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domingo, 4 de noviembre de 2012

Imagina

de mi columna para RAZtudio.



Quizás la vida es demasiado breve como para dedicar tiempo a planificar tu funeral. Pero alguien lo tendrá que hacer. Morirse implica varias complicaciones en forma de trámites legales y gastos fúnebres. Y si se le ocurrió al difunto aventarse al metro o alguna cosa por el estilo, alguien tendrá que recoger los pedacitos de cráneo que quedan entre las vías. Despojarse de un cuerpo implica costos, decisiones técnicas, logística y, claro, en casos sociables, invitaciones. Dentro de las tantas cuestiones a tomarse en cuenta, está la selección musical para el funeral.
Es, de cierto modo, impositivo dejar un playlist ya hecho para tu funeral. Digo, el muerto, pues ya estará muerto; por ello el funeral es para los vivos y no para el muerto. Pero supongo es un gusto que uno puede darse. En mi caso, las únicas instrucciones que tengo es que no lo oficie ningún tipo de figura religiosa, y que se ponga a sonar algo salsero en algún momento. Héctor Lavoe, Celia Cruz y Ray Baretto, de preferencia. Es decir, algo que refleje el tumbao de mis días, a modo que se recuerde mi gusto por vivir.
Pero, parece ser que no es tan sencillo. Al menos no en el Reino Unido. Según un estudio reciente por parte de Co-op Funeralcare (la empresa funeraria más grande de Inglaterra), los directores de varios crematorios prohíben ciertas canciones durante los ritos fúnebres. Ahora han incluido a ‘Imagine’ de John Lennon en su lista negra, junto con ‘Disco Inferno’ de The Tramps o ‘Bat out of Hell’ de Meatloaf. Lo curioso es que las dos canciones posteriores las descartan por que son “de mal gusto”. En cambio ‘Imagine’, una de las rolas más queridas de todos los tiempos, se encuentra censurada por sus letras; específicamente por decir “imagine there is no heaven” (imagina que no hay un cielo).

Es curioso que la canción sea prohibida para despedirse de un ser amado. Si, carajo, asumir la muerte alguien querido implica apreciarle por lo que compartimos con esa persona. Y esto se valora en su justa medida solo si asumimos la muerte como definitiva. De otro modo no fueron eventos únicos e irrepetibles, sino que solo habrá que esperar unas cuantas ni-tan-eternas eternidades para echarse otra ronda. Pero lo que impacta es que la canción no dice “no hay un cielo” o “tu dios es basura”, solo sugiere un ejercicio imaginativo. Un uso de la imaginación para descartar ciertos fantasmas y enfocar nuestros esfuerzos y afecto a este mundo y a quienes lo cohabitan con nosotros. Así, y no en supuestos, pero los funerales son grandes puntos de publicidad religiosa; ahí reafirman sus productos milagro ante la ignorancia y miedo de nosotros los vivos ante la muerte.
Comoquiera, me parece que los únicos criterios para seleccionar un soundtrack para un funeral deben ser de carácter estético, respetando las disposiciones del difunto sobre todo. Por lo demás, sostengo que es siniestro aquello de intentar negarle a los dolosos el horror y la tristeza ante la muerte de quién han querido en vida. Lo reitero: negar el peso de la muerte no trae consigo un alivio neto; lo único que trae consigo es la negación de la gloria de este mundo. Y con ello la negación de cuán increíble fue compartir con esa persona.

martes, 3 de julio de 2012

¿Porqué los católicos lloran en los funerales?

Texto sobre la muerte para el 4to número de la revista Yagular. Esta crónica será parte de un libro que llevará el mismo título...





You better lose yourself in the music, the moment
You own it, you better never let it go
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime…
-Eminem, Lose Yourself

Eso de morir me parece horrendo. Renunciar involuntariamente a la vida es una tragedia. Dada mi angustia, a menudo hablo del tema. Me sorprende la cantidad de personas que dicen no estar perturbadas al respecto. No les creo; no me convence su estoicismo o su fe, según sea el caso. Ya sea porque claman que de nada sirve angustiarse sobre algo inevitable, o porque se doran la píldora con algún cuento de hadas, ambas posturas me huelen a lo mismo: negación. En este sentido los racionalistas son iguales a los devotos, ambos desprecian el brillo que tal tragedia le otorga a la vida.

