebro, las
pantaletas, bocas, miradas moliendo el engranaje de supuestos, la
modulación exacta del bostezo.
Ni es cierto
que hablando se entiende
la gente. Ni porque el scratch caiga
en el cuarto beat. Hablándoles
me entiendo, acaso; entre injurias
voy pegando piezas. Digo
cada cual me ha otorgado una voz,
otro modo de contar-me,
(mi madre me meció mientras yo
sollozaba toda esa noche con la infección en los oídos)
relatar la historia de mis días,
(mi abuela--ahora sin memoria e insistiendo en que debe salir por cigarros--
me regaló esa primera libreta)
de mi tránsito,
(los mixtapes que en la secundaria le grabé a mis novias)
de mis tristes virtudes y voraces defectos,
(sí, he pagado, dinero que que he ganado escribiendo, por coger)
de mis afectos,
(me confesé con una vagabunda del otro lado de la tina),
de mis deseos--si acaso son míos, y no yo
el objeto de su juego--. Entre la cadencia
de sus ternuras y terrores he visto mi vida parpadear. Como foco
vacilando en falso
en el súper, en el pasillo de bebidas. Entre sus consuelos
y tiranías he ubicado que soy hombre,
solo un hombre, solo
el que ellas han hecho,
moldeado sin querer, con el
borde de sus lenguas, el tiroteo de las palabras y aspiraciones,
bajo el amanecer de incontables muecas, curveando
el pulso de mis apetitos
con la reverberación de algún bramido--con delay
sonidero, por
favorrrrrrrrrr--. Y si acaso
su ferocidad me ha llevado al escondite,
despabila, y sus lágrimas han cortado e infectado
años de mis años, el brío
de sus risas me acompaña, cuando ni lo pido
y son refugio de mi angustias--aquellas cuyo nombre
se me escapa--. Quizás
justo antes de morir, mis ojos se cierren
y no sé tú, pero
yo veré culos,
bailando
en tangas fluorescentes, perreando
bajo
un sol que huele a cerezas. Esos
culos
se sacuden y rebotan, y giran entre el delicado vaho del sudor-vida. Y
las caderas retumban con la brutal fuerza de un gozo
casi tan preciso como incontenible. Vida. Vida mía. Mi vida. Y
sonará, como flor en eclosión
despedazando a colores el sonsonete torpe del cálculo: la voz de Ella,
de Rihanna, de María
Magdalena, Billie, Nina, Celia, y Toña
la Negra y Olga, Delilah y Whitney
declamando que todo--y
cuando ellas dicen "todo" es que es TODO--es mentira. Y
si en ese instante la veo a ella--y sé que será ella, y que ella sabe que es ella, cuando digo ella,
aunque el vértigo la muerda los huesos con sus cuentos de Laura en América--; ella volteará su rostro,
dibujando una sonrisa con labial rosa piruja. Y
entonces, no habrá el sesgo de lo imposible. Solo
entonces, solo,
lo que dura la curva del labio de su amor. Y
de ser así, yo volveré a nacer, a condición
solo
de que lo haga inconfundiblemente, irrefutablemente convencido
de que se vive
solo una vez, y
que la muerte
es
definitiva, tanto
como es total.
jueves, 18 de julio de 2013
el clutch
tú, una incógnita variable
entre lo inefable y lo hiperpalpable. y
te gusta la gasolina y
la geometría de aquello
que llamas espacio. (ahí
donde brota el contorno indeciso del caracol, la orilla
de tu labio encandilado, el ojo
de la mariposa). Aquel asombro soluble
en esta espesa leche,
cuyas convenciones de la época y los mapas
de evaporación denominan tiempo.