Las religiones, por su parte, tienden al arte de morir y no al de vivir. (Y, para colmo, sin vivir, morir no es un arte). Son básicamente necrófilas en su fascinación por la esterilidad. Negar el límite de la mortalidad es negar que se está vivo, a cambio de un confort a medias. En mi caso, por algún motivo, una vez al mes despierto sin saber dónde estoy. Tal extrañamiento acentúa mis sentidos y me aterra pensar en que esos sentidos, todas las sensaciones y emociones que les acompañan habrán de perecer. Pienso que salvo circunstancias de sufrimiento extremo, tener una experiencia es infinitamente mejor que no tener experiencia alguna.

Durante los pasados 3 años, tuve que enterrar a dos amigos. Ambos fallecidos por la misma causa: abuso de sustancias psicoactivas. Confesaré, sin contradicción con mi rabia y pena, que admiro cierta congruencia en lo que hicieron. No se fueron a medias tintas, como tanto ñoño que anda por ahí sintiéndose más malo que la carne de puerco. Vieron el Sol, su calor, su fulgor, y se fueron sobres. Mantenerse entre los vivos requiere de menos congruencia y, por ende, de una gran tolerancia a la ambigüedad. A ambos los extraño y me es evidente que ninguno de ellos sigue vivo.


Al ver sus cuerpos en los féretros, tuve la misma reacción que siempre tengo cuando veo un muerto: 1) aún me parece que respiran y, 2) juro que sonríen, burlonamente. No puedo figurar que están muertos, entonces supongo que es una broma, y que no tardan en levantarse y armar un reven. Claro, ¿cómo habría de entender sus muertes, si no tengo modo de representar tal cosa? Jamás en la historia de la humanidad ha hablado un muerto; si lo hace, pues sencillamente no está muerto. En el caso de mis compas, percibí sus muertes mucho después, cuando su ausencia es evidente en mi vida de algún modo, o cuando al mencionarlos debo hablar de ellos en tiempo pasado.

Uno de los fallecidos que menciono fue mi tío. Su hígado perdió contra el alcohol. Debo agregar que fue de los procesos de deterioro más ojetes que he visto: la puta ironía de ver a alguien que se bebía hasta la colonia no pueder siquiera ingerir un trago de agua. Era necesario apenas pasarle una esponja húmeda por los labios resecos. Recuerdo nítidamente nuestra última conversación. Y esa me la quedo para mí. Pero, como adicto, mi tío Javier me acompañó en algunos de los pasajes más oscuros de mi adolescencia. Fue, por momentos, en su brutal soliloquio psicotrópico, la única persona con quien me pude entender y cuyo afecto recibía sin expectativas o preocupaciones. Claro que tenía defectos, incluso llegué a quererlo madrear por tratar de pasarse de listo con una novia, hace años. Pero la muerte tiende a otorgar retrospectivas clementes, y tales desvaríos no restan su solidaridad y confianza en mí, en una racha en que mi contacto con la vida era frágil.

Pasamos, uno por uno, a verlo adentro de un féretro —a ver un cadáver, más bien—, para hacernos a la idea de un adiós. Adiós tío, adiós banda, adiós al macizo, adiós a un modo de ser conocido, adiós a una memoria compartida, adiós pinche borracho, adiós carnal. En eso estaba cuando apareció un padrecito. Pasó e hizo su trabajo, ofreciendo, de paso, un comercial para su linaje y Norberto Rivera y su pinche madre. Los católicos se hincaban y se paraban cuando él decía, coreando sus palabras con respuestas memorizadas. Me senté en un sillón de cuero y negué mi duelo detestándolos. Escuché al padrecito hablar y hablar sobre la vida eterna y la gracia de su dios. Y la vida eterna y la gloria y el cielo y el perdón divino. Y la vida eterna.


Me levanté y, con completa desconsideración por la tristeza que sentía al velar a su hermanito, le digo a mi madre: “Si me llego a morir antes que ustedes, no me vayan a traer un pinche padrecito de esos; me incineran y echan mis cenizas al mar con una de Héctor Lavoe”. Al decirlo, mi berrinche cedió ante la tristeza en su rostro; mejor la abracé y regresé al sillón. El padrecito aquel, con su collarín y su aire de humildad magnánima, termina su discurso; todo apesta a incienso y le suben a la música fúnebre en una grabadora. Empleados de la funeraria levantan el féretro en hombros y lo sacan lentamente de la habitación.