-tiempo sin vernos
-tiempo que pasó
-que pasé pensando en ti
-pensando en ahora
-ahorita
-ahoritita.
mamita. huella de las llantas sobre el pavimento
fresco, candor de luna burlona,
el vaso de tu voz, cristal
quebrado, cortadas que no conocen el mertiolate. Mientras
te muerdes la mano
hecha un nudo,
-dale
dices
-dale
dices
-papi
me dices.
yo era un Lincoln plateado
tú un código variable,
entre lo irresoluble y lo hiperpaladeable. Destartalado
brío de caderas fuera de cautiverio. Asientos de piel. Y el verbo
hecho criptograma de una lengua luz,
saliva diamantina. Y sé
que te gusta la gasolina.
Ese químico vapor que todo lo
ilumina. Mi camino lo rondo
con parabrisas roto y
las casetas me hacen los mandados,
la carretera sigue
y yo tengo el pie pesado.
martes, 18 de junio de 2013
Síntomas de una época: el Diagnóstico
De mi columna en PijamaSurf, esta reflexión sobre el sesgo del diagnóstico psiquiátrico...
La salvación no me interesa. Ni la propia ni la ajena. A lo más, puedo decir que me gustaría evitar el sufrimiento propio y de quienes me importan. Por mera probabilidad asumo que entre menos crueldad haya en el mundo, menos probable es que me toque a mí o a quienes quiero. Comoquiera, a ratos me pregunto si hay algo en el sufrimiento ajeno que produzca un retorcido consuelo. Como si por mera substracción me considere librado de ese sufrimiento que padece el otro, al menos por ese momento. Es estúpido, sí, pero muy poco de mi cerebro humano funciona estrictamente de acuerdo a la razón. Quizás sea por irracional que la salvación no me interesa. Quizás no.
El DSM-V, además de ser muy útil para cualquier escritor a la hora de diseñar personajes, se usa como guía para realizar diagnósticos psiquiátricos. En otras palabras, este Manual Estadístico y de Diagnóstico de Desórdenes Mentales, se considera una autoridad a la hora de evaluar la conducta y determinar el estatus de la sanidad mental de alguien. Veinte años después del manual previo, el DSM-IV, esta versión enchulada presenta todo un arcoíris de nuevas patologías y síntomas. También ha modificado, de modo muy sensato, cabe señalar, algunas categorías y criterios de diagnóstico. Sin embargo, es, en cierto sentido, la nueva moneda de la salvación. La salud mental se considera desde muchos ángulos la medida de la felicidad y del modo adecuado de estar en el mundo. Por ello, no sobra preguntar cuánto de la psiquiatría no será también un intento por consolarse con el sufrimiento ajeno. ¿Acaso la locura ajena es indicador de la sanidad propia? Resulta evidente que no, pero eso no quita relevancia a la pregunta.
¿Pero sino por las conductas bizarras de otros, qué es la locura? ¿Es una distorsión de la mente ante la realidad (y alguien sea tan amable de definir “realidad”)?; ¿o será, tan solo, una interpretación de la conducta según cierta sociedad humana? El primer caso se basa en la claridad de la cognición, y supone distinguir los hechos de la especulación. El segundo caso, en cambio, si bien incluye estas variantes, inserta también una cosmovisión: una versión del mundo y del humano. La pregunta es, entonces: ¿existe tal cosa como la locura fuera de la sociedad humana? Y es una pregunta boba, como un koan Zen pintado en un cuadro chic en el baño de un café. Resulta de poco provecho preguntarse sobre la esencia absoluta de cualquier concepto. Digo, ni que estuviésemos por fuera o por encima de nuestras vidas.
Por ello es mejor contemplar algo relativo, como, por ejemplo aquella novela de Ken Kesey One Flew Over the Cuckoo’s Nest, también conocida en español como Atrapados sin salida.Y no hace falta ser maestro Zen para deducir que me refiero a la película (1975) y no al libro (1959). En la cinta, Jack Nicholson actúa como Randle Patrick McMurphy, un tipo que se hace pasar por “loco” para se admitido a un psiquiátrico, con tal de evitar ir a prisión por estupro. Por más peculiar que pueda parecer su personaje, resulta, más bien, un tipo mañoso que, digamos, alguien dado a conversar con sus heces a la entrada del palacio de gobierno (cosa que además seguro ya es un performance de arte conceptual en algún sitio). La trama se enreda y McMurphy, más por la antipatía de una enfermera y los médicos que, acaso, por falta de sentido común, termina con una lobotomía. No importó, jamás, si estaba o no loco, el mero hecho de estar en un psiquiátrico bastó para que se le diagnosticara, medicara y operara.