En ese momento todos empiezan a berrear inconsolablemente. Desde el sillón los miro, odiándolos por suscribir la muerte de mi tío a un comercial de su fe. Y me pregunto: ¿pero por qué lloran? ¿no se supone que creen que no ha muerto, lo que se dice muerto, sino que se ha ido a un lugar mejor, donde en su momento lo habrán de encontrar de nuevo? ¿por qué coños lloran más que si lo fuesen a despedir al aeropuerto para un viaje largo por Escandinavia? De pronto me pega: ante el hecho empírico de la muerte, sus amuletos no sirven de nada. Aunque juren que luego se volverán a encontrar bajo, digamos, otro formato, su llanto no refleja un cambio de formato, sino una muerte: una tragedia.

No importa si la muerte es definitiva o no; como humanos, nuestra limitada percepción del mundo es lo que tenemos a la mano, y al ver a alguien muerto notamos: ya no dice, ya no come, ya no anda; de ahí suponemos que ya no siente… que ya no tiene experiencias. Por ello, creo que la única respuesta ética ante la muerte es asumirla como definitiva. Es decir, jugar el juego como simples mortales. Así, contra este peso trágico, se acentúa una apreciación plena de lo que es estar vivo, de lo que importa, de lo que no importa tanto, y de cuánto queremos a quienes queremos. Rehuir a la tragedia es rehuir a lo vívido que es vivir, válgame el cantinfleo. 

martes, 16 de noviembre de 2010

la publicidad y la muerte

otro texto de mi columna en Max...


Resulta apabullante la cantidad de mensajes a los que estamos sujetos en una urbe como la Ciudad de México. Basta con salir una breve temporada al campo y apagar los aparatos electrónicos para, al regresar, encontrar suficiente contraste desde el cual apreciar el asedio publicitario. Es uno de esos gestos divinos de la modernidad: la continua quesque-renovación de la noción de actualidad. Así se perpetúa la sensación de que algo está pasando, dictaminando, de paso, sobre qué se trata el presente histórico.

No sé realmente que tan complicado sea idear una campaña publicitaria para una funeraria. Podría parecer como algo muy delicado, requiriendo gran tacto, pero (a) no puede ser más difícil que anunciar tampones, y (b) las religiones organizadas llevan ya siglos de experiencia con el tema. “Cuando no tienes cabeza para pensar, nosotros pensamos por ti”, lee la más reciente campaña publicitaria de una de las funerarias más prominentes de la nación. A primera instancia alude a la asistencia profesional que ofrecen durante el shock y la titubeante irrealidad ante el duelo por la muerte de alguien cercano, pero podemos también leer otras tantas implicaciones en su mensaje. Considerando al ingenio publicitario como sintomático de una era, ¿acaso no encontramos entre sus palabras algo más (y algo menos) de lo que pretenden decir?

Veamos: (1) ¿qué tanto confías en que alguien (particularmente un negocio) piense por ti cuando estás vulnerable? (2) ¿Apoco sí permiten que pierdas los estribos a plenitud (que rompas el féretro a cabezazos o saques a patadas al sacerdote)? ¿No hacen más bien lo contrario, formulando un espacio donde sea estéril la emoción ante el único hecho ineludible del vivir: morir? (3) Es una elección curiosa de palabras, tomando en cuenta la narcoteatralidad en boga que instala cabezas sin cuerpos (y viceversa) por doquier, para marcar territorios y protocolos. (4) En relación al punto anterior, aparte, me remite al padecer Cartesiano de nuestra cultura: separando la psique del cuerpo, tanto como la razón de la emoción; cosa que resulta en uno de los métodos más ensayados para negar la brutal incertidumbre de la muerte, intentando imponer la existencia de alguna esencia abstracto-bizarra que trasciende la descomposición del “cuerpo”. Así morir ni es morir (ni vivir vivir, ¿no?).

Comoquiera, a ratos así se siente rondar por una ciudad tan atascada de mensajes publicitarios: como si, en efecto, mi cabeza no está en mis hombros y se encuentra esparcida entre tanta insinuación. Todos esos anuncias piensan por mí. Y su efecto es tan avasallador que resulta inútil preocuparme por mi voluntad individual ante su plétora de sugerencias no solicitadas. Parece más sensato dejar que la paranoia llegue a su conclusión extrema, para mejor sentir alivio ante lo que de todos modos es urbanamente inevitable: la publicidad y la muerte. Además, quizás tengan servicios pro-bono y puedan pensar por mí tan a menudo como me beneficiaría de tener “cabeza” para hacerlo por cuenta propia.