En 1973 David Rosenhan elaboró un experimento, no solo una ficción torno a este fenómeno, intitulado: On Being Sane in Insane Places. Él y 7 colaboradores simularon tener alucinaciones auditivas para ser ingresados a distintos institutos psiquiátricos. Seguro existen mejores maneras de pasar el verano que en un psiquiátrico por convicción, pero Rosenhan quiso establecer un sesgo de confirmación dentro del diagnóstico psiquiátrico. Es decir: si estás internado en un psiquiátrico (contexto) es prácticamente imposible que no crean que estás loco. Rosenhan y sus colaboradores tenían la instrucción de, primero decir que escuchaban una y otra vez la palabra “thud” [ruido sordo], para luego, al ser admitidos, dejar toda simulación y conducirse como lo harían normalmente, indicando al staff que ya no escuchaban esa voz. La mayoría estuvieron internados, sin poder salir, alrededor de 20 días. Solo fueron liberados bajo la obligación de aceptar su diagnóstico (esquizofrenia) y de continuar tomando el medicamento. Rosenhan publicó sus resultados, describiendo, en algunos casos, el maltrato que recibían algunos pacientes por parte de los empleados del hospital.
El experimento demostraba algo terrible: el diagnóstico cancela la credibilidad. Es decir, quien es ingresado a un psiquiátrico pierde el peso de su propia palabra —aunque se trate con sus impresiones y vivencias personales y subjetivas—. La APA (American Psychiatric Association) puso el grito en el cielo; ofendidos, quisieron invalidar, también, el experimento de Rosenhan. Se quejaron sobre sus métodos y sobre la falta de ética en su experimento, pero no pudieron invalidar los resultados, ya para entonces públicos. El director de un psiquiátrico lo retó a enviar, durante tres meses, falsos pacientes, a fin de que pudiesen demostrar su capacidad de diagnóstico. Rosenhan, por supuesto, aceptó el desafío. Pasado el plazo, el director de dicho hospital declaró, con jactancia, que habían detectado a 41 impostores. Rosenhan, tranquilamente le aclaró que jamás envío a una sola persona. Ouch. Rosenhan – 2 – infalibilidad del diagnóstico psiquiátrico – 0.
No estoy por avocar contra la psiquiatría o de sus fármacos –ni que fuera Tom Cruise en Oprah a punto de demostrar cuánto necesita un Risperdal—. He sido testigo de los beneficios de las intervenciones químicas y de los tratamientos psiquiátricos. Mejor aún si se acompañan con alguna forma de terapia o análisis, son de gran utilidad y alivio. Lejos de estar contra de cualquier avance de la ciencia, pienso que la psiquiatría necesita apegarse más al método científico. En este sentido requiere estar dispuesta a cuestionar el sesgo de confirmación que puede generar el método diagnóstico al que recurren, tanto como cuestionar la relación que existe entre la industria farmacéutica y manuales como el DSM-V. A la par, nosotros podemos indagar sobre el uso popular de términos clínicos y la facilidad con que psicopatologizamos nuestras conductas (o las ajenas). Ahora resulta que toda repetición es TOC y que toda distracción es ADD, o que un gesto de introversión es ya alguna suerte de autismo. Pero que sea una reflexión sin alarmismos, paranoias, conspiraciones o purismos chafas (que muy rara vez son otra cosa que un intento por mostrar alguna forma de superioridad moral, para estar por encima o por fuera de una situación). Solo ciencia para el progreso, para el alivio, en este caso, de los padecimientos mentales. Sálvese quien pueda. Sálvese quien quiera.
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